Si el icono del enfrentamiento fratricida en España es desde hace dos siglos el Duelo a garrotazos que pintó Goya, la imagen de la actual contienda electoral se parece mucho, pero cambiando la garrota por otra arma más doméstica, estrella de la temporada y agotada en todas las ferreterías: la tijera.
PP y PSOE se han enzarzado en un duelo a tijeretazos, que cada día sube de tono, acusándose mutuamente de dejar el Estado de Bienestar hecho jirones. Si el miércoles el equipo de Rubalcaba distribuía un mapa de los recortes autonómicos del PP y lanzaba a sus barones regionales para denunciarlos, los de Rajoy contraatacaban con un argumentario con título de película de terror: “La tijera de Rubalcaba”, ilustrado con una foto del candidato haciendo el gesto de la ídem con dos dedos.
Para seguir, ayer el verborrágico González Pons abrasó su ingenio colgándole apodos a Rubalcaba: Alfredo Manostijeras, el del machete, Jack el Destripador en el quirófano… Por supuesto, frente a la imagen sangrienta del carnicero ante la mesa de operaciones, Pons proponía dejar paso a los cirujanos, es decir, ellos, virtuosos del bisturí frente al psicópata del hacha.
Y es que, al final, unos y otros plantean la campaña en esos términos: elegir entre el bisturí y el hacha. Tanto PP como PSOE parten de la premisa de que los recortes son inevitables, y que la diferencia es cómo y dónde meter la cuchilla. Según Rubalcaba, lo que distingue a la izquierda de la derecha es qué recortes se priorizan. Desde el PP nos recuerdan, en cambio, que el PSOE nos ha llenado de cicatrices, y prometen que ellos lo harán sin dolor, como buenos cirujanos.
Es decir, el problema no es el qué, sino el cómo y dónde. Pero teniendo en cuenta lo que valen las promesas electorales, y a la vista de cómo unos y otros actúan, los ciudadanos deberíamos empezar por cuestionar los términos del debate: no el cómo, sino por el qué, y el por qué.
De lo contrario, empezamos la pelea ya derrotados, asumiendo el discurso de que la única salida son los recortes, una rendición conceptual que despeja el terreno para cargarse el gasto social. Si no nos resistimos, si no rechazamos esa elección entre cirujanos y leñadores, acabaremos todos hechos unos zorros. Pues a diferencia de los contendientes de Goya, en este duelo a tijeretazos somos los demás los que salimos trasquilados.
Leo en el periódico que la Comisión Europea, por boca de su presidente, ha propuesto una tasa a las transacciones financieras, y lo primero que pienso es que un duende de imprenta ha traspapelado una noticia vieja y la ha publicado de nuevo. Pero no, compruebo en el resto de medios que es de ayer: la Comisión propone una tasa a las transacciones financieras. ¿Cuántas veces en los últimos dos años hemos oído a Durao Barroso pronunciar la misma frase?
Se criticaba estos días a la Unión Europea por su lentitud mastodóntica a la hora de tomar decisiones frente a la ultra velocidad de unos mercados que ríete tú de los neutrinos. Ahí está la añeja tasa financiera, para que vean qué poco gustan las prisas a los líderes europeos (los mismos que ayer se citaron para dentro de 20 días en la enésima cumbre que debería desbloquear la ayuda a Grecia).
En el caso de la manoseada tasa, tras dos años aireándola en sucesivas reuniones, y tras pasear la idea por el G20 y hasta por la Cumbre del Milenio de la ONU (donde Zapatero y Sarkozy la defendieron hace justo un año), ahora por fin la Comisión la ha aprobado. Pero esperen, no corran tanto. Sólo han aprobado la propuesta, para luego mandarla al Consejo y al Parlamento, para que la validen, y que después deberá contar con la unanimidad de los países. Y si consiguiesen llegar al final del largo camino, descuiden que aún le pondrían un plazo de dos o tres años hasta entrar en vigor.
Y todo para una tasa que ni el nombre merece, sería mejor dejarla en tasita: se baraja un 0,01%, aunque lo más probable es que en las rebajas de última hora le cayese otro cero más a la derecha de la coma. Con la propuesta actual se recaudarían 55.000 millones al año, una minucia comparado con lo que se mueve en un solo día, o con los 4,6 billones (con b de Barroso) con que Europa ha aliviado al sector financiero de sus penas en tres años. Para más risa, algunos países y el BCE se oponen a la tasita con el argumento de que produciría una “deslocalización financiera”.
La pregunta es: si la tasita sería tan insignificante, y con un valor más simbólico que efectivo (pues a la velocidad que la elaboran ya habrán inventado algo para eludirla los afectados), ¿por qué ni por ésas sale adelante? ¿Es que no están dispuestos a concedernos ni siquiera una victoria simbólica, por minúscula que sea? Pues no.
Ya he averiguado el making-of de esa entrevista con el bróker bocazas que todos hemos visto. Como sospechaba, no es ni un montaje, ni un infiltrado, ni tampoco es Sacha Baron Cohen colándonos la promo de su próxima película. Ni por supuesto es un loco, como dijo ayer la vicepresidenta Salgado.
Es mucho más simple: una apuesta típica del after work en algún pub de la City, tras la tercera pinta con los colegas, cuando el fanfarrón se juega una cena a que es capaz de salir en la BBC y decir al mundo entero lo que acabó diciendo el tal Alessio Rastani con una sonrisa tras la que se adivinaba un esfuerzo por contener el ataque de risa.
Pero como estos tipos no dan puntada sin hilo, hasta las bromas sirven para ganar dinero: como el tipo hace negocio con nuestro miedo, de paso que se ríe de nosotros nos mete más susto en el cuerpo con sus profecías de ruina total que aspiran a autocumplirse para así hacer realidad sus sueños húmedos de una gran recesión.
¿Se imaginan a un terrorista entrevistado en la BBC y extendiendo el terror con su mensaje? No, claro, por eso los criminales se conforman con colgar videos en Internet. Pero como no está tipificado el delito de terrorismo económico, los serial killers de las finanzas pueden hacer apología del mismo con una sonrisa, y luego cobrarse la apuesta en el pub.
Y los demás, a seguir haciendo el tonto, a continuar con la comedia: que si la deuda patatín, que si el déficit patatán, que si el euro tararí, mientras ellos se ríen y brindan. Nos lo merecemos, por primos: ¿cómo es posible que, sabiendo como sabemos que la Bolsa es un casino donde muchos compran o venden no porque un valor les merezca confianza sino para desestabilizar los valores y luego forrarse, nosotros sigamos tomando como un indicador fiable el índice bursátil? ¿Cómo se explica que, siendo tan evidentes las prácticas criminales de las agencias de calificación, no sólo no las perseguimos y enchironamos, sino que seguimos pagándoles para que nos califiquen?
Lo dice bien Rastani: a los mercados se la refanfifla la crisis. Ellos quieren ganar dinero, y si lo ganan con nuestra ruina, pues también vale. La jugada es perfecta: los mismos que han causado la crisis son quienes llevaban años soñando con una crisis así para forrarse. ¿Hace falta decir más? Tómate otra, Alessio, que te la pagamos nosotros, los primos.
La semana pasada, y les prometo que fue sin querer, me convertí en gasto público. Algo que hoy equivale a decir que eres un peligro público. Entré en un hospital para un asunto menor y acabé recorriendo varias plantas durante una semana. Me convertí en gasto público desatado, un arañazo en los presupuestos, varias milésimas más de déficit.
No me dieron la factura “en la sombra” ésa que ya reparten en algunos sitios, pero si me hubieran echado la cuenta sería cuantiosa, pues fue una semana de barra libre, atención médica a todo trapo, entre pruebas diagnósticas (con esas máquinas carísimas), estancia (a pensión completa, imagínense), tratamientos y tantos trabajadores pendientes de mí (y para colmo eran muy atentos, incluso cariñosos, en vez de limitarse a cumplir con lo mínimo, que el tiempo es oro). Tumbado en la cama, imaginaba que me colocaban sobre el cabecero un contador digital que sumase euros a medida que pasaban las horas.
Y en esto que, mientras estoy ingresado, oigo que Esperanza Aguirre inaugura en Torrejón un hospital 100% privado (“de titularidad pública”; qué consuelo cuando hasta el personal médico está en manos de una empresa). Y mientras recorre las instalaciones, Aguirre ve en cada habitación un juego de sábanas para la cama del acompañante, y exclama eufórica: “Eso es lo que quiero. Que en las públicas la gente esté igual que en las clínicas privadas.”
Me contuve la carcajada no fuera a ser que se me soltasen los puntos y acabase generando más gasto. Aunque en realidad es para llorar. Aguirre quiere (y lo está haciendo ya en los nuevos centros) que los pacientes estemos en manos de empresas cuya prioridad, por mucha propaganda corporativa que hagan, nunca será nuestra salud sino ganar dinero. Que estemos al cuidado de médicos sometidos a presiones laborales, como ya ocurre en algunos centros. Que nos curemos en hospitales donde la factura no quede en la sombra, sino en la mesa de un contable preocupado por gastar menos para ganar más.
Yo lo tengo claro: el trabajo impresionante del personal sanitario (y aprovecho para dar las gracias de corazón a todos los de Vascular, Cardiología y UCI Coronaria del Ramón y Cajal), que mantiene el tipo entre presiones y recortes, hace que vea el deseo de Aguirre como una amenaza, y los tijeretazos presentes y futuros como una declaración de guerra.
Palestina se propone esta semana llamar a las puertas de Naciones Unidas, pero resulta que este club tiene reservado el derecho de admisión, y para colmo lo controlan unos pocos miembros con capacidad para vetar nuevos socios. El club también tiene normas estrictas, y a menudo castiga a los infractores, pero sabemos que hay un socio que se las salta a placer sin llevarse ni un tirón de orejas. Y para colmo, este socio incumplidor se dedica estos días a enredar entre los demás miembros para que no abran la puerta al que llama.
Ya ven, esta es la comedia de la ONU, a la que Palestina llega con casi más melancolía que rabia. Un club para el que entran ganas de dar la vuelta a la famosa frase de Groucho Marx y decir que preferiríamos no ser miembros de un club que admite en su seno a ciertos socios.
Como para Estados Unidos y la propia Israel es poco presentable dar un portazo en las narices a los palestinos ejerciendo el derecho de veto del primero, estos días presionan con todas sus fuerzas (que son muchas) a otros países para que no acepten ni su admisión ni siquiera el premio de consolación de ser reconocido como Estado no miembro por la Asamblea General; y por supuesto presionan a los propios palestinos para que se lo piensen mejor antes de tocar el timbre.
En esa labor disuasoria participa también nuestra Unión Europea, que siempre ofrece a los palestinos solidaridad y compresión pero sin pasarse, una palmadita en la espalda para a continuación pedirles que sigan por la vía del diálogo y la negociación, pues hablando se entiende la gente.
Las apelaciones al diálogo y al proceso de paz como alternativa a acudir unilateralmente a la ONU son de una comicidad siniestra. Hemos perdido ya la cuenta de las conferencias, mesas y procesos celebrados en décadas, como hemos perdido la cuenta de los presidentes norteamericanos que prometieron volcarse para resolver el conflicto, y de las guerras regionales e invasiones cuya contrapartida, tras desestabilizar la zona, iba a ser un relanzamiento del proceso de paz.
Ahí siguen los palestinos, asfixiados por un Israel que entre tanto se aplica a fondo en hacer inviable su Estado, mientras se consume una generación tras otra de palestinos cada vez con menos esperanzas. Ahí siguen, esperando que la primavera árabe pase también por Gaza y Cisjordania, pero se ve que no.
Hablábamos ayer de la nostalgia de la edad dorada, los años en que España era una fiesta sin fin. ¿Recuerdan cómo eran entonces los lunes? Muchos los pasábamos comentando el fin de semana liguero, contando lo cuco que era el hotelito rural donde habíamos pasado el puente o lo bonito que estaba Londres en navidad, y empezábamos a hacer planes para las vacaciones, mientras actualizábamos la información de cuánto valía nuestra casa según el metro cuadrado en el barrio, y aplaudíamos si un gobernante decía que bajar impuestos era de izquierdas.
Miren ahora: llega el lunes y estamos todos a las nueve agarrados al transistor esperando la apertura de las bolsas, como si fuese la puerta del corral por donde salen los toros que lanzarán cornadas durante la semana. Tras los índices bursátiles revisamos otra vez la prima de riesgo, que algunos consultan a lo largo del día más veces que el correo, que ya es decir. Luego van llegando los boletines horarios de noticias, donde nos tememos que Merkel haya dicho algo que ponga nerviosos a los mercados, o que se publique un dato económico adverso.
Por la tarde, cuando por fin cierra la Bolsa de Nueva York, nos relajamos un poco pero sólo hasta mañana, pues la semana es muy larga y un martes puede quebrar Grecia, un miércoles puede traer despidos en nuestra empresa o nuevos recortes de profesores, y no digamos un viernes, que hay Consejo de Ministros y nos puede caer una reforma encima. Aunque también cabe que el lunes esté a punto de acabarse el mundo, y hacia el jueves se abran claros en el cielo.
¿Exagero? Nada de eso. Revisen la prensa de la semana pasada: el lunes se daba por segura la quiebra de Grecia, el martes se hundían las bolsas, el miércoles salían al rescate Merkel y Sarkozy, el jueves los bancos centrales inyectaban dinero, y el viernes parecíamos salvados, aunque el Ecofin seguía enredado con Grecia como garantía de próximos sustos. No me negarán que fue emocionante. ¿Qué nos reserva esta nueva semana? ¿Caerá Grecia por fin? ¿Se hundirá el euro? ¿Nuevos recortes?
¿De qué va este juego, a qué tanta montaña rusa económica? ¿Es así de convulsiva la crisis, o a alguien le interesa que estemos en un sinvivir incesante, hoy con la mecha a punto de consumirse pero mañana aparece el héroe y la apaga de un soplido? De tanto encogerse el estómago acabaremos con úlcera.
Si no han visto Midnight in Paris, la última de Woody Allen, no sigan leyendo: esta columna contiene spoiler, y se la destriparía.
En Midnight in Paris un escritor típicamente alleniano consigue, no sabemos si en sueños o por un hechizo, viajar cada medianoche al París de los años veinte, que para él es la edad de oro, con sus cafés, artistas y noches sin fin, cuando París era una fiesta, como la novela del mismo Hemingway que aparece redivivo en la película.
Pues bien, yo llevo una temporada que me ocurre lo mismo que al protagonista de Midnight… Salgo a pasear de noche, y a las doce aparece un coche con unos tipos simpáticos que me invitan a subir. Los acompaño y nos vamos juntos de fiesta, y descubro que no estoy en la España de 2011, sino en otra, la de hace unos años, cuando la burbuja se hinchaba ante nuestros ojos pero nunca iba a pinchar, y el país era una fiesta que no podía acabar.
En esas noches fantásticas tomo copas con vecinos que me echan una y otra vez la cuenta de la lechera: en cuánto está valorado su piso, cuánto sacarán si lo venden, y las facilidades que el banco les da para comprar varios sobre plano. En una mesa próxima veo a un constructor de los de fajo doblado y con goma en el bolsillo, que invita a una ronda a cambio de que le escuchemos contar una vez más el pelotazo que ha pegado con unos terrenos recalificados. Al fondo de la barra, un concejal de urbanismo asiente y sonríe, y a la tercera copa te confiesa el pellizco que ha cogido para el ayuntamiento, el partido y su propio bolsillo.
Así transcurren mis noches, de copas en la edad de oro, hasta que la mañana me devuelve resacoso y pobre al presente. Ay, la nostalgia, qué mala es, pero quién no recuerda hoy, entre ajustes, despidos, recortes y gobernantes repitiendo el estribillo de “la fiesta se ha acabado”; quién no recuerda aquellos años, cuando éramos guapos y felices e iba a durar para siempre.
Sí, ya sé que allí se labró nuestra desgracia actual, pero fue bonito mientras duró. Además, hoy hemos caído pero en el fondo conservamos la esperanza de que cuando pase la tormenta, y el PIB vuelva a crecer, volverán las oscuras golondrinas a nuestro balcón. Tal vez por esa ilusión nostálgica aguantamos como aguantamos sin romper nada, por si aún tiene arreglo. Aunque sospechemos que aquéllas, como las del poema, no volverán.
La visita triunfal de Sarkozy y Cameron a la nueva Libia ha sido toda una lección de cortesía y buenos modales, fíjense. El líder del Consejo Nacional de Transición insistía en agradecerles la ayuda para derrocar a Gadafi, y los presidentes francés y británico no hacían más que repetir que no hay de qué, que ha sido un placer, que volverían a hacerlo y que si les necesitan en otra ocasión, sólo tienen que silbar. Sarkozy subrayó una y otra vez que no esperan contrapartida ninguna; lo repitió incluso cuando nadie le preguntaba por el asunto, de modo que acabó sonando a ‘excusatio non petita’.
Yo me imagino la conversación a puerta cerrada: “Queremos agradeceros vuestra ayuda, pero no se nos ocurre cómo”, diría el líder rebelde. “Pues no se me ocurre nada”, respondería Sarkozy mirando al techo. “A mí tampoco”, secundaría Cameron mirándose las uñas.
Que los nuevos gobernantes de Libia tienen mucho que agradecer a la OTAN, y especialmente a los países que han llevado la iniciativa, es innegable. Sin los bombardeos, sin el suministro de armas y sin el despliegue de “asesores”, no habrían conseguido expulsar a Gadafi de Trípoli, aunque el relato mediático invite a creer que todo ha sido fruto del heroísmo de los rebeldes, dado que en esta guerra, a diferencia de otras, se han cuidado mucho de no mostrarnos ni un solo bombardeo, ni las típicas imágenes desde el visor del piloto, ni las columnas de fuego y humo de otras veces.
Y teniendo tanto que agradecer, a todos se nos ocurre cómo. El petróleo de Libia es uno de los más cotizados del mundo, por su calidad y facilidad de extracción. Además, el país necesita una reconstrucción a fondo, para la que no faltarán empresas constructoras de adivinen qué países. Y por si fuera poco, Libia tiene una fortuna en el exterior, aunque retenida en cuentas en esos mismos países que hoy ofrecen ayuda.
En fin, que aunque Sarkozy y Cameron llegasen como amigos, más bien parecía la visita del cobrador que entrega en mano el recibo mensual. Con tanto insistir en la generosidad y el desinterés de la ayuda prestada, no sabemos si lo que entregaron fue una factura sólo informativa, como esa ‘factura en la sombra’ que algunas Comunidades quieren dar a los pacientes para que sepan lo que cuesta la atención sanitaria. Pero todos sabemos que, en el caso de los libios, acabarán pagándola.
Bueno, pues ya tenemos impuesto a los ricos, ya podemos pasar a otra cosa. Si se cumple lo previsto hoy, el Gobierno y el candidato Rubalcaba habrán cumplido su promesa de repartir los sacrificios, para que la salida de la crisis no recaiga sólo sobre los trabajadores.
Pues vaya, no les veo cara de entusiasmo. ¿No les alegra? ¿No es lo que llevamos tiempo pidiendo? ¿Ni siquiera les da un poco de gustito, por el rencor que todos sentimos hacia los “ricos”? No, ya veo que no. A mí tampoco, para qué engañarnos. Tanto marear el asunto durante meses, para al final quedarnos en tan poca cosa.
Si, menos es nada, no lo niego. Bienvenidos sean los millones que se ingresen, que no estamos para desperdiciar nada. Pero aunque menos sea nada, sigue siendo menos, y un menos muy cortito. Si se compara con lo que se ha dejado de recaudar tras años de relajación fiscal, y si se tiene en cuenta el esfuerzo que estamos haciendo los trabajadores, el menos se aproxima demasiado a la nada.
Para que la medida fuese más creíble, y despertase más entusiasmo en los ciudadanos, los ricos podían haber pataleado un rato, protestado, incluso salir en manifestación. De la misma forma que el malestar social, las huelgas y disturbios, dan credibilidad a los planes de ajuste de los gobiernos ante los mercados y las autoridades financieras –cuanto más protestan los trabajadores, más certeza de que un país va por el buen camino-, la reacción de las grandes fortunas podría ser la medida de hasta qué punto les afectan o no las medidas.
Aunque fuese en plan paripé, ya podían haber salido a la calle los dueños de esos grandes patrimonios. Pero nada, no protestan, ni ellos ni los mercados, siempre tan delicados y que ahora parecen no haberse ni enterado del nuevo impuesto a los ricos. Ni la prima de riesgo se conmueve unos puntitos.
Por eso, para muchos, el debate abierto sobre la fiscalidad, y la manera en que concluye, lejos de calmarnos nos irrita más aún. Porque si algo hemos confirmado, al ver los datos que estos días se publican sobre los posibles declarantes del tributo, es que somos un país muy desigual, en el que hay ricos muy ricos, que además contribuyen muy poco. Que España no tiene un problema de falta de dinero, sino de cómo está repartido; que no hay escasez, sino desigualdad. Y que es más urgente que nunca una reforma fiscal a fondo.
Así nos va como nos va en este bendito país: fíjense lo que ha pasado con la publicación del estudio anual de la OCDE sobre la educación en los países más industrializados. Se publican los datos, y allá vamos todos (yo el primero, por supuesto) a buscar el indicador verdaderamente importante: ¿el porcentaje de fracaso escolar? ¿El gasto público en educación en comparación con otros países? ¿El puesto que ocupamos en todos los niveles de enseñanza respecto a nuestros vecinos?
Nada de eso: el dato verdaderamente importante, del que todos hablábamos ayer, era cuántas horas trabajan los profesores, y cuánto ganan. Las portadas de la prensa, y los debates en las tertulias, se centraban en si los docentes echan más o menos horas que en otros países.
Y ni siquiera en eso había acuerdo, pues ya sabemos que los datos siempre son interpretables. Según unos, los nuestros son los que menos trabajan del mundo, atendiendo a las horas totales. Según otros, si contamos las horas lectivas están más cargados que sus colegas de otros países. Por si fuera poco, el estudio añadía otro dato tanto o más importante: el salario. “Los mejor pagados”, repetían ayer algunos. “Los que más ganan y menos trabajan”, subrayaba un periódico, alimentando nuestro rencor de trabajadores explotados y mal pagados.
Y si alguien no encuentra suficiente agua para arrimar a su molino, será que el informe está equivocado, como sostiene la consejera de Educación madrileña, para quien el problema es que no han contado bien las horas.
El documento de la OCDE incluía otros datos menos importante, minucias, anécdotas: que seguimos siendo uno de los países con más fracaso escolar, con más jóvenes que sólo tienen estudios obligatorios (36%, el doble que el resto de países); que estamos a la cola en inversión, muy por detrás de los países que, por algo será, tienen los mejores sistemas educativos.
La conclusión del informe es que nuestro punto más débil es la Secundaria, precisamente donde más están hoy metiendo la tijera. Como si un estudio sobre el sistema sanitario nos dijese que se nos mueren más pacientes que en otros países, y sin embargo redujésemos el número de médicos. El informe también dice que no todo son malas noticias, hemos mejorado en algunos indicadores. Pero da igual: tijeretazo, y a seguir siendo los últimos de la clase.