La extrema derecha a las puertas de la presidencia Austriaca

El pasado domingo se daba una situación inaudita en la historia reciente de Austria. Ninguno de los partidos en coalición de gobierno había conseguido alcanzar la segunda vuelta por primera vez desde la II Guerra Mundial, mientras que los candidatos de Los Verdes y del ultraderechista Partido Liberal Austriaco (FPO) obtenían un empate técnico, ligeramente liderado por el extremista de derechas Norbert Hofer, a la espera del cómputo del voto por correo. Finalmente, ayer lunes a medio día, el desempate se rompía y el candidato de los Verdes, Alexander Van der Bellen, ganaba definitivamente la presidencia de Austria gracias al voto por correo, con la exigua diferencia de 31.026 votos.

 

La victoria de los verdes ha cerrado temporalmente la puerta a que la extrema derecha ocupe por primera vez desde la II Guerra Mundial la presidencia de un país Europeo. Una situación compleja para las instituciones europeas, que todavía recordaban la coalición de gobierno en 1999 entre los democristianos y el FPO de Jörg Haider, gobierno que generó una condena unánime de los países miembros de la UE que, por primera vez en su historia, impusieron sanciones diplomáticas a Austria, suspendiendo toda relación bilateral. Esta situación apenas duró seis meses.

 

Desde entonces, parece que la UE está empezando a acostumbrarse a que los gobiernos de sus países miembros estén formados por coaliciones conservadoras en las que esté presente la extrema derecha. A partir del éxito de la FPÖ al menos otros seis gobiernos de países miembros de la UE han estado formados o apoyados por partidos catalogados de extrema derecha, sin que se haya aplicado ninguna sanción al respecto. De hecho, en la misma mañana de ayer lunes, cuando todavía no se sabía con certeza el ganador de las elecciones, numerosos analistas y comentaristas políticos intentaban restar importancia a la posible victoria del FPÖ con argumentos como la “moderación” de su dirigente o argumentando que la responsabilidad institucional atemperaría las proclamas xenófobas y euroescépticas del nuevo presidente.

 

Mas allá de la banalización de los peligros reales para Austria y para el conjunto de Europa que hubiera supuesto la victoria del FPÖ no podemos olvidar que, aunque se han quedado a las puertas de la victoria, Norbert Hofer ha sido el candidato mas votado en la primera vuelta con el  35,3%, trece puntos por encima de la suma de la coalición de gobierno entre Democristianos y Socialdemócratas. Este resultado sorprendente no sólo demuestra la pujanza de la ultraderecha europea, el FPÖ forma parte en la eurocámara del grupo Europa de las Naciones y las Libertades con partidos como el Frente Nacional Francés, la Liga Norte o el Partido para la Libertad de Holanda; sino también la profunda crisis del sistema de partidos austriaco. En este sentido, ha sido sintomático de la importancia de estas elecciones para la ultraderecha europea, cómo los dirigentes de otros países, tales como Frauke Petry, AfD (Alternativa para Alemania), Geert Wilders de Holanda y Marine Le Pen de Francia han apoyado activamente la campaña del candidato del FPÖ.

La presencia parlamentaria de la extrema derecha en Austria no es nueva, de hecho los procesos de desnazificación después de la II Guerra Mundial fueron muy tibios, donde los austriacos supieron presentarse como víctimas y no como colaboradores del régimen nazi. Ya en las elecciones de 1949 el predecesor del FPÖ, la Liga de los Independientes, agrupamiento de la mayoría de los cuadros y militantes nazis que apoyaron el proyecto de anexión de Austria a la Alemania del Tercer Reich, obtuvo un buen resultado con el 11,7% de los votos.

 

En septiembre de 1986 llegó a la jefatura del FPÖ Jörg Haider, quien imprimió una nueva impronta a la formación, proyectando un discurso que mezclaba el nacionalismo, el populismo y la xenofobia, muy cercano al ejemplo del Frente Nacional Francés, ante sus éxitos en las elecciones europeas. Estos ingredientes permitieron al FPÖ iniciar un crecimiento electoral constante hasta 1999, año en el que se convirtieron en la segunda fuerza electoral del país con el 26,9% de los votos. Los mejores resultados de su historia hasta estas pasadas elecciones presidenciales, que les permitieron acceder al gobierno mediante una coalición con los democristianos donde ostentaron hasta seis carteras ministeriales. Las bases del éxito del FPÖ fueron sus grandes debilidades, una vez que tuvieron que formar parte del gobierno la imagen de partido de protesta se desvanecía, su verbalismo populista se aplacaba ante su responsabilidad gubernamental y los grandes atractivos del partido desaparecían generando una profunda crisis que no terminó de superar hasta los resultados de las elecciones municipales de Viena del 2015, donde alcanzaron el 32,3% de los votos, convirtiéndose en la segunda fuerza del país.

 

Me gustaría destacar que el éxito electoral del FPÖ no se basa en la profunda crisis de los partidos tradicionales, es más bien la expresión de esa crisis. Es el hijo de la crisis de los partidos que han ostentado el poder después de la II Guerra Mundial, algo que no parece ser un síntoma exclusivamente austriaco, sino mas bien europeo. En este sentido, podemos fijarnos que existe un desplazamiento de los espacios electorales tradicionales hacia opciones políticas que hasta ahora se encontraban en sus márgenes. En el pasado, los candidatos de los dos principales partidos políticos del país alpino solían superar juntos el 80% de los votos en las elecciones presidenciales. En estas elecciones, los candidatos de la coalición en el poder, el democristiano Andreas Khol ha sido cuarto con el 11,2% por delante del socialdemócrata Rudolf Hundstorfer, con el 10,9%. Las elecciones presidenciales han servido de termómetro para averiguar el apoyo popular a la coalición en el gobierno, que se ha demostrado muy escaso, y que dibuja un futuro incierto para las elecciones legislativas del 2017 en donde el FPÖ puede convertirse en el primer partido en el parlamento austriaco.

 

La crisis del sistema de partidos austriaco y en cierta medida europeo abre la ventana de oportunidad política a los éxitos electorales del nacional populismo de derecha radical. En el FPÖ el elemento movilizador lo configura el rechazo xenófobo e islamófobo a la migración, recuerdo lo que escribía Vicenç Navarro hace unos años en este mismo medio: “hay que entender que es racista no el más ignorante, sino el más inseguro. Es precisamente esta inseguridad lo que explica el gran crecimiento de la derecha y ultraderecha en Europa.” La inseguridad por la competencia laboral, la pérdida de derechos y prestaciones sociales generadas por las propias políticas austericidas de las instituciones europeas, sumado a la estigmatización de la población migrante por las leyes de extranjería, son un caldo de cultivo perfecto para el auge de la derecha radical Europea.

 

Austria registró el año pasado cerca de 90.000 solicitudes de asilo. Las encuestas reflejan una creciente inquietud con la que ha conectado Hofer con su discurso contra la inmigración y a favor del cierre de fronteras a los “falsos refugiados”; en el último mitin de la primera vuelta de las presidenciales, Hofer afirmaba: “El islám no es parte de Austria y si mantenemos nuestra política en el año 2050 la mitad de los menores de 0 a 12 años de todo el país serán musulmanes. No quiero que Austria sea un país de mayoría musulmana”. La retórica llana y cercana de Hofer ha permitido transmitir los aspectos más duros del FPÖ sin la agresividad que solían mostrar otros candidatos en el pasado y que asustaban a la enorme mayoría de los votantes. Esta capacidad ha llevado a algunos comentaristas a definirlo como un ultra “con piel de cordero”.

 

Más allá de que finalmente Hofer no haya conseguido alcanzar la presidencia de Austria, y que las diferentes instituciones y jefaturas europeas hayan respirado tranquilas, lo que esta fuera de toda duda es la polarización y quiebra de la política austriaca y europea. Tras años de “gran coalición” entre conservadores y socialdemócratas y de una construcción de la unidad europea basada en la estigmatización de los migrantes y unas políticas de ajuste austeritarias; si la política y los políticos europeos siguen haciendo de “aprendices de brujo” de la derecha radical, adaptando su discurso y sus prácticas políticas a una agenda marcada por la extrema derecha. No sólo se caminara hacia la derrota electoral, será peor aún ya que se abonará el terreno para que en estos momentos de cambio en lo que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer” como decía Antonio Gramsci, “en sus claro oscuros nazcan los monstruos”. Unos monstruos que nos recuerdan demasiado a los pasajes mas funestos de la historia reciente europea.