Parece de justicia que las primeras cabezas abiertas de la crisis sean en Valencia, que los primeros puntos de sutura a manifestantes se cosan en el cuero cabelludo de valencianos. Tanto decir que esta comunidad es la Grecia de España por la situación de quiebra en que la han dejado años de corrupción y despilfarro, que lo esperable era que las primeras escenas atenienses se produjeran en las calles valencianas, aunque sea (por ahora) a pequeña escala.
También es de justicia que las primeras cabezas abiertas sean de estudiantes, y cuánto más jóvenes, más acertado: son ellos, los hoy adolescentes, las mayores víctimas de la crisis y las políticas contra la crisis. Mientras sus padres tienen más o menos resuelta ya la pensión futura, y sus hermanos mayores todavía pueden aspirar al mileurismo, ellos sufrirán de inmediato el deterioro del sistema educativo, para el día de mañana ser arrojados a un mercado de trabajo salvaje, con ofertas de empleo irrenunciables en Laponia.
Por supuesto, hay que condenar la violencia de estos muchachos. Porque lo suyo es violencia pura y dura, y merece jarabe de porra. Ya saben cómo va esto: cortar la calle es violencia; recortar el presupuesto educativo no es violencia; manifestarse sin autorización administrativa es violencia; hacer pagar a la comunidad educativa tu mala gestión de décadas no es violencia.
Quien no quiera verlo, que siga con los ojos cerrados, que piense que lo de Valencia son sólo un puñado de alborotadores, juegos de adolescentes que encuentran diversión en correr delante de la policía. Otros en cambio vemos en el pequeño estallido valenciano un chorro brusco de vapor que sale de la olla a presión en que están convirtiendo este país, con cada vez más colectivos cabreados, cada vez más gente al límite de su paciencia, y cada vez más ciudadanos que, como en Grecia, ven con desesperación que su protesta pacífica es desoída.
La temperatura de la calle está subiendo, y quien no lo vea y se entretenga en echar cuentas de manifestantes (como ayer Cospedal con las protestas del domingo pasado), acabará quemándose.
La escena ya la conocemos, es un clásico navideño que un anuncio de turrón actualiza año tras año: en el hogar familiar, la madre prepara la mesa para la cena de nochebuena. Entonces aparece el hijo que hace años marchó de casa, entra sin llamar, llega por la espalda y le tapa los ojos a la madre para darle la sorpresa, bajo la sintonía ñoña del “vuelve, a casa vuelve…”
Vale, límpiense la lagrimilla, porque el anuncio sigue: pasó la navidad y el muchacho no se ha ido, sino que ha trasladado sus cosas y ha vuelto a tomar posesión del dormitorio infantil convertido desde su marcha en el cuarto de la plancha. Ya no hay nostalgia navideña, ni turrón ni cancioncilla, sino la realidad pura y dura que cada vez más jóvenes viven.
Según el Observatorio de la Juventud, medio millón de jóvenes que ya le habían dado a sus padres el disgusto (o la alegría, según los casos) de emanciparse, han vuelto a casa desde 2008. Medio millón de hogares donde el anuncio del turrón suena a recochineo cuando lo ven. Y la previsión es que siga creciendo el número, por la recesión que no escampa, y por la supresión de ayudas como la renta básica de emancipación.
Jóvenes, y no tan jóvenes: conozco varios que no son ya veinteañeros, y alguno ni treintañero siquiera. Ahí está, según los sociólogos, la explicación a la paz social que aún vivimos: el colchón familiar, en el que vuelven a dormir muchos miembros de esa condenada “generación perdida”.
El problema es que en muchas casas ese colchón cada vez está más desgastado, le asoman los muelles, está lleno de parches y son demasiados los que duermen apretados en él. Pero el problema es también de futuro: si nuestros padres pudieron construir ese colchón para los malos tiempos, muchos están quemando ahora su oportunidad de construir un colchón para ellos mismos, y no digamos ya para sus hijos en el incierto futuro.
Aquel viejo chiste del joven que aspiraba a vivir de los padres hasta que pudiese vivir de sus hijos va camino de hacerse realidad, y tal vez dé mucho juego para los guionistas de telecomedias. Pero no tiene ninguna gracia.
“Recuerdo mi etapa con veinticinco años y entonces también teníamos dificultades. Sí, seguramente yo estaría en Sol.” -José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno-
.
Si estos días hemos visto dirigentes políticos preocupados por la movilización ciudadana no era porque viesen amenazado el sistema ni temieran una revolución: es porque estábamos en vísperas de elecciones.
Si se deja de lado ese factor, se percibe menos preocupación, en políticos y sobre todo en tertulianos y analistas, e incluso una condescendencia paternalista: “cosas de jóvenes”. Cosas de la edad, ya se les pasará cuando crezcan, dejémosles que se desfoguen unos días, que tengan su momento de gloria, y ya volverán las aguas a su cauce.
El viejo tópico dice que a los veinte todos somos rebeldes, y se nos cura con la edad. Hay quien piensa que movilizaciones así son ruidosas pero inofensivas, y actúan de válvula de escape: como el malestar existe, mejor que acampen en Sol a que asalten un ministerio, o el cercano Corte Inglés. Que jueguen con carteles idealistas, lemas ingeniosos y sacos de dormir, así volverán a casa más relajados.
Según esa teoría, cada generación vive su momento rebelde: antifranquismo en los sesenta, transición en los setenta, protestas estudiantiles en los ochenta, 0’7 en los noventa, antiglobalización, ‘No a la guerra’, y ahora ‘Democracia real ya’.
Así visto, puede parecer cierto: cada uno de esos incendios se extinguió sin quemar demasiado, y lo previsible es que los de Sol no logren cambiar el sistema electoral, y menos el económico. Pero es una lectura sesgada. Primero, porque no sólo hay jóvenes, aunque sean mayoría. Segundo, porque cada revuelta siembra, cada protesta abre un surco y deja una semilla.
Esos momentos de protesta fueron la toma de conciencia de muchos. A la mayoría se le pasó con la edad, sí, pero otros ya no se bajaron: los mismos que hoy acuden a las plazas y aportan su experiencia de lucha. No lograron sus objetivos, o sólo en parte, pero sirvieron: para que el poder no se sintiese tan impune, para ganar espacios de libertad, para construir resistencias. Sin esos momentos de rebeldía, viviríamos en un país peor. Los acampados de hoy tampoco harán la revolución, pero no será en vano.
“El desempleo juvenil, en casos extremos como el de España, incrementa el fantasma de una generación perdida.” -Informe de Perspectiva del FMI sobre Europa-
.
Aunque la juventud es un concepto elástico, yo creo que por edad me quedo ya fuera de los jóvenes a los que el FMI se refiere en su último informe. Una pena, porque ya me gustaría poder decir que pertenezco a la ‘generación perdida’. O mejor en inglés: ‘Lost generation’.
‘Generación perdida’ suena mucho mejor que ‘ni-ni’ o mileurista. Dónde va a parar. Ya verán lo poco que tardan en hacer camisetas y tazas, pues da juego como marca para vendernos unas señas de identidad generacionales que nos consuelen de tanto fracaso, y de paso nos saquen unos euros.
El mismo día que el FMI etiquetaba, Woody Allen hablaba en entrevistas de otra ‘Lost Generation’: la que aparece en su última película, formada por artistas y escritores a los que pilló jóvenes la I Guerra Mundial en el París bohemio. La coincidencia me hizo ver demasiado glamuroso el término usado por el FMI y reproducido por los medios.
Porque aunque quede bien en una camiseta, no tiene nada de glamuroso: paro, precariedad, salarios de subsistencia, falta de futuro y el dudoso honor de ser la primera generación que viva peor que sus padres desde la posguerra.
Una generación criada en la prosperidad, en las vacas gordas, en la promesa de que duraría para siempre. Unos dejaron los estudios porque era fácil encontrar trabajo, y hoy se ven sin nada. Otros siguieron estudiando porque les juraron que la formación era una garantía, y hoy esconden sus títulos para conseguir trabajos sin cualificación. Criados en la abundancia, tal vez por eso no desarrollaron defensas y hoy apenas reaccionan.
En cada guerra se sacrifica una generación. En la actual guerra económica también será devorada una generación que ni siquiera puede pensar que su sacrificio servirá al menos para que se salven los que vengan detrás. Ya me dirán el futuro que espera a los hijos de esta generación perdida, que ni siquiera tendrán ya colchón familiar después de que sus padres se echen a perder.
Antes de perderse del todo, muchos saldrán esta tarde a la calle, al grito de “¡Democracia real ya!”. Y sin camisetas glamurosas.
“Queremos consensuar con los sindicatos un contrato para jóvenes, pero que no sea basura, sino todo lo contrario.” -Gerardo Díaz Ferrán, presidente de CEOE-
Al director de Relaciones Laborales de CEOE, José de la Cavada, se le olvidó el martes tomarse la pastilla, y sacó los dientes cuando le pusieron un micrófono por delante: propuso, ya lo saben, un contrato ni-ni (ni indemnización por despido, ni prestación de desempleo) para los menores de treinta años, convencido de que hay “cuatro millones de jóvenes” dispuestos a trabajar como sea, incluso sin derechos sociales ni cotizaciones, y por un sueldo de risa.
No es la primera vez que el diálogo social sufre un accidente así. Todo va bien, hasta que a un negociador se le olvida el medicamento inhibidor del instinto, y le sale el lado salvaje. Ayer, antes de que prendiese el incendio, tuvo que ser el jefe de la patronal quien saliese a desmentirlo, para a cambio prometernos un contrato juvenil que será “todo lo contrario” a la basura. ¿Lo contrario? ¿Será un contrato gourmet?
La sensibilidad de los grandes empresarios hacia los más jóvenes es bien conocida entre nosotros. Sabedores del valor pedagógico que el trabajo tiene, se desviven por las nuevas camadas de trabajadores, para que vayan aprendiendo cómo funcionan las relaciones laborales ahora que todavía están frescos, antes de que se echen a perder.
Imagino que los dirigentes de la CEOE, para elaborar sus propuestas, consultan a los jóvenes que tienen más a mano: sus propios hijos, que suelen trabajar duro para dirigir la empresa familiar (caso del vástago de Díaz Ferrán); o los emprendedores precoces que forman la Confederación de Jóvenes Empresarios, y que a menudo pasan por la derecha a sus mayores. Ayer mismo la rama juvenil de CEOE propuso un contrato único sin indemnización, con una hucha para que el trabajador guarde cada mes un dinerillo para el día que lo pongan en la calle.
Y si no, siempre pueden consultar a los triunfadores más jóvenes en funciones de oráculo: ahí está, por ejemplo, un tal José María Aznar Botella (¿de qué me suenan esos apellidos?), que apenas superada la treintena ya imparte lecciones de economía en un periódico. Ay, juventud…
“Los jóvenes no sólo pueden acceder a una vivienda en propiedad; tienen la mejor oferta de alquiler que han tenido nunca” -Beatriz Corredor, ministra de Vivienda-
Enhorabuena, lo has conseguido: tu vida se ha convertido en una de esas divertidas telecomedias que te hicieron pasar tan buenos ratos: Friends, Siete vidas, Apartamento para tres… No sé por qué te has resistido, empeñado en tener tu propia casa, en vivir solo o con tu pareja, con lo divertido que es compartir. Pero la crisis te ha dado el último empujoncito, y ahí estás: a tus treinta y muchos, camino de los cuarenta, viviendo de nuevo como un estudiante, compartiendo piso con otros como tú.
Anda, no te quejes: ahora revivirás todas las situaciones de tu sitcom favorita: encuentros y desencuentros en el pequeño salón, disputas por usar el baño y por el reparto de tareas domésticas, que te pillen en actitud comprometedora por entrar sin llamar, y hasta una de esas graciosas escenas vodevilescas de cambios de pareja y entradas y salidas de dormitorio por la noche. Una risa, ¿verdad?
Piensa que otros no han tenido tu suerte: les está tocando protagonizar telecomedias menos divertidas: el divorciado que no tiene para un piso y se ve obligado a alquilar una habitación, o acaba en una de esas pensiones que hoy vuelven a ser escenario de comedias costumbristas. El treintañero que regresa a casa de los padres, y lo reciben silbando el “donde caben dos, caben tres” del anuncio. O la pareja que no puede separarse por motivos económicos y sigue compartiendo techo, un clásico que da lugar a broncas cada vez más agrias a las que hay que saber encontrar el lado chistoso.
No es lo que te prometieron, quizá te sientas fracasado, puede parecerte un drama pero no: es una comedia, de las de carcajada enlatada. Grábalo y cuélgalo en youtube, así nos reímos todos.