Tenía pensado escribir una columna propia de estas fechas, de balance del año, pero he preferido esperar hasta el último día del 2011 por miedo a que, si la publicaba ayer, acabase desfasada y tuviese que actualizarla varias veces. Y es que hasta el rabo todo es noticia en este año, al que le han faltado días para tantas cosas como nos han pasado.
Como será que hasta tuvimos que habilitar el mes de agosto, tradicionalmente de sequía informativa y que en este año mantuvo la intensidad informativa con ataques de los mercados al euro, visita del Papa, disturbios en Londres y hasta una reforma constitucional pactada por PSOE y PP con nocturnidad y veraneo. También en navidad hemos ocupado las fechas que antes eran de villancicos y turrón y que este año han acogido un cambio de gobierno, un par de Consejos de Ministros con sustancia, y hasta una imputación en la Familia Real. Tan completo estaba el calendario, que al rey no le quedó otra fecha libre que el día de los Inocentes para darnos a conocer su nómina.
Y es que esa ha sido la característica común del año que hoy acaba: la intensidad, la montonera de sucesos políticos, económicos, sociales, internacionales, bélicos y hasta de crónica rosa. Basta ver en una misma frase algunos de los nombres del año para ver a qué velocidad hemos escrito directamente en los libros de historia: Fukushima, Primavera Árabe, Gadafi, ETA, 20-N, 15-M, Bin Laden… Con todo eso llenábamos una década entera, y ha habido que comprimirlo en doce meses.
Una de las máximas del viejo Hollywood decía que una buena película debe comenzar con un terremoto, y de ahí para arriba. Pues así ha sido 2011: arrancó con dos seísmos, uno político en el mundo árabe, y otro tectónico en Japón que incluyó maremoto y accidente nuclear; y a partir de ahí fue subiendo en intensidad mes tras mes.
Si 2011 ha sido una espectacular película de acción, 2012 se anuncia en el trailer como cine de catástrofe. De ahí el éxito que ha tenido la profecía maya. Después de un año como el que despedimos, casi lo de menos es que se acabe el mundo. Feliz año.
Abríguense, que el año viene con mucho frío. De entrada, el gobierno ha congelado el salario mínimo interprofesional (SMI), que si bien nunca ha alcanzado una temperatura agradable, dejarlo en cero grados extiende la sensación de frío a muchos trabajadores. No sólo a los que cobran ese mínimo tan mínimo, sino a casi todos, pues el SMI se usa como referencia en los convenios; pero sobre todo porque los empresarios acusan recibo del mensaje que les envía el gobierno: reduzcan la temperatura salarial, que con el calorcito los trabajadores se amodorran y no son tan competitivos.
Los funcionarios, por su parte, vuelven al congelador donde ya han estado otras veces, y casi rezan por quedarse a cero, pues tras la reducción de este año nadie descarta que en algún momento vuelvan a bajarles el termostato, que es lo que los gobiernos tienen más a mano cuando deciden ahorrar en calefacción.
También se congela la tasa de reposición de funcionarios, es decir, que no se repondrán los que se jubilen. Con una excepción: las fuerzas de seguridad, que como ha recordado varias veces el ministro de Interior, tienen un papel importante en tiempo de crisis para “garantizar la paz social”. Dicho en plata: podemos tirar con menos médicos, maestros o técnicos, pero hacen falta más policías por si hay que calentar a los que se quejan del frío.
Con el frío extremo se congelan también las cañerías, y del grifo no sale gota. Y no es sequía: el Banco Central Europeo ha abierto la presa para que salga medio billón de euros, pero los dueños de las tuberías, los bancos, lo han recogido y lo han colocado deprisa en el propio Banco Central, que es el único sitio calentito con la que está cayendo.
Así que hoy estamos tiritando, esperando si el Consejo de Ministros anuncia aguanieve o frío polar. Lo previsto es que hoy giren sólo un poco el termostato, y dejen para marzo la bajada grande, no sea que se les congelen los votantes en Andalucía, que por el sur nunca cae bien el frío.
En fin, que deberíamos ir pensando algo para entrar en calor, antes de que nos quedemos tiesos del todo.
Nuestros temores se han cumplido: no ha pasado una semana desde que el gobierno tomó posesión, y ya se nota su impronta derechista en asuntos como la política de inmigración. Nada más llegar, lo primero que ha hecho el nuevo ministro de Interior es abrir nueve Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) y encerrar a cientos de inmigrantes que no han cometido delito y cuya única falta es no tener papeles. Centros que funcionan como cárceles, y donde se hacinan en las peores condiciones posibles y privados de derechos.
Lo acaba de denunciar un juez de Madrid, pero también la Defensora del Pueblo, el Síndic de Greuges catalán, varias ONG y asociaciones de inmigrantes, y la Red Euroafricana de asociaciones pro derechos humanos (Migreurop). Algunas de estas denuncias se produjeron apenas unas horas después de tomar posesión Fernández Díaz como ministro, lo que da la medida de la velocidad con que el nuevo gobierno pone en marcha su política derechista.
En el caso de la red Migreurop, publicaron su informe sobre los CIEs hace dos semanas, cuando aún estaba en funciones el gobierno anterior, lo que demuestra anticipación y clarividencia. Más aún: conozco numerosas denuncias similares desde hace años, que imagino se hicieron por si acaso, en previsión de que ganaría el PP y aplicaría ese giro xenófobo en vez de seguir la humanitaria política de inmigración del gobierno socialista. Yo mismo he escrito aquí antes sobre los CIE, o sobre las redadas policiales que me temo que también empezarán de un momento a otro, pues con el PSOE estas cosas no pasaban, que en algo se tiene que diferenciar la socialdemocracia de la derecha, ya que en lo económico no.
Hablando del PSOE, me sorprende que no hayan dicho todavía nada de esas denuncias sobre los CIE. Ni siquiera el aspirante Rubalcaba, que fue ministro del Interior y algo podrá presumir de cómo hacía él las cosas a diferencia de la derecha. Pues nada, será que callan por respetar los famosos cien días de cortesía. Me leeré el manifiesto ése donde hablan de renovar el partido, que seguro que ahí dicen algo.
Con todos los días que tiene el año, el rey elige el de los Inocentes para publicar sus cuentas. No sé si es otra muestra de su campechanía o hay mensaje oculto, pero dará para mucha broma.
Tras treinta y tantos años de opacidad, ha tenido que corrompérseles un familiar para que de repente la monarquía se lance a una cruzada por la transparencia. Tras la transparencia de corazón –que llevó al rey a compartir su pesar por la poca ejemplaridad del yerno-, ahora viene la transparencia de bolsillo, y no sabemos si lo próximo será una jornada de puertas abiertas en palacio, o la participación en un docu-reality tipo “24 horas en la vida de un rey”.
Eso sí, transparencia, pero sin pasarse: más bien un esmerilado, pues la Casa Real no entrará en detalles al desglosar su presupuesto, sino por partidas generales, de modo que olvídense los morbosos de conocer minucias domésticas. Pero sobre todo será un destape muy parcial, de enseñar el tobillo y poco más, ya que, como contó este periódico el lunes, el grueso del gasto lo soportan otras partidas presupuestarias: palacios, viajes, seguridad o aquella lujosa cinta de correr que se cargó a la cuenta de Patrimonio Nacional.
Con el destape parcial y esmerilado de hoy los monárquicos volverán a la carga con la tabarra habitual: hay que ver lo barato que nos sale el rey comparado con los carísimos presidentes de República de otros países. 19 céntimos por cabeza, dijo un columnista cortesano días atrás, tomando los casi 9 millones de asignación directa, en vez de los 60 millones que suman todas las partidas.
Contando todo, los 19 céntimos se pondrían en un euro y pico por barba, o más si se incluye en la factura lo que presuntamente levantó Urdangarín a varias administraciones. Con todo, sigue pareciendo barato, como barato parece cualquier gasto millonario si se recurre al tramposo truco de dividirlo entre todos los españoles. Pero a quienes pretenden convencernos con tretas contables, hay que recordarles una vez más que aunque el rey fuese barato (que no lo es), muchos seguiríamos prefiriendo una república.
Como al ministro de Economía le va a tocar darnos una mala noticia tras otra, ya trae puesta de casa la cara de pésame. Revisen la prensa de estos días, o busquen en Google Imágenes, y ya verán lo que les cuesta encontrar una foto de Luis de Guindos, no digo ya con una sonrisa, sino al menos una donde no tenga esa expresión avinagrada con que sale siempre. De cualquier ministro encontrarán varias fotos con sonrisa, hasta carcajadas, menos del de Economía: las pocas en que aparece con algo parecido a una sonrisa (siendo generosos), evidencian un esfuerzo titánico por torcer la habitual mueca gris.
Tampoco es que tenga muchos motivos para sonreír, ni nos hará más digeribles las malas noticias si las acompaña con un gesto amable. Durante mucho tiempo no tendrá nada bueno que contarnos. Ayer se estrenó avanzando que iniciaremos 2012 con recesión y más paro. Y en breve puede que anuncie que en vez de 16.500 hay que recortar 30.000 millones. Así serán sus comparecencias, para pocas risas.
Habrá quien piense que su expresión luctuosa es efecto de la mala conciencia, pues arrastra en su currículum una mancha especialmente pegajosa: su paso por Lehman Brothers. La prensa afín insiste en quitar importancia a que dirija la economía un directivo de la compañía que encendió la mecha de la crisis, pero toda la prensa internacional lo destacó: “Un ex de Lehman al frente de la economía española”, titularon.
Junto a su paso por Lehman (que no es una anécdota), sabemos que para ser ministro acaba de dimitir como consejero de una eléctrica y de un banco. Ya sé que la ley de incompatibilidades es una guasa, pero se me va la sonrisa y se me pone cara de Guindo cuando veo la alegría con que algunos pasan del Consejo de Administración al Consejo de Ministros, y vuelta, una y otra vez, lo que da la razón a aquello que decía un manifiesto del siglo XIX que algunos habrán leído, sobre cómo en el Estado Moderno el poder ejecutivo no es más que un comité de administración de los negocios del poder económico. Seguro que De Guindos, como buen economista, también lo leyó.
Como éstos son días de felicidad obligada, y peor aún, de felicidad familiar obligatoria, es comprensible que en muchos hogares acaben saltando chispas que prenden fácilmente sobre un terreno que durante doce meses acumula pasto incendiable. De ahí que algunas cenas navideñas comiencen con besos y buenos deseos, y terminen con gritos, llantos y antología de agravios.
Como dice la manida frase inicial de Ana Karenina, todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. Las hay que callan para seguir juntos, las hay de bronca diaria, y luego están las que se lían a manifestazo limpio. Es el caso de la familia socialista, donde se han liado a enviarse unos a otros manifiestos que llegan con el correo junto a las tarjetas navideñas.
Los bandos a ambos lados de la mesa navideña se dividen entre los que dicen “Yo sí estuve allí” y los del “Yo estaba allí, pero como si no estuviera”. Si estos últimos comenzaron haciendo una autocrítica tan sana como tardía, que hace que nos preguntemos por qué callaron tanto tiempo; los otros sacan pecho con un “Yo sí estuve allí” que, a fuerza de llevar la contraria a los de enfrente, acaba por atarse al mismo legado político que les hundió el 20-N.
Entre reproches, el centro del debate es una pregunta que, en efecto, debería estar en el centro de la posible renovación del PSOE: ¿había alternativa? ¿Se podía haber adoptado otra política económica? Según los identificados como chaconistas, sí hay otra salida a la crisis, una salida de izquierda, “una política económica progresista”, en la línea del discurso con que la propia Chacón renunció a las primarias, donde ya mostró una distancia que sin embargo no le impidió seguir en el gobierno.
La respuesta de los supuestos partidarios de Rubalcaba ridiculiza esa aspiración a otra política posible, no sabemos si por convicción o sólo por fastidiar a sus rivales: “¿Había otras alternativas, para dar respuesta a la crisis? Sin duda. Algunas tan nefastas como las que hemos visto en Grecia o Italia.” Agáchense, que vuelan los manifiestos.
Lo que no inventarán los monárquicos para mantenernos delante del televisor otra nochebuena más. Como el año pasado la audiencia del discurso del rey tocó fondo, este año ya tenemos anzuelo para remontar el share: ¿hará alguna mención a Urdangarín?
Hace un par de años lo intentaron por la vía mobiliaria: avisaron días antes de que habría “novedades” para “modernizar” la retransmisión del mensaje, y así nos picaron el gusanillo, aunque luego todo quedó en un jardín de fondo y poco más, el mismo atrezo entrañable (árbol, belén, foto) y los mismos mensajes obvios que a buen seguro repetirá hoy: sumar voluntades, remar todos juntos, superar diferencias…
Este año el morbo con que intentan revertir el desinterés creciente (no sólo hacia el discurso, sino hacia la propia monarquía) está en comprobar si el rey dice algo sobre el grano corrupto que le ha salido. Los buenos monárquicos saben hacer de la necesidad virtud, y por eso estos días, cuando más bajo está el crédito de los Borbones, nos aumentan la dosis de Familia Real en todos los medios, convencidos de que en asuntos de realeza el share equivale a aceptación, como bien saben sus colegas británicos, que han hecho del escándalo una de sus fortalezas.
Como nadie espera esta noche un tirón de orejas al yerno, tocará interpretar los posibles dobles sentidos de cada frase, los énfasis, silencios y hasta la gestualidad, todos a la caza del momento Urdangarín. “Mira, ha hecho un parpadeo prolongado al mencionar a su familia”. “¿Has visto cómo se removía ligeramente en la silla al hablar de las dificultades que estamos atravesando?” “Yo creo que cuando ha dicho la palabra ‘urdimbre’ era un guiño para que todos entendiésemos Urdangarín.”
Lo que sí podemos adivinar es la forma en que el discurso será valorado mañana por la muy leal y mayoritaria prensa monárquica. Siguiendo el peloteo de las últimas semanas, cabe esperar grandes palabras mañana a toda portada: “El Rey de todos los españoles”, “El Rey da una lección de dignidad”, “El Rey, más guapo que nunca”, o directamente “Viva el Rey”. Manquepierda.
Hoy comprobaremos, tras el primer Consejo de Ministros, si el secretismo con que Rajoy rodeó su selección de ministros fue sólo una exhibición de poder para empezar fuerte, o si los secretitos y el ahorro de saliva serán la marca de la casa.
Veremos si al terminar nos informan de lo aprobado, o si nos hacen esperar a que se publique en el BOE, y hasta el momento en que el boletín salga de imprenta nos tienen con la misma intriga del miércoles, cuando a las 7.30 estábamos todos con unos nervios que parecía que era nuestro teléfono el que iba a sonar de un momento a otro.
Si quería marcar territorio nada más llegar, hay que reconocer que lo consiguió: nos tuvo varios días haciendo quinielas, ensayando alineaciones, poniendo la oreja en los corrillos y espiando los sms de los diputados, y ni por ésas logró nadie saber la lista hasta el mismo momento en que salió de su boca. A las 7.29h estábamos todos en vilo, los de su propio partido, los medios interrumpiendo la programación, los periódicos a medio hacer, hasta que llegó el gran líder, con sonrisa de “je, je, os tengo a todos pillados, chincha, rabiña”, soltó los trece nombres de carrerilla y se largó sin contestar preguntas ni decir una palabra de más.
Algunos se admiraron con su demostración de autoridad y control de la información, y lo ven como un ejemplar desquite tras años de arrastrar imagen de perdedor, pero a mí me pareció una forma cuartelera de entender la democracia: yo soy el number one absoluto, yo no comparto con nadie las decisiones importantes, yo reparto mis dones, lo mismo un ministerio que la presidencia del Congreso, y los agraciados se enteran sólo cuando su nombre está ya impreso en las tarjetas de visita.
¿Funcionará igual en su labor de gobierno, en línea con su conocida aversión a las ruedas de prensa? Por ejemplo, los esperados recortes, de los que no dijo nada en su investidura, y que todos esperamos con ansiedad tras saber que sumarán al menos 16.500 millones: ¿sabremos algo, aunque sea por globo sonda, o nos enteraremos en el mismo momento en que entren en vigor?
El amor es imprevisible, y el amor político también: cuando menos te lo esperas, zas, flechazo. Quién me iba a decir a mí, después de tanto criticar a Gallardón, que acabaría queriéndole. Aunque sea en el último minuto, mi cariño es sincero, y por eso se lo confieso ahora que aún está a tiempo de dar un paso atrás: Alberto, alcalde, no te vayas, no nos dejes, no jures de ministro, los madrileños no sabremos vivir sin ti.
Vuelve a casa, que estoy dispuesto a perdonártelo todo, todo. Te perdono la deuda multimillonaria, incluso aunque sepa que el año próximo habrá que dedicar uno de cada cinco euros del presupuesto a pagarla. Te perdono el abandono de los barrios, las obras faraónicas, la conversión de Madrid en una ciudad escaparate donde da gusto venir de turista pero habitarla es cada día más duro.
Te perdono la boina de contaminación, prometo ir por la calle respirando a pulmón lleno y gritando que nunca había visto un aire tan limpio. Por perdonar, te perdono hasta la carrera olímpica: si te quedas juro que me sumaré a ella, seré voluntario de la candidatura de 2020, 2024 o 2028, todas las veces que quieras intentarlo yo estaré a tu lado con el chándal puesto. Reniego de las veces que he ido a manifestaciones o firmado contra tus políticas; lo retiro todo, pero no te vayas.
¿Cómo dices? Qué va, cómo puedes pensar algo así: te prometo que mi cariño es sincero, no tiene nada que ver con que nos dejes de alcaldesa a Ana Botella. No te quiero sólo como mal menor para no soportar cuatro años de alcaldía ultraconservadora; no te imploro que regreses por miedo a que la FAES desembarque en Cibeles; no te lloro porque piense que con Botella nos puede ir incluso peor y que su nombramiento como primera alcaldesa de España no nos compensa ni por las risas que nos garantizan ella y su alcalde consorte.
Vuelve con nosotros, Alberto. Si lo haces, ni siquiera te reprocharé tu desprecio hacia la ciudad por presentarte a las elecciones para sólo unos meses y luego colocarnos a una que no ha sido candidata. Todo está perdonado, pero no nos dejes así, con ella.
Las penas siempre son más cuando en la habitación de al lado los demás están de fiesta, cuando tu amargura se ve acompañada del fondo de música y risas de quienes lo pasan bien. Si encima los que toman copas y cuentan chistes son de tu propia familia, indiferentes a tu dolor, para qué quieres más.
Es lo que le pasa estos días a Francisco Camps: los calendarios judicial y político han tenido el capricho de solaparse, de modo que a la misma hora en que el expresident valenciano sufre el calvario del humillante juicio, en la habitación de al lado sus hermanos políticos se corren la gran juerga de la investidura, se reparten el poder recién conquistado y toman posesión de sus cargos.
Mientras el trajeado expresident es desnudado día tras día por testigos, facturas y grabaciones, los suyos no encuentran el momento para acompañarle a la puerta del tribunal, no sea que suene el teléfono y por no estar en casa para cogerlo se queden sin ministerio. La soledad de Camps se agranda con la felicidad de los suyos a su espalda. La fiesta y el calvario se sincronizan, para mayor crueldad: a la misma hora en que un empleado de sastrería nos cuenta los caprichos textiles del imputado, Rajoy lee su discurso de investidura. En el mismo minuto en que nuevas revelaciones empequeñecen al ex Molt Honorable en su banquillo, sus compañeros de partido se parten las manos de aplaudir al proclamado presidente. Y en los escaños y la tribuna de autoridades están todos menos tú, Paco.
Ayer, entre tanta valoración hiperbólica de la nueva era Rajoy, pasó casi desapercibida la que hizo el propio Camps a la entrada del tribunal: “Es magnífico, me ha gustado mucho y estoy súper feliz porque comienza una nueva etapa”, dijo sobre el discurso de investidura. Eso sí: confesó que lo había visto por la noche, grabado, pues a la hora en que su líder prometía un nuevo amanecer él estaba en el tribunal, siguiendo la clase de corte y confección por la que supimos de su gusto por las solapas anchas, pantalones con volumen y 80,5 centímetros desde el hombro al bajo de la chaqueta. Qué dolor.