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Elogio de la espera

17 ene 2011
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Esperar es siempre enojoso. Saber esperar es un arte. Me precio de ser un virtuoso del género desde mi más tierna infancia. Recuerdo mis esperas del Ferrocarril Oeste en la estación Caballito. Temeroso de perder el tren y llegar tarde a la escuela, comenzaba a pasearme por el andén al menos 20 minutos antes de horario.

Recuerdo la espera durante las clases de educación física, agotadoras, aburridas, inútiles, cuando el reloj parecía haberse detenido.

Me decía, durante mis esperas infantiles, que la peor de las dictaduras no podría impedirme ver y oír, y buscaba distracción en lo que veía y oía. Un gran anuncio publicitario, el rugir de un motor o el mero paso de una nube estrafalaria se convertían para mí en asuntos dignos de estudio. Las burbujitas que provocaba la lluvia, el dibujo regular de una pared de ladrillos, las formas de un banco público; la superposición de un gorjeo y el ronquido de un anciano; todo lo que entraba por mis sentidos –y el tacto también: las páginas del libro que llevaba en la mano o las monedas que llevaba en el bolsillo–, todo era una evasión adecuada en caso de espera.

Años después conocí la espera del examen. Nunca me comí las uñas, ni pude comprender por qué algunos sí se las comían ni qué efecto podía tener sobre ellos. Lo cual no quiere decir que no haya conocido los nervios, el vacío en el estómago, los sudores fríos. Pero creo que más que la espera, en esos casos, lo que me afectaba era el no saber qué preguntas me haría la mesa examinadora. La espera en sí no me parecía larga, volvía a seguir con los ojos el dibujo art-déco de los azulejos y a contar y recontar las monedas que tenía en el bolsillo, y cada una de estas operaciones absorbía toda mi atención. Me olvidaba del examen.

Años más tarde dirigí un Curso Internacional de Edición financiado por la Administración de Valencia –y ya se sabe que la Administración Pública es muy lenta en estas cosas–. Pero anímicamente la espera fue tan fácil como las de mi infancia. Mis viajes me permitieron –además de leer y escuchar buena música en mi discman y de volver a seguir la carrera de los cables de poste en poste, como desde el vagón del Ferrocarril Oeste– leer con admiración los graffiti anónimos en los aledaños de las estaciones principales, disfrutar del servicio de restaurante del tren Alaris y cavilar, cavilar, cavilar, acerca de mi difícil situación económica, de mi edad, de mi trabajo, de mis proyectos…

Saber esperar es un arte. Y yo me precio de ser un virtuoso del género.

Vino caro

10 ene 2011
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Cuando en 1953, al final de los cuatro años de Columbia estaba por dejar Nueva York y regresar a mi país, mi colega Bob me invitó a almorzar con mi novia. Él había ganado una beca y el ingreso en una de las fraternidades académicas de mayor prestigio del país, y acababa de cobrar su primera mensualidad. Yo volvía al terruño y ya no nos veríamos. Era una ocasión importante y Bob decidió gastarse su mensualidad invitándonos al Café Chambord, uno de los restaurantes más caros de Manhattan. Nos quedamos de piedra pero aceptamos emocionados. Nos pusimos elegantes y a la una del mediodía entramos en el lujoso local, muy oscuro a esa hora –normalmente tenían poco trabajo a mediodía, era un restaurante nocturno, para después del teatro–. Se nos acercó un maître con cara de pocos amigos, le dijimos que éramos tres y el pobre hombre exclamó hacia atrás, para que alguien se ocupara de nosotros:
–¡Una mesa para tres mindundis! –en francés, suponiendo que no entenderíamos. Mi escaso dominio del francés me bastó, sin embargo, para decirle a Bob que no protestase: si tenía dinero para pagar, yo tomaría la iniciativa.
Un camarero nos llevó a una mesa arrinconada y nos entregó la carta. Fui directamente a los vinos, bajé con el índice hasta encontrar algo realmente caro y, con la mayor naturalidad del mundo, miré al camarero y dije:
–Château d’Yquem 1919. S’il vous plaît.
En la oscuridad vi que el tipo se puso pálido. Se alejó, lo vi hablar con el maître y vi que este se acercaba. Me limité a mirarlo fijamente, alzar la ceja derecha y decir:
–Château d’Yquem 1919. S’il vous plaît.
–Oui monsieur –atinó a decir el hombre, desconcertado.
Y se alejó. Lo que pasó entonces es inolvidable: se encendieron todas luces del local, en una demostración de lujo especial para nosotros, los únicos parroquianos. Era un salón espléndido, de terciopelo rojo, paredes blancas y doradas, con caireles como diamantes. Y al mismo tiempo era Nueva York, cómodo, acogedor, manteles muy almidonados, los bronces del bar pesados, las sillas de madera sólida, la moqueta espesa.
Nos cambiaron las copas y llegó el Château d’Yquem 1919. Lo probamos y asentí apenas con un movimiento de cabeza. De ahí en adelante no nos dejaron elegir la comida. El maître se hizo cargo, muy por lo bajo se excusó conmigo por lo que había dicho cuando entramos y nos brindó nuestra mejor comida en casi cinco años de Nueva York.
Bob pagó, salimos, nos desperezamos en la acera como Chaplin, largamos la carcajada, nos estrechamos la mano y nos separamos.

Atrevimiento

27 dic 2010
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No hace mucho cené con Nicole en un muy buen restaurant. Llegó una pequeña comitiva que ocupó una mesa central, una docena de personas más o menos jóvenes, algunos con estuches de instrumentos musicales. Al final, una pareja de más edad ocupó la cabecera. Se me ocurrió que debía de tratarse de una orquesta de cámara y que el recién llegado era Nikolaus Harnoncourt, a quien no conocía ni de foto. Viéndome perplejo y un poco agitado, Nicole me dijo: “Pregúntaselo. ¿O no te atreves?”. La miré, dejé la servilleta, me alcé y me acerqué al señor de la cabecera.
“Perdón –dije–, me pregunto si ustedes no serán músicos…”, y cuando el caballero hizo ademán de alzarse le puse una mano en el hombro. “No, no, por favor, no se moleste…”. “La señora a mi lado –me dijo– es tal vez el mejor violín hoy día en Europa. Es mi señora, pero toca muy bien el violín. La señorita allí a la izquierda es una de los mejores flautas del mundo. El caballero de barbita, frente a ella, es un virtuoso del chelo…”.
“… Y el señor que le está hablando –interrumpió otro miembro de la comitiva– es Nikolaus Harnoncourt”.
No me sorprendió, había tenido el pálpito; no obstante miré al señor de la cabecera y fingí incredulidad. “¿Usted es Nikolaus Har… Harnoncourt?”.
Esta vez el hombre se alzó, me dio la mano sonriendo y me dijo, con un amplio ademán: “Y este es el Concentus Musicus Wien”.
Di unos pasos hacia atrás, los miré con devoción. “Felicitaciones, y no quiero molestar. Gracias y todos mis aplausos”. Me retribuyeron el aplauso y volví a la mesa donde Nicole se desternillaba de risa. Le dije: “Y eso, para que otra vez no me desafíes…”.

Desde la otra mesa, Harnoncourt le envió una sonrisa.
Pero hay gente que no ve estas intromisiones con buenos ojos. Algunos porque piensan que son muy molestas para el personaje célebre y otros, me atrevería a decir que la mayoría, porque sienten vergüenza ajena: transfieren la propia actitud inhibida al que califican de entrometido. Yo quiero decir cómo vivo yo estos atrevimientos.
Lo primero que siento es haber triunfado sobre mi timidez innata. Pero una vez lanzado, ya no siento más que el juego, un juego tan divertido como los juegos de los niños. Intercambiar con uno de estos personajes un par de frases, un par de sonrisas y un par de estrechones de mano (y, si son mujeres, puede que un besito) es como un cosquilleo moral, un guiño intrascendente, un retruécano logrado. Jamás sentí que podía molestar. Jamás pretendí salir en la foto. Jamás me sentí mequetrefe.

Un rey de veras

20 dic 2010
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El titiritero argentino Javier Villafañe me contó una vez de su extraordinaria visita al rey Juan Carlos. Se le había ocurrido un libro de entrevistas con famosos en que le contestaran a una sola pregunta: “¿Cuál fue el primer libro que leyó en su vida?”. Entre los famosos escogidos por Javier: don Juan Carlos. Pidió audiencia a la Casa Real y, ante su pasmo, le fue concedida. A la hora convenida se presentó a la entrada de Palacio con su único atuendo, supongo que por razones económicas pero también por berretín de artista: un mono azul.
–Vengo a ver al rey –dijo a la guardia con su voz suave y queda, mostrándole el tarjetón.
Su pinta de fontanero no inspiró confianza en el uniformado, que llamó por el interno y, para pasmo esta vez del guardia, obtuvo el visto bueno. Javier entró, esperó un poco en una antesala y por fin el rey lo hizo pasar. Don Juan Carlos, es sabido, es un hombre al que le que gusta divertirse, y el diálogo fue divertido. En un momento determinado Javier le dijo, con su voz suave y queda:
–Majestad, ¿me deja que lo toque?
El silencio risueño del rey otorgaba. Javier le acarició la manga de la chaqueta y agregó, siempre con esa voz suave y queda:
–Es que, ¿sabe? He tocado a muchísimos reyes, pero todos eran títeres. Usted es el primero que toco de veras.
Llegó el momento de marcharse y se dieron la mano. Siempre atento a estas cosas, don Juan Carlos se la retuvo y le preguntó si estaba con coche.
–La verdad es que vine en autobús.
Riendo, el rey llamó a un asistente y le dijo algo al oído. Cuando Villafañe salió de Palacio lo esperaba un gran coche oscuro con la matrícula de la Casa Real. Poco habituado al lujo, le pidió al chofer que, al llegar a su casa –en un callejón del viejo Madrid–, diera unos bocinazos para que su esposa se asomara y lo viera. Así lo hizo el chofer, pero su mujer o no lo oyó o no estaba. Desilusionado, Villafañe le pidió al chofer que, si no le importaba, lo llevara hasta el café de la esquina y volviera a dar unos bocinazos, para que por lo menos lo vieran sus amiguetes. Del café no salió nadie. Fue la mayor decepción que le deparó la preparación de su libro, que no sé si llegó a editarse. La Casa Real le comunicó que el primer libro que leyó don Juan Carlos fue Platero y yo.
Años más tarde me dijeron que Javier, ya viejecito y en Buenos Aires, se había curado un cáncer de la calva frotándosela con vino. In vino veritas, por supuesto, de manera que no lo dudo. Nunca dudé de las afirmaciones de Villafañe. Murió unos años más tarde, creo que de otra cosa.

Lincoln

13 dic 2010
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Pocos hombres en la historia son tan conocidos como Abraham Lincoln. Tolstói cuenta que, viajando por el Cáucaso, conoció a un jefe musulmán que nunca había oído hablar de norteamericano alguno, salvo de Lincoln. “Fue un héroe”, le dijo el anciano.
Suele creerse que Lincoln es tan famoso por haber abolido la esclavitud en su país. Es cierto que siempre se opuso a ella, considerándola contraria a los principios fundacionales del país. Era una monstruosa hipocresía, decía, que, con esos principios, Estados Unidos fuera el Estado esclavista más grande del mundo.
Pero en realidad la esclavitud le importaba bastante menos que la unidad de Estados Unidos. Cuando asumió la Presidencia, siete estados ya habían declarado la secesión y fundado una nueva nación, y unos cuantos más estaban al borde de hacerlo. Esa Presidencia iba a ser más bien la de los Estados Desunidos. En su discurso de aceptación Lincoln dijo: “La secesión es la esencia misma de la anarquía, porque, si un estado se separa, también puede separarse cualquier otro, hasta que no quede nada del Gobierno ni de la nación”. Y en mayo de 1861, ya estallada la guerra, dijo: “La idea central de esta guerra civil es la necesidad que nos incumbe de demostrar que el Gobierno del pueblo no es un absurdo. Hemos de zanjar ahora el siguiente asunto: en un Gobierno libre, ¿tiene derecho la minoría de romper el Gobierno cuando le dé la gana? Y si fracasamos estaremos demostrando la incapacidad del pueblo de gobernarse a sí mismo”.
En cuanto a la esclavitud, Lincoln fue explícito: “Mi objetivo fundamental en este conflicto es salvar la Unión, y no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar un solo esclavo, lo haría, y si pudiera salvarla liberando a todos los esclavos, lo haría; y si pudiera salvarla liberando a algunos y no a otros, también lo haría”. Pero se sabe que, en el momento de hacer esta declaración, ya tenía preparada la proclamación de emancipación de los esclavos, y su cometido, con esas palabras, no era sino el de ir preparando la opinión pública para una medida que no concitaba unanimidad ni siquiera entre quienes lo apoyaban en la guerra.
Su determinación como comandante en jefe del ejército y la marina de la Unión durante los momentos más desesperantes, y pese a la lluvia de burlas y críticas que recibió, fue esencial para conseguir la victoria, como otros dos “héroes” de ese país: Washington en la Revolución y Roosevelt en la Segunda Guerra Mundial.
Otros tiempos, otros lugares, otros hombres.

Roma, 1951

29 nov 2010
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Agosto de 1951, Italia. De pronto me sentí en casa. El pintoresquismo irresistible –los chicos que ofrecían inmensos ramos de flores en la carretera, la gesticulación, las voces sonoras, el eco en los callejones, el derroche de luz en medio de la pobreza, la abundancia en los escaparates, el color de las paredes, las cuestas por entre las callejas, el olor del café, el sabor de la pastasciutta, las curvas del camino a pico sobre el mar verde, el cultivo de la tierra en terrazas…– nada me resultó particularmente nuevo, aunque sucumbí a su encanto.
Pero no. No era el encanto. Italia respiraba movimiento. El movimiento fue lo que me sedujo de entrada. Los carteles políticos, los anuncios de muertes o de publicidad pegados en las paredes, las pintadas, el hormiguear ciudadano de peatones mezclados con vehículos de dos, tres o cuatro ruedas, la riqueza de los kioscos, de las librerías, la vitalidad inmensa que se volcaba desde la mínima ventana, el grito desenfadado con que la madre llamaba a su marido, la voz grave de la bellísima camarera que gritaba, en la trattoría: “Signora-á, il conto-ó!”,
la habilidad de la gente con el tenedor y los spaghetti, la venta clandestina de cigarrillos de contrabando, los gatos, la elegancia de lo natural, el trabajo: Italia era un país líquido, no sólido, un país sin cristalizar en el que cada molécula se movía por su cuenta, rebotaba contra otras moléculas y, entre todas, adoptaban la forma del recipiente, que no tenía la mínima importancia.

¿Italia? Italia no era nada, nadie parecía ser consciente del país; nada delataba forma alguna de conciencia nacional. El propio domicilio, el lugar en que se estaba, el minuto que se vivía tenían importancia; el propio trabajo del momento, la tarea o la conversación. De todos modos, nada tenía mayor trascendencia, por sentado se daba que el paisaje era bello, el mar verde, el tiempo bueno, las casas, los palacios, las iglesias, las obras de arte, los árboles eran bellos, ya se sabía; lo que había que hacer ahora era lavar la ropa, calentar la verdura, franquear las cartas, pescar, vender, comprar. O besarse.
Vivir.
Italia estaba viva. El movimiento de Italia era el movimiento de la vida. Eso es lo que estalló dentro de mí ese mes de agosto de 1951 cuando, a los cinco minutos de respirar el aire italiano, me di cuenta de que, aun con sólo 20 años, estaba muerto. Y de que sólo resucitaría en Italia.

Seísmos

22 nov 2010
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Parece que Pompeya será pronto una ruina. No es ninguna paradoja. La incuria que caracteriza todo lo que hace Berlusconi –digo bien: todo– esta vez se manifiesta en que Pompeya se está viniendo abajo. Ni la erupción original del Vesubio, ni los cientos de terremotos que han sacudido la ciudad desde que fuera desenterrada para instrucción y goce de las generaciones posteriores, ni la furia “de los elementos” a lo largo de los siglos han sido tan dañinos para el lugar como la desidia, el egoísmo, la incapacidad innata de los funcionarios berlusconianos que ahora corren sin prisa para ver si se encuentran culpables subalternos adscriptos al mantenimiento que puedan ser sacrificados sin dolor. A nadie parece cruzársele por la cabeza que a quien habría que cortar la cabeza (físicamente) es al jefe, al propio Berlusconi (sostengo que la pena de muerte debería ser aplicable sólo a los líderes, en particular a este).
Lo trágico está en que seguramente Berlusconi no ignoraba que la Casa de los Gladiadores se tambaleaba, como seguramente se tambalean otros cientos de joyas arquitectónicas en Italia. Ocupadísimo cultivando su físico y persiguiendo a las velinas en alguna de sus residencias calificadas de paradisíacas (siempre creí que el paraíso es un lugar aburrido), la realidad es que el estado de las villas pompeyanas le importa un comino. Berlusconi es el ejemplo más flagrante de la irresponsabilidad encaramada al poder (¿cómo pueden quedar políticos de otros países que se rebajen a darle la mano o, como el nuestro, que le sonrían no sin un enfermizo orgullo por aparecer en la foto en su compañía?), pero también de la imbecilidad de una mayoría popular que a sabiendas le sirve –con el afanoso e inconsciente apoyo de una minoría igualmente imbécil– de taburete o, mejor, de felpudo.
Claramente Berlusconi tiene pocos problemas, y entre ellos no figuran los seísmos. Véase L’Aquila, en la que, destruida por un terremoto hace año y medio, habiendo recibido decenas de veces la visita televisadísima de Berlusconi (con casco), todavía no se ha hecho absolutamente nada. Habría que aconsejar a sus habitantes que intenten paliar el sufrimiento pensando en que se trata de un problema de muchos siglos, como el de Pompeya, y sugerirles que más valdría que pensaran en trasladarse a pueblos vecinos, a otras provincias o países, en lugar de perder sus vidas luchando contra la indiferencia del poder político (o meramente sexual) de un Gobierno deliberadamente sordo. E impotente.

Formación

15 nov 2010
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Un buen día B. me dijo que se marchaba de Columbia.
–Me han echado –me dijo con sencillez. En esas universidades había que lograr un mínimo de rendimiento académico o largarse, porque aunque no eran gratuitas había mucha más demanda que vacantes.
Y se marchó. No sabía yo entonces que a los pocos meses volveríamos a encontrarnos, en París. B., con quien mantenía contacto epistolar, ahora vivía, desertor del ejército americano, en una pensión de mala muerte. Estaba satisfecho y contento del cambio. No sabía qué le depararía el futuro inmediato pero sostenía haber encontrado lo que buscaba. Nuevamente quedé subyugado por mi amigo de Columbia, brillante, riquísimo de conocimientos y lleno de contradicciones.
Caminé mucho en París, con B., como habíamos caminado en Nueva York. Pero ahora ya no teníamos por qué hablar de teoremas o leyes de la física. Él se había liberado de ello y nuestra conversación podía extenderse a sus anchas por el único mundo que realmente teníamos en común: el arte. B. había conseguido trabajo. Una institución cinematográfica americana o canadiense lo fichó como scout en París. Le pagaría una pequeña suma por cada película que les consiguiera en opción y que ellos compraran para sus archivos. De esos días y de ese estado de ánimo data una larga discusión con B. acerca de la dificultad de aprender. Llegamos a ponernos de acuerdo en que todo encuentro con lo desconocido es desagradable por naturaleza y produce rechazo, mientras que todo lo que produce placer de entrada debe forzosamente ser superficial y efímero. Hoy creo lo mismo, y desconfío de mi propio entusiasmo ante un primer contacto con una obra de arte.
Las diferencias que nos separaban –de formación, de gustos, de deseos– habrían debido crear entre nosotros un rabioso antagonismo. Y sin embargo no fue así. Una tormentosa vida hogareña y el desesperante estado de la sociedad americana bajo McCarthy hicieron de él un pesimista romántico, aferrado a la vida cultural como única tabla de salvación. Y también hicieron de él, precozmente, un hombre. En esas largas caminatas estivales en París, B. no lograba comprender que yo volviera a Nueva York con la idea fija de reintegrarme luego a Buenos Aires, no entendía que no me instalara ya mismo en Roma o en París o en Londres. Yo no tenía argumentos que esgrimir. En lo más profundo de mí le daba la razón. Pero la aventura de abandonarlo todo me infundía miedo, prefería escudarme tras la buena conciencia del estudiante aventajado y del porvenir del investigador entregado a la naturaleza.
B. tenía razón.

Gastos generales

08 nov 2010
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Según de dónde provengan los fondos, los precios de un viaje o de una entrega a domicilio pueden ser horrorosos o una bicoca. La transformación tiene lugar imperceptiblemente y la adjetivación se establece con la aprobación del entorno, que la da por sentada sin cuestionarla.
No hace mucho, los ministerios se servían únicamente de Correos para los envíos de invitaciones a actos, pero desde los inicios de la prosperidad las invitaciones suelen llegar por motorista. La crisis ha moderado las aspiraciones de los funcionarios nuevos ricos, pero hay instituciones del Estado que siguen sin jamás poner a sus empleados en clase turista: business. ¿Y la crisis? Como quien oye llover.
El chocolate del loro, se aduce. Pero el loro no tiene por qué comer sólo Lindt. Si el loro es un loro privado, ni Lindt ni chocolate. Su dueño, que para las vacaciones viaja en turista y aprovecha las ofertas especiales, no tiene reparos, si está amparado por el poder, en gastar sumas demenciales para que sus dependientes y subordinados (y, naturalmente, él mismo) se den la gran vida. Business y hoteles de cinco estrellas. Para su loro, cacahuetes, sobre todo en tiempos de crisis.
Estos dineros desmesurados sirven para crear complicidades. No tienen por qué provenir de la corrupción, su proveniencia tiene poca importancia. Recibir un envío por motorista quizás acelere la entrega, pero lo importante es el aura de privilegio que confiere, tanto al destinatario como al remitente. La máquina, el uniforme, por humildes que en realidad sean, transmiten un halago que provoca una sonrisa de satisfacción. Es la sonrisa del ejercicio del poder y de la sumisión al poder. No cualquiera se lo puede permitir, no a cualquiera se le confiere el honor.
En una economía de crisis, no hay ahorro excesivo, sin embargo. Evidentemente, la corrupción cuesta un ojo de la cara, y si de la noche a la mañana desapareciera la compra y venta de favores oficiales nadie duda de que se notaría en las cuentas del Estado. Ahorrar en viajes y en entregas a domicilio –es decir, en gastos generales, el chocolate del loro– se notaría menos, pero tendría una función ejemplarizadora notable.
Nos cayó muy mal ver a la familia de Obama tomándose unas vacaciones de súper lujo en Marbella, mientras tantos en su país viven por debajo del listón de la pobreza. Tal vez sea para contrarrestar ese mal ejemplo que las fotos de Obama en mangas de camisa y comiendo una hamburguesa en un boliche cerca de la Casa Blanca son tan frecuentes.

Montignac el Magnánimo

01 nov 2010
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Seguí una dieta feroz durante exactamente 36 horas. Pero hallé en un aeropuerto Comment maigrir en faisant des repas d’affaires, del doctor Michel Montignac. Lo tragué con un hambre de dos días y me entregué a sus consejos. En dos semanas había perdido cuatro kilos. En menos de dos meses había perdido ocho kilos. Sin pasar hambre.
Viajé a París para hablar con el tal Montignac. Tenía sus oficinas en una de las avenidas más caras, y el aspecto de un templo sanitario. Nos dimos la mano sin decir una palabra, me desabroché la chaqueta, metí los pulgares dentro del cinturón y tiré hacia afuera: le sobraban por lo menos cinco centímetros de diámetro. Montignac sonrió, me dijo que quienes habían hecho su dieta hacían invariablemente este gesto y me invitó a sentarme.
Resultó que Michel Montignac era un seudónimo, que se había cambiado el nombre por oscuras razones de márketing; que lo suyo no era la dietética sino las multinacionales; que su talento era, por encima de todo, la venta imaginativa; que no tenía la mínima idea acerca de la edición pero que su libro lo editaba él en su propia editorial, Artulen, en cuyo catálogo sólo figuraba esta obra…
Su apariencia tranquila, tono de voz suave, sonrisa bonachona servían su causa mejor que mil tablas dietéticas. Sin alterarse. Apenas entrecerrando los ojos detrás de sus gafas metálicas.
Tal, la apariencia. Por debajo bullía un espíritu comercial agudo y despiadado. Tan despiadado como la elegante y cómoda prisión de su régimen. Eficaz. Misericordioso. Fácil de respetar. Pero cargado de un lenguaje de rigor poco menos que militar –desviaciones, transgresiones, trampas, alimentos amigos y enemigos…– que seducía y envolvía al usuario hasta la esclavitud. No me sorprendió que un día me preguntara si conocía algún colegio de jesuitas, en Barcelona, al que mandar a sus hijos. Lo que le importaba, por encima de todo, me dijo, era la disciplina.
No. No conocía yo ningún colegio de jesuitas, ni en Barcelona ni en ninguna parte. El libro salió y de inmediato se vendió muy bien. Pero a las pocas semanas yo ya no era dueño de mi editorial. Fui a visitar a Montignac a París –que había manifestado a Nicole su interés en fundar una editorial propia en España y confiársela a ella–. Le conté lo que nos había pasado y me escuchó con la misma cara bonachona de siempre. Me estrechó la mano y ahí terminó nuestra relación. Es divertido que en la solapa del libro la primera frase rece: “Michel Montignac es un especialista en Relaciones Humanas”.