Hallada una mina de oro en el barrio

25 Oct 2010
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“Oferta especial Navidad: A partir de 30 gramos una paletilla de regalo. A partir de 60 gramos un jamón de regalo.” -Publicidad callejera de la empresa ‘Compro Oro’-

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No sé ustedes, pero yo he vendido todo lo que tengo y he comprado lingotes de oro, que almaceno en una habitación de mi casa acondicionada como cámara acorazada. Es el valor refugio, dicen los analistas, y si uno quiere sobrevivir a la crisis más le vale acumular reservas, a la manera de aquellos búnkeres con comida que los histéricos se construían en la Guerra Fría.

Hace unas semanas nos tomamos a broma la instalación de una máquina expendedora en el hotel Palace de Madrid que en vez de refrescos o tabaco permite comprar oro, a precio de los mercados internacionales, actualizado al momento. Nos pareció una excentricidad de ricos, pero la cosa va en serio. El precio de la onza ha subido más de un 200% en cuatro años, y va a más, convertida en refugio de inversores asustados por la crisis, la fragilidad bursátil y la guerra de divisas. Los bancos centrales también están comprando para sus reservas.

Como el oro está por las nubes, mientras siga subiendo y no burbujee hay que sacar el preciado metal de donde sea. Y los nuevos buscadores de oro, enfermos de la fiebre dorada, han encontrado nuevos yacimientos, de fácil extracción, sin necesidad de remangarse para buscar pepitas en el río o abrir un pozo. En nuestras ciudades, sin ir más lejos.

En mi barrio no han puesto máquinas expendedoras de oro como la del Palace, sino franquicias de negocios dedicados a comprar oro. Son los usureros de toda la vida, que ahora se dedican a comprar el oro de quienes necesitan dinero en mano para pasar las apreturas. Les vale todo: joyas, relojes, anillos, medallas, oro nuevo, viejo, usado y roto, como anuncian en sus carteles. También dientes, aunque queda feo anunciarlo. Tienen ofertas, regalan jamones y recogen a domicilio. Todo facilidades.

Junto a mi casa acaba de abrir un ‘Compro Oro’. Lo hace pared con pared con una antigua inmobiliaria que con la crisis se recicló en empresa de préstamos y “reunificación de deudas”, y que acaba de cerrar por falta de negocio. Un buen resumen de nuestra vida reciente: pasamos de la inmobiliaria al prestamista, y de éste al comprador de oro. Y colorín, colorado.