“En toda condena se impondrá, necesariamente, sanción económica: pérdida total de bienes, pago de cantidad fija, o pérdida de bienes determinados.” -Artículo 10 de la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939-
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Ya les he hablado alguna vez de Cecilio Gordillo, agitador político y social que desde Sevilla lleva años peleando para que el debate sobre la memoria no se cierre en falso, y sobre todo para que tenga consecuencias.
A Cecilio y sus compañeros del Grupo de Trabajo Recuperando la Memoria de la Historia Social de Andalucía de CGT debemos algunas de las iniciativas más valiosas en la materia, como el proyecto Todos los Nombres, la recuperación del Canal de los Presos, y numerosas investigaciones, homenajes y recogida de testimonios, que han forzado a las administraciones a dar pasos como la reciente reparación a las mujeres víctimas de la violencia franquista.
Me cuenta Cecilio una de las próximas acciones del Grupo: el Proyecto Rapiña, que hinca el diente a uno de los capítulos menos conocidos de la dictadura, y sobre el que las iniciativas institucionales han pasado siempre de puntillas: el robo que en forma de expolio, incautaciones, expropiaciones y pillaje sufrieron los republicanos a manos del Estado y sus colaboradores, tanto al calor de la guerra como ya en los ‘años de la victoria’, aprovechando la represión y el miedo.
Por supuesto la floja ley de memoria histórica pasó de largo sobre un tema que nadie quiere remover, porque una cosa es desenterrar fosas o poner placas, hasta ahí vale, pero denunciar a quienes (empezando por el propio Estado) se quedaron con dinero, bienes, patrimonio, tierras, cosechas, eso son palabras mayores, con eso no se juega.
Imagino que el Proyecto Rapiña, que pretende poner en común las investigaciones existentes pero también recoger testimonios, pondrá nervioso a más de uno. El botín franquista está enterrado más profundo aún que los asesinados, y aunque se ha reparado a partidos y sindicatos, nadie se atreve a alumbrar lo sucedido con los particulares, no sea que alguien quiera recuperar lo suyo, pero también por si nos enteramos de quiénes son aquellos que levantaron o agrandaron su fortuna a costa del gran robo legalizado y escriturado que fue el franquismo.
“La reforma es una fórmula flexible, porque tiene en cuenta las distintas realidades de las vidas laborales de las personas.” -Elena Valenciano, portavoz del Comité Electoral del PSOE-
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Desde el jueves que supimos los detalles de la reforma de las pensiones estamos todos echando cuentas calculadora en mano: a qué edad empezamos a trabajar, cuántos años hemos cotizado ya, cuántos nos quedan hasta los 67, qué cuantía nos quedará al ampliar el cómputo a 25 años…
A mí, por ejemplo, las cuentas me salen por los pelos: todavía podría llegar justito a los 65 años, pero eso implica que de aquí a entonces no tenga ni un solo mes de paro, cosa difícil en un país con un desempleo endémico. De forma que si tengo una mala racha en algún momento, me tendré que plantar en los 67, y quizás ni por ésas.
Pero a muchos otros no les salen las cuentas por más que suman y vuelven a sumar. En primer lugar a los 4,7 millones de parados, que tienen que rehacer la cuenta por cada mes que siguen en paro. Entre ellos los dos millones de larga duración, los 850.000 de menos de 25 años que pronto entrarán en tiempo de descuento; o en el otro extremo los 380.000 parados de más de 55, que además de ver frenados sus últimos años de cotización, verán reducida su pensión.
Más trabajadores a los que no salen las cuentas: los autónomos, sobre todo los ‘falsos autónomos’, cada vez más y que cotizan por la base mínima. Y por supuesto quienes están en la economía sumergida, trabajando sin cotizar, y para quienes los 67 serían hasta un regalo a la vista del futuro que tienen por delante.
Todos echan cuentas, pero les salen números rojos, sobre todo pensando en los años de crisis y desempleo que nos quedan. Porque ésa es la verdadera reforma de pensiones: no hace falta que obliguen a llegar a los 67 años, pues habrá muchos que ni cumpliendo los 70 se asegurarán una pensión decente. Así la reforma conseguirá preservar la tan apreciada paz social: a ver quién es el guapo que protesta en su empresa, a riesgo de perder un año de cotización que el día de mañana necesitará.
Pero además, todos tenemos la sensación de que estamos echando la cuenta de la lechera: que lo que hoy sumamos tampoco valdrá llegado el día, pues está comprobado que no hay reforma que veinte años dure.
“Mubarak ha sido un aliado en muchas cosas, muy responsable. No diría que es un dictador, pero debe ser más sensible con su pueblo.” -Joe Biden, vicepresidente de Estados Unidos-
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Los ciudadanos árabes de varios países, esos que siempre se nos muestran incompatibles con la democracia, de natural violentos y partidarios del burka, se han hartado de sus gobiernos corruptos y represores y se han echado a la calle. La falta de expectativas, el cambio generacional y la crisis económica han encendido países donde, créanme, es un pelín más difícil manifestarse que aquí.
Pero claro, esa gente a medio civilizar no puede hacerse cargo de sus asuntos, así que ya están las elites locales y los aliados extranjeros maniobrando para que las cosas cambien pero sin pasarse, para encontrar ese equilibrio que contente lo justo a los ciudadanos pero sin alterar las estructuras de poder, y sobre todo sin perder esa “estabilidad” regional que tanto valoramos.
Nos hemos pasado décadas sosteniendo dictaduras en el norte de África y en Oriente para asegurar el control de los recursos energéticos, el equilibrio geoestratégico, la llamada “guerra contra el terrorismo” y la contención del islamismo. Ahí están los 1.300 millones anuales de ayuda militar a Egipto, cuya principal virtud es su buena relación con Israel. Pero se ve que las dictaduras corruptas ya no nos valen, no sirven para contener el descontento, y habrá que inventar otra cosa.
Los Ben Ali, Mubarak y compañía que hoy se tambalean han sido durante años nuestros hijos de puta en la zona, siguiendo la vieja máxima de la realpolitik (ya saben: “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”). Sabíamos que se enriquecían a costa de la miseria de sus pueblos, que encarcelaban y torturaban, pero eso eran minucias a cambio de la tranquilidad de tener controlados a esos árabes revoltosos, que ya sabemos lo que pasa cuando les dejan votar, acaban eligiendo a gobernantes que no nos dan gas barato, ni nos dejan poner cárceles secretas en su territorio, ni doblan el espinazo con tanta facilidad, y que además apoyan a los palestinos y llevan la contraria a Israel.
Ojalá los tunecinos, los egipcios y el resto de pueblos sometidos puedan decidir su futuro. Pero me temo que no se lo permitiremos.
“La reforma no supone un recorte de derechos sino una ampliación de derechos, pues consolida el sistema de pensiones.” -Jesús Caldera, secretario de Ideas y Programa del PSOE-
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Ayer me llamó mi casero y me dijo que me subía el alquiler quinientos euros. Yo le dije que teníamos un contrato que respetar, y que iba a denunciarle, y entonces él me propuso negociar. Tras varias horas reunidos, he conseguido que sólo me suba trescientos euros, así que estoy muy satisfecho, pues me ahorro doscientos. Otra prueba de que el diálogo es la mejor solución a los conflictos.
A falta de pasarle la lupa al acuerdo de pensiones, a muchos se nos ha quedado la misma cara de tonto que se le puso a mi mujer cuando le enseñé la foto del apretón de manos con el casero: nos han retrasado la edad de jubilación, nos han metido más años de cotización para la pensión completa, y nos han aumentado el período de cálculo. Ah, pero eso sí, con acuerdo; y como además la propuesta del gobierno era todavía peor, hasta tenemos que alegrarnos.
La vistan como la vistan, la reforma es un recorte de derechos, y gordo. Si hace unos meses nos dice el gobierno que va a aumentar la edad de jubilación a 67 años, que habrá que cotizar 37 años para tener el 100%, que para quedarte en los 65 necesitarás tres años y medio más que hasta ahora, y que usarán los últimos 25 años para calcular la pensión, nos habría parecido un atraco. Y eso es lo que tenemos hoy.
Sí, es verdad que podía haber sido peor, que la propuesta del gobierno era aún más dura. Pero lo acordado hay que compararlo con lo que teníamos, y hemos perdido.
Como la negociación ha tenido mucho de regateo (“Yo digo 39”, “No, 38”, “Vale, ni para ti ni para mí: 38 y medio”), hay que recordar cómo funciona el viejo arte del regateo: el vendedor pide el máximo, el comprador ofrece el mínimo. Que el gobierno propuso su máximo está claro. ¿Por qué los sindicatos pusieron su mínimo tan alto? Es más: ¿por qué aceptaron ese regateo, si no se sentían con fuerzas?
Y todavía querrán convencernos de que han hecho un buen negocio. Me recuerda a los que van al Rastro, entran en un chamarilero y pagan quinientos por una chatarra por la que el vendedor pedía mil. Y se van contentos presumiendo de que se lo han sacado por la mitad.
“El gobierno ofrece una jubilación con flexibilidad, alargar la edad hasta los 67 años pero incrementar la flexibilidad.” -Elena Salgado, vicepresidenta económica del Gobierno-
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¿Soy yo el único que se echa a temblar cuando oye hablar de ‘flexibilidad’ en el debate sobre la reforma de pensiones? ¿Nadie más se asusta? Porque a mí leer en la misma frase pensiones y flexibilidad me da casi más miedo que los temidos 67 años. De hecho, empiezo a sospechar si ese 67 no será un macguffin que al final hasta desaparezca de la escena, pero que entre tanto ha conseguido llevarnos al huerto de la reforma.
Vuelvo a lo de la flexibilidad, porque es la palabra de moda entre los negociadores. Pocos eufemismos tan dañinos hay en la jerga economicista como ése. Si su jefe les dice que está pensando introducir más flexibilidad, ustedes ya saben de qué está hablando, y se echan a temblar o se ponen de uñas. Si el presidente de la patronal pide eliminar rigideces, se le entiende todo. Y si el ministro del ramo promete una reforma para ser más flexibles, vamos preparando la pancarta.
Llevamos años oyendo hablar de flexibilidad aplicada al mundo del trabajo: contratos flexibles, despido flexible, jornada flexible, modos de producción flexibles, flexibilidad salarial… En el tema laboral ya no nos engañan, ya sabemos de qué hablan. ¿Por qué la flexibilidad aplicada a las pensiones iba a ser diferente?
Llámenme cenizo, pero me temo lo peor: que el deterioro laboral en que ha resultado todo ese discurso sobre la bendita flexibilidad se traslade también al ámbito de la jubilación y acabemos teniendo (más de lo que ya tenemos) jubilados precarios y pensiones basura igual que tenemos trabajadores precarios y contratos basura.
Porque el argumentario ya me lo conozco: con el tema laboral, la flexibilidad era una promesa de felicidad para los trabajadores, que tendríamos más autonomía, más facilidades para la conciliación familiar, y se nos pagaría lo que de verdad valemos. Pues lo mismo con las pensiones: nos asegurarán que con la flexibilidad cada uno podrá hacerse su retiro a medida, que se jubilará cuando quiera y tendrá incentivos para mejorar su pensión. Y en la práctica comprobaremos de nuevo lo que significa ser flexible: poder doblarte sin llegar a romperte.
“Damos la bienvenida a la medida adoptada para reestructurar el sector bancario español; es un paso en la dirección adecuada.” -José Viñals, director de Asuntos Monetarios del FMI.
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La liquidación de las cajas de ahorro está siendo como ha sido su propia existencia: confusa, oscura y sin explicación. Nunca hemos sabido bien qué es una caja de ahorros, así que no pretendamos ahora saber qué van a hacer con ellas. Están ahí, tienen oficinas por todas partes, patrocinan mil cosas y vemos su obra social. Pero si nos preguntan qué es una caja de ahorros, no lo tenemos muy claro.
No es un banco, eso lo sabemos, aunque cada vez más jugasen a serlo –y así les ha ido-. Tampoco la definición habitual de “fundaciones de naturaleza privada con finalidad social” nos aclaraba mucho. Ni teníamos muy claro quién mandaba en ellas, pues el reparto de poder en sus órganos de gobierno era complejo, y no había dos cajas iguales.
De ahí que no extrañe mucho que la reforma actual esté siendo igualmente oscura y nadie nos explique nada. Oscuro e inexplicado ha sido el proceso de fusiones del último año, y los propios clientes no sabemos bien con quién se ha encamado nuestra caja ni para qué. Y no menos oscuro y sin explicación van a ser los próximos pasos que acaba de decidir el gobierno para convertirlas en bancos.
Ayer, por ejemplo, casi todos los diarios titulaban en portada que el gobierno nacionalizaría las cajas. Este periódico, en cambio, hablaba de privatización. Y todos hablaban de lo mismo: nacionalizar para privatizar, es decir, sanear con dinero público para hacer atractivas a los inversores aquellas entidades más deterioradas. Lo de siempre: socializar pérdidas.
Dicen que la peculiar naturaleza jurídica de las cajas creaba incomprensión en el extranjero, y que los inversores, instituciones financieras y periodistas siempre preguntaban lo mismo a los responsables españoles: ¿de quién son las cajas, quiénes son sus propietarios? Y nadie sabía responder a una pregunta que, por lo visto, no tiene respuesta, pues no son de nadie, sin que eso signifique que son de todos, como ahora comprobamos.
Para que nos entiendan fuera de España, el Gobierno ha decidido que la pregunta tenga respuesta: las cajas tendrán dueño. Y no, no seremos nosotros.
“Los ciudadanos son los que tienen hambre de urnas, no el PP. Piden urnas para que el país se ponga a trabajar en otra dirección.” -Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del PP en el Congreso-
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Es una pena que la fiesta del PP en Sevilla se quedase de puertas adentro. Tras la apoteosis del líder lo suyo era que levantasen a hombros al campeón y lo sacasen a pasear por Sevilla, para compartir ese fervor con la gente de la calle, que con toda seguridad se habría unido a la fiesta y habría disputado por tener el honor de llevarlo sobre sus hombros bajo una lluvia de confeti.
El esfuerzo de los populares por contagiarnos del subidón en las encuestas queda bien en las portadas de los periódicos afines y en el salón lleno de aplausos, pero se viene abajo cuando se confronta con la frialdad que provoca en la calle. No sé si alguno hizo la prueba de ver las imágenes de la euforia pepera en el televisor de cualquier bar, para comprobar cómo el “campeones, oe, oe” provocaba una mezcla de indiferencia, burla y rechazo entre quienes tomaban el aperitivo. Y por supuesto, la misma reacción con un añadido de cabreo cuando en el minuto siguiente salía el portavoz socialista comentando la jugada.
La crisis no sólo se está llevando por delante derechos sociales, empleos y economías enteras. Además está provocando un desencanto democrático cuyas consecuencias están por ver. Aparte de la pésima valoración de la clase política, se extiende la resignación ante el callejón a que nos lleva el sistema bipartidista, que permitirá que el PP gobierne no porque lo merezca sino por lo rematadamente mal que lo ha hecho el PSOE. La encuesta de ayer de este periódico decía que ese mismo PP que se ve ganador tiene el rechazo del 33%, y la simpatía de sólo un 22%, inferior incluso a la del PSOE.
No es hambre ni sed de urnas lo que tenemos los ciudadanos, sino hambre de democracia, que no es lo mismo. Hambre de una democracia que no se reduzca a meter la papeleta cada cuatro años para que entre medias nos desmonten las cajas de ahorros, nos recorten derechos laborales y alteren el sistema de pensiones sin que nadie nos consulte sobre temas tan vitales. Hambre de una democracia que no nos haga elegir entre lo malo y lo peor. Y esa hambre no nos la va a quitar el PP.
“Si eliminamos el nombre de una persona de los resultados, le estamos condenando al olvido perpetuo, y a quienes se llamen como él.” -Javier Aparicio Salom, abogado de Google España-
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Al paso que va Google, pronto su departamento jurídico va a ocupar más espacio y más recursos que el de programación o el de desarrollo de nuevas aplicaciones. Y es que a la poderosa compañía se le acumulan pleitos y acusaciones: problemas en Estados Unidos por digitalizar libros, en Alemania por captar datos con el coche del Street View, y en medio mundo acusaciones por la gestión de los datos, por falta de privacidad, por colaborar con la censura en China…
La última en España, donde varios ciudadanos y la Agencia de Protección de Datos se enfrentan en juicio al buscador para que borre a quienes se sienten perjudicados por airear trapos sucios del pasado. El asunto, que no tiene fácil encaje legal (y que demuestra otra vez la brecha entre Internet y unas leyes hechas para el mundo a este lado de la pantalla), abre un debate interesante: el del llamado “derecho al olvido”.
Todos lo hacemos a menudo: conocemos a un nuevo amigo, nos echamos una novia, hacemos una entrevista de trabajo o tenemos cita con un médico, y corremos a teclear el nombre en Google, a ver qué averiguamos. Eso a veces nos ayuda, pero otras puede hacer daño a quienes ven algún aspecto de su vida indexado en el buscador.
En mi familia, cuando el servicio de salud nos asignó un nuevo pediatra sometimos al desconocido al algodón de Google, y encontramos varios foros donde se le relacionaba con una negligencia médica. Reconozco que ni nos molestamos en comprobar la veracidad, pues con la salud de los hijos no se juega: solicitamos un cambio de médico, y más tranquilos.
Y por ahí viene el riesgo del gran poder de Google, que según su abogado sólo es un “espejo de la realidad”. Un espejo que no distingue la verdad de la maledicencia, y eso lo mismo vale para elegir o rechazar un hotel al que algunos internautas consideran sucio y ruidoso mientras otros dicen maravillas, que para poner en duda la reputación de cualquiera. Y si ante una condena publicada en el BOE o una vieja noticia resucitada en el buscador poco se puede hacer, no digamos ante el rumor, que es la primera fuente de información online.
“La Fiscalía ha usado técnicas propias de redadas contra la mafia, contra chicas que sólo son culpables de ser mis invitadas a cenar.” -Silvio Berlusconi, primer ministro italiano-
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En su decadencia política, cuando parece próximo su fin político, Berlusconi tiene al menos un consuelo: la posibilidad de que sea recordado para la posteridad por sus escándalos sexuales; pasar a la historia como putero aficionado a las orgías y a las menores. Vaya consuelo, dirán algunos. Pero seguro que el primer ministro italiano está encantado con esa posibilidad. No sólo porque parezca orgulloso de sus aventuras, sino porque siempre será mejor que te recuerden como un playboy que como un corrupto.
De hecho, yo diría que esa posteridad está garantizada, puesto que ya en el presente ha logrado que su costumbre de meter mano a las velinas eclipse su pasión por meter mano también a la democracia, a la justicia o a los medios de comunicación. Hagan la prueba, pregunten en su entorno y verán como la mayoría relaciona a Berlusconi con asuntos genitales antes que con corrupción, sobornos, populismo, monopolio televisivo o impunidad mediante leyes a medida.
Y me imagino que en Italia pasará algo similar, favorecido por su control de los medios de comunicación públicos y privados, que con alegría airean sus líos de faldas. No parece descabellado pensar en una estrategia intencionada para reforzar esa imagen de picha loca, que probablemente despierta simpatía en parte de la población masculina (¡Qué machote! ¡Qué tío!), pero sobre todo deja en segundo plano sus chanchullos políticos, económicos y legales.
Lo irónico es que al final, después de escapar mediante tretas y leyes ‘ad hoc’ de tantos procesos judiciales, pueda acabar cayendo por una noche loca, por haber pagado para tener sexo con menores y por abuso de poder para ocultarlo. Más o menos como le pasó a Capone, que tras años de dirigir el crimen organizado en Chicago terminó en la cárcel no por mafioso ni por ordenar asesinatos, sino por evasión de impuestos. Pues lo mismo Berlusconi: que alguien que ha pagado a un abogado para que mienta en juicio, que ha retorcido leyes para blindarse, que ha mezclado sus negocios con su actividad política, acabe tumbado por su furor genital, tiene guasa.
“Queremos que la gente empiece a ver la luz al final del túnel, y creemos que el Partido Popular puede poner esa luz.” -Soraya Sáenz de Santamaría, portavoz del PP en el Congreso-
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Hablábamos ayer de vendedores de mercancía escacharrada, y mira por dónde que este fin de semana hay toda una feria: el Partido Popular celebra en Sevilla su Convención Nacional, con el lema “Puedes confiar”, y la cosa más que de trileros o estafadores tiene toda la pinta de reunión de vendedores de crecepelos y pócimas milagrosas de ésas que voceaban por los pueblos y que prometían curar todos los males.
La pócima que nos quiere vender el PP, y que desde ayer anuncia a gritos por si picamos, te lo arregla todo: el reuma, la tensión alta, las verrugas, el mal aliento y además supera la crisis económica, salva el estado de bienestar, hace funcionar mejor las instituciones y regenera la democracia, según prometen en los folletos comerciales que han repartido días antes.
Si atiendes a lo que dicen los vendedores sobre los carromatos te da el subidón, se te pasa la depre de la mala racha que llevamos: en la Convención prometen que con su fórmula habrá empleo, crecimiento, austeridad sin recorte de derechos, políticas sociales garantizadas, mayor eficacia administrativa, igualdad de derechos, justicia despolitizada, transparencia pública, y hasta cuidado medioambiental con “un desarrollo equilibrado con el medio natural y capaz de generar riqueza, progreso, actividad económica y calidad de vida.” ¡Denme ahora mismo dos botellas de ese jarabe, que me lo bebo entero!
Ah, un momento: el entusiasmo se te enfría bastante cuando llegas a casa y te lees bien el prospecto. Ahí ya los principios activos no parecen tan fiables, y sospechamos si nos han vendido agua del grifo o algo peor: Aguirre hablando de transparencia en la gestión pública (ella tan transparente siempre), Mayor Oreja con una ponencia sobre familia (la auténtica, no acepte imitaciones), y Francisco Camps ¡con una ponencia titulada “Humanizar la salud”, él que es el avanzado de la privatización sanitaria en España!
Total, que otra vez nos la han vuelto a pegar, y verteremos la pócima por el fregadero, no sea que nos la bebamos y, encima que no nos crece el pelo ni nos pone guapos, nos acabe dando cagalera.