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Elogio de la espera

17 ene 2011
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Esperar es siempre enojoso. Saber esperar es un arte. Me precio de ser un virtuoso del género desde mi más tierna infancia. Recuerdo mis esperas del Ferrocarril Oeste en la estación Caballito. Temeroso de perder el tren y llegar tarde a la escuela, comenzaba a pasearme por el andén al menos 20 minutos antes de horario.

Recuerdo la espera durante las clases de educación física, agotadoras, aburridas, inútiles, cuando el reloj parecía haberse detenido.

Me decía, durante mis esperas infantiles, que la peor de las dictaduras no podría impedirme ver y oír, y buscaba distracción en lo que veía y oía. Un gran anuncio publicitario, el rugir de un motor o el mero paso de una nube estrafalaria se convertían para mí en asuntos dignos de estudio. Las burbujitas que provocaba la lluvia, el dibujo regular de una pared de ladrillos, las formas de un banco público; la superposición de un gorjeo y el ronquido de un anciano; todo lo que entraba por mis sentidos –y el tacto también: las páginas del libro que llevaba en la mano o las monedas que llevaba en el bolsillo–, todo era una evasión adecuada en caso de espera.

Años después conocí la espera del examen. Nunca me comí las uñas, ni pude comprender por qué algunos sí se las comían ni qué efecto podía tener sobre ellos. Lo cual no quiere decir que no haya conocido los nervios, el vacío en el estómago, los sudores fríos. Pero creo que más que la espera, en esos casos, lo que me afectaba era el no saber qué preguntas me haría la mesa examinadora. La espera en sí no me parecía larga, volvía a seguir con los ojos el dibujo art-déco de los azulejos y a contar y recontar las monedas que tenía en el bolsillo, y cada una de estas operaciones absorbía toda mi atención. Me olvidaba del examen.

Años más tarde dirigí un Curso Internacional de Edición financiado por la Administración de Valencia –y ya se sabe que la Administración Pública es muy lenta en estas cosas–. Pero anímicamente la espera fue tan fácil como las de mi infancia. Mis viajes me permitieron –además de leer y escuchar buena música en mi discman y de volver a seguir la carrera de los cables de poste en poste, como desde el vagón del Ferrocarril Oeste– leer con admiración los graffiti anónimos en los aledaños de las estaciones principales, disfrutar del servicio de restaurante del tren Alaris y cavilar, cavilar, cavilar, acerca de mi difícil situación económica, de mi edad, de mi trabajo, de mis proyectos…

Saber esperar es un arte. Y yo me precio de ser un virtuoso del género.

Vino caro

10 ene 2011
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Cuando en 1953, al final de los cuatro años de Columbia estaba por dejar Nueva York y regresar a mi país, mi colega Bob me invitó a almorzar con mi novia. Él había ganado una beca y el ingreso en una de las fraternidades académicas de mayor prestigio del país, y acababa de cobrar su primera mensualidad. Yo volvía al terruño y ya no nos veríamos. Era una ocasión importante y Bob decidió gastarse su mensualidad invitándonos al Café Chambord, uno de los restaurantes más caros de Manhattan. Nos quedamos de piedra pero aceptamos emocionados. Nos pusimos elegantes y a la una del mediodía entramos en el lujoso local, muy oscuro a esa hora –normalmente tenían poco trabajo a mediodía, era un restaurante nocturno, para después del teatro–. Se nos acercó un maître con cara de pocos amigos, le dijimos que éramos tres y el pobre hombre exclamó hacia atrás, para que alguien se ocupara de nosotros:
–¡Una mesa para tres mindundis! –en francés, suponiendo que no entenderíamos. Mi escaso dominio del francés me bastó, sin embargo, para decirle a Bob que no protestase: si tenía dinero para pagar, yo tomaría la iniciativa.
Un camarero nos llevó a una mesa arrinconada y nos entregó la carta. Fui directamente a los vinos, bajé con el índice hasta encontrar algo realmente caro y, con la mayor naturalidad del mundo, miré al camarero y dije:
–Château d’Yquem 1919. S’il vous plaît.
En la oscuridad vi que el tipo se puso pálido. Se alejó, lo vi hablar con el maître y vi que este se acercaba. Me limité a mirarlo fijamente, alzar la ceja derecha y decir:
–Château d’Yquem 1919. S’il vous plaît.
–Oui monsieur –atinó a decir el hombre, desconcertado.
Y se alejó. Lo que pasó entonces es inolvidable: se encendieron todas luces del local, en una demostración de lujo especial para nosotros, los únicos parroquianos. Era un salón espléndido, de terciopelo rojo, paredes blancas y doradas, con caireles como diamantes. Y al mismo tiempo era Nueva York, cómodo, acogedor, manteles muy almidonados, los bronces del bar pesados, las sillas de madera sólida, la moqueta espesa.
Nos cambiaron las copas y llegó el Château d’Yquem 1919. Lo probamos y asentí apenas con un movimiento de cabeza. De ahí en adelante no nos dejaron elegir la comida. El maître se hizo cargo, muy por lo bajo se excusó conmigo por lo que había dicho cuando entramos y nos brindó nuestra mejor comida en casi cinco años de Nueva York.
Bob pagó, salimos, nos desperezamos en la acera como Chaplin, largamos la carcajada, nos estrechamos la mano y nos separamos.