Opinion · Tomar partido

6 de febrero, Día Europeo de las Víctimas de las Fronteras

Este martes 6 de febrero se cumplen cuatro años de la muerte de quince personas que intentaban alcanzar a nado la costa española en la playa de Tarajal, Ceuta. Quince personas que murieron fruto de una actuación policial, desproporcionada e ilegal. Porque lo que ocurrió en Tarajal no sólo es una tragedia humanitaria, es una consecuencia directa de nuestras políticas migratorias y de control de fronteras. Lo ocurrido aquel 6 de febrero es particularmente grave, por el precedente de impunidad creado.

La estrategia de la disuasión es algo real en las Fronteras europeas, y la tragedia de Tarajal es un ejemplo de la misma.  Consiste en ampliar los riesgos para aquellas personas que cruzan la frontera de tal forma que se disuada a quienes lo intenten en un futuro. Así lo afirmaba la alcaldesa de la isla de Lampedusa, Giusy Nicolini, al hablar de las muertes en el Mediterráneo: “estoy cada vez más convencida de que la política europea sobre inmigración considera este tributo de vidas un modo para calmar los flujos, para lograr una especie de efecto disuasorio”.

De hecho, las muertes en el Mediterráneo y los refugiados agolpados durante ya casi dos años en paupérrimos campos en Grecia trasmiten una imagen bien distinta a las estadísticas o los números de acogida que demuestran que apenas hemos recibido una ínfima parte de los desplazados forzosos en el mundo. Pero realmente la imagen mostrada de una Europa superada o desbordada ante la llegada de refugiados y migrantes ha supuesto una coartada perfecta para legitimar la consolidación de las políticas migratorias de la Europa Fortaleza.

Consiguiendo que el mensaje dominante en Europa, haya pasado del “Refugees welcome”, al “Do not come to Europe “, expresado por el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. Respondiendo a uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado la UE en los últimos tiempo, con una combinación inédita de neoliberalismo y xenofobia, un fortalecimiento de todas las políticas securitarias y de externalización de fronteras, del que el acuerdo EU-Turquía es uno de sus mayores exponentes. Y donde la llamada solución “Libia” a las muertes en el Mediterráneo pretende ser una nueva vuelta de tuerca no solo con la externalización de las fronteras sino también con la gestión extraterritorial de los centros de internamiento adaptando el modelo europeo al sistema australiano de gestión de fronteras con la imagen de la “marca España” de concertinas, devoluciones en caliente y muertes en frontera.

Una especie de “populismo de las vallas” recorre Europa, no sólo como un elemento eficaz de propaganda política inmediata que permite visibilizar el “trabajo” concreto de los gobiernos sobre la migración. Sino también como un potente instrumento simbólico a la hora de construir un imaginario de exclusión entre la “comunidad” y los “extranjeros”, tan antiguo como recurrente en la historia. Porque los muros no se construyen solo con cemento y concertinas, sino sobre el miedo al otro, a lo desconocido, contribuyendo a agrandar así la brecha entre ellos y nosotros. La estigmatización de la población migrante ha sido un elemento fundamental para trazar una frontera entre quienes deben ser protegidos, y quienes pueden ser y efectivamente resultan excluidos de cualquier protección. Una coartada sobre la que construir y sostener el consenso sobre el que se asienta y pivota todo el dispositivo de control de fronteras que conforma la actual Europa Fortaleza.

De esta forma, la criminalización de la población migrante no es sólo producto de una extrema derecha en auge o de unos cuantos políticos irresponsables, sino que es la consecuencia de una política institucional, de guante blanco, consciente y planificada, que persigue una degradación de la protección jurídica y social del migrante. Porque la Europa Fortaleza se construye sobre vallas, muros y concertinas, pero también se nutre de una masa de trabajadores y trabajadoras precarias, sin derechos y que además son vistos como una amenaza por las clases populares. La guerra entre pobres, la competencia a la baja, la lucha entre el último y el penúltimo.  Un “no hay suficiente para todos” generalizado, que fomenta mecanismos de exclusión que Habermas definía como característicos de un “chovinismo del bienestar” y que concentran la tensión latente entre el estatuto de ciudadanía y la identidad nacional.

En este sentido, se consigue que el malestar social y la polarización política provocadas por las políticas de escasez se canalicen a través de su eslabón más débil (el migrante, el extranjero o simplemente el “otro”), eximiendo así a las élites políticas y económicas, responsables reales del expolio. Porque si “no hay para todos”, entonces sobra gente: “no cabemos todos”. La delgada línea que conecta el imaginario de la austeridad con el de la exclusión.

Paralelamente, no deja de incrementar la criminalización de las ONGs, así como de la ayuda humanitaria. Los ejemplos son innumerables: Helena Maleno, Proactiva Open Arms, Proemaid, MSF, entre otros. Mientras en los despachos de Bruselas, ¡hasta se legisla esta criminalización! Numerosas ONGs han pedido la modificación de la Directiva 2002/090/EC por su ambigüedad al definir tráfico de personas, no en vano, FRONTEX ya acusó a las ONGs de colaborar con las mafias en un ejercicio nauseabundo de demagogia institucional, como si les preocupan más los testigos incómodos que las muertes en el Mediterráneo.

Siempre hubo víctimas de primera y de segunda. Siempre hemos luchado y seguiremos luchando para acabar con esa distinción. Justicia, Verdad, reparación y no repetición son los cuatro pilares básicos para dignificar la memoria de las víctimas.  “La gran mayoría de las víctimas de las fronteras y sus familias no son reconocidas como tales por las instituciones europeas, muchas de ellas permanecen desaparecidas, algunas sufrieron desapariciones forzosas en los contextos fronterizos. Reconocer de facto su situación como víctimas y familiares de víctimas es un primer paso para arrojar luz en estas tragedias humanas” dice el manifiesto que suscribimos para que el 6 de febrero sea reconocido como Día Europeo de las Víctimas de las Fronteras. Un día para recordar a las víctimas, pero sobre todo un día para trabajar por cambiar las políticas migratorias europeas y que no tengamos que lamentar más víctimas de fronteras.