Cual Cid Campeador, Camps ha ganado una última batalla después de muerto. Pero el ex presidente, que siempre ha dado muestras de desconexión con la realidad, sufre dos alucinaciones. La primera: que se cree que ha logrado la reconquista de Valencia, cuando lo que se ha anotado no es más que una escaramuza. Y la segunda, más grave: pese al hedor que desprende su cuerpo en descomposición, él no se ha dado cuenta de que ya está muerto.
En cuanto a lo primero, no cuela que Camps y los suyos quieran vendernos una más que cuestionable absolución de un cohecho como si fuese un veredicto de inocencia universal sobre el ex presidente, su gobierno y su partido. Es cierto que todos hemos contribuido al malentendido, al haber apoyado sobre una causa menor (los famosos “cuatro trajes”) un enorme fardo de corrupción, mala gestión, ruina y escándalo. Tanto que, si hubiese sido condenado, lo tomaríamos como una condena a toda una época delirante.
De ahí que Camps y el PP den ahora la vuelta al argumento y pretendan que la absolución de los trajes sirva para absolver todo lo demás: la Gürtel, la financiación ilegal, los amiguitos del alma, los proyectos disparatados, la ruina de la región, la quiebra de los servicios públicos y hasta su cursilería. Por eso ayer en todas las entrevistas Camps insistió en el mismo mensaje: “queda probado que no hay ninguna mácula sobre el presidente de los valencianos”.
¿Ninguna mácula? Hombre, hombre. Más bien habría que decir que la absolución es el único pedacito de carne sin corromper sobre un cuerpo en avanzado estado de descomposición. Y esa es la segunda parte del problema: que todos, incluidos sus compañeros de partido, saben que Camps es un cadáver político. Todos menos él, que se mira en el espejo y se sigue encontrando guapo, bronceado y presidenciable, mientras los demás vemos los muchos gusanos que se han ido comiendo ya parte del fiambre. De ahí que el juicio, con el desfile de testigos, facturas y conversaciones telefónicas, mereciera terminar con un certificado de defunción. Ese que cinco ciudadanos no han querido firmar.
Ya que el fútbol puede estar perdiendo sus propiedades narcóticas por saturación (un partido del siglo al mes aburre al más forofo), otro entretenimiento se abre paso entre nosotros, y puede convertirse pronto en la primera distracción nacional: la actividad judicial.
Miren qué arranque de año hemos tenido, con tal concentración que nos obliga a un continuo zapping informativo para no perdernos nada: en el primer canal tenemos a Camps escuchando otra vez la grabación de sus conversaciones amorosas (“cuelga tú, churri”; “no, tú primero”; “no, tú, que te quiero un huevo”). Si cambiamos de canal nos encontramos a Matas sentado junto a su pelota favorito. Otro zapeo y aparece Garzón despojándose de la toga y declarando con voz rota. Y en próximos días incorporaremos nuevas series a la parrilla, con José Blanco declarando en el Supremo, y Urdangarin impartiendo ante el juez de Palma una conferencia sobre aplicación de valores deportivos en la gestión empresarial, una de ésas con power point y micrófono de corbata que se le daban tan bien.
Como en todos los encuentros en juego hay momentos de interés, y no nos queremos perder nada, se impone que alguna emisora de radio organice un carrusel deportivo judicial y nos vaya radiando las mejores jugadas, porque verlas en diferido le quita parte de la gracia.
Como entretenimiento nacional, el deporte de las togas está pensado para toda la familia, la oferta es variada: mientras unos disfrutan viendo cómo Camps se va empequeñeciendo dentro del traje, otros aplaudirán cada patada en las espinillas que reciba Garzón, mientras que los enemigos de Blanco tendrán la cámara preparada para inmortalizar su llegada al Supremo, y los republicanos creerán más cerca el fin de la monarquía cuando el yernísimo pise el juzgado.
El espectáculo de la justicia (que no es lo mismo que la administración de justicia, aunque lo parezca) llena portadas, minutos de televisión y radio, tertulias (periodísticas y de bar) y columnas de prensa (ésta, sin ir más lejos). Si el fútbol flojea en su función de cohesión social, ya tenemos relevo.
Algún día habrá que agradecer a Camps y Matas el servicio que están prestando a la cohesión social. Sus respectivos juicios, humillantes y retransmitidos en directo, tienen una función catártica, nos facilitan un chivo expiatorio (a la manera que lo fue Madoff para la mafia financiera) y hasta nos generan una ilusión de justicia.
Da igual que lo que se juzga en ambos casos (un cohechito de Camps, unos discursos bienpagaos de Matas) sea una mínima parte en la corrupción de años; lo importante es que viéndolos en el banquillo, oyendo sus repugnantes confidencias telefónicas y los interrogatorios, damos salida a la rabia y el asco que sentimos al sabernos estafados.
Si el dinero público se asimila al agua que circula por las tuberías, los casos de corrupción serían las pérdidas de líquido que se producen a lo largo de la red. Los juzgados estos días son apenas una gotera, pues sabemos que ha habido fugas masivas en otros puntos por los que el agua común se escapaba a chorros.
Así vivimos durante muchos años, sin importarnos demasiado las pérdidas, pues mientras al abrir el grifo siguiese saliendo agua no había de qué preocuparse, se aceptaba la corrupción como se acepta que en las canalizaciones de agua (las de verdad) se pierdan miles de litros a diario por su mal estado. Pero claro, llegó la sequía y ahora, cuando al abrir el grifo sale un hilillo fino, es cuando nos acordamos de las goteras, fugas y cataratas de dinero público que se escaparon.
Probablemente nunca veamos en el banquillo a los responsables de tanta corrupción, a los que ponían el cubo. Y no me refiero solo a Gürtel, las subvenciones para coca en Andalucía, Urdangarin y demás. Hay otras corrupciones que tal vez no tengan tipificación penal, pero son también corrupción y han secado más el suministro. Por ejemplo, en Valencia, el verdadero delito es que se hayan fundido miles de millones en terramíticas, ciudades de las artes, fórmula 1, aeropuertos fantasmas y torres cobradas sin poner un ladrillo, y ahora haya que hacer una colecta para que investiguen la diabetes de tu hija. Qué asco.
Hay que ver lo que cambia una misma fotografía sólo con lo que sabemos del retratado. A todos nos ha pasado alguna vez, al encontrar en el cajón una foto de aquella novia que nos la pegó, descubrir que lo que entonces nos parecía una sonrisa encantadora se ha transformado en una expresión de perversidad. Lo mismo le pasa a los candidatos perdedores tras las elecciones: el mismo cartel electoral que un día antes mostraba a un triunfador dispuesto a todo, en la resaca tiene un aspecto triste, y al prohombre se le queda cara de pobre hombre, listo para el desguace.
Algo así le pasa estos días al imputado Urdangarin, cuyo rostro ha cambiado de forma monstruosa en las fotos viejas. En las últimas semanas los periódicos han tirado de archivo para ilustrar las noticias sobre sus andanzas delictivas, y hemos acabado viendo el álbum completo del duque de Palma: en actos oficiales, en congresos de ejecutivos, en su boda, jugando al balonmano, paseando con los niños, en velero…
Son las mismas fotos que hemos visto durante años, pero hoy nos parecen otra cosa. Donde antes veíamos un joven alto, sano y guapo, simpático y discreto, ejemplar marido, padre, yerno y cuñado, deportista campeón, hoy vemos afán desmedido de lucro, habilidad para llevárselo crudo, disimulo, jeta.
Las instantáneas que le muestran presentando proyectos ante auditorios de prestigio, y que antes eran la imagen de un brillante profesional, hoy son las de un estafador en acción. Los momentos en que aparece junto a la Familia Real en actos oficiales, donde antes lo veíamos como exquisito consorte hoy su mirada transparenta la forma en que se aprovechaba de su posición. Las fotos en eventos caritativos son hoy las de un trepa que no desperdiciaba ocasión para hacer caja. Las postales navideñas con los niños en brazos no esconden su pinta de evasor de impuestos.
Hasta el álbum de boda nos resulta intragable, y el príncipe azul de la prensa del corazón tiene de repente sonrisa de braguetazo. Ni sus fotos de balonmanista se libran ya de la sospecha. Si nos dicen que se dopaba, nos lo creemos.
Lo que no inventarán los monárquicos para mantenernos delante del televisor otra nochebuena más. Como el año pasado la audiencia del discurso del rey tocó fondo, este año ya tenemos anzuelo para remontar el share: ¿hará alguna mención a Urdangarín?
Hace un par de años lo intentaron por la vía mobiliaria: avisaron días antes de que habría “novedades” para “modernizar” la retransmisión del mensaje, y así nos picaron el gusanillo, aunque luego todo quedó en un jardín de fondo y poco más, el mismo atrezo entrañable (árbol, belén, foto) y los mismos mensajes obvios que a buen seguro repetirá hoy: sumar voluntades, remar todos juntos, superar diferencias…
Este año el morbo con que intentan revertir el desinterés creciente (no sólo hacia el discurso, sino hacia la propia monarquía) está en comprobar si el rey dice algo sobre el grano corrupto que le ha salido. Los buenos monárquicos saben hacer de la necesidad virtud, y por eso estos días, cuando más bajo está el crédito de los Borbones, nos aumentan la dosis de Familia Real en todos los medios, convencidos de que en asuntos de realeza el share equivale a aceptación, como bien saben sus colegas británicos, que han hecho del escándalo una de sus fortalezas.
Como nadie espera esta noche un tirón de orejas al yerno, tocará interpretar los posibles dobles sentidos de cada frase, los énfasis, silencios y hasta la gestualidad, todos a la caza del momento Urdangarín. “Mira, ha hecho un parpadeo prolongado al mencionar a su familia”. “¿Has visto cómo se removía ligeramente en la silla al hablar de las dificultades que estamos atravesando?” “Yo creo que cuando ha dicho la palabra ‘urdimbre’ era un guiño para que todos entendiésemos Urdangarín.”
Lo que sí podemos adivinar es la forma en que el discurso será valorado mañana por la muy leal y mayoritaria prensa monárquica. Siguiendo el peloteo de las últimas semanas, cabe esperar grandes palabras mañana a toda portada: “El Rey de todos los españoles”, “El Rey da una lección de dignidad”, “El Rey, más guapo que nunca”, o directamente “Viva el Rey”. Manquepierda.
Las penas siempre son más cuando en la habitación de al lado los demás están de fiesta, cuando tu amargura se ve acompañada del fondo de música y risas de quienes lo pasan bien. Si encima los que toman copas y cuentan chistes son de tu propia familia, indiferentes a tu dolor, para qué quieres más.
Es lo que le pasa estos días a Francisco Camps: los calendarios judicial y político han tenido el capricho de solaparse, de modo que a la misma hora en que el expresident valenciano sufre el calvario del humillante juicio, en la habitación de al lado sus hermanos políticos se corren la gran juerga de la investidura, se reparten el poder recién conquistado y toman posesión de sus cargos.
Mientras el trajeado expresident es desnudado día tras día por testigos, facturas y grabaciones, los suyos no encuentran el momento para acompañarle a la puerta del tribunal, no sea que suene el teléfono y por no estar en casa para cogerlo se queden sin ministerio. La soledad de Camps se agranda con la felicidad de los suyos a su espalda. La fiesta y el calvario se sincronizan, para mayor crueldad: a la misma hora en que un empleado de sastrería nos cuenta los caprichos textiles del imputado, Rajoy lee su discurso de investidura. En el mismo minuto en que nuevas revelaciones empequeñecen al ex Molt Honorable en su banquillo, sus compañeros de partido se parten las manos de aplaudir al proclamado presidente. Y en los escaños y la tribuna de autoridades están todos menos tú, Paco.
Ayer, entre tanta valoración hiperbólica de la nueva era Rajoy, pasó casi desapercibida la que hizo el propio Camps a la entrada del tribunal: “Es magnífico, me ha gustado mucho y estoy súper feliz porque comienza una nueva etapa”, dijo sobre el discurso de investidura. Eso sí: confesó que lo había visto por la noche, grabado, pues a la hora en que su líder prometía un nuevo amanecer él estaba en el tribunal, siguiendo la clase de corte y confección por la que supimos de su gusto por las solapas anchas, pantalones con volumen y 80,5 centímetros desde el hombro al bajo de la chaqueta. Qué dolor.
El juez da la palabra al ciudadano Francisco Camps, ex molt honorable president, y le pregunta si se declara culpable o inocente. Camps se pone en pie, y con una sonrisa empieza a desabrocharse la chaqueta. Se la quita y, con gesto torero, la arroja al suelo mientras exclama: “¡Ahí tenéis la chaqueta!”. A continuación se saca el cinturón y, tras hacerlo girar como una honda, lo tira: “Y allá va el cinturón”.
Jueces, abogados y miembros del jurado se revuelven nerviosos mientras el expresident se saca los zapatos, que lanza a la fiscal: “Tomad también los zapatos”. Mientras el juez llama al orden en la revolucionada sala, Camps se quita los pantalones y los revolea sobre su cabeza antes de arrojarlos: “¿Queríais los trajes? ¡Pues ahí tenéis!”. A continuación es sacado del tribunal a hombros por los suyos, desafiando al viento frío en las piernas desnudas, mientras una charanga toca “Valencia, es la tierra de las flores…” y estalla una mascletá.
¿Se imaginan una escena así? No, no va a ocurrir, pero díganme: ¿no la creen verosímil? ¿A que no desentona mucho con la trayectoria de Camps? Es puro Berlanga, sí, pero tras los amiguitos del alma, los actos de apoyo, los juramentos afectados de inocencia y aquella jornada final con el tribunal haciendo horas extra para ver si se decidía a acudir, sería el mejor broche para la comedia. Es más, tantos años de despilfarro, proyectos tan faraónicos como ruinosos y colegas llevándoselo crudo merecerían un final a la altura.
Pero nos va a dejar con las ganas, y veremos un juicio aburrido y lleno de artimañas legales para buscar su absolución, mientras el expresident proclama su inocencia hasta el infinito y más allá.
En realidad, aunque suene estrafalario, el striptease es la única salida honrosa que le queda para salvar una situación tan humillante como la que está viviendo. Porque tras tanto repetir que uno no se vende por “cuatro trajes”, al final se ve en el banquillo, con todas las cámaras sobre él y un despliegue propio de macrojuicio. Y todo por “cuatro trajes” de los que se va a acordar toda la vida.
Entre sus libros favoritos, mis hijas tienen uno titulado Las princesas también se tiran pedos. Como su explícito título indica, desvela el secreto mejor guardado de las más famosas princesitas de los cuentos clásicos: sus ventosidades. Su éxito está en la transgresión, claro: para una niña que vive un ensueño rosa de bellas princesas inodoras, descubrir que sus heroínas favoritas son tan humanas es un shock.
Algo similar pasa estos días con ese cuento transgresor que varios diarios están publicando por entregas: Los príncipes también se corrompen. No, Urdangarin no es príncipe sino duque, pero a efectos de percepción ciudadana es tan príncipe azul como cualquier heredero a la corona, pues desde su boda ha sido parte del empalagoso relato monárquico, en el que ninguno exhalaba gases, y si lo hacía, nadie los oía ni olía.
Lo de Urdangarin, de confirmarse lo publicado, es de traca: que una misma persona tenga chanchullos con paraísos fiscales, facturas falsas, pelotazos inmobiliarios, ingeniería fiscal, Jaume Matas y hasta la SGAE, es admirable; sólo falta la Gürtel, que igual acaba saliendo también. La extensión del asunto da la medida de lo confiado que estaba de su impunidad, de que nadie iba a oler sus pedos económicos; y de lo gordo del caso, como para que haya roto el blindaje informativo de que ha disfrutado siempre la familia.
Porque ahora que el marido de la Infanta está próximo a ser retirado del Museo de Cera como su ex cuñado, cabe preguntarse por qué nadie había olido nada raro antes, vista la alegría que mostraba en sus negocios y la rapidez con que creció su patrimonio.
Siempre se ha dicho que la monarquía no resistiría sin la protección de que goza, por la que los únicos focos que iluminan a la realeza son los focos rosas de ese cuento de reyes, princesas y consortes inodoros. No es la primera vez que nos llega un rumor sobre negocios, comportamientos o amistades poco ejemplares, aunque lo habitual era decir que olía a flores. Ahora descubrimos un inesperado olor a podrido, y se nos queda la misma cara que a mis hijas con su cuento.
“En las listas valencianas hay dos, no más, por un tema muy menor, cuando otros tienen 35 o 50 por casos muy gordos.” -María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP-
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Ya sabemos que el Derecho no es una ciencia exacta, por lo que no extraña que la figura del imputado sea algo opinable. Por lo visto hay imputados, imputaditos e imputadísimos, desde el que tiene un pie en el trullo al que sólo pasaba por allí. De ahí que todos los partidos clamen contra su presencia en las listas, pero en las ajenas, que los de las propias son imputados pero poquito, imputadillos.
Hay quien propone legislar para que no haya imputados en las listas electorales. Aparte del problema que tendrían algunos para completar las candidaturas, teniendo en cuenta que en los últimos cinco años van ya más de 800 imputaciones por corrupción, hay quien ve injusto meter en el mismo saco a chorizos con trienios y a políticos que tal vez han cometido un error pero sin mala intención, y prefieren estudiar caso por caso.
También hay quien sostiene que la imputación es en realidad una garantía para ejercer la defensa, algo que, aplicado a determinados sospechosos, suena a broma. No digo que no haya casos así, y por supuesto hay imputaciones que luego quedan en nada, pero en algún punto hay que poner la raya, porque la presunción de inocencia vale para todos, y también hay procesados que acaban absueltos, y condenados que sólo se consideran en firme cuando han agotado todos los recursos.
Si vamos caso por caso, y el escrutinio lo hace el propio partido, ya saben lo que pasa, que nadie encuentra feos a sus hijos, y actúa la ley del embudo. Como con los tránsfugas, que también admiten excepciones y los propios siempre son transfuguitas.
Al final todos claman contra la corrupción, pero la de los demás, y se quitan de un soplido la viga en el ojo, mientras Esperanza Aguirre da lecciones de limpieza. A falta de otra cosa, somos los votantes los que tenemos que mirar bien las listas y decidir si son imputados, imputaditos o imputadísimos. Aunque, para ayudarnos, ya podían pasarle a todas las listas la lupa ésa con la que revisan las de Bildu. Sospecho que más de una candidatura saldría ardiendo si le acercasen una lente de aumento.
“Se está intentando hacer por parte del PP una causa general, una causa universal contra diez años de gobierno de Andalucía.” -Manuel Chaves, vicepresidente tercero del Gobierno-
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Pensaba escribir hoy sobre la corrupción valenciana, la trama Gürtel y los candidatos imputados, pero tengo puesta la radio y los tertulianos me han convencido de que es mucho peor el escándalos de los ERE en Andalucía, así que escribiré sobre el descontrol en el uso de fondos públicos por parte del PSOE andaluz.
Un momento, esperen, que he cambiado de emisora y ahora otros tertulianos me hacen dudar, dicen que Gürtel es mucho peor, a años luz, dónde va a parar. Empecemos de nuevo. Eh, pero fíjense en la portada de ese periódico: corrupción andaluza a toda página, y a los ERE añaden un hijo del ex presidente autonómico.
Así no hay quien escriba tranquilo una columna: ¿qué es más gordo, Gürtel o los ERE andaluces? Desde el PSOE y algunos medios aseguran que los chanchullos del PP con Correa y el Bigotes son el mayor escándalo de la historia reciente. Pero es que desde el PP y otros medios dicen exactamente lo mismo de los ERE. Estos días hay en los dos grandes partidos y en las trincheras mediáticas una competición de patio de colegio por ver quién la tiene más larga, la corrupción, se entiende.
Si a alguien del PP le preguntas por Gürtel, invariablemente te contesta con los ERE, que según ellos es mucho peor que lo suyo. Si a uno del PSOE le comentas lo de los ERE, te dice que no hay nada, que es una pantalla de humo para tapar Gürtel. Y sus sistemas defensivos son calcados: ayer, el vicepresidente Chaves quitó importancia a los ERE con dos expresiones que hace un año oíamos, idénticas, en boca de populares: que se trata de una “causa general”, y que todo es culpa de unos “aprovechados”.
Yo no sé hasta dónde crecerá el caso de los ERE, ni si llegará hasta donde ya sabemos que llega la corrupción gurteliana o se quedará muy por debajo. Pero se equivocan unos y otros al pensar que con la corrupción funciona una aritmética simple por la que la basura ajena resta importancia a la propia. En democracia no se resta, todo suma. Y llevamos años sumando, anotando escándalos en una contabilidad que cada vez tiene más ceros.