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¿Vas con el FBI o con Kim Dotcom?

24 ene 2012
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¿Han elegido ya bando en la guerra de Internet, la World War Web? ¿Se alistan en las filas del FBI o se suman a las de Kim Dotcom?

Perdonen, no he formulado la pregunta en términos adecuados. En realidad hay dos formas de hacerla. Si la pregunta viene de un lado, queda así: ¿estás a favor de la cultura libre, o eres un esbirro de la industria cultural y el imperio yanqui? Si en cambio viene de la trinchera opuesta, suena así: ¿estás con los honrados creadores que quieren vivir de su trabajo, o defiendes al millonario mamarracho que se forraba pirateando pelis?

Es decir, una nueva versión del falso enfrentamiento “creadores contra internautas” con el que llevamos años, y que según quien te lo explique puede convertirse en “pobres creadores contra piratas y caraduras”, o “defensores de la libertad en Internet contra Teddy Bautista, seudoartistas millonarios y enemigos de la libertad”. Nos encantan las elecciones de blanco o negro, como bien vemos estos días con el juicio a Garzón.

Ante elecciones tan simplistas como tramposas, el mejor sitio para situarse no es el imposible término medio, sino un lugar exterior, desde donde analizar un tema demasiado complejo y donde hay tanto en juego.

Por lo que sabemos, el tal Kim tiene tanto que ver con la defensa de libertad y la cultura libre como el FBI con la defensa de la justicia. Que hacía negocios con las descargas es obvio, no había necesidad de ‘sadamizarlo’ para presentarlo como el Sadam Hussein o el Gadafi de la piratería, exhibiendo su delirante modo de vida (que por cierto es muy similar al de esos magnates de Hollywood que le persiguen). Por otra parte, también parece evidente que Estados Unidos busca con operaciones así (que tienen tanto de shock como de show) algo más que proteger derechos de autor. Mucho más: usar la piratería como antes usó el terrorismo global, para imponer más vigilancia.

Vista así la guerra, ni como internauta me siento seguro con el FBI apatrullando la Red; ni como creador me gustan los listos que se montan el negocio con el trabajo ajeno. Es mi guerra, pero no está ahí mi bando.

Lecturas para resistir

13 nov 2011
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Una de mis herramientas favoritas para sondear la opinión mayoritaria sobre algún asunto es la función ‘Autocompletar’ de Google. Su funcionamiento es muy fácil, todos la conocerán: al teclear algo en el buscador, antes de terminar de escribir nos ofrece sugerencias. Si uno teclea “Rubalcaba”, nada más escribir “Rubal” ya nos propone el nombre completo, y lo mismo pasa con preguntas y frases enteras.

Según la empresa los resultados surgen de un algoritmo a partir de las búsquedas de otros usuarios, de modo que cabe pensar que reproduce las más habituales. A veces los resultados son extraños. Por ejemplo, si uno sigue tecleando y pone “Rubalcaba es”, Google ofrece “Rubalcaba es gay”, o “Rubalcaba es masón”, que por lo visto son cosas que preocupan mucho a la gente. Hagan la prueba con otros nombres, Obama, el rey o una presentadora de televisión, y ya verán qué divertido.

No sé si será muy fiable, y de Google siempre cabe sospechar, pero sirve para hacerse una idea de lo que más circula por la Red. Por ejemplo, si tecleo “La crisis es”, Autocompletar me ofrece varios resultados: la crisis es mentira, pura falacia, un invento o un sueño para quienes quieren hacer dinero. Sin que sea muy científico, el resultado indica algo que todos hemos comprobado: la desconfianza cada vez más extendida hacia el discurso oficial de la crisis; que cada vez menos gente se cree los mensajes catastrofistas que justifican ajustes y reformas.

Menudo rodeo he dado para llegar a donde pretendía: recomendarles varios libros que coinciden precisamente en eso: en denunciar las mentiras de la crisis.

Traficantes de sueños acaba de publicar Crisis y revolución en Europa, cuyo primer capítulo se titula precisamente No es una crisis, es una estafa, y que se acerca a las nuevas resistencias. Por su parte, Icaria está editando una colección de libritos fundamentales: ASACO, con títulos tan necesarios como Quiénes son los mercados y cómo nos gobiernan, o Vivir en deudocracia, sobre el origen y las falsedades de la crisis de deuda, entre otros. Léanlos antes de votar el 20-N.

Vacaciones apagado o fuera de cobertura

30 jul 2011
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“Ya sea con una tablet en la playa o un smartphone en barco, los europeos tenemos sed de conexión. Cómo saciar esa sed es un desafío.” -John McHugh, vicepresidente de Brocade-

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Desconectar en vacaciones es cada vez más complicado, en el sentido tecnológico del término. Es como dejar de respirar, en tiempos de conexión a todas horas, no ya sólo con el ordenador –encendido todo el día y en cualquier parte de la casa, o ambulante en la tableta-, sino además con el cada vez más extendido smartphone. Según una encuesta de la empresa de redes Brocade, un 95% de veraneantes se conecta a Internet en sus viajes.

¿Se imaginan unas vacaciones sin ver el correo electrónico? No, claro que no. Uno puede irse de viaje y no abrir el buzón de casa en tres semanas, pero el e-mail son palabras mayores, y no digamos mantener el Facebook, twittear en tiempo real todo lo que vemos, y consultar el tiempo, el estado de las carreteras o la opinión de usuarios del hotel donde dormiremos.

Antes de pensar en unas vacaciones desconectados, confiesen, ¿cuándo fue la última vez que pasaron un fin de semana entero sin abrir el correo o navegar? Si no somos capaces de pasar una hora sin mirar el móvil –aunque no suene, o precisamente por eso, inquietos por su silencio-, como para plantearnos unos días sin pantallas.

Además, qué necesidad hay, dirán algunos. Otros en cambio sí nos lo planteamos: no ya la desconexión vacacional, sino cortar los cables varias horas al día el resto del año. Sobre todo quienes trabajamos on line, y vemos qué difícil es separar el uso personal del laboral, cómo éste lo contamina todo y todas las horas del día son hábiles para trabajar y consumir.

Está cada vez más vivo el debate sobre los riesgos de una vida con conexión total, en términos laborales, pero también sociales y hasta mentales. La incapacidad de muchos para desconectar un solo día es prueba de que hay un problema, aunque lo neguemos y nos engañemos con excusas de yonqui.

Yo en agosto intentaré cortar el cable, ya les contaré si lo consigo. Ahora que podemos conectarnos hasta en el último rincón del planeta, cuando hoteles, bares y autobuses ofrecen wifi, lo verdaderamente atractivo sería encontrar un lugar sin cobertura, apagado. ¿Existe?

La ejemplaridad en la era digital

07 mar 2011
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“Estoy furioso con él. En el mundo de hoy, con internet, hay que ser más cuidadoso que nunca con lo que se hace.” -Karl Lagerfeld, director creativo de Chanel-

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Aunque me daba pereza, al final vi el famoso video de John Galliano confesando su amor por Hitler. Y qué decepción. Tras tanto revuelo yo esperaba que apareciera con un modelito neonazi de pasarela, brazo en alto y vociferando en alemán; y sólo vi un borracho que balbucea “I love Hitler” ante unos que parecen reírse de él mientras le graban, imagino que relamiéndose de la joya que iban a ofrecer a The Sun.

Supongo que los nazis que hayan visto el video también estarán decepcionados, pues quizá se hicieron la ilusión de contar con un apoyo de renombre (“y nos puede hacer unos uniformes chulos”), y se han encontrado con un fantoche beodo.

No sé mucho de Galliano, no me interesa lo que hace, ni sé si es muy nazi, poco o nada (sería chocante siendo gay, aunque cosas más raras se ven). Pero visto el inofensivo video, me parece todo un disparate: el linchamiento mediático, el despido, la acusación del fiscal, el ingreso en una clínica para lavar su imagen, el repudio de quienes vistieron sus trajes…

Podemos ponernos estupendos y unirnos al apedreamiento, pero también podemos reconocer que todos alguna vez, con copas o sin ellas, hemos dicho burradas, contado chistes de mal gusto o bromeado sobre tema delicado, ya fuera por pasarnos de graciosos, por epatar o por el arrebato cretino que todos sufrimos alguna vez. Yo no he dado vivas a Hitler, pero he dicho cosas que menos mal que nadie grabó, y que por fortuna tampoco colgué en Twitter (como hizo Nacho Vigalondo, otro al que han salido caras las payasadas de una noche de juerga).

Ya sé que el holocausto no acepta bromas, y de cualquier otro asunto puedes decir barbaridades sin consecuencias aunque también ofendan. Pero incluso tratándose de algo tan hipersensible como el holocausto, me parece excesivo.

Y sobre todo me mosquea esa conclusión tan extendida de que debes tener mucho cuidado con lo que dices en privado, especialmente si eres alguien relevante, porque acabará en youtube. Si tenemos en cuenta que cualquiera lleva encima una cámara, me parece una forma de ejemplaridad más bien hipócrita.

 

Las revoluciones todavía se ganan en la calle

02 feb 2011
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“Esperamos que esto ayudará de alguna manera a la gente de Egipto a seguir conectados en este tiempo tan difícil.” -Comunicado de Google sobre el servicio ‘speak-to-tweet’-

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Preguntaba ayer un periódico en una encuesta a los lectores de su edición digital si creían que Internet y las redes sociales han jugado un papel fundamental en las revueltas de Túnez y Egipto. Un 87% respondía afirmativamente. Y no me extraña, pues todas las informaciones y análisis insisten en la importancia de estas formas de comunicación a la hora de explicar los estallidos populares.

Ahora bien: me gustaría saber qué responderían los egipcios a esa misma encuesta, si ellos consideran fundamental Facebook o Twitter para echar a Mubarak. No qué responderían los egipcios que tienen acceso a Internet (menos del 20% de la población), sino los cientos de miles que se la están jugando en las calle estos días.

Lo de la ciberrevolución es ya en un tópico de nuestro tiempo, pero dudo que lo de Egipto se explique en esa clave. La decisión del gobierno de Mubarak de cortar Internet no me parece, como pretenden algunos, una prueba de su importancia –también cortó las carreteras, y nadie habla de revolución automovilística-, sino más bien una muestra de la vulnerabilidad de estas formas de comunicación, que pueden ser apagadas por quien controla los operadores.

De hecho, el bloqueo de Internet ha devuelto el protagonismo al teléfono de toda la vida y hasta al vetusto fax para comunicar con el exterior. Los propios Google y Twitter han habilitado un servicio que funciona mediante una convencional llamada de teléfono. Y días atrás la oposición distribuía octavillas recomendando no usar las redes sociales para convocar, por ser fácilmente vigilables y manipulables por las autoridades, lo que demuestra una vez más que, cuando más libres nos sentimos on-line, más controlados estamos.

No dudo que Internet ayuda, facilita las comunicaciones y rompe bloqueos informativos. Pero lo que estamos comprobando estos días es lo contrario: que las revoluciones se siguen ganando en la calle, en manifestaciones, y con muertos nada virtuales (147 en Túnez, tal vez más en Egipto). Una lección para nosotros, que confiamos en que todo cambiará con un clic, y de salir a la calle nos olvidamos.

Teclea, a ver qué dice Google de ti

24 ene 2011
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“Si eliminamos el nombre de una persona de los resultados, le estamos condenando al olvido perpetuo, y a quienes se llamen como él.” -Javier Aparicio Salom, abogado de Google España-

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Al paso que va Google, pronto su departamento jurídico va a ocupar más espacio y más recursos que el de programación o el de desarrollo de nuevas aplicaciones. Y es que a la poderosa compañía se le acumulan pleitos y acusaciones: problemas en Estados Unidos por digitalizar libros, en Alemania por captar datos con el coche del Street View, y en medio mundo acusaciones por la gestión de los datos, por falta de privacidad, por colaborar con la censura en China…

La última en España, donde varios ciudadanos y la Agencia de Protección de Datos se enfrentan en juicio al buscador para que borre a quienes se sienten perjudicados por airear trapos sucios del pasado. El asunto, que no tiene fácil encaje legal (y que demuestra otra vez la brecha entre Internet y unas leyes hechas para el mundo a este lado de la pantalla), abre un debate interesante: el del llamado “derecho al olvido”.

Todos lo hacemos a menudo: conocemos a un nuevo amigo, nos echamos una novia, hacemos una entrevista de trabajo o tenemos cita con un médico, y corremos a teclear el nombre en Google, a ver qué averiguamos. Eso a veces nos ayuda, pero otras puede hacer daño a quienes ven algún aspecto de su vida indexado en el buscador.

En mi familia, cuando el servicio de salud nos asignó un nuevo pediatra sometimos al desconocido al algodón de Google, y encontramos varios foros donde se le relacionaba con una negligencia médica. Reconozco que ni nos molestamos en comprobar la veracidad, pues con la salud de los hijos no se juega: solicitamos un cambio de médico, y más tranquilos.

Y por ahí viene el riesgo del gran poder de Google, que según su abogado sólo es un “espejo de la realidad”. Un espejo que no distingue la verdad de la maledicencia, y eso lo mismo vale para elegir o rechazar un hotel al que algunos internautas consideran sucio y ruidoso mientras otros dicen maravillas, que para poner en duda la reputación de cualquiera. Y si ante una condena publicada en el BOE o una vieja noticia resucitada en el buscador poco se puede hacer, no digamos ante el rumor, que es la primera fuente de información online.

¿Qué nuevas burbujas pincharán en 2011?

10 ene 2011
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“Cuando salga a bolsa Facebook valdrá mucho más o mucho menos, pero no le hace daño que la gente hable hoy de 50.000 millones.” -Lise Buyer, consultora especialista en empresas de Internet-

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Desde que reventaron las burbujas financiera e inmobiliaria, por todas partes vemos posibles brotes burbujeantes. No hay sector económico exitoso al que no miremos con desconfianza, como si tras su aspecto saludable ocultase una hinchazón artificial que nos pueda estallar en la cara en cualquier momento.

Estos días, por ejemplo, se habla de una posible burbuja en las redes sociales, a partir de la valoración de Facebook en 50.000 millones, y de la intención de Linkedin de salir a bolsa, lo que recuerda al pinchazo de las puntocom hace diez años. Y en las previsiones de los expertos para 2011 no faltan advertencias sobre otras burbujas que podrían reventar.

También entre nosotros hay temores burbujeantes en distintos frentes. Aparte de la pringosa burbuja del jamón de que se habló estas navidades, ahí está nuestro tembloroso sistema financiero (con cajas de ahorro a punto de desaparecer como tales, y una banca campeona del mundo pero empachada de ladrillo), pero también las energías verdes (donde ya hay especuladores y cazasubvenciones), la construcción de infraestructuras (ya rescatamos autopistas de peaje, pero seguimos teniendo más aeropuertos que provincias, y ya veremos qué pasa con algunos Aves), y tal vez hasta algunas administraciones públicas endeudadas y sobredimensionadas.

Junto a esas posibles burbujas de importancia, yo ya veo globos por todas partes, hinchazones que no me explico y que cualquier día revientan: la TDT, por ejemplo, con sus tropecientos canales; la cantidad de tertulias de derecha; los edificios emblemáticos (que ahora se descubren caros de mantener y sin contenido); el pijerío del vino (bodegas de arquitecto, famosos con marca propia), la hipercomunicación de los colgados al twitter y al facebook, o hasta el ubicuo merchandising de Bob Esponja, que tampoco me explico.

Hay otras burbujas que parecen más bien ampollas, pero esas no explotan ni aunque las pinches: la iglesia católica, el apoyo popular a la monarquía, el fútbol y sus fichajes caros, o el PP en Madrid y Valencia, entre otros granos. País burbujeante el nuestro.

Cuidado con el exceso de ciberentusiasmo

27 dic 2010
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“La llamada democracia 2.0 ha madurado de una forma decisiva. Ya no es un bonito concepto sino una contundente realidad.” -Comunicado de la Asociación de Internautas sobre la ‘Ley Sinde’-

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El año que acaba ha sido rico en noticias protagonizadas por Internet. Según algunos, la comunidad de internautas se ha revelado como un poder decisivo que ya no puede ser ignorado por los poderes tradicionales, tanto el político como el económico o el periodístico.

Recordemos que ha sido el año en que Wikileaks desnudó a la diplomacia estadounidense, los activistas de Anonymous lanzaron la ciberguerrilla, los internautas españoles fueron reconocidos como interlocutor político (convocados a una reunión por la ministra de Cultura) y frenaron la ley contra las descargas. Añadamos que Facebook alcanzó los 500 millones de usuarios mientras su fundador se convertía en hombre del año para Time y protagonizaba la película del año.

Así contado no hay duda: la web 2.0 ha dejado de ser cosa de friquis. Ahora bien, de ahí a convertirse en un poder va mucho. De hecho, en todos los casos citados acaba imponiéndose la realidad dura, la de este lado de la pantalla.

Así, Wikileaks se topó con la prensa tradicional y sus filtros, pero también con la persecución a Assange, nada virtual. En cuanto a las acciones tipo Anonymous, son muy llamativas pero aún hay mucha diferencia entre tumbar la web de un gobierno y tumbar a ese gobierno, y lo mismo vale para empresas, bancos o la SGAE. Por su parte, el éxito de quienes se dicen representantes de la comunidad internauta es más bien modesto. Aparte de que la ‘Ley Sinde’ puede acabar saliendo por otra vía, ya hablaremos cuando logren parar una reforma laboral o de pensiones. Y está demostrado que no es lo mismo recoger firmas mediante un clic que salir a la calle en manifestación.

No menosprecio el poder de Internet. Pero tampoco lo sobrevaloro. Por un lado, veo que la ‘democracia digital’ avanza al mismo ritmo que retrocede la democracia analógica. Por otro, no quiero hacer el juego a quienes más afirman ese poder: aquellos que pretenden someterlo, y que alertan contra los peligros del ciberactivismo, emparejándolo con el ciberdelito y las amenazas a la privacidad para justificar medidas de control. Cuidado con el entusiasmo.

¿Tú estás con los creadores o con los internautas?

23 dic 2010
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“Las descargas ilegales son un problema de primer orden. Sentimos preocupación ante el fracaso de esta iniciativa legislativa.” -Declaraciones de la Embajada de Estados Unidos en España-

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En el asunto de las descargas todavía no sé por quién tomar partido. No sé si alinearme en el bando de los sufridos y empobrecidos creadores frente a los criminales piratas que buscan la ruina cultural; o por el contrario unirme a las filas de los héroes de la libertad y la cultura democrática para combatir la avaricia de esos parásitos que se dicen artistas.

Sí, ya sé que ambas descripciones son extremas y deformantes, pero más o menos así lo presentan unos y otros. Una vez más se cumple esa ley no escrita por la que cuanto más complejo es un problema más lo simplificamos. Y el asunto de las descargas no puede reducirse a dos bandos enfrentados y un puñado de argumentos simplones.

Por un lado, no es cierto que sea un combate entre creadores e internautas. En ambos ‘bandos’ hay todo tipo de opiniones. Entre los creadores unos defienden la mano dura, otros conciliar derechos y garantías, los hay que piden un modelo diferente de explotación, y hasta partidarios de acabar con la propiedad intelectual. Entre los internautas, más variedad todavía: desde defensores honestos de un nuevo modelo cultural y de una red libre, hasta pasotas a los que sólo preocupa seguir bajándose pelis, pasando por consumidores dispuestos a pagar con un modelo razonable.

Además, ni creadores ni internautas están solos en la pelea: entre medias enredan muchos cuyos intereses nada tienen que ver ni con la creación ni con la libertad: la industria, que evidentemente mira por su dinero; los proveedores de Internet, que quieren evitar un canon; y quienes aprovechan estos conflictos para meter en cintura Internet.

Tampoco los argumentos a favor y en contra son tan simples como pretenden. Empezando por los económicos: acabamos de saber que Avatar es la película más descargada de la historia, y al mismo tiempo es la más taquillera de todos los tiempos. ¿Es una contradicción, es algo lógico, o es que las cosas no son tan simples como esa cuenta de la vieja que echa la industria?

En fin, la complejidad es mucha. Suficiente como para que el tema no se ventile de mala manera, de tapadillo y sin debate.

Es asombroso esto de la tecnología

06 sep 2010
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“La tendencia es hacia la segmentación de tarifas, algo que tiene lógica de negocio, y las cosas que tienen lógica de negocio acaban imponiéndose.” -Francisco Román, presidente de Vodafone España-

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Han dicho los mandarines de las comunicaciones que a lo mejor ya no es buena idea lo de la tarifa plana sin límite, y aunque luego han rectificado, todos nos hemos quedado con la mosca detrás de la oreja. Ese runrún, que no es nuevo, nos dice que si lo han pensado, acabarán haciéndolo. Es la “lógica de negocio”, que hoy es la única lógica aplastante: si de algo se puede sacar (más) dinero, se hará sin duda.

Así que rindámonos a su lógica, y entonemos el mea culpa, que vaya morro le echamos a la vida: pues no que contratamos una tarifa sin límite de navegación y queremos usarla como tal, sin límite. Hala, venga a descargar pelis y ver videos chorras, como si las redes estuvieran para eso y no para cosas serias –es decir, de pago-.

Por lo visto las redes son lo único que se satura en este país en materia de telecomunicaciones. Ni la abultada cuenta de beneficios de las operadoras corre riesgo de saturarse, ni nuestra paciencia por lo deficiente del servicio ni nuestra disposición a pagar más que cualquier europeo, y cada vez más.

Porque hay algo cierto, que supongo estará ya formulado en alguna de esas simpáticas leyes que tanto gustan a los gurús de la cosa tecnológica: cada vez pagamos más, sin que ese incremento sea proporcional a la calidad del servicio. En mi caso, mi factura total por el concepto comunicaciones (telefonía fija, móvil e Internet) crece año tras año. Es verdad que cada vez tenemos más dispositivos, más conexiones y más consumo, pero ésa no es la única razón de que cada vez paguemos más y sobre todo que paguemos tanto, con todo lo que nos prometieron del libre mercado que abarataría precios.

Ya sé que los usuarios también tenemos culpa, que todos mandamos sms innecesarios y no podemos pasar media hora sin bajar el correo estemos donde estemos. Pero yo cada vez que veo la factura me acuerdo de aquel chiste de Forges (cito de memoria), en el que un tipo se paraba en mitad de la calle y mirando su móvil decía: “Es asombroso esto de la tecnología. Con sólo apretar esta tecla me conecto con Tokio y ¡zas!, doscientas del ala que me levantan.”