Lo contrario del buenismo, ¿es el malismo?

19 Ene 2010
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“Si abordamos la inmigración con el discurso buenista, nos equivocaremos y daremos argumentos a los xenófobos.” -José Montilla, presidente de la Generalitat- 

               

No hace falta leer a Lakoff para darse cuenta de cómo la derecha lleva años aplicando en España la misma estrategia que con tanto éxito usan sus sosias estadounidenses. Han ganado la batalla del lenguaje, y sin darnos cuenta aceptamos sus conceptos, sus valores y sus palabras en la confrontación política. Y usar el lenguaje del adversario es empezar en desventaja, llevar todas las de perder. 

Ahí está, entre otras formulaciones exitosas, la del buenismo. Si uno recurre a la “línea de tiempo” de algún medio digital, comprueba cómo el término buenismo es de uso reciente entre nosotros, y se dispara a partir de la victoria del PSOE en 2004. Son la FAES (que en 2005 publicó El fraude del buenismo) y sus afines mediáticos quienes lo hacen circular, y con mucho éxito por lo visto. 

El buenista es, según la derecha, la versión idiota del progre -otro término que han conseguido colarnos-, y se mueve entre el optimismo panglosiano, la simpleza de Epi y Blas, y la cobardía de quien no enfrenta los problemas. Hagan memoria: manifestarse contra la invasión de Irak era un ejercicio de buenismo, apostar por un proceso de paz en Euskadi es buenismo, y hasta Obama fue recibido como un presidente buenista

En el debate sobre la inmigración el buenismo por lo visto significa papeles para todos, abajo las fronteras y viva el multiculturalismo. Nada de eso tiene que ver con la práctica política del gobierno, que no ha regularizado a los miles de sin papeles, ha endurecido la ley de extranjería y ha expulsado sin parar. Pero los socialistas aceptan las armas del adversario y estos días, tras lo de Vic, se sacuden la etiqueta de buenistas, no sea que los votantes pensemos que son unos blandos.


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