Cual Cid Campeador, Camps ha ganado una última batalla después de muerto. Pero el ex presidente, que siempre ha dado muestras de desconexión con la realidad, sufre dos alucinaciones. La primera: que se cree que ha logrado la reconquista de Valencia, cuando lo que se ha anotado no es más que una escaramuza. Y la segunda, más grave: pese al hedor que desprende su cuerpo en descomposición, él no se ha dado cuenta de que ya está muerto.
En cuanto a lo primero, no cuela que Camps y los suyos quieran vendernos una más que cuestionable absolución de un cohecho como si fuese un veredicto de inocencia universal sobre el ex presidente, su gobierno y su partido. Es cierto que todos hemos contribuido al malentendido, al haber apoyado sobre una causa menor (los famosos “cuatro trajes”) un enorme fardo de corrupción, mala gestión, ruina y escándalo. Tanto que, si hubiese sido condenado, lo tomaríamos como una condena a toda una época delirante.
De ahí que Camps y el PP den ahora la vuelta al argumento y pretendan que la absolución de los trajes sirva para absolver todo lo demás: la Gürtel, la financiación ilegal, los amiguitos del alma, los proyectos disparatados, la ruina de la región, la quiebra de los servicios públicos y hasta su cursilería. Por eso ayer en todas las entrevistas Camps insistió en el mismo mensaje: “queda probado que no hay ninguna mácula sobre el presidente de los valencianos”.
¿Ninguna mácula? Hombre, hombre. Más bien habría que decir que la absolución es el único pedacito de carne sin corromper sobre un cuerpo en avanzado estado de descomposición. Y esa es la segunda parte del problema: que todos, incluidos sus compañeros de partido, saben que Camps es un cadáver político. Todos menos él, que se mira en el espejo y se sigue encontrando guapo, bronceado y presidenciable, mientras los demás vemos los muchos gusanos que se han ido comiendo ya parte del fiambre. De ahí que el juicio, con el desfile de testigos, facturas y conversaciones telefónicas, mereciera terminar con un certificado de defunción. Ese que cinco ciudadanos no han querido firmar.
Las penas siempre son más cuando en la habitación de al lado los demás están de fiesta, cuando tu amargura se ve acompañada del fondo de música y risas de quienes lo pasan bien. Si encima los que toman copas y cuentan chistes son de tu propia familia, indiferentes a tu dolor, para qué quieres más.
Es lo que le pasa estos días a Francisco Camps: los calendarios judicial y político han tenido el capricho de solaparse, de modo que a la misma hora en que el expresident valenciano sufre el calvario del humillante juicio, en la habitación de al lado sus hermanos políticos se corren la gran juerga de la investidura, se reparten el poder recién conquistado y toman posesión de sus cargos.
Mientras el trajeado expresident es desnudado día tras día por testigos, facturas y grabaciones, los suyos no encuentran el momento para acompañarle a la puerta del tribunal, no sea que suene el teléfono y por no estar en casa para cogerlo se queden sin ministerio. La soledad de Camps se agranda con la felicidad de los suyos a su espalda. La fiesta y el calvario se sincronizan, para mayor crueldad: a la misma hora en que un empleado de sastrería nos cuenta los caprichos textiles del imputado, Rajoy lee su discurso de investidura. En el mismo minuto en que nuevas revelaciones empequeñecen al ex Molt Honorable en su banquillo, sus compañeros de partido se parten las manos de aplaudir al proclamado presidente. Y en los escaños y la tribuna de autoridades están todos menos tú, Paco.
Ayer, entre tanta valoración hiperbólica de la nueva era Rajoy, pasó casi desapercibida la que hizo el propio Camps a la entrada del tribunal: “Es magnífico, me ha gustado mucho y estoy súper feliz porque comienza una nueva etapa”, dijo sobre el discurso de investidura. Eso sí: confesó que lo había visto por la noche, grabado, pues a la hora en que su líder prometía un nuevo amanecer él estaba en el tribunal, siguiendo la clase de corte y confección por la que supimos de su gusto por las solapas anchas, pantalones con volumen y 80,5 centímetros desde el hombro al bajo de la chaqueta. Qué dolor.
El juez da la palabra al ciudadano Francisco Camps, ex molt honorable president, y le pregunta si se declara culpable o inocente. Camps se pone en pie, y con una sonrisa empieza a desabrocharse la chaqueta. Se la quita y, con gesto torero, la arroja al suelo mientras exclama: “¡Ahí tenéis la chaqueta!”. A continuación se saca el cinturón y, tras hacerlo girar como una honda, lo tira: “Y allá va el cinturón”.
Jueces, abogados y miembros del jurado se revuelven nerviosos mientras el expresident se saca los zapatos, que lanza a la fiscal: “Tomad también los zapatos”. Mientras el juez llama al orden en la revolucionada sala, Camps se quita los pantalones y los revolea sobre su cabeza antes de arrojarlos: “¿Queríais los trajes? ¡Pues ahí tenéis!”. A continuación es sacado del tribunal a hombros por los suyos, desafiando al viento frío en las piernas desnudas, mientras una charanga toca “Valencia, es la tierra de las flores…” y estalla una mascletá.
¿Se imaginan una escena así? No, no va a ocurrir, pero díganme: ¿no la creen verosímil? ¿A que no desentona mucho con la trayectoria de Camps? Es puro Berlanga, sí, pero tras los amiguitos del alma, los actos de apoyo, los juramentos afectados de inocencia y aquella jornada final con el tribunal haciendo horas extra para ver si se decidía a acudir, sería el mejor broche para la comedia. Es más, tantos años de despilfarro, proyectos tan faraónicos como ruinosos y colegas llevándoselo crudo merecerían un final a la altura.
Pero nos va a dejar con las ganas, y veremos un juicio aburrido y lleno de artimañas legales para buscar su absolución, mientras el expresident proclama su inocencia hasta el infinito y más allá.
En realidad, aunque suene estrafalario, el striptease es la única salida honrosa que le queda para salvar una situación tan humillante como la que está viviendo. Porque tras tanto repetir que uno no se vende por “cuatro trajes”, al final se ve en el banquillo, con todas las cámaras sobre él y un despliegue propio de macrojuicio. Y todo por “cuatro trajes” de los que se va a acordar toda la vida.
“Por tres trajes, que si hubieran sido jamones nadie le habría criticado, se ha tenido que ir un presidente elegido por mayoría absoluta.”
-Esteban González Pons, vicesecretario de Comunicación del PP-
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Para cerrar el caso Camps como se merece, y a falta de que el tribunal dicte sentencia, sólo nos falta un pequeño detalle: ver los famosos trajes. Después de tanto como nos han insistido en que eran “tres trajes”, una minucia textil por la que nadie se corrompería, sólo ha faltado que nos abriese su armario para poder verlos, colgados de sus perchas.
Desde el archifamoso traje pringoso de Monica Lewinsky no se había hablado tanto de una pieza de vestuario en la prensa. Estoy seguro de que si Camps los subastase sacaría un buen pico, que le permitiría pagar la multa –pues de otro modo no podrá, a la vista de su declaración de bienes-, y todavía le sobraría para comprarse unos cuantos pantalones y chaquetas y así no depender de los regalos.
A la fama de tales prendas han contribuido, sobre todo, el propio Camps y sus defensores. Han convertido en una frase hecha lo de los “tres trajes”, en una hábil estrategia informativa que buscaba –y en parte ha conseguido- quitar importancia a la causa, repitiendo una y otra vez que nadie se vende por tres trajes, para subrayar su inocencia, o en último término la insignificancia del delito. Tres trajes de nada, equiparados a cualquier detallito de cortesía, una botella de vino, una caja de bombones.
Aparte de ser un razonamiento falso –pues hay quien se vende incluso por menos-, los “tres trajes”, que todos hemos repetido y dado por buenos, buscan tapar una corrupción mucho mayor. De entrada no fueron tres sino doce, hechos a medida, más cuatro americanas, cinco pares de zapatos y cuatro corbatas. Pero claro, no tiene el mismo efecto psicológico decir: “nadie se vende por doce trajes a medida, cuatro americanas, cinco pares de zapatos y cuatro corbatas.” Y más si sabemos que el regalo sumaba más de 14.000 euros, lo que gana un mileurista en un año.
Los “tres trajes” son la puntita de un fondo de armario muy superior: una trama de corrupción a gran escala y financiación ilegal del PP valenciano. Y para tapar eso no hay tela suficiente en tres trajes, ni en doce.
“Hay otros que deberían tomar nota y seguir el ejemplo de quien toma una decisión por ser una persona honorable que cree en su inocencia.” -Javier Arenas, presidente del PP de Andalucía-
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Cuando Francisco Camps se refería a su dimisión como un sacrificio, todos creímos que la metáfora iba por los caminos de los santos mártires que acababan en la parrilla por no renunciar a su fe, o las virginales doncellas entregadas al dragón o degolladas para aplacar la ira de algún dios, pero qué va, no iba por ahí. Visto el uso que su partido está haciendo del cadáver, más bien se parece al sacrificio de esos animales de granja de los que, como suele decirse, se aprovecha todo.
Como esas bestias que son pasadas a cuchillo cuando ya están viejas o no dan ni una gota más de leche, y de las que no quedan ni los huesos después de sacarles carne, cuero, grasa, vísceras, pelo y sangre -pues todo es aprovechable, lo mismo para comer que para hacerse unos zapatos o un cepillo-, así también están actuando los matarifes populares con el cuerpo caliente de Camps, del que no se desperdicia nada.
Así, la caída de Camps tiene muchos usos: sirve para reforzar la imagen de autoridad de Rajoy en el partido, al que sus aduladores presentan como un capitán firme al que no le tiembla la mano. Sirve para presentar al PP como abanderado contra la corrupción y por la regeneración democrática, vendiendo su salida como un ejemplo a seguir –pese a que ha tardado más de dos años en irse, y ha habido que empujarlo-. Es útil también para tapar la trama Gürtel –que parezca un caso cerrado con la salida de Camps-. Se intentará aprovechar también para resolver las viejas luchas internas del PP valenciano. Y por supuesto da para cargar contra el PSOE y el candidato Rubalcaba durante una temporada, al comparar la renuncia de Camps con el caso Faisán o los ERE andaluces, y dar lecciones de limpieza.
Ya digo, el PP ha descubierto la rentabilidad que puede sacarle al sacrificio. Sin embargo, se enfrentan a un problema: el animal estaba enfermo, muy enfermo, y cuando intentan descuartizarlo huele a podrido desde lejos. Aunque muchos nos damos cuenta, los carniceros intentarán vendernos la mercancía, por si cuela, que aquí no se tira nada.
“Me voy cargado de ilusiones, de sonrisas y afectos de millones de personas que ustedes no conocen y yo sí he tenido la suerte de conocer.” -Francisco Camps, ex presidente de la Generalitat Valenciana-
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No sé si vieron íntegra la declaración de ayer de Francisco Camps. Fue un perfecto ejemplo de lo que ha sido su carrera política, y de todo aquello que le ha llevado a la perdición. Para decir sólo dos cosas –que dimite, y que es inocente- empleó varios minutos de discurso lleno de vueltas y revueltas, de adornos, de altisonancia, sentimentalismo y bastante patetismo.
Quienes llevan años oyéndolo en la Comunidad Valenciana ya están acostumbrados a su retórica inflada y cursi, llena siempre de amor, ilusión y sonrisas, pero sobre todo insoportable en su locuacidad desatada, su blablablá de quien no ha oído nunca hablar del principio de economía del lenguaje.
Esa boca que habla y sonríe y habla y sonríe sin parar es la que le ha acabado hundiendo. Si en estos dos años no se hubiese recreado tanto en sus cómicas declaraciones de inocencia, honradez y amor a la tierra, si se hubiese limitado a negar escuetamente las acusaciones sin tanta poesía barata, no le pesaría hoy como le pesa esa enorme colección de mentiras que le inhabilitaban para seguir gobernando más que cualquier condena.
Tantas veces repitió, y con tanta afectación, que era inocente, que todo se aclararía, que estaba a sólo “uno o dos escaloncitos” de que la verdad triunfase, que hoy, tanto si reconocía su culpa y pagaba la multa, como si acababa condenado por el tribunal, no podría seguir ni un minuto más en la presidencia, pues no sólo sería un presidente delincuente, un presidente sobornable, y sobre todo un presidente mentiroso: además sería un presidente reiteradamente mentiroso, cansinamente mentiroso, pomposamente mentiroso, preso de sus propias palabras, todas grabadas, todas ridículas.
Por la boca ha muerto Camps, esa misma boca que tampoco se callaba al teléfono, cuando confesaba su amor al amiguito del alma. Y por la boca no morirán, pero sufrirán dolor de muelas, quienes todo este tiempo le han secundado en sus palabras de amor y honradez, contagiados por su lirismo, todo los que hasta ayer mismo aún defendían su inocencia.
“Ni lo comparte este gobierno ni los valencianos que en las elecciones dieron su apoyo a un proyecto de Comunidad Valenciana.” -Dolores Johnson, portavoz de la Generalitat Valenciana-
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Ayer, horas después de que hacerse público el auto de apertura de juicio, vi a Francisco Camps entrar en un videoclub y decidí seguirlo con discreción. Disimulé leyendo la carátula de un DVD, y así pude ver los títulos que el Honorable escogía de los estantes: Doce hombres sin piedad, Matar a un ruiseñor, Anatomía de un asesinato, Veredicto final, Algunos hombres buenos…
Ya ven, todos filmes clásicos de eso que los estadounidenses llaman ‘Courtroom drama’: el cine de juicios, esas películas con abogados de verbo hábil que deambulan por la sala mientras hablan y se dirigen directamente a los miembros del jurado, recurriendo a todo tipo de efectismos para ganarlos a su causa.
Imagino que Camps pasará las vacaciones viendo películas de juicios, libreta en mano. En otoño se enfrentará a un jurado popular formado por nueve ciudadanos, y confía en ablandar sus corazones con su habitual retórica llena de cursilería y pompa.
Camps debe de pensar, y no le falta razón, que si ha sido capaz de convencer a miles de valencianos que siguen votándole pese al olor a podrido (pues en Valencia hay mucho más que tres trajes), si ha revalidado su presidencia con sus continuas apelaciones a su honradez, inocencia y amor a la tierra, no se le resistirán esos nueve del jurado, entre los que además, por pura estadística, habrá unos cuantos votantes del PP.
Como esos abogados liantes de las pelis, Camps lleva dos años jurando que no hay caso, que todo quedará en nada, y sustituyendo unas excusas por otras: empezó asegurando que no tenía relación alguna con la trama, después juró que se pagaba sus trajes, luego que todo era un montaje, y hace unos días aceptaba que se los regalaron, pero no como presidente sino como dirigente del PP.
Imagino a Camps ensayando ante el espejo el momento en que diga a los miembros del jurado, uno a uno, tomándoles la mano: “mírenme a los ojos, ¿ustedes ven a un hombre capaz de venderse por tres trajes?” Qué pena que aquí los juicios no sean tan teatrales como en Estados Unidos, porque sería todo un espectáculo.
“Aún podemos hacer muchas más cosas, tenemos que hacer muchas más cosas y quiero hacer muchas más cosas.” -Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana.-
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Atención novelistas, cineastas, productores televisivos: si alguno pensaba llevar a la ficción la trama valenciana de corrupción en el PP, abandone toda esperanza. Sería un fracaso de crítica y público, se lo aseguro. Nadie se creería una historia así, la verían exagerada, burda, inverosímil. Incluso sabiendo que son hechos y personajes reales, no se la creerían.
Hagan la prueba: presenten a un editor una novela que siga la historia al pie de la letra, donde aparezcan los mismos personajes y reproduciendo los diálogos ya conocidos. Ya verán como el editor se la devuelve y les dice que es una historia increíble, demasiado retorcida, con personajes caricaturescos, diálogos paródicos y una capacidad de supervivencia de los protagonistas fuera de toda lógica. Ni como comedia loca serviría. Hasta en una película de Torrente resultarían forzados los Correa, Camps, Costa, Fabra y demás, con sus pintas de pijo de chiste, su afición al lujo más hortera y su codicia y desvergüenza.
Si hay alguien capaz de escribir una novela sobre Gürtel y demás vueltas del laberinto corrupto valenciano, ése es Alfons Cervera, uno de nuestros mejores novelistas. Y si él, que además conoce la trama al detalle, no ha escrito una novela, por algo será. A cambio, acaba de publicar un libro que, sin serlo, puede leerse como una comedia, como un thriller, como una historia de terror o como una tragedia shakesperiana.
Alfons ha reunido en Gürtel & Company textos ya publicados en prensa, y otros inéditos, y completa el mapa podrido de un territorio nada mítico ni novelesco: la Comunidad Valenciana bajo el poder del PP. Está la Gürtel, pero también otras tramas menos sabidas y personajes secundarios de este “infame vodevil” o “mala novela policíaca”, en palabras suyas.
Con lo que ya sabía, y lo que cuenta Alfons, confirmo mi sospecha: la supervivencia de los caraduras, la falta de castigo electoral a su impudicia es resultado de esa falta de verosimilitud: si como novela no nos la creeríamos, como realidad desborda nuestro entendimiento. No puede ser cierto. Y lo es.
“El nuevo informe policial es una mentira, y una mentira repetida mil veces sigue siendo una mentira.” -Juan Cotino, Vicepresidente Tercero del Gobierno Valenciano-
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El manual del buen adúltero dice en su primera página que, si tu pareja te pilla en infidelidad flagrante, puedes usar una de las tres respuestas clásicas: “No es lo que parece”, “Puedo explicártelo ”, y “Lo negaré todo”. Hay que empezar por la primera, reforzarla con la segunda si no cuela, y recurrir a la tercera si no queda más remedio. No suele dar resultado, pero no se pierde nada por intentarlo, y al menos se gana tiempo para pensar algo mejor.
El Partido Popular valenciano ha aplicado el manual desde el primer día, pasando por las tres respuestas según se le iban cerrando salidas. Cuando aparecieron las primeras pruebas de su affaire con el Bigotes y compañía, puso cara seria y nos dijo: “No es lo que parece”. La cosa tenía toda la pinta de una trama de financiación ilegal, pero ellos insistieron en que era un malentendido, no era lo que parecía.
Pasaron los meses y se acumularon grabaciones tórridas, facturas falsas y cuentas que no cuadraban, y como ya no había duda de que aquello era lo que parecía, pasaron a la segunda respuesta. Camps nos tomó la mano con ternura, y con una sonrisa aseguró: “Puedo explicártelo todo, cariño”. Juró una y otra vez que él se pagaba los trajes, que la culpa era de unos aprovechados ajenos al partido que le habían echado algo en la bebida para llevarle a la cama, y que estaba deseando tener oportunidad de explicarlo todo, todo, todo.
Pero nada. Al final sólo le quedó la última salida, desesperada: “Lo negaré todo”. Y ahí lleva meses, negándolo todo, denunciando conspiraciones y persecuciones, y ahora incluso amenazando a las vecinas para que no difundan el chisme de que le han pillado desnudo y en la cornisa: tras el último informe policial, el PP valenciano dice que actuará contra quienes “se hagan eco (del informe) sin dejar claro que se trata de una nueva manipulación política.”
Ahora que los valencianos ya saben que se la han pegado, esperemos que no piquen con el único recurso que le queda al mentiroso, agotados los tres cartuchos: “Dame otra oportunidad, cariño, te prometo que no volverá a pasar.”
“La visita del Papa es una oportunidad y un escaparate para nuestro país, y eso también tiene una rentabilidad económica. No hay que ser cicateros.” -Fernando Giménez, vicesecretario económico de la Conferencia Episcopal-
En su encuentro de ayer en Moncloa, el director del FMI, Dominique Strauss-Khan, pidió al presidente del Gobierno un mayor esfuerzo en la laicidad del Estado. “Es imprescindible y urgente acabar con los privilegios de la Iglesia Católica en España”, dijo Strauss, que se suma a quienes en los últimos meses han exigido la aprobación inmediata de una nueva Ley de Libertad Religiosa, desde el Gobernador del Banco de España a las autoridades europeas, pasando por el Financial Times o la patronal bancaria, entre otros.
Es mentira, vale, pero déjenme fantasear un rato. Estaba pensando en qué haría falta para que el Gobierno se atreviese a meter mano al asunto religioso, y pusiera en su sitio a la Iglesia Católica. Y lo único que se me ocurre es eso: que lo exija el FMI, que lo pida Europa, que sea necesario para devolver la confianza a los mercados.
Pero nada de eso ha ocurrido, y después de meses de alimentar expectativas y trabajar en el nuevo texto, parece que el Gobierno, cuando ya tenía lista la nueva ley, ha decidido envainársela. Me temo que ni siquiera la ha metido en la nevera para retomarla más adelante, sino directamente en el cajón, a ver si se descompone y se le pasa del todo su oportunidad. Por lo visto ahora no es el momento, hay otras prioridades, y prefieren no enredar en asuntos sensibles.
Pero no sólo eso: dicen que pesa también la próxima visita del Papa, a quien es mejor no incomodar. Yo lo entiendo perfectamente, sobre todo después de que los obispos hayan recordado que la visita del santo padre es, además de un alivio espiritual, un buen negocio –como bien saben los de Gürtel, que se llevaron millón y medio en comisiones tras su paso por Valencia-.
Si alguno se había hecho ilusiones con la posibilidad de que el Estado se sacudiera la religión oficial de una vez por todas, ya puede despertar. Seguiremos teniendo crucifijos en centros públicos, funerales de Estado católicos, militares en procesión y obispos con todo tipo de privilegios. El laicismo tendrá que esperar mejor ocasión. Amén.