“Ha sido un año difícil. Queda trabajo y esfuerzo por delante, pero con seguridad les digo que éste es el camino y el rumbo.” -José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno-
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El año que despedimos no ha sido precisamente como para grabarlo con letras de oro en los anales. Vale, recordaremos durante siglos que la selección ganó el Mundial, pero quitando eso ha sido un año para olvidar. Todo lo bueno que esperábamos de 2010 ha quedado pendiente para mejor ocasión, o directamente abandonado. Y a cambio, todo lo que nos prometieron que no pasaría, pasó.
Uno lee los buenos propósitos, deseos y previsiones que se publicaron hace un año por estas fechas, y se ríe para no llorar. Al margen de pronósticos fantasiosos como los que hizo la revista Newsweek (la muerte de Castro, el deshielo entre Estados Unidos y Cuba, el derrocamiento de Chávez, el colapso de la economía china o el éxito de Obama en Afganistán, entre otras), y del optimismo con que saludó Zapatero el nuevo año, las previsiones que parecían más realistas también se incumplieron.
He recuperado la columna que escribí hace justo un año, para comprobar el desfase entre expectativas y resultados. En ella enumeraba asuntos que quedaron pendientes en 2009, y que según los analistas se resolverían en 2010: la salida de la crisis (ja), el cierre de Guantánamo (ja, ja), un acuerdo vinculante de reducción de emisiones (ja, ja, ja), el fin de la guerra en Afganistán (ja, ja, ja, ja). Por no tener, no hemos tenido ni el esperado adiós de ETA, que queda para el año que viene.
En cuanto a aquello que nos prometieron que no sucedería, sucedió: la crisis empeoró en Europa (y se llevó por delante a Grecia e Irlanda), el paro siguió por las nubes, y el gobierno recortó derechos laborales y sociales, pese a las promesas en sentido contrario.
El balance para los trabajadores tampoco es como para estar orgullosos: una huelga general mal planteada y sin continuidad, unas pocas manifestaciones, y para de contar. Entre lo más desolador del año está la poca resistencia que hemos mostrado ante los recortes y reformas. Por todo, no creo que nadie tenga pensado hacerse un tatuaje con este 2010. Aunque quién sabe: tal como pinta el próximo, igual lo acabamos recordando con cariño. Feliz 2011.
“Va a venir un cambio político en España, eso es obvio, es imparable, pero el presidente se empecina en no dejar hablar al pueblo.” -Esteban González Pons, vicesecretario de Comunicación del PP-
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Dice Rajoy que el PP ganará las elecciones se ponga quien se ponga enfrente, lo mismo Zapatero que Rubalcaba, Blanco que Chacón. Que ganará con la gorra, por no usar otra expresión que tal vez tenía en mente. Su confianza coincide con lo que analistas, encuestas, gente de a pie y políticos socialistas en la intimidad dan por irreversible, por la debacle de un PSOE empeñado en cavar su tumba más profundo.
Lo que le faltó decir a Rajoy, para ser justo y completar el razonamiento, es que el PP se hará con el poder tanto si lleva de candidato a Rajoy como si pone en el cartel a Bob Esponja o presenta una gallina para la Moncloa. Es decir: que ganará porque tiene que ganar, porque el bipartidismo estructural no deja más opciones, si no gana uno tiene que ganar el otro, basta la movilización de los suyos y la deserción del resto.
Con un sistema electoral, institucional y mediático que consolida el bipartidismo, jibariza toda vida a la izquierda del PSOE, y anota la abstención en el botín del vencedor; y con una izquierda que para próximas convocatorias puede acudir aun más dividida, al PP le basta hacer lo que viene haciendo: dejar que el descontento prenda, jugar al tremendismo, hacer sangre de todas las heridas y esconder su programa anticrisis. Está haciendo una oposición de pena, pero sabe que ganará con Rajoy o con la gallina, agravando el descrédito de la política con la victoria de quien no ha hecho nada por merecerla.
Algún día tendremos que cambiar un sistema que convierte el voto de castigo en premio para el otro, y de paso hace que el castigo lo sea más para los electores: la bofetada que los votantes socialistas darán al PSOE (a Zapatero, y a alcaldes y presidentes autonómicos) se la dan en su propia cara. Y no vale apelar al voto útil, que está comprobado que también es un bofetón.
Si el PSOE no cambia de rumbo, sus votantes no sólo reprocharán al presidente que les fallase, girase a la derecha y olvidase su programa social. Tampoco le perdonarán que les deje en manos del PP, al que entregará el país con el trabajo sucio ya hecho.
“Tendrá que haber nuevas subidas. No podemos vivir en esta especie de isla paradisíaca donde pagamos menos de lo que cuestan las cosas.” -Javier Villalba, director de Iberdrola Distribución-
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La luz siempre ha sido un misterio para la mayoría. Eso de darle al interruptor y que se encienda la bombilla sigue pareciéndonos milagroso siglo y pico después de inventado. Ahora bien, nada comparable al misterio de la factura de la luz. Porque lo de la electricidad nos lo explican y más o menos lo acabamos comprendiendo; pero lo del cálculo de tarifas necesita un master.
Si con el funcionamiento de la luz no nos rompemos la cabeza y nos conformamos con que se encienda, con la factura igual: pagamos y punto, ni la leemos cuando llega al buzón y, en mi caso, si me preguntan qué compañía tengo contratada no sabría decirles con seguridad.
Hasta que nos pegan un tarifazo del 10%, y entonces sí rebuscamos en el cubo de reciclaje la última factura, para leerla con detalle y ver si entendemos algo. Pero como decía, hace falta un master, pues el sector eléctrico tiene de todo menos luz. Pocas cosas hay tan oscuras.
Así, el precio que pagamos es una suma de tropecientos conceptos, y cada uno requiere un cursillo monográfico: un pellizco por la generación de electricidad, otro por transporte, y uno más por distribución; una parte de primas a renovables, unos céntimos para los sistemas extrapeninsulares, otros pocos para compensaciones varias, y un último pico destinado al déficit de tarifa, que por sí mismo requiere un profesor particular.
Por si fuera poco, la liberalización del sector acabó de complicarlo con varios tipos de tarifas. Sumen a ello la penumbra que rodea los manejos de las grandes eléctricas, y no olviden incluir las periódicas subastas de electricidad, donde no faltan comportamientos especulativos. De ahí que, cuando nos pegan el hachazo, protestamos pero no sabemos bien a quién. Al gobierno en primer lugar, por supuesto, pero éste deriva la queja hacia los mercados internacionales, el gobierno anterior o el invierno.
Entre tanta oscuridad, hay una bombilla que sí se nos encendió cuando hace año y medio nos vendieron las bondades de la liberalización. Como ya escribí entonces, lo único seguro era que pagaríamos más. Y en eso estamos.
“Pero el año nos deja también alegrías, realizaciones y esperanzas, incluidos numerosos triunfos inolvidables en la historia de nuestro deporte.” -Mensaje de Navidad del rey Juan Carlos-
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¿La noticia del año? Si me piden una respuesta inmediata, a bote pronto, me sale sola: la victoria en el Mundial. Y eso que yo no soy nada futbolero, pero me están convenciendo estos días entre todos. La coincidencia es absoluta en los medios al elaborar sus resúmenes del año, destacar las noticias principales y señalar protagonistas. La imagen del año, mil veces repetida, es el momento en que los jugadores levantan la copa. Hasta el rey nos lo recordó colocando la foto en su discurso de navidad.
Ante tal unanimidad –en los medios y en la calle-, uno se pregunta cuál habría sido la noticia más importante, la imagen, el principal protagonista de 2010, en caso de que no tuviéramos un Mundial para endulzar las amarguras. Porque el valor lenitivo del triunfo rinde servicio hasta hoy, consiguiendo que el año sea recordado, hoy y para el futuro más próximo, como el año del Mundial, en vez del año de los recortes sociales, el año en que la crisis la pagamos los de siempre, o el año en que Europa comenzó a desmantelar el Estado de Bienestar.
Por muy futboleros que sean coincidirán conmigo en que es un poco triste que la noticia más feliz del año, lo mejor que nos ha pasado en 2010, sea haber traído la copa a casa. Escuchando el entusiasmo con que todavía hoy lo recuerdan muchos, cualquiera pensaría que no es sólo lo más importante que le ha pasado a España, sino lo más importante que le ha pasado a muchos españoles en su vida.
Habrá quien lo vea bien, y se alegre porque el futbol haya hecho más soportable un año aciago: “por lo menos nos llevamos una alegría”. Otros nos preguntamos, insisto, qué habría pasado sin ese gol, sin esa victoria, sin esa copa. Qué habría pasado si el triunfo no nos hubiera hecho más soportable la crisis, las amenazas, los recortes.
No sea que al final tengan razón los que decían, medio en broma medio en serio, que la diferencia de movilización social entre España y Francia está en que nosotros ganamos el Mundial mientras que los franceses hicieron el ridículo. Y cuidado, que el año que viene no hay ni Mundial ni Eurocopa. Qué peligro.
“La llamada democracia 2.0 ha madurado de una forma decisiva. Ya no es un bonito concepto sino una contundente realidad.” -Comunicado de la Asociación de Internautas sobre la ‘Ley Sinde’-
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El año que acaba ha sido rico en noticias protagonizadas por Internet. Según algunos, la comunidad de internautas se ha revelado como un poder decisivo que ya no puede ser ignorado por los poderes tradicionales, tanto el político como el económico o el periodístico.
Recordemos que ha sido el año en que Wikileaks desnudó a la diplomacia estadounidense, los activistas de Anonymous lanzaron la ciberguerrilla, los internautas españoles fueron reconocidos como interlocutor político (convocados a una reunión por la ministra de Cultura) y frenaron la ley contra las descargas. Añadamos que Facebook alcanzó los 500 millones de usuarios mientras su fundador se convertía en hombre del año para Time y protagonizaba la película del año.
Así contado no hay duda: la web 2.0 ha dejado de ser cosa de friquis. Ahora bien, de ahí a convertirse en un poder va mucho. De hecho, en todos los casos citados acaba imponiéndose la realidad dura, la de este lado de la pantalla.
Así, Wikileaks se topó con la prensa tradicional y sus filtros, pero también con la persecución a Assange, nada virtual. En cuanto a las acciones tipo Anonymous, son muy llamativas pero aún hay mucha diferencia entre tumbar la web de un gobierno y tumbar a ese gobierno, y lo mismo vale para empresas, bancos o la SGAE. Por su parte, el éxito de quienes se dicen representantes de la comunidad internauta es más bien modesto. Aparte de que la ‘Ley Sinde’ puede acabar saliendo por otra vía, ya hablaremos cuando logren parar una reforma laboral o de pensiones. Y está demostrado que no es lo mismo recoger firmas mediante un clic que salir a la calle en manifestación.
No menosprecio el poder de Internet. Pero tampoco lo sobrevaloro. Por un lado, veo que la ‘democracia digital’ avanza al mismo ritmo que retrocede la democracia analógica. Por otro, no quiero hacer el juego a quienes más afirman ese poder: aquellos que pretenden someterlo, y que alertan contra los peligros del ciberactivismo, emparejándolo con el ciberdelito y las amenazas a la privacidad para justificar medidas de control. Cuidado con el entusiasmo.
“Es una calumnia. Todo el mundo sabe que eran los serbios los que cometían atrocidades en Kosovo” -Hashim Thaci, primer ministro de Kosovo-
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Supongo que han leído la historia que días atrás se publicó sobre el tráfico de órganos en Kosovo: una investigación del Consejo de Europa denuncia la existencia de una red criminal que en los años noventa secuestró a cientos de ciudadanos, los engordó y cuidó para que tuvieran buena salud (a la manera de la bruja de Hansel y Gretel), y después los asesinó de un tiro en la cabeza para sacarles los riñones y venderlos en el mercado negro de órganos.
Una historia tan terrible que cuesta creerla. Bueno, hay algo que sí la haría creíble: que los autores fuesen serbios, pues es un horror propio de la maldad luciferina de un pueblo, el serbio, al que aprendimos a odiar durante las guerras balcánicas. Pero no, leyendo el informe resulta que los autores no fueron los malos malísimos serbios, sino que a éstos les tocó el papel de víctimas. Los crímenes los cometieron los angelicales albanokosovares a los que la OTAN salvó bombardeando Serbia durante semanas.
Y no fueron unos cuantos incontrolados, sino una banda dirigida por el actual primer ministro kosovar. Que por cierto no se llama Milosevic sino Hashim Thaci, y que lideraba la UCK, entonces presentada como una guerrilla de liberación que luchaba contra el opresor serbio, y que en realidad era una mafia que controlaba el tráfico de drogas, armas y órganos.
Pero aparte de las evidencias que ahora salen a la luz, y de las denuncias que los serbios llevan años haciendo sin que nadie les escuche, hay que decir que no todos nos acabamos de caer del guindo. Ya durante el ataque de 1999 denunciamos que Thaci y su UCK no eran trigo limpio, y rechazamos la manipulación informativa que demonizaba a una parte y angelizaba a la otra. Pero claro, entonces Estados Unidos sabía que Thaci era un hijo de puta pero, como suele decirse, era nuestro hijo de puta en la región.
¿Y ahora qué? ¿Imponemos sanciones a Kosovo hasta que lo entregue a La Haya, como hicimos con Serbia? ¿Los bombardeamos e invadimos? ¿O acaso sigue siendo nuestro hijo de puta? Y otra pregunta: ¿ por qué será que los patrocinados por Estados Unidos en todas las guerras son siempre de la misma calaña?
“No sé si repetirá, ni quiero saberlo. Es una decisión personal, aunque creo que es el mejor candidato que el PSOE puede tener.” -Francisco Caamaño, ministro de Justicia-
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En la cuesta abajo del presidente Zapatero ya sólo le faltaba empezar a aznarear con su sucesión. Vale que los barones y los periódicos se entretengan jugando al postzapaterismo. Pero cuando él mismo entra en ese juego, mal vamos.
El chascarrillo del otro día diciendo que ya tiene decidido si se presentará o no a las elecciones, pero que sólo lo saben su mujer y un compañero del partido, no puede caer muy bien en los electores, y menos en los socialistas, que no olvidan el cesáreo cuaderno azul de Aznar. Que Zapatero empiece a hacerse el misterioso con su futuro, y encima convierta su candidatura en un asunto íntimo, es mala señal. Puede quedar en una gracieta, pero ni los ciudadanos ni los militantes socialistas están para bromas, y menos los candidatos que tienen a la vista unas municipales y autonómicas dolorosas.
No sabemos si es un primer estornudo del famoso síndrome de la Moncloa, ese endiosamiento que también tuvo Felipe González, y que se volvió grotesco con Aznar y aquellos tres pretendientes que esperaban ser señalados por el dedo divino. Si es así, ya puede abrigarse para no enfermar del mismo síndrome, pues en su caso sería de risa, vistas las perspectivas electorales.
Y es que mientras que Aznar administraba el botín de la victoria (que parecía previsible en 2004) y tenía en su mano designar al próximo presidente, Zapatero administra el saco sin fondo de la derrota, y sólo tiene en su mano comérsela toda él o compartirla con algún sacrificable que ni siquiera tendría el consuelo de ser el próximo jefe de la oposición.
Por eso no parece que, más allá de jugar a las adivinanzas con su continuidad, tenga ninguna tentación de recurrir al dedazo como Aznar. Porque mientras el dedo de éste repartía gloria, el de Zapatero apuntándote sería como una pistola que garantiza la muerte política, y todos se esconderían bajo la mesa cuando señalase. Por eso muchos en su partido esperan que tenga el detalle de dirigir ese dedo contra sí mismo, apoyado en la sien, y complete el suicidio político con una derrota que hará las cosas más fáciles a los que vengan detrás.
“Las descargas ilegales son un problema de primer orden. Sentimos preocupación ante el fracaso de esta iniciativa legislativa.” -Declaraciones de la Embajada de Estados Unidos en España-
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En el asunto de las descargas todavía no sé por quién tomar partido. No sé si alinearme en el bando de los sufridos y empobrecidos creadores frente a los criminales piratas que buscan la ruina cultural; o por el contrario unirme a las filas de los héroes de la libertad y la cultura democrática para combatir la avaricia de esos parásitos que se dicen artistas.
Sí, ya sé que ambas descripciones son extremas y deformantes, pero más o menos así lo presentan unos y otros. Una vez más se cumple esa ley no escrita por la que cuanto más complejo es un problema más lo simplificamos. Y el asunto de las descargas no puede reducirse a dos bandos enfrentados y un puñado de argumentos simplones.
Por un lado, no es cierto que sea un combate entre creadores e internautas. En ambos ‘bandos’ hay todo tipo de opiniones. Entre los creadores unos defienden la mano dura, otros conciliar derechos y garantías, los hay que piden un modelo diferente de explotación, y hasta partidarios de acabar con la propiedad intelectual. Entre los internautas, más variedad todavía: desde defensores honestos de un nuevo modelo cultural y de una red libre, hasta pasotas a los que sólo preocupa seguir bajándose pelis, pasando por consumidores dispuestos a pagar con un modelo razonable.
Además, ni creadores ni internautas están solos en la pelea: entre medias enredan muchos cuyos intereses nada tienen que ver ni con la creación ni con la libertad: la industria, que evidentemente mira por su dinero; los proveedores de Internet, que quieren evitar un canon; y quienes aprovechan estos conflictos para meter en cintura Internet.
Tampoco los argumentos a favor y en contra son tan simples como pretenden. Empezando por los económicos: acabamos de saber que Avatar es la película más descargada de la historia, y al mismo tiempo es la más taquillera de todos los tiempos. ¿Es una contradicción, es algo lógico, o es que las cosas no son tan simples como esa cuenta de la vieja que echa la industria?
En fin, la complejidad es mucha. Suficiente como para que el tema no se ventile de mala manera, de tapadillo y sin debate.
“Los nuevos vecinos del barrio son los más modernos de Madrid. Y conviven en armonía con los vecinos de siempre.” -Presentación turística de Malasaña en la web municipal esmadrid.com-
Como no voy mucho por el centro de Madrid, cada vez que lo hago me ocurre lo mismo: la tienda a la que voy ha cerrado y en su lugar hay una boutique chic, la tasca donde quedé ha sido sustituida por un starbuck, el cine de ayer es hoy una franquicia de ropa juvenil, y la humilde casa de vecinos se rindió ante un lujoso hotel.
No es que yo me haga viejo: es que las autoridades hace tiempo que decidieron que el centro urbano es un escaparate para el turismo y los negocios, y eso implica un cambio urbanístico, comercial y, por supuesto, social y vecinal. Gentrificación lo llaman, proceso por el que los habitantes y el pequeño comercio de un barrio son desplazados a la misma velocidad que sube el precio del metro cuadrado y la renta media de los nuevos inquilinos. Un proceso de especulación inmobiliaria que ha ido avanzando en los barrios próximos a la Gran Vía madrileña, y que llega ya hasta Lavapies.
Me fastidia perder mis lugares habituales y verlos sustituidos por clones que igualan las calles de mi ciudad a las de cualquier capital globalizada. Pero lo llevo peor cuando lo que desaparece no es ya un bar, un ultramarinos o un cine, sino un espacio político y social. Es lo que está a punto de ocurrir con el Marx Madera, que durante tres décadas ha mantenido viva una de las hogueras más vivas de la izquierda madrileña.
Somos muchos los que empezamos algún tipo de militancia gracias a que un día entramos en este local de Malasaña, vinculado al PCE pero abierto a todo el mundo, y que ha servido de sede informal para todo tipo de colectivos políticos, sociales y ecologistas, además de ser un espacio de debate y de resistencia como quedan pocos.
Sobre el Marx Madera pesa una orden de desalojo con fecha de 14 de enero. Para impedir su cierre –motivado por intereses inmobiliarios, pero que de paso eliminará un molesto foco de activismo- hay una plataforma de apoyo, recogida de firmas y una cuenta solidaria.
Echémosles una mano para que la próxima vez que vayamos no nos encontremos en su lugar una tienda gourmet o un café pijo donde ya no podremos encender la hoguera.
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“Hay que vincular las pensiones a la evolución de la esperanza de vida, e incluso ir más allá de los 67 años si es necesario.” -Pierre Beynet, economista de la OCDE-
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Tanto insisten en los problemas que generará el envejecimiento de la población, tanto repiten eso de que el aumento en la esperanza de vida hace insostenible el actual sistema de pensiones, que yo ya me temo que cualquier día se le caliente la boca a algún experto, portavoz de organismo internacional o simple tertuliano neoliberal, y digan lo que tal vez piensan pero callan por vergüenza: que el mejor ahorro sería que nos muriésemos antes, que no viviésemos tantos años. Como decía El Roto, la mejor reforma sería hacer coincidir la edad de jubilación con la de fallecimiento.
No me extrañaría que hasta tuvieran hecho un estudio donde incluyesen la esperanza de vida como una magnitud económica más, susceptible de recortes para que cuadren las cuentas al final de la página, y hasta con propuestas para rebajarla. Suena crudo, lo sé, pero cada vez que oigo a los partidarios de las reformas parece que lamentan que vivamos tantos años.
Aparte de que esos argumentos demográficos son más que dudosos –como ha demostrado Vicenç Navarro-, y de que se podrían hacer otras reformas menos lesivas para los trabajadores, lo cierto es que los planes que los mercados, la OCDE, el FMI, Europa y el gobierno tienen para nosotros pueden acabar logrando eso: que vivamos menos años y así gastemos menos en pensiones.
Como la longevidad está muy ligada a la calidad de vida, y viven más años las clases altas que los obreros, no es descabellado pensar que viviremos menos si tenemos que trabajar más años y en peores condiciones, con menos derechos sociales, y si además nos queda una pensión de miseria.
Respecto a esto último, la aseguradora Axa calcula que las pensiones futuras se reducirán un 20% al ampliar el cómputo a 20 años y la edad de retiro a 67. Es cierto que una aseguradora que vende planes de pensiones no es inocente al asustarnos, pero es obvio que las pensiones pueden rebajarse incluso más: ayer el ministro de Trabajo proponía tomar toda la vida laboral para calcularlas.
Por supuesto, nadie reconocerá como objetivo económico que nos muramos antes. Pero van camino de conseguirlo.