Una radiografía de las Elecciones en Francia: polarización extrema y alternativas

Miguel Urbán, eurodiputado y portavoz de Podemos en Europa y Joseba Fernández, militante de Anticapitalistas

Las pasadas elecciones en Holanda no fueron unas elecciones cualquiera. De alguna forma, inauguraban un ciclo electoral decisivo para la configuración del futuro en Europa. Tanto la cita electoral en Holanda, como las presidenciales en Francia estas próximas semanas, las alemanas en septiembre y las austriacas en octubre, marcarán el estado real de la situación política en Europa. De fondo, Italia también presenta un escenario institucional y electoral incierto. Y entre tanto, nos encontramos en medio de las negociaciones para la materialización del “Brexit”. Un escenario que, en la práctica, supone una pesadilla para los tecnócratas de Bruselas. Y es que el mismo proyecto europeo que acaba de cumplir sesenta años se encuentra inmerso en la mayor crisis política y de proyecto de su historia. Pero las elecciones en Francia no solo se inscriben en este ciclo electoral incierto para la UE, sino que también representan un barómetro para medir tanto la pujanza electoral de la extrema derecha europea después de la victoria de Donald Trump, como para ahondar o empezar a suturar la crisis de la UE expresada con el “Brexit”. Una victoria tanto de Le Pen como de Melenchon ahondaría la crisis de la UE hasta límites muy complicados de gestionar por las élites. Ambos escenarios, por la derecha o por la izquierda, implicarían un escenario de crisis terminal para el modelo de gobernanza neoliberal del Eurogrupo. Mientras la victoria de Le Pen supondría un espaldarazo a la extrema derecha y las opciones del “Exit” de la UE, la victoria de Melenchon podría suponer no solo un espaldarazo a las fuerzas de izquierdas europeas sino sobre todo a un replanteamiento de un proyecto europeo alternativo desde el “sur”.

Pero, antes de nada, hagamos un breve repaso a la particular situación en Francia. Tal y como apunta Sebastian Budgen en una reciente entrevista en Jacobin, en Francia los últimos años se ha atravesado un clima que ha enfrentado, de un lado, la idea de “ley y orden” y de un “estado de emergencia” y, por otro, los conflictos sociales que han emergido en los últimos tiempos (protestas contra la ley del trabajo y la dinámica alrededor de “Nuit Debout”, básicamente). En este sentido, el clima generado por la gestión de los ataques terroristas basada en el terror y el recorte de libertades ha reforzado un giro a la derecha evidente que ha arrastrado, sobre todo, al aparato del PSF encabezado por Manuel Valls. De esta forma, la base del discurso islamófobo del FN ha encontrado su verdadera razón de ser. Por otra parte, estas elecciones suponen también un balance del gobierno social-liberal de Hollande. El fracaso de la supuesta social-democracia en Europa llega a su paroxismo con esta experiencia de gobierno (como lo fue también con el Pasok en Grecia o con la segunda legislatura de Zapatero). La aplicación de algunas reformas neoliberales tan agresivas que ni la derecha francesa habría impulsado o la política belicista en África y Oriente Medio son solo una muestra de hasta qué punto el proyecto de Hollande ha seguido los pasos del propio proyecto de Sarkozy. Así, los efectos de la crisis económica (en forma de paro, precariedad y reducción de derechos sociales y laborales) se han profundizado, al tiempo que los casos de corrupción que afectaban a los principales partidos han significado un alejamiento de amplios sectores sociales respecto a las formaciones que, hasta ahora, funcionaban como mediaciones políticas. De esta forma, encontramos en Francia la conjugación de una crisis multidimensional similar a la que hemos visto en otros países recientemente: una crisis política, social, económica y una crisis de las ideas democráticas.

En el marco de esta devastación social tan propicia para la emergencia de proyectos como el que representa el FN, solo algunas experiencias de resistencia social han servido de limitado cortafuegos. Experiencias que muestran la pervivencia de una izquierda aún viva en Francia capaz de provocar estallidos recurrentes en diversas formas, pero incapaces todavía de construir un bloque político-social contrahegemónico. E incapaces también de impulsar una verdadera dinámica de movilización capaz de sacudir a las fuerzas prexistentes de la izquierda y hacer emerger un proyecto político de nuevo tipo que impulsara, a su vez, un proceso de auto-organización y de desborde popular.

Agotamiento del Regimén de la V República y revueltas electorales

Por primera vez en los cuarenta años de la V República francesa puede que ninguno de los dos, hasta ahora, principales partidos (socialistas y conservadores) alcance la segunda vuelta de las presidenciales. Un síntoma más de la crisis de legitimidad creciente que sufren las opciones más ligadas a la gestión del neoliberalismo. Pero síntoma también, como ya hemos visto en otras latitudes, del agotamiento del actual régimen francés. Un régimen que se ha construido, fundamentalmente, alrededor de estas dos opciones políticas.

La crisis de los partidos que tradicionalmente han ostentado el poder después de la II Guerra Mundial no parece ser un síntoma particular de un país concreto sino más bien europeo. Un síntoma de la creciente implosión de ese extremo centro que gobierna Europa en forma de gran coalición y sobre el que se cierne una fractura básica en la política electoral: la que se produce entre las élites europeas y nacionales (el establishment), por un lado, y, por el otro, las poblaciones afectadas por sus políticas. Un descontento y una distancia tan crecientes como la polarización que potencialmente puede generarse a partir de esa brecha y que es susceptible de capitalizarse, alternativamente o en disputa, desde posiciones de izquierdas o de derechas. Una revuelta anti-establishment que se expresa, fundamentalmente, a través de terremotos electorales que desconciertan a las élites pero que afectan, de momento, bien poco a la vida cotidiana de la ciudadanía europea.

Aunque en la mayoría de los casos este desplazamiento se ha producido hacia la derecha, en algunos otros (afortunadamente) también ha tenido lugar por su izquierda, como lo fue en Grecia con Syriza o en el Estado español con Podemos. Pero cometeríamos un error si pretendiésemos caracterizar ambos polos por su supuesto enfrentamiento y pesos simétricos. Estos polos, se definen por su distancia con respecto a ese extremo centro y, como vemos hoy en día en Europa, no crecen a ritmos ni mucho menos similares. En las elecciones francesas esta revuelta electoral se está expresando en el apoyo a los candidatos “outsiders” del sistema, hasta el momento fundamentalmente Le Pen y Melenchon (y, de alguna manera, también Macron) y también, aunque en mucho menor medida, el propio Poutou, candidato del NPA. Asistimos en Francia, por tanto, a un nuevo ejemplo de un “desorden electoral”, a la expresión de malestares diversos y a una impugnación, por parte de amplios sectores sociales, del sistema/modelo que ha venido prevaleciendo en el marco del turnismo bipartidista francés. Sin embargo, hay un elemento que no conviene obviar: la hegemonía de la derecha en Francia hoy se manifiesta en el peso conjunto de las diferentes candidaturas de este espectro político, pero lo ha venido haciendo en los últimos años marcando los temas de debate centrales que han conformado la agenda pública en ese país. Esto se manifiesta también en lo que podemos considerar como una revuelta electoral que no se dirige sólo contra las élites. En Francia, como en otros países, asistimos a un voto de protesta de “los penúltimos contra los últimos”, de los “nacionales frente a los migrantes”. Un voto reaccionario y racista que tiene mucho que ver con la pérdida de proyecto y de capacidad de organizar y construir comunidades de las organizaciones de la izquierda social y política.

Una breve radiografía de las candidaturas:

Hamon y la crisis sin fín de la socialdemocracia europea

Hoy la socialdemocracia europea vive inmersa en una crisis de identidad, de estrategia y de proyecto. Exactamente lo mismo que le ocurre a la Unión Europea. Y es que, de alguna forma, la crisis de la social-democracia es la crisis de la UE. Y viceversa. Ambas practican una huida hacia adelante donde el mimetismo con los ideales y prácticas del neoliberalismo convive con una apelación permanente al pasado glorioso y los avances entonces obtenidos, intentando así que la nostalgia fordista legitime y oculte un horizonte sin mucho más proyecto propio que el de ser las muletas de las élites financieras globales. De esta forma, la crisis de los partidos socialistas no parece ser un síntoma particular de un país concreto, sino más bien un fenómeno europeo. Una mutación de la socialdemocracia en “social-liberalismo” con la incorporación a una élite política neoliberal y que termina convirtiéndose en lo que el escritor Tariq Alí ha denominado como el “extremo centro”. En toda Europa este proceso ha supuesto un desplazamiento de los espacios electorales tradicionales hacia opciones políticas que hasta ahora se encontraban en sus márgenes. De hecho, ha sido la socialdemocracia la que se ha visto desplazada electoralmente por la emergencia de nuevas fuerzas que están ocupando gran parte de su espacio político. En el caso francés, la implosión del PSF es un hecho: un aparato incapaz de hacer ganar a su propio candidato, Manuel Valls, las primarias. Y un candidato, Benoit Hamon, del ala izquierda del partido incapaz de aparecer como una alternativa creíble y cuyos resultados parecen abocados a quedarse en un dato histórico: por debajo del 10%. En este sentido, sus esfuerzos por aparecer desligado de la Administración Hollande y por introducir medidas programáticas como la Renta Básica no le han servido para suturar la pérdida de apoyo en favor de otras candidaturas, especialmente la de Melenchon. En este sentido el drama del PSF es doble: pierde votos hacia la izquierda, pero también hacia la derecha.

El proyecto Macron: un salvavidas para el establishment

Pero no solo encontramos “rebeliones” y “revueltas” electorales por la izquierda y la extrema derecha, Las élites también están generando sus propios anticuerpos contra esta crisis, tal y como escribía recientemente Perry Anderson. Entre estos anticuerpos que ya ha generado (ante la debacle electoral de los partidos socialistas) están los simulacros yuppies de avances populistas (Albert Rivera en España, Macron en Francia), que arremeten contra los callejones sin salida y corrupciones del presente, y prometen una política más limpia y dinámica en el futuro, más allá de los partidos decadentes.

Así, Macron viene a representar un tipo de política figura vacía, estandarte de una salida del bloque de poder a su propia crisis de representación y a la corrupción de los grandes partidos. Un modelo de político proveniente del mundo de la gestión empresarial y percibido, precisamente, como un gestor de la difusa “sociedad civil” pero garante del (des)orden neoliberal. En resumen: una suerte de outsider para mantener el statu quo.

La derecha asedida por la corrupción: el caso de Fillon

A finales del año pasado prácticamente todo el mundo daba por ganador de las presidenciales al candidato que a su vez venciera en las primarias del partido “Los Republicanos”. La mayoría de los analistas entendían que el candidato de la derecha pasaría a la segunda vuelta contra Le Pen y que, como ya pasó en el 2002 con Chirac, se activaría el “Frente republicano”, la unidad de todas las fuerzas políticas de cara a evitar una victoria electoral del FN. Las primarias de los republicanos tuvieron de esta forma una importancia clave y muestra de ello fue su altísima participación con 4,3 millones de votantes. Esto muestra la potencia de una derecha en Francia que, por otra parte, ha sido capaz de liderar movimientos de protesta también en la calle, como en 2013 contra el matrimonio homosexual. No estamos, por tanto, ante una derecha cuyo proyecto ideológico esté en crisis, como en el caso de la socialdemocracia. Se trata de una derecha que, encarnada por Fillon, plantea un programa radical de recortes sociales y de ataque al Estado del bienestar. Sin embargo, los casos de corrupción relacionados con la contratación de su mujer han minado su fortaleza en las encuestas beneficiando a Macron. Sin embargo, la apelación al “voto del miedo” y el voto oculto entre el electorado más envejecido pueden ser definitivos para que Fillon, finalmente, recupere parte del espacio perdido.

El Frente Nacional y la candidatura de Le Pen

El Frente Nacional es un partido que nace a principios de los setenta, aunque su consagración llegó como resultado de una larga marcha (toda una década) en la que Le Pen transformó el FN de una organización neofascista en un partido populista y xenófobo de nuevo corte focalizando al FN en el debate sobre la inmigración y la “identidad nacional”. Así, a pesar de que el propio Le Pen y el FN incorporan en su ADN el fascismo de los años 30 y el neofascismo de los ’60, el partido siempre ha intentado aparecer ante la opinión pública como la “derecha nacional”, alejándose del fascismo clásico o del legado de Pétain. En este sentido, el FN intenta presentarse como “un movimiento original y moderno”, síntesis de todas las sensibilidades de la “derecha nacional francesa”. Su gran hito fue en el 2002 cuando Le Pen padre consiguió pasar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Aunque la verdadera renovación del partido y sus mejores resultados hasta la fecha los ha conseguido de la mano del liderazgo de Marie Le Pen, ganando las últimas elecciones europeas del 2014 como el partido más votado y ser el primer partido de la primera vuelta de las regionales del 2015 con el 27% de los votos y ganar en seis de trece regiones. Hoy el FN se presenta como un partido anti-austeridad, que combate la globalización y sus efectos, que lucha contra el ultraliberalismo, contra el comunitarismo y el islamismo radical, y plantea un referéndum para una posible salida del euro y de la propia UE.

Desde las instituciones y partidos del régimen son recurrentes las llamadas de alerta ante el auge de actitudes racistas y organizaciones xenófobas. Sin embargo, en lugar de plantear contrapropuestas para combatir estos discursos excluyentes, esos mismos actores están aceptando el terreno de confrontación que propone la extrema derecha, asumiendo así buena parte de sus postulados. De esta forma, coadyuvan a normalizar ese discurso y legitiman el espacio político que conjuntamente van generando. Es lo que en Francia se conoce desde hace años como “lepenización de los espíritus”. Sin embargo, el FN está sufriendo en este final de campaña. El empuje de Melenchon, entre otras cosas, está permitiendo que el FN no marque la agenda electoral centrando el debate en temas como el terrorismo, la seguridad ciudana o la migración, terrenos donde el FN se siente particularmente cómodo y es capaz de poner al resto de partidos a su rebufo.

A pesar de que la campaña no está saliendo como Le Pen quisiera, el FN viene mostrando desde hace tiempo que es el partido con más implantación social de los que parten como favoritos para entrar en la segunda vuelta. Su construcción organizativa, a nivel militante, se ha fortalecido lo que ha permitido el ensanchamiento de su base social. Una base social que si bien tiene un componente popular y obrero notable no es tampoco mayoritaría entre este sector donde los niveles de abstención son mucho más elevados que entre otras clases sociales.

Melenchon y el proyecto de la “Francia Insumisa”

Melenchon es un político de largo recorrido en Francia. De troskista en su juventud, a fervoroso apoyo de Mitterrand en los ’80, senador con el PSF, a la ruptura con el PSF y la creación del Parti de Gauche y del Front de Gauche y, por último, al abandono de estos y la creación del (no) movimiento “Francia insumisa”. Melenchon es un orador brillante, un astuto político, con fuertes y necesarias ambiciones. Definido a sí mismo como un socialista republicano, viene desarrollando de forma cada vez más afinada un proyecto claramente situado en un “populismo de izquierdas”. Su dinámica electoral ascendente es fruto de una campaña que ha sido capaz de conectar con sectores de la izquierda tradicional francesa, con sectores jóvenes y urbanos y, claramente, con votantes alejados del Partido Socialista.

Sin embargo, conviene no dejarse arrastrar por un exceso de optimismo en base a lo que arrojan las encuestas, y menos en un país en el que lo social está tan devastado como en Francia. El gran fuerte de Melenchon (la volatilidad de la coyuntura electoral) es también su gran debilidad: un movimiento populista, sin forma organizativa ni anclaje social, tremendamente personalista, incapaz de construir alianzas o favorecer un clima de construcción organizativa y una dinámica de agregación. En cierta forma, un posible éxito de Melenchon traducido en su pase a la segunda vuelta tendría también, más allá de los evidentes aciertos, mucho de contingencia electoral.

La campaña de Melenchon, eso sí, ha conseguido generar una ola de ilusión y plantear un verdadero desafío a las fuerzas pro-austeridad, así como situar los ejes de la campaña en un plano diferente. De hecho, la campaña de Melenchon ha enmendado algunos errores de la campaña de 2012 como, por ejemplo, en asuntos ecologistas planteando, esta vez sí, medidas destinadas a una transición energética y a una necesaria “planificación ecológica”. A su vez, el anclaje impugnatorio de la propuesta de Melenchon radica en su propuesta de una Asamblea constituyente que dé paso a la VI República Francesa, con claros paralelismos con los procesos populistas latinoamericanos.

Del mismo modo, Melenchon abandera una propuesta de Plan B para Europa que asume muchas de las lecciones de la experiencia fallida de Syriza en Grecia apostando por una refundación del proyecto europeo en clave social y democrática, pero con un fuerte discurso nacional-soberanista que apela a un internacionalismo abstracto. Es en el marco de este nacional-populismo desde donde podemos explicar algunas posturas más controvertidas de Melenchon como su complicidad con las operaciones coloniales del Estado francés, su obsesión con un laicismo de Estado incapaz de entender las lógicas particulares de opresión de la islamofobia o el racismo institucional, o en último término, su adscripción republicana con una idea de una Francia grande, fuerte e imperial.

El NPA: el candidato obrero

La consecución de las firmas necesarias para presentar candidatura ha permitido, finalmente, la presentación de una candidatura del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Un proyecto de extrema izquierda que ha situado la centralidad del mundo del trabajo en el corazón de su propuesta electoral junto al antirracismo, el feminismo, la crítica a las medidas represivas y de restricción de libertades o la lucha contra la islamofobia. Su candidato, Philipe Poutou, está haciendo una campaña inteligente dentro de un margen muy estrecho de recursos, posibilidades y espacio electoral que ha sido capaz de reconectar con una base electoral existente en Francia y muy particular: aquella que, elección tras elección, vota por opciones de extrema izquierda de corte troskista. A diferencia del politicismo populista de Melenchon, Poutou se ha esforzado por una reivindicación genuina de un programa de ruptura y de clase. En este sentido, la candidatura del NPA supone la afirmación y reivindicación de un espacio anticapitalista necesario para empujar en la construcción de un espacio amplio, radical y antagonista en Francia que facilite nuevas formas de auto-organización y de expresión también del conflicto social, especialmente también en los barrios populares y la población migrante.

Combatir la austeridad y la extrema-derecha: dos caras de la misma moneda

Francia, el país de los estallidos y las revoluciones, vuelve a condensar en estas elecciones las contradicciones de una época. En el escenario electoral más abierto que haya habido, con hasta cuatro candidatos con posibilidades de pasar a la segunda vuelta, las elecciones de este domingo son un hito fundamental desde el que se podrá empezar a atisbar cómo se va a poder ir resolviendo la crisis de la UE, al menos en el corto plazo. En este sentido, frente a todo un magma de candidatos conservadores y la extrema derecha, la posibilidad de que la izquierda que ha impugnado al menos simbólicamente las políticas de austeridad entre en una segunda vuelta rompe las lógicas derrotistas y de mal menor, muy desmoralizantes y que bloquean pensar una alternativa en Francia. Así, es evidente que sería totalmente progresivo que Melenchon pasara a la segunda vuelta. Abriría una situación de profundo desorden en el corazón de Europa provocando un caos sistémico y haciendo saltar las costuras del proyecto neoliberal de la UE. Una segunda vuelta entre él y Marine Le Pen sería el escenario en donde tendría más opciones de ganar, aunque también es posible que asistiéramos a un cambio de eje, con ambos candidatos tratando de mostrar que el otro es el más radical y peligroso para el sistema, tratando de aparecer ambos como el más “aceptable” ante los “mass media” y las élites.

Una opción críticamente abierta hacia la UE y la gestión pretendidamente post-política en la segunda vuelta, permite además pensar la política venidera en Francia de manera más ofensiva y con espacio para más posibilidades disruptivas.

Un avance en su conjunto de las fuerzas de izquierdas en Francia ayudaría a regenerar la idea del “sí se puede” en Europa, contribuyendo a recuperar la iniciativa frente al avance de la extrema derecha. Una idea-fuerza ciertamente herida tras lo acontecido en Grecia y la triste deriva de Syriza. Frente a un escenario de re-edición de la segunda vuelta del 2002 en el que el debate podría ser sobre “males menores”, “votar a la derecha para que no gane Le Pen” y que ésta saque un 40% de votos, normalizando pues en un amplio sector de la población francesa el voto al FN, aún hay tiempo para una alternativa. Una alternativa que también depende de cómo Melenchon llegara a la segunda vuelta. Si con el simple apoyo de Hamon y un NPA debilitado o con una campaña “anticapitalista” que no haya disuelto las ideas de ruptura y la necesidad de construcción de un movimiento popular fuerte, sino que, por el contrario, las haya expandido en el camino y acumulado fuerzas para retos venideros.

En Francia, ha habido estos años un combate desigual en la lucha contra la extrema derecha, el giro conservador y la austeridad. Caras todas ellas de la misma moneda. La hegemonía de las derechas y el ocaso del proyecto social-liberal han establecido un campo de juego minado para los proyectos emancipatorios. Ahora, un determinado resultado electoral este domingo, puede abrir un futuro incierto, lleno de posibilidades. Posibilidades indeterminadas, no exentas de contingencias y bifurcaciones posibles. Pero, como dice Mario Trontti, la política no es si no el arte de intervenir sobre las contingencias.