“Estoy como cuando un corredor de cien metros se coloca en los tacos, y cuando estás en los tacos sólo piensas en ganar.” -Alfredo Pérez Rubalcaba, vicepresidente primero del Gobierno-
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Pocos de ustedes saben el lugar de nacimiento, la edad o los estudios de Rubalcaba, pero la mayoría acertará si pregunto cuál fue su mejor marca en los cien metros lisos. Ahí está el candidato velocista, presentado desde su designación como un esprínter, metáfora que da mucho juego en lenguaje político, e ilustrada con la foto de un joven Rubalcaba de corto.
Para entender tanta insistencia en las condiciones atléticas del candidato, basta ver a su principal contrincante, Mariano Rajoy. ¿Cómo se caricaturiza al líder del PP? En efecto: tumbado en un sofá, dormitando, en modo ‘ahorro de energía’, esperando que la victoria llegue sin esfuerzo.
El lenguaje del marketing político nunca es inocente, así que cabe sospechar esa intención: frente a un Rajoy que practica el tumbing, ahí está nuestro galgo, colocado sobre los tacos, dispuesto a esprintar a muerte, pura fuerza y vitalidad frente a la pasividad del otro. Ya verán lo que tardan los estrategas del PP en sacar a Rajoy en bici, para no ser menos.
La deportiva es ya una asignatura en la licenciatura de asesor de imagen. No hay líder mundial que no tenga su foto haciendo footing, a ser posible junto a otro líder, reforzando su imagen de hombre de acción. El problema con Rubalcaba es que, hasta ahora, las fotos que hemos visto son de hace cuarenta años. Es su mayor lastre como candidato: que tiene más pasado que futuro.
El peso de su pasado es algo que aprovechan bien sus detractores, que en los próximos meses redoblarán la estrategia de caza contra Rubalcaba en la que llevan desde que tomó posesión como vicepresidente. De aquí a las generales tendremos sobredosis de GAL, 11-M, Faisán y más, pues Rubalcaba lleva más de veinte años en la primera línea, y eso deja mucho rastro.
Puestos a sacar trapos sucios, hasta hurgarán en su pasado deportivo, a ver si hizo trampa en alguna carrera. Hace meses, cuando estalló la ‘Operación Galgo’, un periódico subrayó que uno de los detenidos había entrenado a Rubalcaba en su juventud. Ya verán lo que tardan en acusarle de dopaje.
“Estamos comprometidos con el medio ambiente, la salud alimentaria, la seguridad laboral y el bienestar animal.” -Declaración de principios de Smithfield, líder cárnico mundial-
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Como son fechas de ferias del libro, les recomiendo un libro reciente. Con una advertencia previa: si comen carne, y quieren seguir comiéndola, no lean este libro, que ya desde el título nos compromete: Comer animales, de Jonathan Safran Foer. Comer animales, no “comer carne”, pues solemos olvidar que el filete ha salido de un animal.
Ah, ya veo su sonrisa. “Otro animalista, el típico alegato a favor de los derechos de los animales”, dirán algunos. Nada de eso. O mucho más que eso. Safran Foer se conmueve e intenta conmovernos con el sufrimiento de pollos y cerdos, sí. Pero ese argumento, que algunos tendrán en cuenta y otros despreciarán, no es el más contundente en su crítica a la industria alimentaria.
Aparte de cuestiones éticas, comer carne tiene un coste enorme sobre el medioambiente, es una de las actividades más contaminantes, pues cada kilo de carne requiere muchos más kilos de alimento para los animales, y genera toneladas de desechos. Si tampoco tienen sensibilidad ecologista, un tercer motivo, más egoísta: su salud. Las prácticas de la gran industria cárnica son un atentado sanitario, y Safran Foer entra en un debate que lleva años abierto, muy polémico: la relación entre la fabricación de carne (pues de eso se trata, fabricar carne como quien hace zapatos, con animales enfermos y atiborrados de medicamentos) y ciertas enfermedades.
Safran Foer es novelista, y Comer animales se lee como una novela. De terror. No cuenta nada que no sepamos o sospechemos, pero lo hace con detalle, y aterra ver el precio tan alto que hay que pagar para que el precio de la carne sea barato. Y para que algunos se enriquezcan. Porque como recuerda, la gran industria, la responsable de formas de producción horribles e insostenibles, no tiene como objetivo alimentar a la gente, sino ganar dinero.
Ah, por cierto. Yo no como carne desde hace quince años. Sí tomo pescado, y el libro me ha quitado las ganas. En estos quince años he tenido que responder muchas veces a la pregunta: “¿Por qué no comes carne?”. Ahora ya tengo respuesta: este libro.
“Es un poblado chabolista en pleno centro; ¿ésta es la imagen que queremos dar de Madrid en el exterior?” -Ignacio Lario, presidente de la Asociación de Comerciantes Apreca-
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Parece que la acampada de Sol tiene las horas contadas, para alivio de los comerciantes y hosteleros que se han quejado, y de los políticos que desean que la tormenta ciudadana amaine. De modo que Sol perderá el colorido y vida de estos días, y volverá a ser el centro comercial al aire libre que es desde hace años, ya sin las lonas y pancartas que durante dos semanas han tapado la fealdad de una plaza donde no cabe ya un trasto, entre estatuas ecuestres, tiopepes, kioscos, estaciones acristaladas y osos con madroño.
Siempre he sospechado que la fea acumulación de cachivaches en Sol tiene intención política, una forma de quitar espacio a las manifestaciones, por lo que temo que pronto añadan más mobiliario urbano y nuevas estatuas, para obstaculizar futuras acampadas.
Pero el 15-M no se marcha, ni mucho menos se disuelve. Sólo se muda, y se despliega, no para diluirse sino para crecer, para expandirse. Ayer se celebraron asambleas populares en decenas de barrios, en Madrid y toda España, para conseguir crear dos, tres, muchos Soles, a la manera de lo que decía el Che de Vietnam. Corren el riesgo de fragmentarse y debilitarse al perder el referente emblemático de la acampada, sí; pero también puede ser una oportunidad de ganar músculo y perdurar, con el suelo más firme de los barrios.
Además, en muchos casos la lucha no se va al barrio: más bien vuelve a él, pues de él salió originalmente, ya que muchos vecinos llevan meses construyendo los espacios de encuentro, debate y lucha que han cristalizado en Sol. Por eso en algunos barrios, los más resistentes, el 15-M encontrará terreno fértil para arraigar, mientras en otros habrá que regar mucho para que crezca, y también habrá donde se agoste sin remedio en cuanto llegue el verano.
Pero que no se hagan ilusiones los que piensan que todo esto es flor de un día, un sarampión primaveral que tal como viene se va. Quienes han ocupado las plazas durante dos semanas ya saben el camino de vuelta para cuando haga falta regresar. Y tal vez entonces lo hagan desde cada barrio, y sean más.
“Las primarias nos han dado malos y buenos resultados, pero si concurre una sola persona es lo que en estos momentos más nos interesa.” -Gaspar Zarrías, secretario de Relaciones Institucionales del PSOE-
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Está visto que lo de la democracia interna en los partidos es cada vez más un oxímoron, una contradicción en los términos del estilo de otras como inteligencia militar, capitalismo ético o guerra humanitaria. Ahí está el drama que ha montado el PSOE a cuenta de las primarias.
Tal como funcionan los grandes partidos, y con el poder que tienen en un sistema partitocrático, las primarias son lo más parecido a la democracia directa que cabe encontrar en ellos. Y eso que, aunque a algunos les parezca que rozan el libertinaje, no dejan de ser una forma de democracia controlada, pues si un afiliado quiere concurrir tiene que sometese a unas primarias de las primarias para reunir avales. Aun así, ya ven el trabajito que cuestan, que cada vez que se convocan se monta un pollo, y muchos siguen viéndolas como un síntoma de división y debilidad.
Cuando el partido está en lo más alto, nadie piensa en ellas porque es tiempo de adhesión inquebrantable al líder triunfal. Cuando el partido toca fondo tampoco sirven, porque es momento de cerrar filas para no abrir más vías de agua. Por eso lo mejor es hacer primarias con un solo candidato, como las que quieren montarle a Rubalcaba.
En circunstancias normales los forcejeos internos del PSOE para impedir las primarias hacen feo. Pero en momentos como estos, cuando una parte importante de los ciudadanos se ha echado a la calle exigiendo “democracia real”, el descosido se nota más todavía, y la distancia entre la democracia externa de unos (en asamblea abierta, en la calle) y la democracia interna de otros, se agranda.
Como para hacer más visible esa brecha hoy, a la misma hora en que el PSOE se reúne para convocar sus primarias monoplaza, miles de personas participarán en las asambleas vecinales que el movimiento 15-M ha convocado en todos los barrios. Para intervenir en ellas no exigen avales, ni siquiera carné, y tampoco habrá barones ni conspiraciones. Así que son una oportunidad para Carme Chacón, un espacio abierto donde caerá mejor su discurso del otro día.
“El señor Anglada es un iluminado; en 2003, cuando él no existía, yo ya reclamaba que la inmigración ilegal no se empadronase.” -Xavier García Albiol, concejal del PP en Badalona-
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Lo que sucede con García Albiol, el candidato a alcalde del PP en Badalona famoso por su xenofobia sin complejos, es que no lo entendemos. Es un incomprendido, el pobre. Todos llevándonos las manos a la cabeza cuando reparte folletos incendiarios o equipara a los inmigrantes con delincuentes, y en realidad él lo hace con buena intención, como un servicio a la democracia.
Me explico: desde la muerte de Franco, cada vez que alguien pregunta por qué en España no hay un partido ultraderechista fuerte, a diferencia de lo que ocurre en otros países europeos, siempre respondemos lo mismo: aquí no hay ultras porque están integrados en el PP, donde caben desde los centristas liberales hasta los franquistas reciclados. Fuera de la casa común de la derecha sólo quedan los requeteultras, los directamente nazis, o los freaks del facherío, que se lo montan por su cuenta.
Pero de repente aparece en Cataluña un partido que rompe esa regla no escrita: la Plataforma per Catalunya, de Josep Anglada. Un partido ultra, a la derecha del PP, y que consigue salir de la marginalidad habitual y entrar en las instituciones. En las últimas elecciones catalanas sacó 75.000 votos, y por poquito no entró en el Parlament. En las municipales ha sacado 65.000 votos y 67 concejales, multiplicando por cuatro sus representantes y entrando en ayuntamientos de peso.
¿Y qué hace el PP ante eso? Pues por medio de García Albiol, Sánchez Camacho y compañía, se esfuerza por reintegrar a tanto xenófobo de vuelta al redil pepero. Y lo hace apropiándose del discurso anti inmigrantes, y hasta disputando su paternidad a los racistas de Anglada. La insistencia ayer de Albiol diciendo que él ya pedía mano dura antes que Anglada, y la burla de éste acusando al del PP de aprendiz y copión, daría risa sino diese repelús y miedo.
Así que no seamos tan duros con el alcaldable de Badalona. Es ultra, sí, pero lo suyo es un servicio a la democracia. Porque, ¿dónde van a estar mejor todos esos xenófobos que en el PP? Una medalla es lo que habría que darle a este patriota.
“Aunque haya una mayoría de izquierda, si una parte de esa izquierda no quiere, no habrá gobierno de izquierda.” -Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura-
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Conozco votantes extremeños del PSOE que vivieron la noche electoral con la intensidad con que el aficionado espera el gol del empate en el tiempo de descuento. Cuando el recuento final dejó al PP sin mayoría absoluta, celebraron la derrota como una victoria: daban por hecho que los tres diputados de Izquierda Unida se sumarían a los del PSOE para seguir gobernando.
No sólo ellos: también los medios dimos por hecho el pacto, e incluimos Extremadura en el escaso botín institucional que los socialistas conservaban tras la derrota. Tan “natural” se vio la alianza, que cuando el coordinador regional de IU, Pedro Escobar, salió y dijo que se lo iba a pensar, su reserva se convirtió en noticia y causó sorpresa, como el novio que deja plantada a la novia en el altar.
Todos caemos en el automatismo, y emparejamos a IU con el PSOE porque ambos son de izquierda. Pero a la vista de las diferencias entre ambos y de las políticas recientes del PSOE, es como apreciar las semejanzas entre una jirafa y un ratón porque ambos son mamíferos. Sí, es verdad que han gobernado juntos a menudo, y que IU está más cerca del PSOE que del PP. Pero puestos a sacar la cinta métrica, habría que medir bien, no sea que la distancia entre PP y PSOE sea más corta que la de éste último con IU.
Así ha sucedido en las muchas veces en que los dos han coincidido en temas fundamentales. Tanto ahora como en los tiempos de la famosa “pinza”, son más –y sobre temas más importantes- las veces en que PP y PSOE votan juntos, que aquéllas en que IU coincide con uno de los dos. Y sin embargo, a nadie se le ocurrió sugerir el domingo que el acuerdo “natural” sería PP-PSOE.
Escobar tiene una buena papeleta, y haga lo que haga le lloverán piedras. Me parece sensato cuando dice que se tomará su tiempo y consultará a sus bases y a los colectivos sociales que le han apoyado. Porque parece evidente que quienes le han votado lo hicieron porque quieren que todo cambie en Extremadura: es decir, que el PSOE no siga gobernando, o que lo haga pero con otra política. De izquierda.
“Tenemos una convocatoria electoral dentro de diez meses, el interés de España exige que se concluyan las reformas.” -José Blanco, vicesecretario general del PSOE-
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Frente a la opinión general, soy de los pocos que creen que al PSOE no le ha ido tan mal. O lo que es lo mismo: que podía irle todavía peor. Después de una política de reformas y ajustes que encima de antisocial no ha servido para nada –con cinco millones de parados, la economía en muerte cerebral, y los mercados todavía sobrevolándonos-, conservar más de seis millones de votantes tiene mérito.
Aparte de los incondicionales, supongo que hay ciudadanos despistados que han creído que de verdad se trataba de unas elecciones municipales y autonómicas, y han votado PSOE porque les parecía que el alcalde o presidente no lo hacía mal, o porque estaban hartos de aguantar un ayuntamiento o un gobierno regional del PP. Pero en unas generales ya no miraremos las aceras del barrio, ni el centro de salud ni las corrupciones locales, sino que se quedará a solas el Gobierno, sin alcaldes con que intentar amortiguar el voto de castigo. Así que habrá que pensar otra cosa para entonces.
Lo del voto del miedo pueden descartarlo ya. No funciona. Y menos si nos cuentan que con el PP sufriremos reformas y recortes, pues el trabajo sucio ya lo va a dejar hecho Zapatero. En cuanto a las primarias, si creen que así nos ilusionarán, que le pregunten a Tomás Gómez, a ver qué opina del “efecto primarias”.
Si esperan algún éxito que les salve de aquí a las urnas, diez meses no dan para mucho. La mejora del paro está descartada en las previsiones del propio Gobierno. El fin de ETA va lento, y como efecto puede estar ya amortizado fuera de Euskadi. Tampoco parece esperable un giro a la izquierda, para el que no hay ideas, ni por lo visto ganas, pues los primeros análisis internos tras las elecciones sugieren que somos los ciudadanos los que hemos girado a la derecha.
Para lo que sí da tiempo en diez meses es para empeorarlo aún más. Si el plan es, como defienden algunos –y pide el izquierdoso Financial Times-, continuar y culminar las reformas pendientes, el tortazo del 22-M puede ser recordado con nostalgia dentro de diez meses, como una derrota dulce.
“Se ha hablado mucho de que hay que escuchar al pueblo, y ayer los ciudadanos hablaron donde deben hacerlo: en las urnas.” -Esteban González Pons, vicesecretario de Comunicación del PP-
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Si todavía se puede hablar hoy de dos Españas, tal vez sean las que el domingo por la noche ocupaban la calle en Madrid separados por apenas un kilómetro. A la misma hora que miles de ciudadanos participaban en una asamblea en la Puerta del Sol, otros miles celebraban la victoria del PP en la calle Génova. En ambos sitios había pancartas, gritos e ilusión, pero ahí se acaban las coincidencias.
Entre los lemas más coreados frente a la sede del PP, destacó uno: “Esto es democracia, y no lo de Sol”, al que seguía otro más agresivo: “Puerta del Sol, disolución”. Ayer las valoraciones de los dirigentes populares y sus medios afines insistían en el mensaje: “¿No decían que había que dar la palabra a los ciudadanos? ¡Pues mira lo que dicen los ciudadanos cuando hablan en las urnas!”, presumían algunos, dando por buena la apuesta de los días previos, cuando la derecha mediática echó un pulso a los acampados convirtiendo el lema de “Democracia real ya” en un “Democracia real hoy”, “Que hablen las urnas”, o “La hora de la democracia”, según titulaban el domingo los tres principales diarios de derecha.
En la misma línea, los tertulianos más hostiles al movimiento 15-M celebraban la poca presencia de gente en las acampadas ayer por la mañana (lunes laborable), pronosticaban una pronta evaporación de las mismas por falta de apoyo, e instaban a que la autoridad las disolviese en caso contrario. Era evidente el ánimo revanchista en los comentarios: una forma de decir a los que protestan contra el sistema político, la ley electoral, el bipartidismo y la partitocracia, que si no quieres arroz, dos tazas.
De esta forma algunos pretenden ampliar la victoria del domingo: el PP no sólo habría vapuledado a Zapatero, sino que además habría derrotado a los “indignados” que piden más y mejor democracia. De forma que lo del domingo no era ya sólo un referéndum revocatorio contra Zapatero, sino también contra los “antisistema”, y por supuesto ambos los ganó el PP.
¡Y todavía habrá quien votó creyendo que se trataba de elegir alcalde!
“Los españoles, a la hora de votar el 22 de mayo, están pensando que ese voto valga para provocar un adelanto electoral.” -María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP-
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Bueno, pues ya pasó, ya está hecho y no tiene vuelta atrás. Hemos votado, han contado los votos y ya sabemos el resultado. Nos quedan días de lecturas políticas y análisis, pero cuando el debate se diluya quedará una realidad sólida: nuestras ciudades y comunidades tienen alcaldes y presidentes. En algunos casos, los mismos que ya estaban. En otros, inquilinos nuevos.
Con tanta campaña nacional, Bildu y acampada, y con tanta invitación a castigar a los unos, a los otros o a todos, se nos había olvidado de qué se trataba ayer: elegir quién administrará lo nuestro en los próximos cuatro años. De modo que hoy, cuando despertemos del sueño electoral, el alcalde estará allí, con su sonrisa de cartel y acariciando el bastón de mando.
Pero más que al dinosaurio del cuento de Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), el triunfante alcalde o presidente autonómico se parecerá a la desconocida que duerme a nuestro lado cuando despertamos resacosos tras una noche loca, sin recordar nada y con dolor de cabeza. “¿Qué hice anoche? ¿Quién es ésta? ¿Por qué tengo este tatuaje?” Que viene a ser: “¿Ése es mi alcalde? ¿Qué he hecho para merecer esto?” Muchos se llevarán hoy un disgusto, preludio de un resacón de cuatro años.
Seguramente las muchas distorsiones de una campaña que ha sido de todo menos municipal y autonómica ha beneficiado a alcaldes que no merecían ser renovados, a la vez que otros han pagado una culpa que no les correspondía y serán relevados por candidatos que en otro contexto no habrían ganado.
El resacón puede derivar en una jaqueca histórica. Porque ahora viene lo bueno, cuando pasada la campaña muchos inicien su mandato con lo que desde hace meses es un secreto a voces: no hay dinero, la caja está vacía, el agujero es mayor del reconocido, y hace falta meter tijera.
Y es que no hemos votado alcaldes o presidentes: hemos elegido a quienes empuñarán la tijera y decidirán por dónde cortar. Y encontrarte a una extraña en la cama tiene un pase. Pero que lleve una tijera en la mano es ya de pesadilla.
“Recuerdo mi etapa con veinticinco años y entonces también teníamos dificultades. Sí, seguramente yo estaría en Sol.” -José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno-
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Si estos días hemos visto dirigentes políticos preocupados por la movilización ciudadana no era porque viesen amenazado el sistema ni temieran una revolución: es porque estábamos en vísperas de elecciones.
Si se deja de lado ese factor, se percibe menos preocupación, en políticos y sobre todo en tertulianos y analistas, e incluso una condescendencia paternalista: “cosas de jóvenes”. Cosas de la edad, ya se les pasará cuando crezcan, dejémosles que se desfoguen unos días, que tengan su momento de gloria, y ya volverán las aguas a su cauce.
El viejo tópico dice que a los veinte todos somos rebeldes, y se nos cura con la edad. Hay quien piensa que movilizaciones así son ruidosas pero inofensivas, y actúan de válvula de escape: como el malestar existe, mejor que acampen en Sol a que asalten un ministerio, o el cercano Corte Inglés. Que jueguen con carteles idealistas, lemas ingeniosos y sacos de dormir, así volverán a casa más relajados.
Según esa teoría, cada generación vive su momento rebelde: antifranquismo en los sesenta, transición en los setenta, protestas estudiantiles en los ochenta, 0’7 en los noventa, antiglobalización, ‘No a la guerra’, y ahora ‘Democracia real ya’.
Así visto, puede parecer cierto: cada uno de esos incendios se extinguió sin quemar demasiado, y lo previsible es que los de Sol no logren cambiar el sistema electoral, y menos el económico. Pero es una lectura sesgada. Primero, porque no sólo hay jóvenes, aunque sean mayoría. Segundo, porque cada revuelta siembra, cada protesta abre un surco y deja una semilla.
Esos momentos de protesta fueron la toma de conciencia de muchos. A la mayoría se le pasó con la edad, sí, pero otros ya no se bajaron: los mismos que hoy acuden a las plazas y aportan su experiencia de lucha. No lograron sus objetivos, o sólo en parte, pero sirvieron: para que el poder no se sintiese tan impune, para ganar espacios de libertad, para construir resistencias. Sin esos momentos de rebeldía, viviríamos en un país peor. Los acampados de hoy tampoco harán la revolución, pero no será en vano.