Opinion · Tomar partido

Darle la vuelta Europa

Hoy 9 de mayo se celebra el Día de Europa. Una de las pocas ocasiones en las que Europa se cuela en el debate público, en las noticias y en las redes sociales. España es una verdadera excepción europea en lo que respecta a la baja presencia que tienen las cuestiones continentales en las discusiones políticas. Y, sin embargo, la UE está en el inicio, nudo y desenlace de muchas de las decisiones y medidas que afectan a nuestra vida cotidiana y a la política nacional, autonómica y municipal.

Desde que soy padre suelo poner como ejemplo el delgado hilo que une el Pacto de Estabilidad y Crecimiento impuesto por la UE, el famoso techo de gasto de Montoro condicionado por esas estrictas reglas presupuestarias y la imposibilidad legal que tienen ayuntamientos con superávit, como por ejemplo el de Madrid, para incrementar gastos sociales necesarios que subsanen las carencias de servicios esenciales, como las escuelas infantiles.

Pero podríamos hablar también de la PAC, de los paraísos fiscales o de las directivas medioambientales y energéticas, entre tantos otros posibles ejemplos. Todos ellos nos afectan en última instancia y tienen un peso determinante a la hora de marcar los límites de lo establecido, el margen de maniobra posterior. Y, sin embargo, pocas veces se pone el foco en la naturaleza europea de muchas de estas decisiones y en los procesos que les dan forma.

Hoy seguramente será una excepción. Hoy se hablará de Europa. Quienes a diario legislan contra las mayorías sociales y contra el planeta, se llenarán la boca de grandes discursos y bonitas palabras. Quienes compartimos con ellos los pasillos del Parlamento Europeo estamos ya acostumbrados a ese tipo de ejercicios retóricos periódicos. Hoy nos recordarán que este es un día para celebrar la paz y la unidad de Europa. Paradójico que precisamente ocurra en un momento en el que las divisiones sociales y territoriales resquebrajan el proyecto europeo, con Reino Unido de salida, las derechas nacionalistas eurófobas en ascenso y los países del grupo de Visegrado ensanchando la brecha entre este y oeste.

Y con unas élites europeas en pleno ataque de miopía, repitiéndonos que lo peor de la crisis ya ha pasado y que la democracia está a salvo, mientras el eurobarómetro muestra cómo la desafección por la UE crece a lo largo y ancho de Europa, a la par que las desigualdades, la precariedad y el recorte de derechos y libertades. Hoy no habrá palabras a favor del medioambiente ni en contra de las violencias machistas, pero sí nos hablarán en abstracto de las décadas de paz. Justo cuando la creación de un ejército europeo y las inversiones crecientes en seguridad y defensa constituyen el nuevo pilar de la política europea.

El Capitán Europa,@captain_europe, imagen de marketing de la UE que no refleja la realidad en la que vive la mayoría de la gente.

Mañana, pasada la efeméride, las bonitas palabras volverán al cajón y Europa volverá a desaparecer de los titulares. Pero por poco tiempo: la cercanía de las próximas elecciones al Parlamento Europeo, en mayo del año que viene, ayudará a que el tema siga reapareciendo recurrentemente en el debate público, si bien la coincidencia con las autonómicas y municipales le restará gran parte del protagonismo. Y esas elecciones europeas traerán cambios y ajustes muy importantes.

Las elecciones ofrecen una foto fija de una película que se graba a diario. El problema es cuando la fecha en la que se tomó esa imagen se aleja y, entre medias, han surgido nuevos personajes, nuevos escenarios y giros de guión inesperados. Y en Europa, desde 2014, más que cambios, ha habido un verdadero terremoto. Pongamos solo algunos ejemplos de acontecimientos acaecidos desde las últimas elecciones europeas: la victoria de Syriza, el OXI y la posterior firma del tercer Memorándum; el Brexit y la crisis de fronteras y refugio; el ascenso de las nuevas y viejas extremas derechas y del populismo xenófobo; el hundimiento, país por país, de la socialdemocracia, mientras el macronismo se erige como pivote de recomposición del nuevo Extremo Centro.

Hoy la eurocámara es un reflejo electoral lejano y borroso de una realidad europea en constante mutación. Y la mayoría de esos cambios no están siendo precisamente a mejor. La foto que arrojen las próximas elecciones puede ser aún peor que la que ya tenemos hoy. Igual que podría ocurrir en el Estado español, populares y liberales van camino de convertirse en los dos principales grupos del próximo Parlamento Europeo y, juntos, formar la nueva Gran Coalición de Merkel y Macron. Solo hay algo que podría empeorar ese nefasto escenario: que los partidos de extrema derecha consigan suficientes escaños para erigirse en tercera fuerza y, de facto, constituirse en jefes de la oposición a esa nueva Gran Coalición.

Pero la mejor manera de frenar a la extrema derecha es siendo la mejor alternativa y el más firme adversario de la Gran Coalición. Porque ambos, neoliberalismo euroentusiasta y nacionalismo xenófobo eurófobo, conforman las dos patas de la misma dicotomía trampa, la gasolina y la leña de una hoguera que quema derechos y libertades por toda Europa. Y para ello hay que construir un bloque del cambio amplio en Europa. Un frente que señale a los responsables de esta estafa y que ataque las causas neoliberales del expolio, para así levantar un cortafuegos que segue los pies a los fantasmas del pasado que crecen en los vacíos que dejan las cenizas.

Contra-propuesta para el #DíaDeEuropa que refleja  una Europa feminista, de su gente, de las que la trabajan, la paz y los derechos.

Lo dijimos en 2014 y lo seguimos diciendo hoy: esto no va de Europa sí o Europa no. Queremos una Europa diferente a la que tenemos. Y eso pasa por darle la vuelta a la Europa realmente existente, desobedecer los tratados más antisociales, aliarnos con otras fuerzas del cambio y apoyarnos en los movimientos sociales que ya siembran a diario semillas para esa otra Europa.

Igual que para el ámbito estatal, autonómico y municipal, necesitamos que las fuerzas del cambio se organicen a nivel europeo, que exploren sinergias entre calle e instituciones, entre los límites de lo establecido y las potencias de lo posible. Y para eso no podemos contentarnos con ser una fuerza testimonial. Ni en el Parlamento Europeo ni en ningún otro sitio. No vinimos para eso. Nacimos pateando el tablero, pensando a lo grande. Hoy sigue tocando moverse para que esa otra Europa tan urgente y necesaria sea posible. Porque lo que viene puede ser peor que lo visto hasta ahora.