“Vendrán misioneros de otros lugares para ayudarnos a evangelizar esta tierra. España también es tierra de misión” –Ramón del Hoyo, presidente de la Comisión Episcopal de Misiones-
Lo que nos faltaba. No teníamos bastante con los vendedores de seguros y telefonía que a diario nos asaltan con sus ofertas, pues ahora también tendremos agentes comerciales de la Iglesia católica recorriendo el país para captar nuevos abonados.
Los obispos han detectado que en España “han cambiado mucho las cosas en poco tiempo”: ahora, dicen, hay más gente sin bautizar, e incluso entre los bautizados hay muchos que “están alejados del Evangelio”.
La Iglesia se siente como la Telefónica de hace unos años, cuando perdió el monopolio y empezaron a entrar competidores en el mercado, con ofertas agresivas que seducían a unos consumidores hastiados por los abusos del operador único.
Así también la empresa obispal, tras gozar de siglos de monopolio religioso, de repente pierde cuota de mercado ante el empuje de otras confesiones que, como los nuevos operadores telefónicos, conectan con una feligresía harta del mismo dios de siempre, y le ofrecen productos espirituales para todos los gustos. Entre los competidores está también el ateísmo, claro, esa compañía independiente que con una inteligente campaña publicitaria en los autobuses se ha dado a conocer.
Los ejecutivos de la empresa episcopal están preocupados, pero no demasiado. Las cuentas no van tan mal, este año han recaudado más que nunca, y aunque ya no son un monopolio, siguen contando con un trato privilegiado por parte del Estado. Así que todavía liderarán el mercado durante mucho tiempo, pero no bajan la guardia y van a reforzar su equipo comercial. Paciencia.
“Sin secreto bancario, los 140 bancos extranjeros que hay en Ginebra no tendrían razones para quedarse” -Ivan Pictet, presidente del Geneva Financial Center-
Como saben, los líderes del G-20 anunciaron hace días su intención de meterle mano a los paraísos fiscales. Bajo su idílica denominación, estos pequeños países donde el dinero escapa de todo control son la cloaca del sistema financiero internacional. Localizados en lugares que, salvo excepciones (Suiza, Andorra) no sabemos situar en el mapa, son el equivalente monetario a la red de cárceles secretas de la guerra contra el terrorismo.
Aclaro el paralelismo: como los vuelos de la CIA con secuestrados, los dólares y euros cruzan el mundo en maletines o directamente por transferencia bancaria. Y como con aquéllos, el secreto es más que relativo, en todo caso un secreto a voces, y todos nos hacemos los tontos.
Si no, explíquenme para qué tienen los principales bancos españoles sucursal en sitios como las Islas Caimán, las Antillas Holandesas o la minúscula isla de Guernsey. ¿Para captar ahorros de los lugareños? ¿Para facilitar cambio de moneda a los turistas?
Por ahora, las autoridades estadounidenses han obligado al gigante suizo UBS a desvelar el secreto bancario sobre 300 clientes sospechosos de evasión fiscal, y otros países están contemplando medidas para apretar las tuercas a estos territorios.
Supongo que el modelo de paraísos fiscales ya está quemado, cumplió su función y probablemente hoy no es necesario, y podemos cerrarlos. Aunque los profesionales del blanqueo de capitales parezcan nerviosos, imaginamos que ya cuentan con formas más sofisticadas para evadir fortunas. Aunque sea al precio de perderse esos viajes a las Bahamas.
“Para salir de la crisis hace falta vender más coches” –Antonio Romero, presidente de Faconauto-
Ni ladrillos ni activos tóxicos bancarios. El verdadero termómetro de la economía mundial es el automóvil. No sólo por lo mucho que representa en PIB o empleo, sino también por lo que supone en términos psicológicos, o emocionales si quieren. Si quiebra una constructora o un banco no nos duele, hasta nos regocijamos. Pero si un fabricante de coches cayera sería un drama.
El coche es desde hace un siglo el rey del capitalismo. La economía, el consumo, el turismo, la planificación urbana, el ocio; todo gira en torno a las cuatro ruedas. Podríamos –y querríamos- vivir sin bancos, pero sin coche no somos nadie, por mucho que vayamos de ecologistas o lamentemos ser sus esclavos. Nos gusta conducir, sí.
Es el rey, y también el niño mimado. Gobiernos de todo el mundo han aprobado ayudas multimillonarias al sector para que aguante la crisis y que los fabricantes no dejen sus países. Aquí tenemos un Plan Integral de Automoción de 4.000 millones de euros; el segundo mayor de Europa, según presume el ministro Sebastián.
Con crisis o sin ella, que se destine dinero público al sector del automóvil nos parece lo más normal. Criticamos las ayudas a la banca, pero aceptamos con naturalidad que el Estado dé todo tipo de facilidades a los fabricantes de coches: ayudas directas, financiación, terrenos para sus factorías, bonificaciones laborales, facilidades en los ERE, planes renove, etc.
Si se para el motor, se para la economía, es verdad. Pero además tenemos tan interiorizado el coche, que por él aceptamos lo que sea.
“Hay muchas formas de intervención que no tienen nada que ver con nacionalizar. Ese tema no se ha planteado en España” -Pedro Solbes, ministro de Economía-
Desde que la crisis es el tema central, no hay día en que no se organice algún encuentro de cerebros para debatir sobre ella. Sea una conferencia internacional o un desayuno de prensa, cada día varios genios de las finanzas se reúnen en un hotelazo, escuela de negocios o institución económica para opinar sobre las medidas necesarias.
Así, las páginas de economía se llenan con declaraciones de presidentes de banca, comisarios europeos, líderes empresariales, ministros y expertos varios que ejercen de oráculos para orientar a los gobernantes, y de paso ilustrar a los ciudadanos.
A su manera, los guardianes del sistema económico hacen funciones de agitación y propaganda: monopolizan el debate para que sólo oigamos sus voces, que coinciden en un único discurso: que hace falta dinero público para socializar las pérdidas, pero sin control público. Del Estado no queremos nada, sólo sus recursos.
Se supone que estamos en un momento crítico, abierto a transformaciones, en que hay que revisar aspectos fundamentales. Pero los interesados en que nada cambie hacen lo posible para acallar las voces críticas. Así, se han aprobado ayudas públicas billonarias y planes de rescate en todo el mundo sin un debate político a fondo, y están logrando que la salida de la crisis la piloten los mismos que llevaron el barco a pique.
Es lógico que en sus reuniones no haya representantes de los trabajadores, los consumidores o los usuarios de banca, ni por supuesto pensadores anticapitalistas. Suelen ser gente maleducada, que se come los canapés a dos manos.
“Quien sea capaz de introducir en su programa electoral la cadena perpetua ganará muchos votos” -Juan José Cortés, padre de Mariluz Cortés-
El presidente del gobierno tendrá mañana un trago amargo en La Moncloa. Recibirá a los padres de la muchacha asesinada en Sevilla, Marta del Castillo, que llegarán buscando algo más que palabras de consuelo: le propondrán celebrar un referéndum sobre la cadena perpetua, tras varios días de declaraciones y manifestaciones vecinales.
¿Qué hará Rodríguez Zapatero? ¿Vencerá su tendencia a contentar a todo el mundo? ¿Será capaz de decepcionarles? No será necesario. No tendrá que recurrir a argumentos constitucionales ni humanitarios. Puede explicarles que no necesitamos la cadena perpetua, pues en la práctica ya tenemos penas cuya duración es equiparable.
Con este tema, emociones al margen, hay mucha confusión. Por un lado, creemos que así el condenado no saldrá nunca y morirá en la cárcel. Pero en los países con cadena perpetua caben revisiones periódicas, y en algunos incluso tiene una duración máxima pese a llamarse perpetua.
El otro error es creer que nuestro código penal, por excluir la prisión indefinida, es blando. Pero en la práctica en España, tras las sucesivas reformas y la jurisprudencia (“doctrina Parot”), uno puede pasar cuarenta años en la cárcel. Eso es más de lo que algunos países consideran cadena perpetua.
Entiendo que a la familia de una niña asesinada cualquier castigo les parezca pequeño. Pero los demás, incluso sintiéndonos solidarios con ellos, tenemos que decir que cuarenta años es un castigo enorme, por grave que haya sido el delito. Esperemos que no haya pescadores de río revuelto que quieran comprobar si el padre de Mariluz tiene razón.
“Como no tengo absolutamente ninguna duda, yo sí pongo la mano en el fuego por el presidente Camps” -Carlos Fabra, presidente de la Diputación de Castellón-
Quienes lo tratan en la intimidad dicen que es un cachondo, que una velada con él tiene risas garantizadas. Es entonces cuando se transforma en Charly y se esfuma ese aspecto hosco con que suele salir en las fotos. Sus compañeros están habituados a chistes como el de ayer.
En el vodevil pepero sólo faltaba él, aunque todos preferirían que se quedase al margen. Sin embargo, el presidente de la Diputación de Castellón ha pensado que puede prestar un buen servicio al partido, uno más. Mientras los líderes se escabullen y evitan poner la mano en lo que parece ya una hoguera, y nadie se fía de nadie ante la próxima filtración, ahí llega Fabra, generoso como suele: “¿Qué pasa, que nadie se atreve a poner la mano? ¡Pues aquí tenéis la mía, a prueba de fuego!”
En realidad, en tiempos de tribulación como vive el PP, es bueno escuchar la voz de los viejos sabios de la tribu, y nadie como Fabra para dar consejos sobre sospechas de corrupción. De hecho, no sólo puede poner la mano en el fuego. También la puede poner en el hombro de los acusados, para darles un mensaje tranquilizador: “No te preocupes, colega, que no te va a pasar nada. Mírame a mí. Llevo cinco años imputado, todo en mí es sospechoso, y si embargo ahí sigo, al frente del partido y gobernando la provincia.”
Además, si sus compañeros se dejan, todavía puede ofrecer al partido otra capacidad asombrosa de esa misma mano ignífuga y consoladora: la buena fortuna. Esa misma mano ha elegido varias veces el décimo premiado de la lotería. La mano de la suerte. Yo correría a estrecharla.
“Hemos visto salas de aislamiento sensorial donde los chicos, antes de entrar, piden un medicamento para soportarlo” -Enrique Múgica, Defensor del Pueblo-
Ya conocen el informe del Defensor del Pueblo sobre el funcionamiento de los centros de menores: castigos físicos, medicación abusiva, encierros, humillaciones… Todo muy impresionante, cierto. Pero díganme, con sinceridad: ¿les ha sorprendido? ¿O por el contrario se ajusta a lo que todos esperamos de ese tipo de lugares?
Ha tenido que llegar el Defensor y poner por escrito lo que ya sospechábamos: que los centros de menores no funcionan como campamentos de verano. En ellos se emplean métodos durísimos, incluido ese “aislamiento sensorial” de resonancias guantanameras. Abundan los casos de lesiones físicas –las psíquicas son menos visibles-, e incluso varios suicidios.
Me parece lógico denunciarlo, y pedir cuentas a quien corresponda. Pero reconozcamos también nuestra parte de responsabilidad. Hace tiempo que como sociedad hemos renunciado a la recuperación de los individuos más conflictivos, y optamos por el encierro y el castigo. Cada vez que hay un menor implicado en hechos violentos la respuesta es exigir el endurecimiento de la ley. Que los quiten de circulación y un problema menos, estamos más tranquilos sin ellos en la calle.
Si a todos los menores que consideramos amenazantes los encerramos, ¿qué podemos esperar de unos centros convertidos en prisiones infantiles? ¿Qué pueden hacer los llamados “educadores”? ¿Cómo esperamos que se comporten unos menores tratados peor que población carcelaria? Se trata de un sistema violento, y generador de violencia. Pero hacemos como que no escuchamos los gritos. Para aislamiento sensorial, el nuestro.
“No estamos pidiendo el despido libre porque ya existe, pero es carísimo. El más caro del mundo” -Gerardo Díaz Ferrán, presidente de CEOE-
Como somos muy brutos, no acabamos de ver la relación entre despido barato y creación de empleo. Hacemos cuentas con los dedos y pensamos: si con el despido “caro” se ha ido a la calle un millón en un año, ¿cuántos habrían caído si costase la mitad? Sobre todo si pensamos en esas grandes empresas para las que su plantilla es un valor más con el que especular incluso cuando no tienen dificultades económicas: despides varios miles, y subes en bolsa.
Somos muy brutos, y muy descreídos, porque conocemos a pocos parados que hayan cobrado los famosos 45 días por año. En realidad la mayoría cobra mucho menos. En 2008 la indemnización media no llegó a 20 días. Algunos se van con lo puesto, por ser temporales; otros reciben menos por tener algún maravilloso contrato de fomento del empleo. Hay trabajadores que aceptan una indemnización reducida porque son lentejas, y si no la cogen, ya pueden esperar meses o años para recibir lo que les corresponde vía judicial. Y aún cabe que la empresa se declare insolvente y pague el Fondo de Garantía Salarial.
Pero es que no sólo somos brutos y descreídos. También malpensados. Y nos da por hacer preguntas tontas. Por ejemplo: ¿cuánto cuesta despedir a un empresario? Si los accionistas de una eléctrica, un banco, una constructora o un fabricante de coches deciden poner en la calle a su presidente o a su consejero delegado, ¿cuánto tienen que pagarle de indemnización? Están blindados por millones de euros, y cada año que pasa sale más caro despedirles. ¿Será por eso que no hay EREs para superejecutivos?
“Unas elecciones que necesitan observadores internacionales e invitados de la oposición son de dudosa democraticidad” -Federico Trillo, portavoz de Justicia del PP-
A mí Hugo Chávez no me la pega. Que no. El gorila rojo, el golpista (¿o era ex golpista?), el caudillo bananero no me engaña: Venezuela es una dictadura. Qué digo una dictadura. Una tiranía. Y cuantas más elecciones celebran, más tiránica. Allá van, de referéndum en referéndum hasta la tiranía total.
He perdido la cuenta de las veces que los venezolanos han votado en diez años. Entre reformas constitucionales, revocatorios, elecciones presidenciales, legislativas, regionales, y municipales, están todo el día a pie de urna. Van a acabar odiando la democracia.
¿Lo pillan? De eso se trata: Chávez se ha propuesto hartar de democracia a los ciudadanos, para que pidan a gritos una dictadura como dios manda, sin tanto votar. El próximo paso serán las votaciones a la suiza, de forma que todos los domingos haya que ir a las urnas.
Lo que ya es de risa es lo de los observadores internacionales, que no sólo acuden y supervisan, sino que luego dan el visto bueno. Untados, están todos untados. Incluidos los invitados de la oposición, que colaboran con su presencia para que creamos que es una democracia con partidos opositores y todo. Sólo se salva nuestro heroico Luis Herrero. Los demás, todos comprados, incluida la oposición, que le hace el juego reconociendo los resultados.
Pero cuidado, no demos ideas. Si el tirano se entera de que la presencia de observadores arroja sombras sobre su “democraticidad”, puede que en futuras elecciones no los permita, y así parecerá tan demócrata como esos países que votan sin supervisión internacional.
“Queremos demostrar al mundo que la nuestra es la mejor opción, que convierte el deporte en motor de desarrollo” -Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid-
¿Qué más le puede pasar a Madrid? ¿Cuál será el tiro de gracia para la ciudad, tras haber sobrevivido a los destrozos del desarrollismo franquista, y ya en democracia a décadas de especulación, burbujas, planes de ordenación y pelotazos varios? ¿Todavía debemos esperar un último terremoto urbanístico, el big one que remate la broma? Pues sí, todavía podemos empeorar.
Con la que está cayendo, con lo que ya sabemos y lo que sospechamos del urbanismo madrileño, sólo nos hacían falta unos Juegos Olímpicos. Y encima, con subsede en Valencia, que es otro de los puntos calientes del pelotazo ibérico. Ya puestos, yo propondría otra subsede en Marbella, y así hacemos la gracia completa.
Los partidarios de Madrid 2016 quieren convencernos de los muchos beneficios que para los madrileños tendrán unos juegos que, dicen, han supuesto siempre una transformación radical para las ciudades organizadoras. ¿Queremos los madrileños una “transformación radical”? Ya sabemos lo que eso puede significar aquí. ¡Socorro!
Por mucho que lo pinten bonito con los valores olímpicos y el sano deporte, la cosa huele. El COI, que dice representar tales valores, tiene una larga tradición de sobornos y corruptelas. Y en cuanto a las ciudades agraciadas, los Juegos suelen ser el pretexto para desarrollar operaciones que sin la bandera olímpica tendrían el rechazo de los ciudadanos, y que benefician a los grandes constructores.
En Madrid ya tenemos algo de proporciones olímpicas: la deuda municipal. Claro que siempre podemos hacerla crecer citius, altius, fortius.