Los genes están de moda. Atrás quedan los grandes enfrentamientos científicos y políticos de otrora, en los que se discutía sobre la posibilidad de influenciar los genes desde afuera, los debates encendidos y los desenlaces trágicos que conmovieron al mundo en la época de Mendel y luego, mucho peor, en las de Lamarck, Lyssenko y Michurin. Para el ideario marxista nada escapaba a la sociedad, y si bien el gran barbudo nunca se pronunció sobre esta materia, sus continuadores lanzaron una cruzada brutal contra los dubitativos que llevó a muchos al calvario y la muerte.
La ciencia de los genes, o sea, la genética, tuvo su consagración con el descubrimiento de la estructura de los cromosomas y de la celebérrima “doble hélice”, de Watson y Crick. Este descubrimiento abrió las puertas al estudio experimental y detallado de los genes y de los factores que podían contar en sus mutaciones y dio la posibilidad de introducir modificaciones moleculares en las células con todos los fines imaginables: para empezar, curar enfermedades o provocarlas. Lo que quedaba cada vez más claro es que no hay modificaciones genéticas tan sencillas –y por qué no las hay– que puedan inducirse aplicando unas cremitas cosméticas en tal o cual zona de la piel.
Sin embargo… los genes están de moda. Hay una crema de belleza “llena de genes”; hay otra que es capaz de “reactivar la actividad de los genes jóvenes de la piel” (y corramos un velo opaco sobre eso de “reactivar la actividad”); hay una tercera “nacida de la ciencia de los genes”. Como si se tratara de aliñar una ensalada, hay cremas que al parecer son capaces no sólo de alterar los genes sino de alterarlos en una dada dirección para obtener unos determinados beneficios orgánicos.
Los genes se han vuelto mágicos. O, mejor (o peor): la ciencia se ha vuelto una vaca sagrada. Se usan las estadísticas sin entenderlas –de los cuatro muertos en un accidente, dos no llevaban puesto el cinturón de seguridad–. ¿Y si los otros dos murieron por llevarlo puesto? Unos neumáticos frenan hasta tres metros antes que el común de los neumáticos. ¿También si el coche viaja a un kilómetro por hora? ¿O a 200?
Los publicitarios, los encargados oficiales de las campañas publicitarias del Gobierno, los jefes de redacción, los propios redactores y locutores deberían seguir cursos de ciencia elemental para no caer en groserías tan flagrantes y tan nocivas para el público. La ciencia tiene respuestas, pero hay que saber formularle las preguntas.
Todos mis más profundos sentimientos de condolencia: con el Premio, Mario Vargas Llosa abandona la larga y prestigiosa lista de quienes nunca lo obtuvieron (Joseph Conrad, sin ir más lejos, para nombrar sólo a uno) y se incorpora a la no menos larga pero sí menos prestigiosa de los que lo obtuvieron (Mijaíl Shólojov y Pearl Buck, sin quedarnos más cerca y para nombrar sólo a dos). ¿Tiene sentido? Vargas Llosa –a cuyas virtudes de escribidor de grandes o pequeñas novelas geniales, variadísimos cuentos, fulgurantes ensayos literarios, agudas y convincentes observaciones en la prensa, no les hacía falta reconocimiento ulterior alguno–, se siente seguramente incómodo con este galardón tan apreciado cuyo mayor mérito parece ser el de dejar colgados, sin explicaciones, a grandes genios literarios.
Con tesón ejemplar, Vargas Llosa logró evitar el Premio durante muchos años. Cuando se lo dieron a Canetti, recuerdo que este casi se excusó ante mí de haberlo obtenido él en lugar de García Márquez. “Pero él es más joven, debería comprenderlo”, me dijo. No sé qué edad tenía entonces García Márquez, pero en 1981 Canetti había cumplido 76 años.
Es verdad que Vargas Llosa está alcanzando esa misma franja de edad provecta, si es por eso, y que si no ahora, ¿cuándo? Pero no me resigno a que, con la cantidad de pruebas fehacientes que conforman la bibliografía de Vargas Llosa, tantas y de tan inmensa trascendencia que se puede decir que el Premio ya se lo habíamos concedido sus infinitos lectores –algo que no era el caso con la obra entonces casi confidencial de Canetti–, el Premio le quede chico. La verdad sea dicha, no fue el Comité Nobel quien premió a Vargas Llosa, sino este quien premió a aquel. Felicitaciones al Comité Nobel, por haber ganado el Premio Vargas Llosa.
Resignémonos, pese a todo, a que Vargas Llosa haya obtenido el Premio –el dinero que lo acompaña nunca puede venir mal– y redoblemos nuestra confianza en su talento. Para quienes lo conocemos no hay peligro de que la prosopopeya anticuada de la monarquía sueca le corte la inspiración ni le quite las ganas de escribir. Una vida sana y austera, una inconmovible entrega al trabajo, una independencia de juicio que le otorga el privilegio de ser intransigente y valiente, una curiosidad casi enfermiza, una simpatía arrolladora y una sonrisa contagiosa, todas las características del Vargas Llosa de siempre: es todo lo que le pedimos para poder nosotros sobrellevar dignamente la mala pata de que haya ganado el Premio.
Desde la misma puerta del vestíbulo del cine, el olor de las palomitas revuelve el estómago. Uno se dice que es una concesión que vale la pena hacer por los chicos que se pagan la entrada para ver la última de Woody Allen, una de sus películas más serias, intimistas y, probablemente, más cargadas de significado moral –cosa digna de mención en la obra de un realizador cuya obsesión es precisamente la moral– sin por ello sacrificar un ápice del humor siempre inesperado, que también es lo suyo.
Nos acomodamos en las buenas localidades numeradas que nos han tocado y, antes de que bajen las luces, tres personas no tan jovencitas se sientan junto a nosotros. El proceso les lleva tiempo porque vienen cargados de botellines de agua, cajas colmadas de palomitas y una serie de otras golosinas envueltas en vistosos celofanes y papeles de aluminio.
La niña que se sienta junto a mí es de las que no saben estarse quietas. Se quita la chaqueta, se la vuelve a poner, otra vez se la quita y se cubre con ella el pecho hasta que por fin, ya con la película en plena proyección, parece haber hallado una posición satisfactoria. Pero coge su botellín de agua y, no sin ruidos mitad deglutorios y mitad de plástico rebelde, se toma un par de tragos. Luego coge unas palomitas y las masca con la boca abierta. Ingeridas de este modo, las palomitas emiten sus ruidos pero, peor, despiden la quintaesencia de su olor asqueroso.
Intento concentrarme en la película pese a uno que otro suave codazo que me propina la niña en sus movimientos hiperactivos. La obra no parece tocarla. Cuando el público y yo reímos, ella mastica. O bebe unos sorbos de agua. Luego su vecino le pasa un paquete de almendras o avellanas o garrapiñadas, no lo sé a ciencia cierta, que la chica se va comiendo pausadamente a lo largo de una buena hora. Aunque mastica ahora con la boca cerrada, su boca es como la caja de resonancia de un buen piano.
Al final de la función, se sacude las manos como batiendo palmas pero no a título de aplauso –mal podría aplaudir una película que no vio ni oyó, tan ocupada estuvo comiendo y bebiendo–.
Cuando se encienden las luces los veo alejarse, gente joven como tanta, pero en esa edad difícil en la que los culos comienzan apenas a engordar y cuyo destino es el de terminar, ya a partir de los cuarenta, en conferir al cuerpo –sobre todo el femenino– esa forma de pera tan característica de nuestras latitudes.
Salimos a la calle y respiramos con fruición la gasolina de los autobuses.
Trabajar en lo que a uno le gusta y ganarse la vida con ello, dice con otras palabras Primo Levi, es la máxima aproximación a la felicidad en este mundo. Y añade, lacónico: privilegio de pocos. Tuve la suerte de que nadie me exigiera cursar estudios para enriquecerme, y si bien cambié de profesión varias veces, tuve la suerte ulterior de no haber tenido jamás que trabajar en cosas que no fueran de mi gusto. Soy consciente de mi privilegio, aunque nunca fui rico: me gané una vida relativamente modesta pero suficiente para lo que para mí era importante –libros, aunque no muchos, discos, aunque no muchos, viajes, aunque no muchos–. Ya no tengo coche pero nunca tuve barcos. No puedo quejarme.
Tampoco pueden quejarse muchos como yo, que gozan de parecidos bienes y que, como yo, han tenido la buena suerte de trabajar sólo en lo que les gusta. Son profesionales, algunos de merecido renombre, y aunque no son (tampoco yo lo soy) espartanos, gozan de vidas desahogadas aun en épocas de crisis.
Muchas veces he pensado en este privilegio y automáticamente he pensado en la aplastante mayoría de no privilegiados que se ven obligados a realizar tareas tediosas cuando no desagradables, apenas suficientes para que no les falte la sopa. En alguna época de dificultades, me imaginé a mí mismo detrás de una ventanilla atendiendo al público en una estafeta de correos, o cavando zanjas en una calle con vistas a algún túnel para el tráfico, o ajustando tuercas en una cadena de montaje. Mi sentimiento de entrada fue el miedo al aburrimiento, al lentísimo pasar de las horas.
Pero estos males no son nada comparados con el de quien no tiene ni eso. La falta de trabajo –y la consiguiente falta de sopa– es el infierno en la Tierra. El pozo de la miseria no tiene fondo, porque la desesperación puede llevar a golpearse la cabeza contra las paredes, pero ¿qué se hace cuando ni siquiera se tienen paredes contra las que darse?
El trabajo de basurero o de barrendero es una suerte para los que hoy lo tienen aunque se trata de un trabajo poco agradable. ¿Qué pasa con esta gente cuando hacen ese trabajo y no reciben la correspondiente paga? El Ayuntamiento de Madrid contrata la limpieza de las calles con empresas privadas. Y ahora resulta que hace nueve meses que el ayuntamiento no paga lo convenido por contrato, con el resultado de que vivimos en una ciudad llena de basureros y barrenderos en paro.
Vivimos verdaderamente tiempos oscuros, dijo en el siglo pasado Bertolt Brecht. ¿Y los nuestros?
Hace unos años, corrigiendo las pruebas de Guerra y paz, me topé con la frase siguiente: “La negra Milka, perra de fuertes flancos, apareció la primera al lado de la bestia; comenzó a acosarla. Más cerca, más cerca… Casi tocaba al lobo con su cabeza; pero la fiera apenas si la miró de reojo, y la perra, en vez de acelerar su carrera, como hacía siempre, levantó la cola y frenó apoyándose en las patas delanteras”.
Me pareció tan genial eso de “la fiera apenas si la miró de reojo”, era un detalle tan revelador y auténtico, tan vital, que pregunté a algunos amigos escritores cómo creían ellos que Tolstói había logrado poner esas precisas palabras en ese preciso momento de la narración. Porque es fácil decir: talento. ¿Sólo talento? Uno de esos amigos, sin embargo, añadió: “Esas palabras nunca habían sido escritas antes. Son una intuición única. Salvo unos pocos, somos todos unos copistas”.
Recordé este diálogo hace poco viendo Orfeo, la ópera de Monteverdi. También en este caso, Monteverdi había tenido la intuición única al inventar, literalmente, el género operístico. La ópera no existía antes de Monteverdi. De pronto, en el siglo XVII, la música se volvía parte de la acción escénica, como si música y acción formaran parte de la misma partitura.
Ello me llevó a pensar en otros casos similares. La portada de las obras de Horacio, compuesta tipográficamente en el siglo XVIII por el gran Bodoni, ha sido comparada con la fachada de un templo. Nadie, antes que Bodoni, se había servido de los blancos de los márgenes y de los interlineados para construir una página tan grandiosa. Otra intuición única.
En nuestros días estructurados por internet –al parecer internet está sustituyendo cada vez más al sexo, la lectura, la conversación–, la televisión nos está bombardeando con una serie de anuncios muy graciosos en los que celebridades como John Lennon y Marilyn Monroe, con sus propias voces, nos instan a ser diferentes, a olvidarnos de las influencias y a hacer lo que es nuestro, sólo nuestro. La realidad es que ni Lennon ni Marilyn pronunciaron jamás esas palabras. Hace ya muchos años que es posible sustituir electrónicamente las voces de unos por las de otros, y es técnicamente posible hacer que –es un decir– Esperanza Aguirre hable con el timbre e inflexiones de voz de Montserrat Caballé. O de Popeye.
Entonces, ¿qué es “lo nuestro”, cuando la electrónica permite copiar lo intangible y ponernos en la boca cosas que nunca dijimos? ¿Dónde quedan las “intuiciones únicas”?
De pronto, en un Nueva York universitario, habíamos escuchado un timbre nuevo para el viejo Bach que, nos dijeron, provenía de un estudio de grabación de Stuttgart (¿no estaba reducida Stuttgart a un montón de escombros, en 1951?). Eran los seis conciertos de Brandeburgo, dirigidos por Münchinger (¿quién? ¿quién?), no particularmente innovadores por los tempi, ni siquiera por el tamaño de la formación (pequeña, como, pese a las numerosas modas grandilocuentes impuestas por grandes celebridades, ya se hacía antes de la guerra), sino por el timbre, una precisión aterciopelada cuya fuerza era toda contenida –nada que ver con un Savall de hoy, por ejemplo–, un vibrato subterráneo, casi imperceptible, unos bajos traídos a un discreto primer plano en pie de igualdad con el resto de las cuerdas. Y una exquisita ausencia de énfasis, un marco relativamente austero dentro del cual el menor rallentando, el mínimo crescendo o el más tímido staccato llegaban como pequeños toques de atención –¡cuidado!, sí, es Bach, el que ya conocéis, pero ¡cuidado!, lo oiréis por primera vez– y nosotros, veinteañeros de cabellos cortos, corbata y libros bajo el brazo, nos sentíamos descubridores de un nuevo lenguaje musical.
Ahora en Madrid, en el Auditorio Nacional, 50 años después, Iona Brown dirigía desde el violín la misma orquesta. Y cuando Bach hizo su entrada me llegó el mismo timbre de entonces. El mismo timbre de entonces. Y dejando de lado la emoción personal, constaté que probablemente nadie había ya en esta orquesta que superara los 50 años. Pero el timbre era el mismo. Münchinger no estaba. ¿Estaría vivo? Iona Brown, entre su violín y la orquesta, parecía tener demasiado que hacer, por lo que la precisión no era la de entonces. Y sin la precisión la Orquesta de Cámara de Stuttgart no se puede decir que fuera lo que había sido medio siglo antes.
¡Pero el timbre era el mismo! Era la misma voz, se reconocía el órgano “fisiológico”. Y la pregunta surgía de por sí: ¿qué elemento hay en la música que permita la pervivencia hasta de algo tan sutil como un timbre, por encima de los años y, sobre todo, de la gente? Ni siquiera intentaré responder. Quise dejar constancia y proponer la reflexión a mi hijo, cuando me preguntó: ¿tú crees que Bach sonaba así en su propia época, hace 200 años? Hijo mío: en todo caso la Orquesta de Cámara de Stuttgart sonaba así en 1951, te lo dice tu padre que la oyó entonces y, embargado de nostalgia, acaba de volverla a oír.
Cuando en 1992 publiqué Las estrellas del Sur, segunda parte de su vasta novela sobre la Guerra de secesión –una novela acerca de sus orígenes: Green era norteamericano–, nos invitó a comer en su casa, en París. Alrededor de una mesa redonda elegante y mejor servida por su “hijo” Eric, estábamos Nicole a su izquierda, Eric a su derecha y yo frente a él. Le pregunté si conservaba algún objeto de su casa natal, en Savannah, algún mueble, algún cuadro. Me pidió que, con la mano, tocara la pata derecha trasera de la silla en la que yo estaba sentado.
“¿Nota usted unas muescas?” Sí, las notaba, tres o cuatro a distintas alturas del suelo. “Son las marcas que dejaron los sables de los oficiales nordistas que ocuparon nuestra casa.” Miré con otros ojos el abigarrado mobiliario que nos rodeaba. Las alfombras antiguas, los viejos sillones y butacas, la platería bruñida, los cuadros –un pequeño Rembrandt, varios paisajes clásicos–, objetos raros, ahora ya no de adorno, una enorme bandera de la Confederación e hileras de libros finamente encuadernados. Todo eso era su casa natal. La conversación estaba por languidecer cuando Nicole le preguntó: “¿Por qué la Virgen María tiene tanta importancia para usted?” “Era una gran mujer, ¿no lo cree?”, dijo después de un brevísimo silencio, con suavidad inocente y desplegando una sonrisa no tan inocente. “¿Por qué no lo escribe? ¿Un libro sobre María?”, repuso Nicole.
Meses más tarde volví a verlo en su casa para entregarle mi edición de otra novela suya, Leviatán. Hablamos de sus orígenes, de su padre, de Las estrellas del Sur, y me atreví a preguntarle cuándo nos daría la tercera parte de la trilogía. “Tiene que tener paciencia –dijo–. Ned, el chico de Las estrellas del Sur, es mi padre. El tercer tomo es la historia de Ned, ¿comprende?” “Comprendo, desde luego. ¿Cuándo?” Y ante su silencio reticente me arrojé a sus pies y le dije: “¡La tercera parte, saint Julien, la tercera parte!” Creo que con ese “saint Julien”, lo gané para la causa de sus lectores más ávidos. Al cabo de unos años salió Dixie, libro breve que, comparándolo con lo que me había dicho, correspondía a una primera parte de esa tercera parte… Al marcharme Eric me acompañó hasta la puerta. “No quiero revelar un secreto, pero usted creo que debe saberlo: Julien está escribiendo un libro sobre la Virgen María. Dígaselo a su esposa.”
Me gusta pensar que en el origen de esta obra –que quedó inédita: Green falleció en 1998– está la pregunta inocente pero provocadora de Nicole.
En Madrid ya casi no quedan bancos. Los bancos son objetos, no necesarios, sino imprescindibles. Una sociedad sin bancos no es concebible. Ni siquiera es concebible una sociedad con pocos bancos. En una época era difícil ir por una calle céntrica, sobre todo por una avenida importante, sin toparse con un banco tras otro. Nunca faltó gente que se sirviera de ellos, a todas horas.
Pero hoy hace falta una lupa (o un telescopio) para encontrar un banco. Y no es consecuencia de la crisis, los bancos nada tienen que ver con la crisis sino, más bien, con la planificación urbana. Porque no estoy hablando de los bancos a los que la gente confía sus pequeños ahorros, sino de los bancos para sentarse.
–Señor, no hay bancos porque las tiendas no quieren que los mendigos afeen el paisaje tumbándose en ellos para dormir. Es la pura verdad. Si no fuera por los mendigos, usted y yo podríamos pasear y de vez en cuando tomarnos un descansito mirando pasar a la gente. Nada más que eso.
La reflexión de la señora guapa que conduce el taxi me deja pensativo y miro las aceras junto a las que transitamos. Tiene razón. No se ve un banco. Y cuando de pronto aparece uno, está ocupado a tope, no por mendigos sino por gentes como uno, quizá gente mayor que se está tomando un descansito.
–¿Y los supermercados? le pregunto a la señora simpática que no quita su vista de la calle.
–No me hable. Yo voy mucho a El Corte Inglés, pero sobre todo a Mercadona, que me queda cerca. Si tengo que comprar pescado y pan, tengo que caminar kilómetros, y si me canso no tengo más remedio que caminar más kilómetros y sentarme en la cafetería, donde la consumición es obligatoria, ya sabe.
Otra vez la señora tiene razón. Es el caso del Alcampo al que suelo ir. También voy a El Corte Inglés, pero El Corte Inglés tiene la ventaja de que, además de los ascensores y las escaleras mecánicas, tiene escaleras de mármol. Son escalones duros, poco cómodos para la gente mayor. No obstante, ¡cuántas veces pude reposar mis asentaderas unos minutos y recuperar fuerzas en esos escalones! En general, entablé conversaciones con algunos coetáneos no menos cansados que yo, aunque en ningún caso que recuerde nos lamentamos de que no hubiera bancos. Que no los hay.
A la entrada de los pueblecitos rurales, la carretera suele estar bordeada por unos muritos de piedra en los que los viejos se sientan a ver pasar y comentar una que otra moto, algún coche, algún camión y, simplemente a la gente. Y sobre todo a las chicas jóvenes.
¡Eso es vida!
Uno ve, sin forzosamente mirar, las páginas de cultura de los periódicos, ve los telediarios, lee o dice que lee los suplementos literarios, se entera de la Feria del Libro sin querer, echa una ojeada rutinaria a los obituarios… y si no fuera por algún amigo común no se entera de que en mayo se murió, a los 93 años, uno de los grandes editores europeos, un innovador criticado por los intelectuales casi no leídos (y que se jactan de ello), un hombre con diez mil libros a sus espaldas que introdujo en el continente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, no sólo autores como Graham Greene, Bioy Casares, Lapierre y Collins, Dino Buzzati, o best sellers como De parte de la princesa muerta, Papillon y todo un ejército de autores de la literatura popular de máxima calidad, sino nuevos géneros de libros ilustrados en coedición con editores extranjeros, colecciones de clásicos y enciclopedias a precio “para estudiantes”, nuevos sistemas de distribución para llegar a todos los rincones de su país, la promoción coordinada entre los varios medios, y una relación entre el autor y el editor basada en algo que hasta hoy resulta singular: la amistad.
Robert Laffont nunca tuvo fortuna, pero supo maniobrar con bancos, socios e inversores como para sobrevivir sin doblegarse y evitar desbarrancarse en los momentos más difíciles de su largo viaje. Un amigo y colega suyo, a quien consultó antes de fundar su editorial (dudaba entre ser editor o productor cinematográfico), le dijo: “Hay dos modos de perder dinero. Uno, el cine; el otro, la edición. Con el cine, es más rápido. Con los libros es más prestigioso”.
Es claro que perdió dinero con ciertos libros, pero siempre supo evitar la quiebra con ideas nuevas y mucha valentía, aunque tuviera que asumir ser accionista minoritario. Hasta que, en los últimos años, vendió su parte a otros que insistieron en mantener su nombre de editor y lo pusieron como consejero editorial emérito de la casa. No se equivocaron: Laffont tenía el olfato más fino del gremio, y conocía hasta los detalles más nimios del oficio. Sabía de papeles, de tipografía, de encuadernaciones, como sabía de gráfica y de compaginación. Tenía un sentido común que le permitía siempre dar en el clavo, aun en temas alejados de la fabricación.
Todo esto lo sé porque tuve el privilegio de trabajar con él de 1968 a 1972. Para mí fue como un curso universitario.
Pero un editor, me dijo una vez Laffont, no deja más rastro que los libros que editó, durmiendo en algunos anaqueles.
A veces el deporte puede ser peligroso. Cuando el peligro implica la muerte surge un problema estrictamente moral. Somalia, que seguramente tiene bellezas dignas de ser visitadas y gentes seguramente dignas de ser conocidas, aparentemente es un país sumamente pobre
–o, peor, empobrecido– que ha engendrado fenómenos tan sangrientos como la piratería marítima en las aguas del Índico. Los españoles lo hemos sufrido en carne propia, y ahora conviene que todo navío que se aventure en esos mares lleve medios disuasorios para no ser abordado por piratas. Al parecer, estos forajidos no actúan, como los piratas de las novelas, individualmente, sino que forman parte de mafias organizadas como empresas con dividendos que quizá figuran en balances anuales correctamente confeccionados y, vaya uno a saber, tal vez auditados.
Pero raptar un barco en aguas internacionales es delito, cosa que estas mafias no ignoran. La miseria del país puede inspirar delitos. Pero cuando no se trata de un delito, sino de una serie organizada de delitos, detrás suele haber una idea, si no una ideología.
Hace pocos días dos jóvenes fueron asesinados en Mogadiscio, capital de Somalia, por la milicia islámica Al Shabab, que se opone al Gobierno y manda en todo el sur del país, por seguir en la televisión el partido Argentina-Nigeria. En Mogadiscio mismo, las milicias de Hizbul-Islam arrestaron a diez jóvenes que seguían el mismo partido. En el distrito de Afgoi, al suroeste de la capital, el domingo 13 de junio 30 jóvenes fueron secuestrados, azotados y rapados, mientras que otros diez (entre ellos tres niñas de entre 14 y 15 años) fueron secuestrados y azotados hasta que perdieron el sentido. Todo por la misma razón: haber seguido un partido en la tele.
Hay patrullas motorizadas armadas que circulan por la ciudad para verificar que se aplique la prohibición proclamada por el jeque Mohamed Abdi Aros: “Advertimos a los jóvenes de Somalia: no deben ver esa Copa del Mundo. Es una pérdida de dinero y de tiempo que no beneficia a nadie ni obtendrán recompensa alguna en ver a hombres enloquecidos saltando de un lado a otro”.
“Vemos la televisión sin sonido, con un ojo, y vigilamos la puerta con el otro”, explica un hincha somalí a un periodista de la BBC.
Es verdad que la Copa del Mundo, hasta ahora, no ha brindado el football en toda su hermosura. Quizás antes del final se manifieste el esplendoroso juego de épocas como las de Maradona o Zidane. Es de temer que eso irrite aún más al jeque Aros…