¿Han elegido ya bando en la guerra de Internet, la World War Web? ¿Se alistan en las filas del FBI o se suman a las de Kim Dotcom?
Perdonen, no he formulado la pregunta en términos adecuados. En realidad hay dos formas de hacerla. Si la pregunta viene de un lado, queda así: ¿estás a favor de la cultura libre, o eres un esbirro de la industria cultural y el imperio yanqui? Si en cambio viene de la trinchera opuesta, suena así: ¿estás con los honrados creadores que quieren vivir de su trabajo, o defiendes al millonario mamarracho que se forraba pirateando pelis?
Es decir, una nueva versión del falso enfrentamiento “creadores contra internautas” con el que llevamos años, y que según quien te lo explique puede convertirse en “pobres creadores contra piratas y caraduras”, o “defensores de la libertad en Internet contra Teddy Bautista, seudoartistas millonarios y enemigos de la libertad”. Nos encantan las elecciones de blanco o negro, como bien vemos estos días con el juicio a Garzón.
Ante elecciones tan simplistas como tramposas, el mejor sitio para situarse no es el imposible término medio, sino un lugar exterior, desde donde analizar un tema demasiado complejo y donde hay tanto en juego.
Por lo que sabemos, el tal Kim tiene tanto que ver con la defensa de libertad y la cultura libre como el FBI con la defensa de la justicia. Que hacía negocios con las descargas es obvio, no había necesidad de ‘sadamizarlo’ para presentarlo como el Sadam Hussein o el Gadafi de la piratería, exhibiendo su delirante modo de vida (que por cierto es muy similar al de esos magnates de Hollywood que le persiguen). Por otra parte, también parece evidente que Estados Unidos busca con operaciones así (que tienen tanto de shock como de show) algo más que proteger derechos de autor. Mucho más: usar la piratería como antes usó el terrorismo global, para imponer más vigilancia.
Vista así la guerra, ni como internauta me siento seguro con el FBI apatrullando la Red; ni como creador me gustan los listos que se montan el negocio con el trabajo ajeno. Es mi guerra, pero no está ahí mi bando.
Propone Mark Taibbi en Cleptopía que a la crisis la llamemos por su verdadero nombre: estafa. Que dejemos de ver la crisis como un problema económico o financiero, y empecemos a tratarlo en términos penales, policiales. Que no hablemos ni siquiera de banqueros e inversores codiciosos, sino de banqueros e inversores criminales. Y que no digamos que somos víctimas de la crisis, sino de un robo.
Hago la prueba: cojo varias frases habituales y les aplico el cambio semántico. En vez de “Es la peor crisis en décadas”, lo dejo en “Es la peor estafa en décadas”. En lugar de “La crisis obliga a medidas dolorosas”, “La estafa obliga a medidas dolorosas”. Y no digo “La crisis exige reformas”, sino “La estafa exige reformas”. Incluso al “contrato de crisis” que se avecina lo llamo “contrato de estafa”. Pues sí que se ven las cosas de otra manera con el método Taibbi. Con más rabia.
Lo que propone el libro no es un capricho: Taibbi analiza al detalle el origen de la crisis y demuestra cómo el mundo financiero y la política económica mundial cayeron en manos de una clase delincuente que buscaba forrarse al precio que fuese, aunque ese precio incluyese hundir la economía mundial. Su denuncia de los manejos de Goldman Sachs (esa cantera de dirigentes para Estados Unidos y Europa) es como para presentarse en comisaría con un ejemplar del libro.
No es el único cambio de vocabulario que propone: Taibbi escribe sin guardar las formas, como su furia le dicta, y en vez de decir “el banquero Lloyd Blankfein” prefiere escribir “el gilipollas Blankfein”; o en vez de referirse a Greenspan como “el ex presidente de la Reserva Federal” lo identifica como “el mayor capullo del universo”. Suena a desahogo sin más, pero hagan la prueba de llamar a su antojo a algunos dirigentes y financieros de este lado del Atlántico, y verán como tampoco es lo mismo.
Cleptopía describe un mundo financiero asimilable a la mafia y el narcotráfico, con gobernantes al servicio del crimen que hicieron de Estados Unidos, y por extensión del resto del mundo, un paraíso para ladrones: una cleptopía.
Fíjense lo poco que luce la rivalidad Chacón-Rubalcaba en comparación con la expectación que despiertan las primarias de Estados Unidos. Aunque los contendientes y los medios intentan transmitirnos interés y hasta emoción, nada que ver con la pasión deportiva con que los estadounidenses y los medios (incluidos los españoles) viven la carrera presidencial hasta la Casa Blanca, desde el pistoletazo de los caucus hasta el emocionante recuento de la noche electoral en noviembre.
Es más o menos la distancia que va de nuestros premios Goya a los Oscar de Hollywood. Es verdad que aquí nos esforzamos, y que el mundillo del cine echa el resto, pero los Goya acaban pareciendo siempre una imitación provinciana de la deslumbrante fiesta del Kodak Theatre, y sin su repercusión. Aunque a algunos nos gusten los Goya, nos hagan más gracia los chistes de la gala y nos interesen más las pelis premiadas, al final los Oscar son los Oscar.
Lo mismo que pasa en la industria cinematográfica española, que siempre tiene como modelo lejano a Hollywood e imita lo que puede, sucede también en la industria política española. Si en el cine somos ya capaces de hacer películas de terror o de ciencia ficción más o menos apañadas, y hasta logramos un taquillazo una vez al año, también en política copiamos lo que podemos, y ya tenemos un bipartidismo asentado (aunque aún no tan absoluto como el norteamericano), debates televisados, mítines con escenografía yanqui, merchandising electoral y mensajes comprimidos en un par de eslóganes pegadizos.
Pero por mucho que lo intentemos no pasamos de aficionados. Miren lo bien que le quedaba el ‘Yes we can’ a Obama, y en cambio el papelón que hacían los muchos políticos obamistas que durante una temporada aspiraban a ser “el Obama español”. Los estadounidenses son maestros en hacer de la política un espectáculo. Después de la gran estafa que ha arruinado a millones de norteamericanos (lean Cleptopía, de Matt Taibbi, para entender la dimensión del robo), aún consiguen que los estafados se enganchen al show electoral. Nos queda mucho que aprender.
Hoy es día de fiesta en Guantánamo. No en la ciudad cubana, ni siquiera en la base norteamericana, sino en el campo de detención que Estados Unidos mantiene abierto desde hace una década.
No todos los días se cumplen diez años, así que hay que celebrarlo como merece. Hoy hace diez años que los primeros veinte detenidos se vistieron el famoso mono naranja. Desde entonces casi 800 han disfrutado de la hospitalidad de Guantánamo, al menos una docena de ellos menores de edad, y varios no salieron con vida. La mayoría fue puesta en libertad sin acusación, y volvieron a sus casas o a otros países que los acogieron. En la siniestra prisión quedan todavía 171, que seguramente disfrutarán hoy de la fiesta de aniversario.
No sabemos qué harán sus vigilantes para celebrarlo: una jornada de puertas abiertas, repartir caramelos, dejar que se acuesten más tarde o hacerles un waterboarding con coca-cola en vez de agua para mantener el aire festivo. También pueden organizar una visita de algún famoso, qué sé yo, un premio Nobel de la Paz.
Sí, la mejor forma de celebrar los diez años de Guantánamo sería cerrando el campo de detención. Cerrarlo, liberar a los prisioneros o llevarlos ante la justicia si tienen alguna cuenta pendiente, y ya puestos, si la fiesta se desmadra, perseguir y juzgar a los responsables de la infamia, pedir perdón por una década de derechos pisoteados y, si la juerga acaba en cogorza, hasta devolver la base a Cuba, ya puestos, y así evitan la tentación de volver a usarla en el futuro.
Pero nada de eso ocurrirá. Obama va a terminar su primer mandato sin cumplir su promesa de cierre, de modo que ha puesto a su nombre la herencia abominable de Bush. Él se defiende diciendo que lo intentó, pero que no le han dejado. Pues vale, en su línea, como cuando días atrás firmó la nueva ley de defensa nacional, que incluye una cláusula que permite la detención indefinida y sin juicio de sospechosos estadounidenses y extranjeros. Al hacerlo dijo no estar de acuerdo con ese punto. Es su manera educada de taparse la nariz una vez más. Feliz aniversario, presidente.
Hagan la prueba si no me creen: pongan a un niño ante un mapa de Oriente Medio que tenga pintados de un mismo color los países implicados en las últimas guerras (Irak, Afganistán, Pakistán), los que tienen bases estadounidenses (Arabia Saudí, emiratos, repúblicas del Caspio) y los países que podrían cambiar de signo pronto (Siria). A continuación denle un rotulador, y ya verán cuál es el país que colorea, sin dudar un segundo.
Y eso que el niño no sabe nada de intereses geoestratégicos y energéticos, ni conoce la rivalidad entre Estados Unidos y China, ni lleva años leyendo noticias que han ido calentando el ambiente.
Aunque desde hace años suena el runrún de una posible guerra con Irán, estos días los tambores son ensordecedores. No es la primera vez que la tensión aumenta, pues ya otras veces hemos oído hablar de sanciones, amenaza nuclear, planes israelíes, operaciones encubiertas y maniobras militares, aunque en el último instante se rebajaba la tensión. Pero ahora se acumulan todos a la vez, y en un mismo día leemos en la misma página una noticia sobre el endurecimiento de sanciones, otra sobre un avance en el programa nuclear, otra de presiones israelíes y una más con el despliegue de barcos de guerra.
Estos días están dando pasos que, como no se detengan, pueden crear la típica inercia que acaba en guerra: el pulso nuclear entre Irán y Estados Unidos ha subido varios escalones; en el estrecho de Ormuz hay tal atasco de barcos que cualquier día tenemos un incidente; el mapa de la región está redefiniéndose tras la salida de Irak y las primaveras árabes. Añadan que hay elecciones en Estados Unidos, que la guerra siempre da vidilla a las economías en crisis, y que la demonización caricaturesca de Irán está próxima a pasarse de rosca como no la amorticen pronto.
La única objeción a una nueva guerra no es tal: si alguien piensa que Estados Unidos no tiene ganas tras los desastres de Irak y Afganistán-Pakistán, los halcones le explicarán cómo la conquista de Irán traerá tranquilidad a esos países donde Irán tiene tanta influencia. Avisados estamos.
La maquinaria de guerra no está hecha para el garaje, pues como los coches sin uso, como la dejes mucho tiempo aparcada luego cuesta arrancarla el día que la necesitas. Así que ya me dirán qué hacemos con tanto soldado y armamento que ahora sale de Irak. Alguna utilidad habrá que darle.
Nos vamos a juntar con 40.000 guerreros sin misión tras dejar Irak, y a los que se sumarán más de 30.000 que abandonarán Afganistán de aquí a septiembre. A ver qué hacemos con ellos, que no es plan devolverlos a casa y vestirlos de civiles, con el paro que hay en su país.
Lo mismo cabe decir del armamento, que si no se gasta acaba caducando, y los vehículos, aviones y barcos. Entre los de Irak, los que dejen Afganistán, y los que ya cumplieron en Libia, no hay cocheras para tanto cacharro sin uso. Por no hablar de la industria armamentística, que mantiene su actividad gracias a esa forma de obsolescencia programada que son las guerras: no está la economía estadounidense como para que sus fabricantes de armas entren también en crisis.
Así, desde el final de la Guerra Fría hemos ido enlazando un bombardeo tras otro, una invasión con la siguiente, para no dejar de dar pedales y que la máquina siga rodando. “Es más difícil terminar una guerra que empezarla”, dijo Obama esta semana, y bien saben los presidentes estadounidenses lo fácil que es apretar el botón de arranque y así cumplir esa ley no escrita por la que cada inquilino de la Casa Blanca debe comenzar una nueva.
En cuanto a Irak, la guerra termina para los estadounidenses, pero no para los iraquíes, que se quedan con un país arruinado y violento, con más de 100.000 muertos y el ambiente adecuado para que en cualquier momento se reabra la guerra civil. Ah, y sin soldados, pero sí con empresas de seguridad privada, que siguen haciendo negocio.
Pero a lo que íbamos: una vez retirados, algo habrá que hacer con tanto soldado ocioso y tanto misil cogiendo polvo. ¿Se les ocurre algún destino interesante para que no se nos aburran los comandantes? Igual no tienen que irse muy lejos para encontrar su próxima misión.
Por si el año no era ya bastante emocionante -crisis, Grecia, euro, Fukushima, Libia, primavera árabe, elecciones, terremotos, volcanes-, para rematarlo empiezan a sonar tambores de guerra en Oriente Próximo. Sí, en realidad la percusión bélica nunca ha callado del todo en la región, pero en los últimos días nos ha sobresaltado un redoble de bombo, tras saber que el primer ministro israelí está presionando a su entorno político y militar para lanzar un ataque contra Irán y destruir su programa nuclear.
Con el gafe que tenemos encima este año, leer ataque y nuclear en la misma frase es como para presentarse voluntario al próximo Mars 500, a ser posible con viaje de verdad a Marte. Está comprobado que en esa zona del planeta, cuando algo puede salir mal acaba saliendo peor, y que los tambores nunca doblan por probar sonido. Y tal como está el patio, un ataque así incendiaría toda la región, además de liquidar la primavera árabe.
En realidad, todos tenemos asumido que tarde o temprano habrá un enfrentamiento de Israel, Estados Unidos y sus aliados de turno contra Irán. Llevan años preparando el terreno, sin desperdiciar una ocasión para demonizarlos y siempre buscando un pretexto suficiente (el último, una rocambolesca conspiración en terreno estadounidense).
El controvertido programa nuclear pretende ser ahora la pistola humeante para una guerra que en realidad empezó tiempo atrás: en los últimos años Irán ha sufrido sabotajes y ciberataques, y ha visto cómo varios de sus científicos eran asesinados. Mandar aviones y misiles sería sólo hacer visible y cruenta una guerra que hasta ahora era encubierta.
Irán es una amenaza, insisten los belicistas. Y es verdad que los discursos de Ahmadineyad no son muy tranquilizadores. Pero también es cierto que en la región hay un país que lleva décadas incumpliendo la legalidad internacional, que se ha enfrentado con todos sus vecinos, que gasta en armamento más que nadie, y que sí tiene la bomba, sin que ninguna inspección internacional haya podido revisar su programa nuclear secreto. Y no es Irán. Adivinen.
Palestina se propone esta semana llamar a las puertas de Naciones Unidas, pero resulta que este club tiene reservado el derecho de admisión, y para colmo lo controlan unos pocos miembros con capacidad para vetar nuevos socios. El club también tiene normas estrictas, y a menudo castiga a los infractores, pero sabemos que hay un socio que se las salta a placer sin llevarse ni un tirón de orejas. Y para colmo, este socio incumplidor se dedica estos días a enredar entre los demás miembros para que no abran la puerta al que llama.
Ya ven, esta es la comedia de la ONU, a la que Palestina llega con casi más melancolía que rabia. Un club para el que entran ganas de dar la vuelta a la famosa frase de Groucho Marx y decir que preferiríamos no ser miembros de un club que admite en su seno a ciertos socios.
Como para Estados Unidos y la propia Israel es poco presentable dar un portazo en las narices a los palestinos ejerciendo el derecho de veto del primero, estos días presionan con todas sus fuerzas (que son muchas) a otros países para que no acepten ni su admisión ni siquiera el premio de consolación de ser reconocido como Estado no miembro por la Asamblea General; y por supuesto presionan a los propios palestinos para que se lo piensen mejor antes de tocar el timbre.
En esa labor disuasoria participa también nuestra Unión Europea, que siempre ofrece a los palestinos solidaridad y compresión pero sin pasarse, una palmadita en la espalda para a continuación pedirles que sigan por la vía del diálogo y la negociación, pues hablando se entiende la gente.
Las apelaciones al diálogo y al proceso de paz como alternativa a acudir unilateralmente a la ONU son de una comicidad siniestra. Hemos perdido ya la cuenta de las conferencias, mesas y procesos celebrados en décadas, como hemos perdido la cuenta de los presidentes norteamericanos que prometieron volcarse para resolver el conflicto, y de las guerras regionales e invasiones cuya contrapartida, tras desestabilizar la zona, iba a ser un relanzamiento del proceso de paz.
Ahí siguen los palestinos, asfixiados por un Israel que entre tanto se aplica a fondo en hacer inviable su Estado, mientras se consume una generación tras otra de palestinos cada vez con menos esperanzas. Ahí siguen, esperando que la primavera árabe pase también por Gaza y Cisjordania, pero se ve que no.
“Aunque hayan tardado diez años, se ha hecho lo que había que hacer, aplicando justicia a Bin Laden.” -Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid-
.
Según nos acusan los comentaristas de pelo en pecho, los que cuestionamos el asesinato de Bin Laden somos unos tiquismiquis que nos la cogemos con papel de fumar: si estuviésemos al mando le habríamos enviado una citación judicial para que se presentase en el juzgado. Y se lo pediríamos por favor.
Ante los reparos a que un comando actúe en otro país, dispare a la cabeza de un hombre desarmado y lo tire al mar, el primer argumento es el de la inevitabilidad: no había otro remedio, era la única solución posible. Para confirmarlo, te preguntan con una sonrisa: ¿se te ocurre algo mejor? ¿Qué habrías hecho tú con él?
No sólo los de pelo en pecho: también algunos tiquismiquis han decidido por esta vez soltar el papel de fumar, y cogiéndosela con una mueca de asco aseguran: “no me entusiasma, pero lo comprendo, no había otra forma”.
Por ejemplo, repiten estos días que la detención de Bin Laden era mucho más arriesgada, ya que su encarcelamiento encendería a sus seguidores, y multiplicarían los atentados para conseguir su liberación. De modo que matarlo así está feo, pero detenerlo y juzgarlo no era viable. Conclusión: ante la imposibilidad de hacer justicia de manera formal, el asesinato es en sí un acto de justicia.
Pues mi papel de fumar debe de ser adhesivo, porque no se me despega ni por ésas. ¿Acaso el asesinato y desaparición no encenderán a los suyos tanto o más que una detención y juicio? ¿No va a ser el banderín de enganche para nuevos terroristas? ¿No sería más útil tenerlo entre rejas que en el fondo del mar? Incluso en términos de reparación a las víctimas: ¿no se sentirían más confortadas viéndolo ante la justicia, en vez de este apaño de venganza del que algunos incluso dudan que haya ocurrido?
El problema es otro: qué clase de justicia podían ofrecer sus captores. ¿Llevarlo a Guantánamo, que funciona con el mismo código jurídico que el tiro en la cabeza? ¿Entregarlo a la Corte Penal Internacional, a la que Estados Unidos no reconoce y lleva años obstaculizando?
Probaré con agua caliente, a ver si soy capaz de soltar el papelillo.
“El éxito de la misión envía un mensaje al mundo: cuando fijamos el foco sobre lo importante, hacemos nuestro trabajo.” -Leon Panetta, director de la CIA-
.
Bin Laden ha tenido mucha suerte al caer en manos del Nobel de la Paz. Si llega a ser Bush quien está al mando, en vez de un tiro en la cabeza lo habrían matado de alguna manera lenta y dolorosa. En cambio, vemos que Obama las gasta de otra manera, nada que ver con los tiempos oscuros de Bush.
Según vamos conociendo detalles de la operación, más fea resulta. Lo que inicialmente era una muerte en medio de un tiroteo ahora ya es un asesinato sobre un hombre desarmado, pues llevaban orden de tirar a matar. Además sabemos que para encontrarlo torturaron 183 veces a un detenido. Si siguen hablando, acabarán contando que le dispararon cuando estaba atado o dormido, o que lo tiraron vivo al mar.
Ya sé, ya sé: era Bin Laden, el hombre más peligroso del mundo, no podemos andarnos con miramientos legales, y no digamos morales. Además es una acción de guerra, y ya sabemos lo que pasa en las guerras. Pues vale, era Bin Laden. Pero si aceptamos que el fin justifica los medios cuando es un fin tan importante, estamos aceptando que todo vale, y que sólo es una cuestión de opinión, de decidir qué fines justifican los medios. ¿No era lo mismo que decía Bush, que todo era por una buena causa, por un fin supremo?
No es casualidad que la primera persona a la que Obama llamó fuese el ex presidente Bush. La operación, de principio a fin, es una reivindicación de su legado. Obama le da la razón, viene a demostrar que su criminal guerra contra el terrorismo no era tan mala: torturar, asesinar, pisotear las leyes, invadir países, considerar acción de guerra un asesinato. Como al final han acabado con el malo, se justifica todo lo sucedido en diez años: Guantánamo, las cárceles secretas, la invasión de países, la suspensión de la legalidad.
El resultado además no es un mundo más seguro, ni el fin de la guerra. Lo primero que han hecho es elevar los niveles de alerta, pues el tiro en la cabeza puede revitalizar a una Al Qaeda declinante; y lo más probable es que tras analizar los ordenadores de Bin Laden lleguen nuevos huéspedes a Guantánamo, que para eso sigue abierto.