Qué haremos después con tanta bandera

07 Jul 2010
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“Tenemos que llegar a la final, porque lo único en que estamos todos de acuerdo, en lo que no hay divisiones políticas, es el apoyo a los chicos de Del Bosque.” -Alberto Ruiz Gallardón, Alcalde de Madrid-

 

Por si no teníamos bastante con la contaminación informativa –portadas y minutos televisivos monotemáticos-, la contaminación acústica –los gritos de “Gol” que sobresaltan a quienes estamos a otra cosa, las trompetitas y petardos, las ruidosas celebraciones-, y la contaminación coloquial –no se puede hablar de otra cosa-, este año con el Mundial tenemos también contaminación visual: miles de balcones adornados con la bandera rojigualda, a cual más grande.

Uno no puede decir en público que le molesta tanto trapo sin que le miren mal. De hecho, uno ni siquiera puede decir que no ve los partidos y que le importa un colín si la selección gana o pierde, pues el consenso futbolero es tan apabullante que te arriesgas a quedar estigmatizado de por vida. Antes, decir que no te gustaba el fútbol podía hasta pasar por un esnobismo; ahora ya ni eso, pues el ‘deporte rey’ es un asunto intelectual que merece también espacio en las páginas culturales.

Así que si digo que me molesta ver el barrio cubierto de banderas, me llamarán resentido, aguafiestas y por supuesto antiespañol. Pues qué quieren que les diga. Me parece estupendo que, como insisten tantos comentaristas, sea la pasión por la selección lo que nos une y nos hace perder complejos y prejuicios para exhibir banderas. Pero a mí me gustaría construir mi patriotismo con otros mimbres, tener otros motivos de orgullo.

Lo más que concedo es el carácter inofensivo de tanto españoleo. Sé que al día siguiente del Mundial todas esas banderas volverán al cajón, hasta la próxima victoria deportiva, pues la mayor normalización que la rojigualda ha conseguido es la de convertirse en la bandera no de un país, sino de un equipo. Algo que, reconozco, es hasta un consuelo, visto el uso que ha tenido en otros momentos de nuestra historia.

Por supuesto, no falta quien quiere aprovechar tanta tela en los balcones para hacer una lectura política nacionalista-españolista. Allá ellos. Como insistan en ciertos discursos, malograrán su normalización deportiva, y la devolverán no al cajón, sino al trastero.


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