Religión versus espiritualidad

19 Nov 2009
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  No deja de resultar paradójico que, conforme la Iglesia católica vaya perdiendo poder en la sociedad, su presencia mediática sea mayor. A día de hoy, cuando sus templos escenifican el taciturno panorama de los bancos vacíos, el sermón se ofrece ya directamente a través de los informativos. La jerarquía eclesiástica nos acusa de herejes, de asesinos (sic), de pervertidos morales y otras lindezas no desde sus púlpitos –donde casi nadie les escucha- sino en muy frecuentadas ruedas de prensa. ¿Qué es hoy un obispo sin un periodista delante? No se resignan, por supuesto, a gestionar el más allá: es el más acá lo que les priva. Puede que posean muchas hectáreas en el cielo, pero donde esté una hanegada de tierra firme…

  Algo ha ido mal con este invento de las religiones. Veo a la gente muy confundida. Es obvio que está en nuestros genes el anhelo de trascendencia, las dudas escatológicas, la necesidad –en suma- de algún nivel de espiritualidad. El problema comienza cuando dejamos que estas necesidades básicas sean tramitadas por individuos que se arrogan la prerrogativa de gestionar lo incorpóreo y presuman de interlocución directa con Dios. “Dios” no les dice nada, claro (ni a ellos ni a nadie: consuélense). Pero ellos hacen como que reciben sus órdenes y luego las interpretan siempre contra la libertad individual, contra el cuerpo, contra el sentido común. Hay que desenmascararlos. Hay que volver a santificar los pequeños detalles de la vida cotidiana y construir una espiritualidad sin dogmas crueles. Hay que buscar la intimidad con el mundo para escarnio de los farsantes.

Política del onanismo

18 Nov 2009
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Parece ser que a raíz de las últimas elecciones generales, cuando el PSOE superó al PP en un millón de votos, Mariano Rajoy se prometió a sí mismo que nunca más ningún español tendría que “verse obligado” a votar a la competencia para evitar que gobernara el gran partido de la derecha. Hay que imaginarse ese momento con mucha riqueza de detalles, un Rajoy sublimado hablándose ante el espejo, la mano en el pecho, la frente altiva, un amago de febrícula en la dicción. Vale pero, ¿qué se supone que hay que hacer para evitar que el electorado le pierda el miedo al graznido de las gaviotas? Porque algo habrá que cambiar en un discurso que chirría demasiado. Para empezar, ¿qué tal si cesaran de meterse con las mujeres que quieren abortar? Si se entrenaran lo conseguirían, de la misma manera que consiguieron dejar de perdonarles la vida a los divorciados (qué tiempos, Mariano: ¿te acuerdas?). Y luego podrían seguir, por ejemplo, metiendo en el baúl de los recuerdos su obsesión contra las lenguas de España diferentes del castellano o la franqueza con la que defienden el modelo económico que ha provocado la actual crisis.

Hay que esforzarse más, Mariano. Mira el caso de ese curso extremeño dedicado a fomentar la educación sexual de los jóvenes. En seguida habéis corrido (con perdón) a acusar a la Junta de masturbatoria pero, ¿no es en definitiva tu propio partido el que se refugia en onanismos ancestrales en este y otros casos y luego se lamenta de que sólo consigue reunir electores viciosos? Hay que usar la cabeza, Mariano. Hay que dejar en paz la entrepierna y airear la habitación. De nada.

Corrupción y realidad

17 Nov 2009
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Es tentador entonar, a raíz de los últimos acontecimientos en la política española, aquello de que “todos los políticos son iguales”. Al fin y al cabo, ¿no muerde el lobo de la corrupción en los tobillos a diestra y siniestra? Esto parece perfectamente cierto, y sin embargo no todo el mundo reacciona igual ante realidades semejantes. Fíjense ustedes, por ejemplo, cómo abordó José Montilla desde la primera semana, en Catalunya, los efectos judiciales del llamado caso Pretoria. Para empezar pidió disculpas públicas a los votantes del PSC y luego suspendió de militancia a los presuntos corruptos, se comprometió a cambiar la legislación para evitar la manga ancha de las fundaciones y adelantó, entre otras medidas, la elaboración de un registro público de convenios urbanísticos para atar en corto a los ayuntamientos.

  ¿Y qué hace Camps, en el otro lado del espectro, ante la catarata de evidencias que relacionan al PP valenciano desde hace ¡nueve meses! con la trama Gürtel? Pues nada, sustancialmente. Es decir, silbar muy fuerte con el maxilar orientado a La Meca. Está lo de Ricardo Costa, de acuerdo, pero ni siquiera eso es obra suya: a Costa lo dimitieron desde Madrid, después de una charlotada a la que toda España asistió con una incredulidad abochornada.

  Eso es la corrupción (que golpea a todos, etc.) y esa es la realidad de la reacción de los diferentes partidos. Pasen y juzguen, amigos. Y luego, si es preciso, ya nos podemos volver a poner el palillo en la boca y, tras lanzar la ficha del dominó sobre la mesa de mármol, mascullar de nuevo “todos los políticos son iguales”. Pero no es cierto.

Ideologías

16 Nov 2009
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Quizá deberíamos ser capaces de sacar algunas lecciones positivas de la caída del muro de Berlín. Al fin y al cabo, el siglo XX –la centuria más corta (comienza en 1914 y acaba en 1989) y más sanguinaria de la historia- es un compendio de horrores donde la vida humana importa muy poco. Por supuesto, cada cual ha hecho de los acontecimientos berlineses de hace veinte años su particular lectura. Los que enarbolaron la tabarra del fin de la historia estaban convencidos, por ejemplo, de que cualquier modelo que no fuera el del capitalismo liberal quedó desautorizado para siempre. Santa inocencia. El problema no es la izquierda. El problema son las masas de desposeídos del mundo, los niños hambrientos, los pobres de solemnidad que viven con menos de un euro al día. Contra este nuevo muro podemos proponer tiritas made in Fondo Monetario Internacional. O podemos –no sé qué es peor- interpretar con las gafas de las mismas ideologías que llevaron al colapso el siglo XX.

  El problema con las ideologías es que algunos tipos las utilizan como prótesis para evitar que la realidad entre en contacto con su carne mórbida. Yo puedo estar en contra de que la iglesia intente ocupar un lugar que ya no le corresponde en una sociedad laica pero, ¿tengo que ser, por eso, necesariamente “anticlerical”? No digo que lo ideológico sea necesariamente negativo. Ni es bueno ni es malo per se. Es el uso que hacemos de las ideologías lo que determina su bondad o su maldad. Cuando aún quedan tantos muros en el mundo, no vendría mal reflexionar sobre todo esto con un poco de tranquilidad. Es mi humilde propuesta, por lo menos.

Más sobre el muro

12 Nov 2009
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  Estos días, en que coincidía curiosamente el aniversario de la caída del muro de Berlín y la elección de José Luis Centella en el XVIII Congreso del Partido Comunista de España, se han escuchado algunas voces que ponen en cuestión que la implosión del sistema soviético constituya un avance sin paliativos en la historia de la libertad humana. Por supuesto, no estoy de acuerdo. Que te mate Hitler por ser judío, Franco por ser masón o Stalin probablemente sin motivo (o por ser comunista sincero, que de todo hubo): ¿dónde está la diferencia? El llamado “socialismo real” fue un fracaso sin paliativos, muy real y muy poco socialista. Eso lo entendieron perfectamente aquellos marxistas honestos –como Alexander Dubcek, el protagonista de la “Primavera de Praga”- que intentaron conjugar comunismo y democracia. Su fracaso es un poco el de todos nosotros. Pero hay que estar a favor de Dubcek y no de sus verdugos. Hay que tener un poco de decencia ideológica.

  ¿Se puede ser comunista en 2009? Supongo que sí, porque aunque las respuestas fallaron las preguntas de siempre (por qué el mundo es esencialmente injusto) siguen estando ahí. Leer a Marx en pleno siglo XXI, más que un anacronismo, puede ser un acto de provocación y de rebeldía. Leerlo como lo hace Fidel Castro, en cambio, es confundir el culo con las témporas. Toda revolución nace contra los fusiles y acaba engendrando sus propios fusiles. ¿Hay sitio para una izquierda marxista en Europa y en el mundo? Sí, a condición de que no esté orgullosa de haber erigido “muros antifascistas” y de haber disparado contra los que lo querían saltar. Ese es el reto.

En el país de los ciegos

11 Nov 2009
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Ahora que las editoriales nos inundan con toda clase de recuperaciones de textos esenciales para comprender los horrores del nazismo, el Diario de un desesperado, de Friedrich Reck (Minúscula) merece una atención especial. Puede parecer que la gran masa de los alemanes bajo Hitler se sumó con entusiasmo al proyecto del perverso cabo austríaco. Reck está aquí para demostrarnos que unos pocos, perfectamente lúcidos en un tiempo de tinieblas, supieron mantener su dignidad aún a costa de perder finalmente la vida. Friedrich Reck no fue ningún héroe, como lo fueron por ejemplo los hermanos Scholl, a quienes admiró y con cuya organización de alguna manera colaboró. Reck se limitó a escribir en su diario todas las monstruosidades que la mayoría absolutísima de sus conciudanos vivía con perfecta normalidad. Para él Hitler no era nada más que “un mono perverso que se ha soltado de la cadena”. Ese macaco uniformado había desencadenado la mayor hecatombe conocida, pero Reck (un burgués afincado en Baviera para quien el aristocratismo sólo podía ser una postura moral) no tenía la menor duda de que “la guerra está perdida desde el primer disparo”. En consonancia con su clarividencia, por su cuaderno desfilan todos los grandes nazis (el peor, Albert Speer), y su desprecio los va desvistiendo implacablemente.

   En un país donde hasta las putas gritaban “Heil Hitler!” en mitad del coito (sic), posturas como las de este visionario entre ciegos nos reconcilian con la especie humana. Murió en Dachau, si eso puede llamarse muerte –como nos obstinamos en llamar vida a la penosa existencia de algunos de sus coetáneos.

A Dios rogando

10 Nov 2009
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Ese asunto de Javier Rodrigo de Santos ha pasado un tanto desapercibido. En plena marea alta de corruptos y corruptores, encontrar a un concejal, ex número 2 del PP en el ayuntamiento de Palma, condenado por robar y abusar sexualmente de menores, parece peccata minuta. Quiero decir que casos como el de Fèlix Millet, Bartomeu Muñoz, el clásico Francisco Correa o cualquier otro personaje de actualidad diríase que contienen una mayor entidad, aunque sólo sea por el volumen de sus presuntos atracos a mano armada. En Rodrigo de Santos, sin embargo, se da una circunstancia peculiar: el buen hombre, director de la campaña electoral de Jaume Matas (otro que tal), es un católico de piedra picada y colaborador habitual de Camino Neocatecumenal. De hecho, los menores de los que abusó –según sentencia- estaban vinculados a sus actividades en esta pía asociación. Solía gastar la visa municipal, además, en clubes de prostitución masculina. Todo un catálogo inequívocamente edificante, como se ve.

  Un  caso feo, un caso eterno de doble vida, de hipocresía puesta al servicio de pasiones subterráneas. Choca el carácter ultrapapista del prenda en cuestión, aunque no mucho más que el de los sacerdotes pederastas, por ejemplo. La religión obra en estos desgraciados cortocircuitos colosales. ¿La religión es culpable? La beata que reza, pacífica e ingenua, para que su nieto apruebe el examen de selectividad no tiene culpa en todo esto. ¿Qué pasa por la cabeza de un tipo como De Santos? ¿Para qué demonios se unge en la frente la señal de la cruz? ¿Qué pinta “Dios” en medio de todas esas porquerías?

La encuesta

09 Nov 2009
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  En un lapso de quince días he recibido en casa la visita de dos encuestadores. Tanto furor inquiridor me ha dejado un poco perplejo, pero he respondido disciplinadamente a las preguntas. Una de las encuestas era para la Generalitat Valenciana, supongo que ávida de conocer la resaca de Gürtel. En un momento dado, el encargado del tema me lanzó un triple interrogante que intenté solucionar de la manera más honesta que pude. Quería saber si me sentía orgulloso de ser a) Valenciano, b) Español y c) Europeo. Medité un instante y luego, agarrándome como a una rama precaria al borde de un abismo, le hice observar que la palabra “orgullo” casaba mal con mi visión personal de las identidades. Si se trata de “estar orgulloso”, aduje, ni lo estoy de ser valenciano ni tampoco de ser español (y mucho menos en estos tiempos). Simplemente he nacido en el País Valenciano, como podría haber ido a parar a cualquier otra parte del mundo, y es obvio que soy ciudadano español. Por tanto, la respuesta a los dos primeros ítems tenía que ser negativa.

  El encuestador, aplicadamente, deslizó el bolígrafo por su informe, perfectamente ataviado con una pulcra profesionalidad. Con demasiada rapidez, sin embargo, se disponía a marcar también negativamente mi “orgullo” de ser europeo, pero entonces lo detuve. No, amigo: ser europeo es otra cosa. Nacer fuera de nuestro auténtico país sí que tiene graves implicaciones, puesto que sólo en Europa tienen sentido los valores ilustrados. Ser europeo es una marca distintiva en el mundo: la de pertenecer a un oasis de cultura y tolerancia. Así se lo solté y así lo apuntó. Y amén.

Slow cities

05 Nov 2009
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  Probablemente ustedes han oído hablar del “movimiento slow”. Es una filosofía que aboga por un cambio en la vida moderna, dominada de manera excesiva por las prisas, las falsas urgencias y el culto a una velocidad exasperada. La cosa se puso en marcha en Italia en los años 80. No deja de resultar paradójico que fuera la patria de Marinetti la encargada de reclamar la vuelta a las propiedades de la lentitud. Al fin y al cabo, el creador del futurismo –y precursor del fascio- pasó a la historia con una frase inmortal: “Es más bello un coche de carreras que toda la historia del arte occidental”.

  La fascinación de Marinetti por la velocidad y la técnica ha quedado convertida en un simpático residuo arqueológico. La lentitud, asociada a valores negativos (torpeza, lasitud, gandulería), se descubre como un arma formidable cuando se trata de asegurarnos elementos tan esenciales como una comida con ingredientes naturales, una amable tertulia de sobremesa (con un buen habano entre dientes, si es posible) o quince minutos de siesta. La lentitud, de pronto, se convierte ni más ni menos que en un seguro de vida.

  Son varias las ciudades que se han acogido en España al estatus de slow city, gracias a su calidad de vida, su respeto a la cultura autóctona o su cuidada gastronomía. A Pals, Palafrugell o Lekeitio se quiere sumar, ahora, Benicàssim, en pleno litoral castellonense. Si Benidorm es el paradigma del turismo de sol, sangría y playa, Benicàssim podría serlo de una mirada interior. Los hijos de Càssim (revisemos las etimologías) darían así a los de Dorm  una lección de imprescindible parsimonia.

El otro muro de Berlín

04 Nov 2009
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  En el hotel Astral, en las afueras de Leipzig, trabaja como recepcionista Martin Meyer. Ahora que se conmemora el veinte aniversario de la caída del muro de Berlín, es oportuno preguntarse cómo ha funcionado la reunificación alemana. Martin Meyer es un hombre simpático, extrovertido, con una gran capacidad comunicativa. Conversar con él puede servir de ayuda para que el forastero entienda por qué una parte considerable de los alemanes del Este sienten nostalgia (Ostalgie) por un pasado nada idílico. La gran tragedia, explica Martin, es que el chocolate, el flan o el chicle ya no tienen el mismo sabor. Nadie –o pocos- añoran el pasado autoritario, pero la invasión de los productos del Oeste ha borrado de un plumazo los recuerdos de más de una generación. Así se entiende el éxito de museos como el de la vida cotidiana en la antigua RDA, situado tras la catedral de Berlín. O detalles aparentemente incomprensibles como el hecho de que algunos visitantes de la exposición permanente sobre la Stasi, en Leipzig, le pregunten a sus responsables dónde pueden adquirir las medallas, camisetas, encendedores y adhesivos con la expresión “Held der Arbeit” (Héroe del Trabajo), la quincalla del régimen comunista.

  La RDA tiene el dudoso privilegio de haber soportado dos regímenes sanguinarios y filisteos, de haberse visto en la obligación de adorar consecutivamente a Hitler y a Stalin –y a sus penosos secuaces. La pesadilla se acabó hace veinte años, pero la pregunta que aún se hace Martin Meyer es cuándo dejarán los alemanes orientales de ser considerados ciudadanos de segunda. Ese es el otro muro  por caer.