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La usura se viste de seda

29 ago 2008
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Entre los beneficiarios de la crisis, que los hay, destacan los prestamistas. Con el nivel de endeudamiento que tienen las familias españolas, que seguirá creciendo mientras no cedan los tipos de interés, el negocio de prestar dinero vive tiempos dulces. Se trata de los usureros de toda la vida, pero ahora se anuncian en la tele, tienen página web y se presentan con cara amable. Tampoco sus oficinas son ya la covachuela del avaro dickensiano donde empeñabas tu vida por unas pocas monedas. Ahora todo es muy profesional, con oficinas acristaladas, teleoperadoras simpáticas y comerciales con pinta de yerno ideal.

¿Tiene usted problemas económicos? ¿No puede con el Euribor? ¿Se ha quedado en paro? ¿Está harto de agobios mes tras mes? Pues aquí estamos nosotros para ayudarle, somos todo facilidades. Con solo descolgar el teléfono le ponemos en la mano tres mil euros. Hablamos con su banco y le renegociamos las deudas para que pague menos. O le concedemos una hipoteca por el cien por cien de su vivienda. Y todo fácil, muy fácil, sin nóminas ni avales ni esas tonterías que piden los bancos. Ande, ande, siéntese, póngase cómodo y díganos cuánto necesita.

El negocio es el mismo que el de los bancos: prestar dinero. Pero más a lo bestia, con intereses brutales y condiciones implacables. Te dan los famosos 3.000 euros y luego tienes que devolver 3.840: un 28% de interés. O un 52%, si prefieres cuotas más bajas. Los créditos reunificados te encadenarán de por vida. Y la hipoteca fácil se convierte en una amenaza ante la que basta un solo mes de retraso para perderlo todo.

Es interesante observar cómo muchas agencias inmobiliarias, de ésas que brotaron como setas en cada barrio, se han reconvertido hoy en prestamistas. Ocupan los mismos locales, tienen el mismo propietario, y con frecuencia ni siquiera cambian de nombre. Donde ayer anunciaban viviendas en venta, hoy prometen hacer nuestra hipoteca más llevadera. Eso es lo que se llama un buen “servicio post-venta”: primero te crean la deuda, y luego te la gestionan. 

Crisis! El musical

28 ago 2008
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Es sabido que no todos pierden en las crisis, no todos por igual. Además hay quien gana con ella: negocios que funcionan mejor en tiempos de incertidumbre, desde los prestamistas hasta los astrólogos. Pero también hay quien convierte la crisis en un reclamo publicitario. Ya que se habla a todas horas de ella, tanto en los medios como en los bares, pues aprovechémosla para vender lo que sea. La crisis está de moda, y los publicistas lo saben.

En estos días veo cada vez más anuncios que se apoyan en la situación económica para ensalzar el atractivo de lo anunciado. Varias cadenas de supermercados ofrecen sus descuentos para aliviar las estrecheces de las familias que no llegan a fin de mes, y hasta denuncian lo cara que está la vida, como si ellos no tuvieran nada que ver con la subida de precios del último año. También hay empresas de formación a distancia que presentan sus cursos como la mejor garantía para encontrar trabajo en tiempos de paro. Si son listos, repartirán octavillas en la cola del Inem.

Oigo a continuación la cuña radiofónica de una compañía de servicios jurídicos que, por sólo unos euros al mes, promete protegernos ante despidos, embargos e impagos, describiendo un paisaje tremendo ante el que más nos vale correr a buscar su protección. En su web destaca la frase “crisis económica” subrayada sobre una hucha de cerdito, y presumen de ser “la herramienta más rentable en este tiempo de crisis”.

Supongo que también la industria del espectáculo descubrirá pronto el potencial de la crisis para atraer a los espectadores con agobios económicos. Esperamos ver pronto una telecomedia sobre una familia amenazada de desahucio, o ambientada en una oficina de empleo. Y por supuesto, un musical. ¿No hacen musicales de cualquier cosa, lo mismo de Ana Frank que del Quijote? Pues ya veo el luminoso en la Gran Vía: Crisis!, la maravillosa odisea de un hombre endeudado, protagonizada por algún famoso en horas bajas, e incluyendo un coro de asalariados como aquél que Belén Gopegui metió en una de sus novelas.

La típica columna sobre inmigrantes muertos

27 ago 2008
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Pocas tareas tan difíciles como escribir sobre los ahogados de una patera. En realidad es facilísimo, y ésa es la trampa. Cualquiera puede rellenar estos dos mil caracteres en cinco minutos, enlazando frases hechas, acaso un corta y pega de artículos anteriores. Lo difícil es evitar esas construcciones previas que ya no dicen nada: “el drama de la inmigración”, “la tragedia de las pateras”, “el mar se cobra veinte vidas”, etc.

El periodismo suele trabajar con esquemas previos. Es una cuestión de economía y rapidez. Hay moldes para todo tipo de sucesos frecuentes: los naufragios de pateras, pero también los atentados, los asesinatos domésticos y los accidentes de tráfico. A veces hay algo novedoso: un accidente con más víctimas de lo habitual, un atentado sin precedentes como el 11-S, o un crimen especialmente escabroso. Pero son excepciones. Lo normal es aplicar la plantilla, sacarla del cajón y hacer que todo encaje en su sitio habitual: los titulares, el relato, el lenguaje y las imágenes, con sólo variar algunos detalles.

No sólo el periodismo. Los lectores, los espectadores, funcionamos igual. Tenemos nuestros esquemas de interpretación, y esperamos, deseamos, que lo que nos cuentan permita el automatismo en la comprensión y en la momentánea compasión. También los columnistas. Cada poco tiempo el articulista escribe una columna sobre “el drama de la inmigración”, otra sobre “la violencia machista”, otra sobre “la tragedia de los palestinos”, y cosas así. Las escribimos de forma mecánica, no se engañen. Es como esos cantantes que en cada nuevo disco meten una rutinaria canción de tema social, contra la guerra o contra la pobreza.

Mientras, las víctimas hacen lo que pueden para llamar la atención. Durante una temporada se dedicaron a morir en masa, hasta que los encajamos en la nueva plantilla. Después probaron con niños y mujeres, pero también nos acostumbramos. En la patera de ayer una mujer vio cómo arrojaban por la borda a su marido y sus tres hijos. Tal vez es una nueva modalidad, familias completas.

Aznar y su cartera de clientes

26 ago 2008
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Algunos lectores critican la atención que el ex presidente Aznar recibe en este periódico, en lo que consideran una obsesión propia de la izquierda española: la aznarofobia, como el antiamericanismo, el anticlericalismo y otros traumas . Hace unos días, por ejemplo, apareció en estas páginas una noticia sobre la subida del sueldo que cobra como consejero de las empresas del magnate Murdoch.

Debe de ser, en efecto, una obsesión, porque ningún otro periódico se hizo eco. Salvo Público, la prensa española raramente habla de los negocios del ex presidente. Se ve que no encuentran nada sospechoso en el creciente patrimonio de los Aznar. Pues aprendamos de ellos. En lugar de desconfiar, alegrémonos y sintámonos orgullosos de su éxito, igual que celebramos las victorias de nuestros deportistas aunque luego paguen impuestos en Andorra.

Aznar es un crack, un galáctico, y las grandes compañías se lo rifan. Como a su amigo Blair, que hoy asesora a JP Morgan en sus inversiones. O Schroeder, a sueldo de la Gazprom rusa. ¿Por qué debemos pensar que se benefician de su paso por la política? En el caso de Aznar, apuesto a que Murdoch ni siquiera sabía que había sido presidente de este pequeño país. Puso un anuncio, y Aznar mandó su currículum. Cuando lo fichó, News Corporation dijo valorar “su impresionante comprensión de la política mundial y de las realidades de la globalización.” ¿Es que alguien duda de la competencia de nuestro ex presidente en ambos campos?

Es verdad que Aznar, como Blair y Schroeder, tiene algo que vale su peso en oro: su cartera de clientes, todos sus contactos y amistades. Cuando una empresa busca comerciales, valora que los candidatos tengan “cartera de clientes propia”. Tras presidir un país, codearse con grandes y pequeños, y poner los pies sobre la mesa del gran jefe, seguramente su agenda guarda teléfonos que no tenemos ni usted ni yo. Pero no pensemos mal. Sin su paso por el gobierno, Aznar también tendría hoy ese sueldo, esos anticipos editoriales y esas conferencias de alto caché. Él lo vale.

Si es que vamos provocando

25 ago 2008
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No, si al final va a resultar que la culpa del accidente de Barajas es de los viajeros. En estos días oigo y leo, a propósito del avión estrellado, comentarios del tipo: “lo barato acaba saliendo caro”, “nadie da duros a cuatro pesetas”, o “la seguridad hay que pagarla”. Es decir, que si queremos volar barato, esto es lo que hay, menos calidad y menos seguridad. Ah, claro. Las aerolíneas en realidad quieren darnos lo mejor, pero somos nosotros los que nos empeñamos en que deterioren el servicio para pagar menos.

Me recuerda al disparate del que ve a una chiquilla con minifalda y exclama: “¡Si es que van provocando!, luego les pasa lo que les pasa, que los violadores no son de piedra, y algunas parece que van pidiendo guerra…” Pues lo mismo con los consumidores: por lo visto somos nosotros los que vamos provocando a las empresas con nuestra falda corta bajo la que se nos ve la tarjeta de crédito facilona, y luego nos pasa lo que nos pasa, que las empresas –aerolíneas, telefónicas, inmobiliarias y otras- no son de piedra, y quieren ayudarnos a satisfacer nuestras ganas de gastar, aunque nos duela.

De lo cual se deduce, y eso es lo más divertido, que los consumidores somos unos inocentones, presas fáciles; pero también, en el reverso, que las empresas son lobos voraces que en el bosque del libre mercado esperan el paso de una caperucita descocada. Confiamos en que las autoridades, como el cazador del cuento, nos protegerán, mantendrán a raya los instintos del lobo y nos salvarán, pero por mucho que nos advierten, somos tan lelos que nos paramos en mitad del bosque a hablar con el primer lobo seductor que nos aborda.

Y así pasa, que nos comen. Recordemos que en la versión que Perrault hizo del cuento de Caperucita no había final feliz, no había cazador que rescatase a la niña. Y en su moraleja final recogía el sentido de una historia que parece una fábula capitalista: las “niñas bonitas y gentiles” deben tener cuidado con los lobos “melosos, complacientes y dulces”, que las engatusan y luego se las cepillan.

¿De verdad sólo ahorran en catering?

22 ago 2008
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Si para algo sirve un accidente aéreo es para reabrir el debate sobre la seguridad. A la espera de saber qué ocurrió en Barajas, en los próximos días hablaremos mucho de un tema, la seguridad aérea, que en los últimos años se reducía a los peligros derivados del terrorismo. Tanto requisar botes de perfume y cortaúñas nos ha hecho desatender otros posibles riesgos.

Hace tiempo que las aerolíneas viven una competencia feroz. Más vuelos, más baratos, más frecuencias. No sólo ellas. También compiten los aeropuertos por superar el número de operaciones por hora. Impresiona ver la cantidad de aviones que hay en el aire al mismo tiempo una mañana cualquiera en Barajas. Esa carrera por ganar mercado, ¿afecta de alguna manera a la seguridad? Porque aunque accidentes mortales hay pocos, en los últimos tiempos ha habido muchos incidentes menores que no merecen tanta atención informativa. La propia Spanair ha tenido recientemente varias averías que obligaron a volver a tierra o a desviarse de la ruta.

Los sindicatos de pilotos llevan tiempo denunciando rebajas en la seguridad: mantenimientos más breves, aviones más viejos, menos personal, más horas de trabajo, menos formación. No solemos hacerles caso, pues siempre sospechamos que tras sus denuncias hay una exigencia salarial, pero lo cierto es que las compañías aéreas aplican los mismos procedimientos que el resto de empresas: recortes de plantilla, subcontratación de tareas, fusiones que unifican servicios, y en general la búsqueda de la máxima rentabilidad.

Como viajero, siempre me sorprende la brevedad de las escalas: muchas veces, al subir al aparato, el asiento está aún caliente del viajero anterior, con el que te cruzas en la puerta de embarque. Cuanto menos tiempo pase entre el aterrizaje y el despegue, más ganancia, claro, pero ¿salen también las cuentas en seguridad? A cambio de volar barato, admitimos que nos cobren la maleta facturada, que no nos den de comer o que haya retrasos y overbooking. Si además tenemos que asumir más riesgos, queremos saberlo.

Paisaje desde la ventana del siguiente avión

21 ago 2008
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Ayer, apenas una hora después del accidente, se reabrió el tráfico aéreo en Barajas. Los primeros aviones despegaron mientras todavía humeaban los restos de la nave siniestrada. Desde las ventanillas, los pasajeros de la tarde, tal vez de camino a sus vacaciones o ya de regreso, pudieron ver los hierros retorcidos, las ambulancias y los cadáveres carbonizados que eran sacados del interior. Aparte de dolor y compasión, ¿qué sintieron en esos momentos? ¿Espanto por lo cerca que han estado del horror? ¿Alivio por no haber sido ellos, por haberse librado por apenas unos minutos?

Desde ayer todos estamos mirando por esa misma ventanilla, todos somos pasajeros del primer vuelo tras el desastre. Todos estamos conmocionados, pero también asustados. Viajar en avión hace tiempo que dejó de ser un privilegio de una minoría para ser una rutina más. Muchos viajamos en avión con cierta frecuencia, varias veces al año, por trabajo o por gusto. En mi caso, cada vez que despego o aterrizo, siempre salta ese pequeño chasquido en la conciencia que me recuerda dónde estoy, el riesgo que asumo.

Salvo en los casos de miedo patológico, la mayoría vivimos con esa inquietud como un ruido de fondo. Nos refugiamos en la estadística, en los cálculos de probabilidad que todos hemos oído alguna vez y que repetimos como un mantra tranquilizador: que cada día vuelan miles de aviones en todo el mundo y raramente se cae alguno, que estadísticamente es el medio de transporte más seguro, que hay más probabilidad de que te toque la lotería a que tengas un accidente aéreo, etc.

Todo ello es cierto. Pero esos cálculos dicen que el riesgo es pequeño, no inexistente. Cada tiempo cae un avión para recordárnoslo. Hoy sólo hay sitio para el dolor, el luto y el afecto a los familiares, pero mañana seguiremos volando. Algunos, ayer, tuvieron que despegar sólo una hora después de que la escasa probabilidad se hiciese certeza. Otros volaremos mañana, o el mes que viene, y durante mucho tiempo seguiremos asomados a esa ventanilla desde la que se ve la muerte.

Los talibanes se reproducen por esporas

20 ago 2008
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Lo más sorprendente de los talibanes no es su resistencia ni su fanatismo. Lo más impresionante es su capacidad de reproducción. Hace casi siete años que comenzó el ataque contra el Afganistán talibán, y ahí siguen, numerosos y activos. Cada mes mueren decenas en operaciones militares, o en atentados suicidas, pero da lo mismo. No sólo no desaparecen, sino que por lo visto cada día son más, y los niveles de violencia en Afganistán están ahora en el peor momento desde el comienzo de la guerra.

Cuando comenzó la invasión del país, tras el 11-S, nos decían que los talibanes eran una panda de fanáticos que mantenía sojuzgada a la población imponiendo la ley islámica. Los bombardeos mataron a muchos, y pronto huyeron de la capital, Kabul, encabezados por aquel legendario Omar, el mulá tuerto que dio esquinazo a los invasores con su motocicleta. Los últimos se escondieron en las montañas de Tora-Bora. ¿Las recuerdan? Eran la guarida del mal, donde Bin Laden, el mulá y sus últimos fieles resistían en cuevas dotadas de alta tecnología, según nos contaba la infografía periodística.

Las montañas fueron desmontadas mediante el “bombardeo de alfombra” de los B-52, aquellas enormes explosiones que todos recordamos. Allí debieron perecer cientos de ellos. De los que sobrevivieron, algunos escaparon a la vecina Pakistán, pero otros muchos cayeron presos y acabaron en Guantánamo, en las cárceles secretas de medio mundo, o liquidados en varios episodios siniestros –la cárcel de Mazari Sharif o los asfixiados en contenedores, entre otros-.

Pasados ocho años, los talibanes están más activos que nunca, y ya mueren más soldados extranjeros en Afganistán que en Irak. De ahí mi estupor ante su capacidad de multiplicación. Deben reproducirse por esporas, o cuando se mojan, como los gremlins, porque si no, no se entiende. Lo que sí entendemos es que, en la interminable guerra afgana, no es lo mismo decir “mueren cuarenta afganos en un bombardeo” que “mueren cuarenta talibanes en un bombardeo”. Hagan la prueba, y verán como no es igual.

¿Qué será lo próximo con que especulen?

19 ago 2008
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Al olor del dinero fácil acuden los especuladores como moscas. Llegan, compran, hinchan precios, recogen ganancias y desaparecen dejando ruina. Su terreno natural siempre fue la Bolsa, donde han conseguido éxitos memorables: compañías devaluadas, inversores arruinados y convulsiones macroeconómicas. Su momento de gloria fue hace años, con las empresas de nuevas tecnologías, las “punto com”, cuyo valor se multiplicó en poco tiempo para luego hundirse estrepitosamente.

Cuando la Bolsa se les queda pequeña, salen del parqué y olisquean hasta encontrar algo que comerse. En Estados Unidos jugaron con las hipotecas basura hasta quebrar un par de bancos. En España compraron ladrillo hasta que la burbuja creció tanto que se retiraron y dejaron que otros aguantaran el pinchazo. Por el camino se llevaron también las ilusiones y la inocencia de todo un país, el paisaje, el medio ambiente y unos cuantos ayuntamientos enfangados en la corrupción. Después enredaron con los mercados de futuro del petróleo, y han conseguido disparar el precio de los combustibles y ponernos al borde de la crisis energética.

Lo último que hemos sabido es que también han metido sus manos en el negocio de los paneles solares. Normal: el reclamo era muy fuerte, tras tanto hablar de energías renovables y cambio climático en el país con más horas de sol de Europa. Así que se dedicaron a plantar huertas solares sin más interés que cobrar subvenciones y primas, y acabaremos pagando el pato entre todos, vía factura eléctrica.

¿Qué será lo próximo con que especulen? Es decir: ¿qué será lo próximo que se carguen? ¿Qué será lo siguiente que toquen, sobrevalúen, conviertan en inaccesible y después dejen caer? Suelen preferir cosas que sean necesarias y escasas, pues ahí la ganancia es mayor. Se me ocurren dos mercados que reúnen ambas condiciones y en los que pueden hincar el diente con facilidad: el agua y el empleo. Siendo un país de sequía y paro, a poco que lo huelan acabaremos acaparando garrafas y pagando por trabajar. Mejor no les demos ideas.

El low cost vuelve a ser alpargata

18 ago 2008
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Una de las expresiones más escuchadas en las últimas semanas, a propósito de la crisis económica, es ésa de que los españoles hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. Es otra forma de decir que la fiesta se ha acabado, pero también hay un tono de regañina en la frase: qué malos sois, en vez de ahorrar os habéis dedicado a gastar, a vivir la buena vida, y por vuestra mala cabeza ahora os veis como os veis.

Lo cierto es que la crisis nos está devolviendo a lo que éramos antes de la fiesta del crecimiento económico y el consumo alegre. Y eso se ve bien estos días de vacaciones. Después de años en que pudimos viajar por el mundo y pasar fines de semana en hoteles con encanto, volvemos a hábitos vacacionales que creíamos ya superados. Estos días, por ejemplo, he vuelto a escuchar esa vieja expresión despectiva de “turismo de alpargata” para referirse a las vacaciones económicas propias de la clase trabajadora, que no es que hubiesen desaparecido, sino que las llamábamos “turismo low cost”, que suena más moderno.

La industria turística se queja de que han caído las pernoctaciones, y sobre todo el gasto por persona. La gente no ha dejado de salir de vacaciones, pero en plan baratito: en vez de chiringuito de playa, nevera con latas y bocadillo, y por la noche a pasear y comer pipas, que es el aperitivo estrella en los tiempos de ajuste. Volvemos también al merendero de fin de semana, al camping y al apartamento prestado donde se mete toda la familia en dos habitaciones.

Y puestos a volver, estamos volviendo también al pueblo. Hace años el destino vacacional de la mayoría de españoles era familiar: la casa de los padres o abuelos, el pueblo vaciado por la emigración y al que todos regresaban en agosto, cuando se celebraba la fiesta del emigrante. Este año muchos han regresado al pueblo para pasar parte de sus vacaciones. La diferencia es que, antes, los que volvían en verano presumían de prosperidad, de lo bien que les iba en la ciudad. Ahora es al revés. Ya veremos cómo afecta eso a nuestra autoestima.