Elogio de la necedad

26 Abr 2010
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Necio Miguel Ángel, que vivió y murió pobre en comparación con Julio II, los Médicis y demás mandamases que, a cambio de su obra, le arrojaron unas migajas. Necio además en comparación con la Iglesia y el dinero que esta arranca de los miles de visitantes de la Capilla Sixtina.

Necio Mozart, que vivió y murió pobre en comparación con el cardenal Colloredo, los magnates de la ópera y la aristocracia de Viena y el propio emperador, que apenas lo toleraron. Necio además en comparación con las casas discográficas que se llenan los bolsillos sin pagarle derechos de autor.

Necio Colón, que vivió y murió pobre en comparación con los Reyes Católicos y la España de su época, que cosecharon y despilfarraron las riquezas robadas al nuevo mundo por él descubierto. Necio además en comparación con la operación Quinto Centenario, que llenó bolsillos con más oro del que jamás fuera necesario para financiar el descubrimiento.
Necio Kafka, que vivió y murió pobre en comparación con la Assicurazioni Generali, que le pagó un salario mezquino para que redactara constataciones de siniestros. Necio además en comparación con sus editores actuales, que recaudan anualmente por la venta de sus obras más que todo lo que él pudo gastar en su vida.

Necio Gino, paleta toscano y cabal conocedor del estilo medieval y renacentista, eximio restaurador de viejas y muy antiguas moradas de la región, que vive pobre en comparación con el cirujano de su pueblo, ladrón notorio que cobra comisiones por comprar instrumental de ciertas firmas y no de otras menos pudientes. Necio además, Gino, por hacer profesión de fe de su necia honestidad.

Necio el joven y talentoso escritor ignoto, que vive pobre en comparación con otros, menos jóvenes y menos talentosos, que dominan el arte de las relaciones públicas, tienen fotogenia y pocos escrúpulos y saben cómo confundir la literatura con los cócteles. Necio, además, el joven y talentoso escritor ignoto, por persistir en el error y creer que no es joven ni talentoso.

Necio el torpe con los números, que confunde balance y cuenta de explotación y que, pobre, se encuentra deudor del erario público; en comparación con el prestidigitador capaz de arreglar balances y cuentas de explotación, invertir con información confidencial, blanquear fondos y ennegrecer fondos y, como si fuera poco, estafar al fisco sin que lo pesquen. Necio además, el torpe con los números, por negarse a aprender lo que considera una pérdida de tiempo, aunque no sea en desmedro de su cometido vocacional y vital.

¡Necios del mundo, uníos!