Control
El caballero de edad pero en buena forma física salió del portal de su casa comiendo una barrita de chocolate. El sol calentaba como para llevar la chaqueta abierta, ni una nube en el cielo, el tráfico era el de cualquier día hábil y la multitud era la habitual, gente con prisa hablando por sus móviles, algunos leyendo los titulares del periódico, una que otra holgazana mirando vitrinas, un par de chicos precoces fumando. Lo de siempre.
En la esquina conversaban cuatro guardias urbanos. Uno de ellos sostenía en su mano derecha un disco de stop. A nuestro caballero le llamó la atención el disco rojo. A medida que se acercaba, notó que lo miraban, no sin simpatía, pero el del disco extendió la señal de tráfico y lo invitó a detenerse.
“Buenos días, señor”, le dijo el uniformado, a lo que el caballero respondió: “Y muy buenos los tenga usted”. “¿Me permite un par de preguntas?”. “Las que guste, agente”. “Perdone, señor, ¿tendría la bondad de decirme cuánto pesa?”.
El caballero miró al guardia con cierta sorpresa. “No lo sé exactamente, agente, supongo que unos 83 kilos. ¿Por qué le interesa?”. El agente apuntó el dato y volvió a preguntar: “Tal vez pueda decirme cuánto mide”. “¿De altura?”. “Sí, señor, ¿cuál es su altura?”. La sorpresa del interrogado crecía. “Uy, en una época un metro con 76, pero hoy, con la edad …”.
“Perdone, señor, ¿le importaría que nos apartáramos de la circulación? Ahí tenemos una balanza. ¿Le importaría pesarse?”.
La idea le causó gracia al caballero, que mordisqueó su barrita de chocolate y, sonriendo, se subió a la balanza. “Hmm –dijo el guardia–, 87 kilos, dice la balanza, o sea, unos 85 desnudo”, y corrigió el dato en su libretita. “No quiero abusar de su paciencia, señor. Si me permite –y extrajo una cinta métrica de otro bolsillo– quiero ver su altura”. Y procedió a medir la altura del interpelado. “Hmm –volvió a decir el guardia–, un metro con 77, pero si le quitamos dos centímetros de tacón nos quedamos en un metro 75”.
El caballero dejó de sonreír cuando el agente le quitó delicadamente la barrita de chocolate y la arrojó en un contenedor cercano. “Vea, señor, su índice de masa corporal no debería pasar de 26, pero usted está en casi 28. Es decir, tiene usted un sobrepeso aproximado de cinco kilos. ¿Cómo quiere abonar la multa?”. “¿Multa? ¿Qué multa?”, preguntó el caballero, francamente escandalizado. “La multa por sobrepeso, señor. Son 30 euros por kilo, que en su caso daría un total de 150 euros. ¿Lo paga ahora o prefiere recibir notificación en su casa?”.









