Tags: GeneralNo es agradable pensarlo, pero la represión política es madre de muchas grandes obras que, sin ella, a lo mejor no habrían visto la luz. Artista y editor tenemos algo de carroñeros. Tan agradecidos se mostraron los entonces yugoslavos y, particularmente, los eslovenos, por que yo editara Alamut, de Vladimir Bartol, en castellano, que cuando, en septiembre de 1989, tuvo lugar el encuentro de escritores centroeuropeos de Vilenica, me pidieron que fuera. La hospitalidad fue apabullante. Las circunstancias, entusiasmantes. La experiencia, irrenunciable. Entre los invitados, Peter Handke, Libuse Moníková, György Konrád… El marco: Lipica, en donde se crían y se entrenan los caballos lipizzaner de la Escuela de Viena. Las tres mañanas del encuentro, hacia las seis y media, me paseaba por el parque y veía cómo paseaban también ellos, los lipizzaner, elegantes, orgullosos, de trotecito corto, auténticos duques dentro del reino animal.
Las sesiones fueron en infinitas lenguas. Todos eran políglotas, aunque pocas lenguas servían para comunicarse: uno hablaba el letón, el polaco y el ruso, mientras que el vecino hablaba el húngaro y el serbocroata. Los traductores simultáneos al francés y el inglés estaban a menudo callados…
El banquete final, después de un concierto coral en las profundidades de una caverna subterránea gigantesca como la catedral de Chartres, tuvo lugar bajo una vasta tienda de campaña. Corrió el vino. Se reía. Y de pronto mi vecino, el poeta argentino afincado en Trieste, Juan Octavio Prenz, pidió silencio y anunció por el micrófono: “Señoras y señores, tenemos entre nosotros a un gran cantaor gitano, célebre en el mundo entero: mi vecino de mesa, ¡el gran Muchnik! Ahora nos hará una demostración de su arte insigne”.
Mi consternación inmensa en medio del aplauso no me impidió tomar el micrófono y replicar: “Es verdad, señoras y señores. Pero yo nunca canto en público sin un bailaor que sea capaz de crear, conmigo, el clima necesario. Afortunadamente tenemos con nosotros al más grande bailaor gitano de la historia, ¡el gran Prenz!”.
Estaba seguro de haberlo conjurado. Nada. Juan Octavio pegó un salto, se subió a la larga mesa sobre caballetes, recogió las faldas de su chaqueta y me gritó: “¡Adelante!”.
¿Qué iba a hacer yo? Pues nada: cantar a voz en cuello sin palabras, batiendo palmas, mientras mi compañero de numerito daba unas patadas sobre la larga mesa que hacían tintinear las copas al otro extremo. Por suerte duró menos de un minuto. El aplauso fue ensordecedor.
Tags: GeneralLa progresión que lleva de la crisis a la recesión y que aparentemente asola el mundo entero, como la perspectiva de que la recesión se convierta, en unos meses, en depresión –con lo que la desgracia se prolongaría bastante más y sus efectos serían bastante más graves de lo que quisimos creer–, está ya dando ejemplos cotidianos de patéticos exámenes de conciencia por parte de ciertos pequeños empresarios. A diario sabemos de casos lacrimógenos de diminutas sociedades forzadas a declararse en quiebra y a despedir a todo el personal, en España como en otros países. Los dueños de estos establecimientos llegan a confesar su “culpa”: “Mis empleados son víctimas inocentes, pero yo soy víctima culpable”, dicen, o: “Me he equivocado de manera muy grave, y pido a mis trabajadores que un día perdonen mis errores”, o bien: “Todo lo acontecido se debe a mi mala gestión”, etcétera. Y lo dicen con lágrimas en los ojos.
Si alguno de los líderes sociales del mundo tuviera la altura moral de hablar claro y de afrontar los hechos sin hipocresía, como Roosevelt u Obama, estos pequeños empresarios podrían secarse las lágrimas, solidarizarse con sus ex empleados y contribuir a que, la recesión hoy, quizás la depresión mañana, se resolvieran con menos víctimas y en menos tiempo. Porque lo evidente, pero que todos callan, es que en ningún caso hay culpa entre los jefes de estos millones de pequeñas empresas. Marx –no me refiero a Groucho– consideró que la crisis, la recesión y la depresión no son accidentes del sistema capitalista, sino, como la guerra, parte integrante de este sistema, la regla antes que la excepción. Al parecer tenía razón, que es lo que piensa gran parte de la juventud alemana, en cuyo país El capital se está vendiendo hoy más que nunca, en muchos miles de nuevos ejemplares –las imprentas no dan abasto–.
Cometer errores, equivocarse, gestionar mal es propio no ya de un determinado sistema económico sino del ser humano. Los forajidos –políticos, grandes empresarios, directivos de agencias económicas globalizadas, todos los superladrones activos en el ciclo económico comparten esas responsabilidades que sólo se atribuyen a sí mismos los pequeños empresarios. Pero la diferencia de tamaño entre los pequeños, que lloran, y los forajidos, que callan, debería obligar a los forajidos, también a ellos, a sentirse responsables y a decirlo. Porque los primeros, como sus empleados, son víctimas –inocentes, por cierto –, de los segundos, que por algo son forajidos y no lloran.
Tags: GeneralLo innegable es que Catalunya es una de las sociedades autónomas económicamente más pujantes de Europa. Su industria es un ejemplo de modernidad y su contribución al PIB de España, 20%, es quizás la mayor de todas las comunidades. Gran productora de energía –térmica y nuclear–, Catalunya tiene competencias en actividades como cultura, turismo o vivienda. En otras áreas, como ordenación del crédito, banca y seguros, le corresponde el desarrollo legislativo y la ejecución de la legislación básica del Estado. Su cuerpo de Mossos d’Esquadra va sustituyendo a la Policía Nacional y a la Guardia Civil en tareas importantes de seguridad.
La investigación científica y tecnológica ha sido uno de los pilares del desarrollo de Catalunya, en particular en ciencias como la astronomía, la oftalmología, la bioquímica y la climatología. Sólo en el siglo XX, genios como Salvador Dalí, Joan Miró y Antoni Tàpies, y otros muy vinculados a Catalunya, como Picasso, fueron autores de infinitas obras maestras, continuando la labor artística de Ramón Casas, Santiago Rusinyol, Josep María Subirachs o Marià Fortuny. Entre los compositores catalanes de mayor trascendencia, hay que mencionar a Pau Casals, Albéniz, Granados, Xavier Montsalvatge, Tete Montoliú y Federico Mompou, entre otros. Y cantautores como Raimón, Llach, Serrat y Aute. Intérpretes como Alicia de Larrocha, Montserrat Caballé, Victoria de los Ángeles y Josep Carreras han trascendido todas las fronteras.
La riquísima literatura en Catalunya tiene, desde sus orígenes en Raimon Llull, Ausias March o Joanot Martorell, la singular característica de abarcar dos lenguas, el catalán y el castellano, privilegiadas una u otra según las épocas y las luces (o falta de luces) de los gobernantes.
Ni falta hace hablar de la arquitectura de Barcelona, desde la magna obra de Gaudí hasta las deslumbrantes realizaciones de Ricardo Bofill y las numerosas aportaciones de los mayores creadores internacionales del siglo XX. Como tampoco es posible hablar de Catalunya sin mencionar su gastronomía, una de las más reputadas del mundo por su calidad, su originalidad y sus proyecciones auténticamente culturales.
Y luego está el Barça, uno de los mejores equipos de fútbol del mundo que ganó 19 veces el Campeonato de Liga español y tres veces la Liga de Campeones. ¿Se puede pedir más? Sí: que no venga ningún salvador de la patria, como Joan Laporta, y pretenda hacer de Catalunya “más que una nación”: un club.
Tags: GeneralLa campaña contra el tabaco puede caer en idioteces grotescas. En Estados Unidos, en los años noventa del siglo pasado, se le negó a un condenado a muerte su última voluntad, fumarse un cigarrillo, alegando que el tabaco mata. Nadie en su sano juicio sostendría que el tabaco es saludable: el tabaco no puede ser saludable.
¿De veras?
Ya en 1996, un artículo en el British Medical Bulletin, “Efectos benéficos de la nicotina y el cigarrillo: lo real, lo posible y lo espurio”, señalaba que los fumadores sufrían menos de úlceras de boca y de acné grave. También decía que se habían verificado efectos positivos en el parkinson, el síndrome de Tourette y la obesidad. Pero sobre todo en la enfermedad de Alzheimer, cuyo riesgo en los fumadores “es de un 50% inferior al de los no fumadores”. El artículo menciona mejorías en la atención y el procesamiento de la información, facilitación de ciertas reacciones motrices y un acrecentamiento de la memoria. La nicotina es, de ese modo, la única sustancia placentera con efectos saludables en el cerebro, mucho mejor que el alcohol o las drogas con que los antitabaquistas comparan el tabaco.
En Francia, los doctores Pierre Cesaro y Gabriel Villafane tienen depositada, desde 1999, una solicitud de patente para el uso de la nicotina en estado puro (no vaya a ser que los fanáticos los acusen de propiciar el humo de fumar) en las enfermedades neurodegenerativas como el parkinson, la epilepsia y el Alzheimer. La nicotina no sólo frena el parkinson, sino que, con un tratamiento continuo, permite ir sustituyendo el medicamento clásico, la L-dopa (que cuesta 1.200 euros por mes), por un tratamiento de sólo nicotina (200 euros por mes).
La naturaleza nos ha hecho sensibles a la nicotina: en 2008, un equipo del Instituto Pasteur, de París, descodificó la estructura tridimensional de los receptores neuronales de la nicotina, que datan de entre uno y tres mil millones de años –época en la que nadie fumaba, que se sepa–.
El método de Cesaro y Villafane es el de la tirita pegada a la espalda –y aquí viene la pega: la tirita nicotínica está sólo autorizada en quienes deseen dejar de fumar–. Por el momento, los pacientes de parkinson pueden ser tratados con la tirita, pero… ¡clandestinamente! Los resultados, muy recientes, son espectaculares: a los cuatro meses de tiritas con dosis elevadas de nicotina, se observa un alivio del 50% de los síntomas.
O sea que a ese condenado a muerte en Estados Unidos habrían podido darle un cigarrillo, sin riesgo para su vida…
Tags: GeneralUna noche el escritor Italo Calvino y su mujer, Chichita, nos llevaron a cenar a un restaurante del puerto de San Remo, muy agradable, en donde Italo tuvo ocasión de enfadarse conmigo pero también de decirme algo que nunca olvidaré. Mi condición de físico me confería a sus ojos algún valor particular como crítico.
“¿Leíste Tiempo cero?”. “Sí –respondí, e hice una pausa incómoda–. Está muy bien, es como una prolongación de Las cosmicómicas. Tal vez menos trascendente”.
Se hizo otro silencio incómodo. No sabía entonces que la franqueza nunca hiere, aunque duela. Y a mí Tiempo cero me había parecido un libro menor de Italo, más de lo mismo, más del mismo juego un tanto ingenuo que ya había hecho de Las cosmicómicas un libro malogrado. “Lo que yo esperaba –me atreví a añadir–, lo que me parece que el público esperaba y espera ahora de ti, es una gran novela, algo comparable a El barón rampante”.
Italo dejó los cubiertos, frunció aún más el ceño, puso los puños en el mantel y, mirándome fijo, me dijo: “¿Y por qué? ¿Por qué esperas algo de mí? ¿Qué tienes que esperar de mí? ¿Y qué tiene el público que esperar de mí? ¿Eh?”. Traté de sumirme en mi vaso de vino. Chichita y Nicole nos miraban sonrientes pero un tanto recelosas. Calvino prosiguió: “Yo eso no lo entiendo. ¿Y si yo no quiero escribir una gran novela? ¿Y si yo no puedo escribir una gran novela?”.
Estaba muy tocado. Y yo me sentía terriblemente dolorido por su enfado, pero más dolorido aún por justificarlo en todo su alcance. Pensé que había metido la pata, y su morada intelectual se me apareció como mucho más inaccesible que unos minutos antes. “Yo creo que sí puedes –atiné a decir–. Si alguien puede en Italia escribir hoy una gran novela ese eres tú.Todo tu itinerario, desde El sendero de los nidos de araña, te lleva a eso. Vaya, me parece”.
“Pero vamos a ver –respondió algo menos enfadado y volviéndome a mirar con sus ojos de ave de rapiña–, ¿dónde está escrito que yo deba escribir cada vez mejor? ¡A lo mejor es al contrario, debo escribir cada vez peor! ¿Dónde está escrito que el mundo deba ir cada vez mejor? A lo mejor es al revés. A lo mejor el mundo no progresa, sino que regresa, pero nosotros no lo sabemos. A lo mejor todos nuestros esfuerzos por mejorarlo son vanos. A lo mejor nuestros esfuerzos no hacen más que empeorar la situación, hacer la caída más dura, la decadencia más dolorosa”. Hizo una pausa y añadió: “Lo importante es mirar todo ello a ciglio asciutto, sin una lágrima”.
Tags: GeneralEl 75% de los latinoamericanos están infectados por el VIH”. Me parece haber visto y oído mal (tan desatinado lo hallo que desconfío de mis sentidos); pero la televisión es fugaz y no tengo manera de volver a mirar y escuchar lo que vi y oí. El 75% de la población de América Latina son varios centenares de millones de personas, y es raro no haber conocido más que a dos de ellos. Aparte de estos dos casos –ambos hombres de cultura, ambos talentosos y fallecidos de sida–, nunca he conocido a un latinoamericano con VIH. (Como siempre, la tele difundiendo disparates).
De todas formas, oí y vi, pero ¿entendí? Lo dudo, como dudo de que tres cuartas partes de la población de América Latina esté infectada por el VIH.
Lo interesante es que otras personas que estaban conmigo tampoco fueron capaces de confirmar lo que yo creí oír y ver. La cosa parece típica de la televisión, y ha sido tan estudiada (la tele cae en la categoría de los opiáceos adictivos) que hasta resulta banal: una pantalla transmite una sucesión interminable de señales (devaneos electromagnéticos) y capta la atención del espectador. Este enseguida pierde interés pero queda enganchado. Ante la televisión, el hemisferio cerebral derecho –que elabora los datos sensoriales sin analizarlos, ni dividirlos en las partes que los componen, ni criticarlos: elabora la información globalmente y lleva a reacciones emotivas (antes que inteligentes)– entra a trabajar dos veces más que el izquierdo –que está especializado en organizar, analizar y juzgar lo que le llega. Somos incapaces de atender racionalmente a la tele porque ante la pantalla la zona cerebral pertinente está casi inactiva. De ahí que la gente nunca comprenda lo que ve y oye en la tele: según los experimentadores, el 90% de los interrogados han entendido mal lo que han visto y oído pocos minutos antes (lo cual quizás sea una ventaja…). No se sabe todavía cómo la televisión seda nuestro hemisferio izquierdo, pero sí que el efecto sedativo no depende del contenido (que es siempre imbécil, ya se trate del VIH en América Latina o de cualquier otra cosa. Da igual).
De todo ello me preocupa otro hecho, algo de lo que tú, lector atento, te habrás percatado. Es la gramática. Se oye una explosión –no se escucha–. Se ve un fogonazo –no se mira–. Oír y ver son actividades pasivas. Escuchar y mirar, activas. Es decir, ante el televisor éramos un puñado de personas que oíamos y veíamos pero no escuchábamos ni mirábamos.
Tags: GeneralEn medio de la fiesta, abriéndose paso entre el gentío, se me acercó el dueño de la casa arrastrando de la mano a un hombre joven de aspecto serio y me dijo: “Aquí tienes a un colega ruso. Puedes hablar con él en inglés. Tendréis cosas que contaros”. Y nos dejó solos.
“¿Publisher?” le dije al joven estrechándole la mano. “Yes”. “¿Y qué edita usted?”. “De todo”. “¿De todo? Es un campo muy vasto…”. “De todo”, insistió.
Me armé de coraje. “¿Cuántos libros edita por año?”. “Veintidós millones”. “Serán 22 millones de ejemplares, supongo”, dije, riéndome aun así de ocurrencia tan descabellada. Pero Rusia es un país muy grande y muy lector, con lo que la cifra no era descartable a priori. “¿Cuántos títulos, no ejemplares, edita usted?”. “Quinientos”, me dijo sin sonreír pero sin alardear. Y añadió: “Por mes”.
Nos sentamos, porque sentí que el vértigo se apoderaba de mí. Lo miré. ¿Exageraba? “¿Novelas?”. “También”. “¿Libros de cocina? ¿Guías turísticas?”. “Sí, también”. Lo decía con cierta indiferencia. Fui a buscar más whisky para ambos y volví a mirarlo. “¿Es una editorial o son varias?”. “No, no, una sola”. “Serán tiradas de…”. “Por lo general, de no menos de 4.000 ejemplares”.
Calculé: 500 por mes son 6.000 por año. Cuatro mil ejemplares de cada uno habría dado 24 millones de ejemplares. Cuadraba. Rusia es un país muy grande y muy lector…
“¿Y usted? ¿Cuántos libros hace?”, me preguntó de colega a colega. “Seis”, dije con valentía pero en voz baja y puede que sonrojado. “¿Por mes?”. “No, no, por año”. Sonrió, pero sin sorna. “Trabajo solo”, puntualicé como disculpándome. “Es lo mejor”, me consoló él. Miramos a la multitud, la gran mesa de cristal, los cuadros, las esculturas. “Buenos cuadros”, aventuré. “Muy buenos”, me respondió, “yo también colecciono”. “Mi mujer pinta”, le indiqué. “Usted debe conocer buenas galerías en Moscú”. “La más grande es mía”, me dijo con naturalidad. Me quedé mirándolo. “Pero tengo muchos cuadros en mi casa”, añadió. Sin alardear.
Intenté imaginarme su residencia.
“Nosotros acabamos de estar en Moscú”, le dije, “¡qué lástima no habernos conocido antes!”. “Si vuelven a Moscú llámeme”, dijo extendiéndome una tarjeta en la que anotó su teléfono directo.
Quinientos libros por mes y la galería más grande de Moscú. El joven editor (no le di más de 40 años) estiró las piernas, se alzó, me dio la mano sin sonreír y se acercó a otro grupo de gente. Me quedé pensativo. Rusia es muy grande y muy lectora, pero también tiene mucha pintura.
Tags: GeneralUna de las maravillas recientemente lanzadas como novedad en la International Next-Generation Robot Fair en Japón es un muñeco que baila el hip-hop. Lo hace bastante bien, por momentos parece un ser orgánico, aunque al cabo de un rato el espectador comienza a percibir los signos inequívocos de la máquina inorgánica: movimientos que se repiten, otros geométricamente demasiado perfectos, y aún otros imposibles, o poco menos, para un ser humano de verdad. La cara de este muñequito de unos 50 centímetros de alto casi no tiene rasgos, pero nada más sencillo que ponerle un buen simulacro de cara y hasta el rostro de alguien conocido. Es concebible, ya en su estado actual, que una compañía de 20 de estos robots bailen el hip-hop al unísono en un escenario, ante un público hipnotizado por la proeza técnica. El mérito artístico de un show así sería muy relativo, desde luego, pero provocaría exclamaciones de admiración.
¿Para qué sirve un robot que baile el hip-hop? Lo primero que se aduce es que sirve para “hacer progresar la ciencia”, lo cual no hace sino abrir un tupido período de preguntas que comienza con “¿Y para qué hacer progresar la ciencia?” y termina indefectiblemente en “¿Pero Dios existe?”. Todo lo cual tiene escaso interés filosófico y no ayuda necesariamente a vivir.
Entonces, saliéndose por la tangente de los ejemplos, los robotófilos sostienen que podría sustituir al clásico perro de los ciegos, lo cual no parece imposible pero lleva nuevamente a una pregunta: “¿Hay escasez de perros?” Y si vamos al caso, ¿no es que hay tantísimos parados? Bien aceptaría un parado seguramente el trabajo de guiar a un ciego. Tendría, tanto sobre el perro como sobre el robot, la ventaja de ser capaz de conversar con el ciego, que por cierto no estaría de más. Y llegado el caso, podría enseñarle al ciego a bailar el hip-hop.
Y ya estamos viendo, llegados a este punto, una compañía de 20 ciegos bailando el hip-hop ante un público entusiasta y que, contagiado por el arte de los bailarines, se lanza a su vez a bailar un hip-hop gigante… Es difícil imaginar mayor triunfo para la ONCE.
El capricho de construir una máquina que sustituya al ser humano es viejo como la civilización. A él se unen otros caprichos no menos vanos, como el de reducir a dos horas el viaje de Londres a Nueva York, que en el ya pretérito y estrechísimo Concorde se hacían más largas que las seis o siete habituales. Y ahora nos piden que tiremos los libros a la basura y leamos electrónicamente…
Las Dionisias eran unos festivales populares en la Grecia antigua, el más importante de los cuales tenía lugar en Atenas en primavera. Consistían en una semana de banquetes, concursos ditirámbicos, presentación de poetas y dramaturgos y la representación, durante varios días, de piezas de teatro. Cada poeta debía presentar una trilogía trágica y una obra satírica. En cartel: Sófocles, Eurípides, Aristófanes y gente de ese nivel.
Había procesiones de todo tipo, también obscenas o, por lo menos, fálicas, en las que desfilaban falos gigantes, uno por cada uno de los 200 países del imperio –que, además del falo, debía contribuir con una vaca.
El despliegue era fastuoso y la población participaba con gran entusiasmo.
Las Dionisias no eran las únicas manifestaciones culturales en Atenas. Las había de otras índoles que se celebraban en distintas épocas con contenidos novedosos, siempre multitudinarias. Y muchas otras fuera de Atenas, por toda Grecia.
Al parecer no salían gratis. Eran acontecimientos costosos a los que, sin dudas, contribuían las arcas del Estado. Según estudios recientes, los atenienses dedicaban a estas fiestas esencialmente teatrales sumas muy importantes. Se calcula hoy que sólo la Dionisia de Atenas representaba el 5% del presupuesto de la defensa.
Es verdad que una flecha o una espada cuesta bastante menos que un tanque, pero es interesante hacer la comparación. En España, el presupuesto actual de Defensa ronda los 7.500 millones de euros, cuyo 5% vendría a ser alrededor de 380 millones. Es verdad que el presupuesto de todo el Ministerio de Cultura y las actividades culturales que de él derivan rondan los 850 millones. Pero también en Grecia el gasto en cultura era muy superior al de la gran Dionisia de Atenas, aunque no dispongamos de cifras adecuadas por ahora. ¿Qué sería hoy en España el equivalente de la Dionisia de Atenas? Digamos, por ejemplo, el Festival de Primavera de Madrid. ¿Cuál es su presupuesto? En torno a los 3 millones, más de cien veces menos que la Dionisia de Atenas.
Imaginar un Festival de Primavera de Madrid con un presupuesto de 380 millones da vértigo. Pero se presta a reflexión. En los veinticinco siglos que nos separan de la antigua Atenas, una de dos: o los gastos de defensa se han disparado, o el valor otorgado a la cultura se ha desmoronado.
Personalmente creo que las dos hipótesis son válidas, pero mucho más me gustaría que la defensa nos costara mucho menos y la cultura mucho más. Saldríamos ganando.
Tags: GeneralCosa buena es rectificar abiertamente los propios errores, pero hay que saber hacerlo. Fue desafortunada la frase de Francisco Camps, a saber:
“A usted le encantaría coger una camioneta y venirse de madrugada a mi casa y que, por la mañana, apareciese yo boca abajo en una cuneta”.
Proferida directamente al portavoz socialista de las Cortes valencianas, Ángel Luna, además de ser descabellada y estar muy pobremente construida, la frase es alevosa. Sugiere que Ángel Luna no sólo sería capaz de acto tan vil, sino que “le encantaría” llevarlo a cabo.
Más prudentemente, Ángel Luna le respondió:
“En la anterior sesión de control le hablaba de enajenación política; tras su declaración casi tendría que plantear el adjetivo que le puse al sustantivo”.
Esta frase, igualmente mal construida pero menos ofensiva gracias al adverbio “casi”, viene a querer decir:
“Casi me parece que está usted loco”.
Horas más tarde, Francisco Camps recapacitó (o fue obligado a recapacitar) y rectificó, a saber:
“Me gustaría pedir disculpas si he herido la sensibilidad de alguien, que entiendo que pueda ser así, por la frase que esta mañana, en el calor del debate parlamentario, pueda haber dicho. De igual manera, me encantaría que los socialistas pidiesen perdón públicamente por la cantidad de insultos y de infamias que me han proferido a mi persona”.
Pésima sintaxis, fruto probable de una confusión de ideas en lo profundo del cerebro de Francisco Camps. El intercambio de malas frases habría merecido mejor nota si se hubiera limitado a:
[Camps] “A usted le encantaría que yo me muriera”;
[Luna] “Casi me parece que está usted loco”;
[Camps] “Me he extralimitado, le pido perdón”.
Jorge Luis Borges sabía rectificar con más clase. Durante la guerra de las Malvinas, afirmó que el problema de los generales argentinos era el de no haber jamás oído silbar una bala. Uno de esos generales, llamémoslo general Fulánez, le respondió mediante una carta en la prensa, en la que afirmaba que él había conocido el frente de batalla y el peligro mortal que lo acompaña. Sin perder un momento, al día siguiente apareció una carta de Borges en la prensa en la que decía, esencialmente, que pedía perdón por su afirmación inexacta, ya que:
“El general Fulánez sí oyó silbar una bala”.