Del congreso del PSOE se pueden sacar diversas enseñanzas. Parece que no es aún tiempo de que una mujer –y una mujer ¡catalana!- rija los destinos del partido que se enorgullece de ser el que “más se parece a España”. Pues en España hay mujeres, hay jóvenes y –lo siento mucho- hay catalanes. Lo que se ofició el otro día en Sevilla se asemeja al eterno retorno y eso, traducido, significa que vienen años muy duros. Rubalcaba fue enviado al combate en un último servicio, ante unas elecciones que estaban perdidas de antemano. Luchar por la secretaría general y conquistarla en Sevilla era más de lo que se le pedía y muchísimo más de lo que se necesitaba. Aún siendo un tipo magnífico, con la cabeza tan bien amueblada, es obvio que Alfredo no es el líder de futuro que necesita la socialdemocracia española. Chacón, al menos –por género y por edad-, podría haber instaurado, aunque fuera brevemente, la ilusión de la novedad. No se ha querido así y lo que ahora toca es poner rumbo al desierto y prepararse para las cuarenta jornadas bíblicas de sangre, sudor y lágrimas. Tenemos PP para rato. En un tiempo en que la izquierda baja los impuestos y la derecha los sube alguien podría pensar que da igual quién gobierne. Claro, claro. Que se lo pregunten a las mujeres, a los homosexuales, a los profesores y a los médicos o a los dependientes. Pronto la lista de los damnificados de Rajoy saldrá de la Moncloa y dará la vuelta al ruedo celtibérico. Y el PSOE enrocado entre las nieblas de un pasado que no le deja ver el futuro. Empezamos bien.
El periódico El Mundo ha publicado las actas de votación del Jurado Popular en el juicio a Francisco Camps. Son 16 folios escritos a mano, con una caligrafía vacilante y llenos de faltas de concordancia, sin acentos, con frases mal puntuadas, mayúsculas aleatorias y otras delicadezas sintácticas. He aquí la crestomatía del jurado “faborable” (sic) a Camps. Sorprendentemente, la revelación ha pasado con poca gloria. A mí, en cambio, me parece la metáfora más pertinente de lo que ha ocurrido con estos alegres muchachos, Camps y Costa. Ambos se han encontrado con un jurado a su medida, con líderes de ideas muy particulares sobre lo alfabético, que ha decidido absolverlos. Pasa cada día. No olvidemos que Francisco Camps, siempre que se ha presentado a las elecciones, las ha ganado con mayoría absoluta, incluso (¡o sobre todo!) cuando ya se conocían todos sus turbios manejos con los amiguitos del alma de la Gürtel.
Siempre he pensado que el gran tema con Camps no era si sería o no condenado, sino qué tipo de mayorías sociales le toleraban, le disculpaban y finalmente le encumbraban a pesar de las evidencias (esto es, las “ebidencias”). Eso es lo escandaloso, lo que huele mal, como diría el clásico: “Something is rotten in the state of Valencia”. ¿Carlos Fabra? No tengan ninguna duda de que también será absuelto. Al fin y al cabo, es otro especialista en generar amplias mayorías que le declaraban inocente con su voto. Camps o Fabra no son más culpables que sus electores. Por eso los jurados se embelesan ante su belleza moral. ¡Qué “vonito”!
Amable lector, te explico: aún sufriendo mucho, no sufro tanto por esta crisis como por la siguiente. Así es. Acabarán los años malos, llegará una nueva bonanza y los mismos tipos que ahora están mesándose los cabellos y asegurando, con voz de plañidera, que han captado el mensaje volverán a poner sus sucias zarpas en el tarro de la miel.
¿No lo crees? Pon atención a la siguiente frase, pronunciada hace muy poco por José Ciscar, vicepresidente del Gobierno valenciano. “Estoy convencido –asegura el muchachote- de que si, por ejemplo, les dijéramos a los ciudadanos que si desaparece la Ciudad de las Ciencias, desaparece la deuda, la gente querría conservar la Ciudad de las Ciencias”.
La Ciutat de les Arts i de les Ciències es un viejo proyecto del socialista Joan Lerma que retomó Eduardo Zaplana con sus hechuras de nuevo rico, y que Francisco Camps culminó con un coste total de 1.282 millones de euros. Efectivamente, he dicho 1.282 millones, estás en lo cierto. Te preguntarás para qué sirve la susodicha ciudad. Pues alberga un oceanográfico, un palacio de ópera y un planetario. Te seguirás preguntando si para eso era necesario gastarse 1.282 millones del ala. La respuesta, obviamente, es no, pero lo importante es que, según Ciscar, “los valencianos” preferimos tener la mayor deuda de España (20% del PIB) antes que renunciar a esta barroca fantasía arquitectónica.
Su problema no es la corrupción, ni la grandilocuencia ni la poca sustancia: su verdadera desgracia es que no han entendido nada. Y volverán a pecar. Al tiempo.
La muerte de Manuel Fraga ha vuelto a poner en solfa ese género tan peculiar y tan fascinante que es el obituario. Es evidente que, salvo extrañas excepciones, casi nadie se aventura a trazar una necrológica corpore in sepulto que vaya mucho más allá de la alabanza genérica y las buenas palabras. Siempre hay desalmados, por supuesto, especialistas en hacer leña del árbol caído, pero incluso para eso hay que tener la autoridad moral de aquel director de cine que, cuando murió Klaus Kinski, explicó con mucho detalle el infierno en que el actor alemán convirtió el rodaje de su película, terminando con estas palabras: “Fue un hijo de puta. Descanse en paz”.
Tiene su lógica el tono hagiográfico que tiñe habitualmente los obituarios. Al fin y al cabo, nadie es nada y, si alguien tiene alguna duda al respecto, sólo hay que esperar al último suspiro para comprobarlo. La muerte nos pone a todos la misma etiqueta colgando del dedo gordo del pie, y no importa si ambicionamos conquistar el mundo o sólo quisimos pasar las tardes de invierno en un ático con sol.
Ya se ha dicho todo sobre Manuel Fraga. Con Franco pasó por ser un liberal y con la democracia un conservador recalcitrante. La contradicción en sí no es punible (es simplemente humana), y su interpretación política es más que evidente. No creo que sea mi misión ni indultar ni condenar a Fraga. Ahí están los hechos. Ahora mismo, sólo es un cuerpo que inicia su corrupción. En vida expresé claramente lo que pensaba de él, y no es este el momento de repetirlo. Ahora empieza el silencio.
En apenas un mes, el próximo 7 de febrero, vamos a celebrar el bicentenario del nacimiento del novelista inglés Charles Dickens. Como sus libros gozan aún de amplia difusión y hay muchas películas que los han adaptado (la última, el Oliver Twist de Roman Polanski), es difícil que cualquier ciudadano medianamente culto no identifique alguno de los argumentos más característicos del novelista de Portsmouth. Su crítica de la sociedad victoriana dibujó personajes inolvidables –burgueses, prostitutas, niños marginados- con los que la revolución industrial tejió sus primitivas injusticias y sus ásperas insalubridades. Incluso se podría decir que eso que ahora llamamos “los mercados” dan sus primeros zarpazos en las páginas de este agudo pintor realista.
Doscientos años después, la vigencia de Dickens es incuestionable. No hay más que leer el informe “El impacto de las medidas de austeridad en los hogares con niños”, del que se hacía eco hace unos días el corresponsal en Londres de este mismo periódico. En cinco años, y gracias a la “austeridad” de Cameron y a la reducción de las prestaciones sociales, Gran Bretaña contará con medio millón más de chavales viviendo en la más absoluta pobreza. Como en un pasaje de Oliver Twist, un millón de manos se agitarán en el tercer país más rico de Europa reclamando comida o en algún caso birlando carteras para poder comprarla.
De pronto Dickens, que era una pieza ilustre del pasado, se resuelve en una suerte de lúcido profeta. La historia se repite. Y siempre pagan los mismos los platos rotos.
Nosotras, las gallinas, estamos muy contentas porque han nombrado un gobierno de zorras. Zorra es Luis de Guindos, como también Pedro Morenés, por citar sólo a las más destacadas. No hay nada como empezar un año nuevo y descubrir que el gallinero está más seguro que nunca, puesto que el titular de Economía y el titular de Defensa son dos mamíferos feroces que no permitirán otra rapiña que la que ellos mismos dispongan. Al fin y al cabo, ¿qué mejor currículum para el responsable de solucionar la crisis que haber trabajado en Lehman Brothers? Del mismo modo, el mejor ministro de defensa es el más fogueado en las labores de ataque: nadie como el fabricante de armas para organizar los armisticios. Parece la vieja fábula del escorpión y la rana. El primero ayuda a la segunda a cruzar el río, prometiendo que no la matará; por supuesto no cumple su promesa, porque clavar el aguijón es “su naturaleza”. Y es que en el reino animal se nace con dos caras, pero muchos se obstinan en ignorarlo.
Las ventajas de estar a cargo de las zorras son innumerables. Nadie como la zorra para saber las necesidades rituales del gallinero, el reparto del pienso (escaso), las verdades relativas esgrimidas para no suscitar la rebelión. Y, en su momento, administrar el último sacrificio con rapidez y eficacia. Morir hay que morir igual, así que, ¿quién mejor que la zorra para las tareas de Caronte?
Las gallinas tendemos a quejarnos por vicio. Menos mal que las zorras nos comprenden, nos cuidan y nos asesinan con tanta delicadeza. No sé qué haríamos sin ellas.
¿Alguien conoce a Avel·lí Corma? ¿Y a Francisco Camps? Son extraños los dictados de la fama, porque ambos tienen reconocimiento mundial, pero sólo uno lo ejerce. La revista GQ declaró a Camps (en el 2009) uno de los hombres mejor vestidos del planeta, pero para entonces el caso Gürtel ya mordía los talones al marido de la farmacéutica. Frente a la nombradía instantánea y golosa que ha atesorado Camps en este tiempo, el químico Avel·í Corma sólo puede presumir de ser el investigador español más citado en el mundo. La revista Science considera que su descubrimiento de una nueva molécula -la zeolita- con aplicaciones ecológicas es uno de los diez mejores hallazgos del 2011, a la altura de la vacuna contra la malaria.
Que Corma sólo sea popular entre sus colegas del Instituto de Tecnología Química de Valencia indica bien a las claras qué clase de maleficio pesa sobre los valencianos. Nuestra fama de adictos al espectáculo vacío, al derroche instantáneo e inútil –una falla, una mascletà, un desfile de Moros y Cristianos- nos convirtió en reos de un presidente que destiló todo eso a la perfección y, además, aceptó presuntamente sobornos de sus ya clásicos amiguitos del alma, usted y yo sabemos a cambio de qué.
El año termina y el careto de Camps con su media sonrisa hueca en el banquillo de los acusados simboliza perfectamente el fin de una época. Es la corrupción, la desmesura, el despilfarro y la poca vergüenza lo que se juzga allí. En un mundo mejor, nadie sabría quién es Camps, pero Avel·lí Corma sería uno de nuestros héroes.
Para hacer la olla de calabaza hay que disponer este dulce vegetal en trozos pequeños, junto a una patata y una cebolla también cortadas. Todo se pone en el puchero y se añade agua. Luego necesitamos un hueso de jamón y otro de espinazo de cerdo, que serán los encargados de las vetas profundas del sabor. Con todo esto flotando en un pequeño lago, cuando el agua hierve se vierte un chorro de aceite de oliva virgen, y se deja cocer. Así se ha hecho siempre en casa esta olla. Mientras la preparo, oigo en la radio el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Es el discurso del que todo el mundo espera –y teme- esas famosas medidas que deben servirse calientes a la señora Merkel. La canciller alemana está sentada con sus colegas europeos y es muy exigente con el menú. Cualquier cocinero temblaría ante una comensal tan voraz y, al mismo tiempo, tan sutil. Pero Rajoy no dice mucho, de entrada. Hay que ser austeros, hay que apretarse el cinturón, hay que recortar pero, ¿de dónde?
Todo es un misterio. Mientras tanto, la calabaza está en su punto. Entonces hay que poner el arroz. Este es el momento decisivo. Si se echa mucha cantidad, el guiso sale apelmazado. Si se echa poca, resulta caldoso. Sólo la cantidad justa permite la fusión entre la calabaza, la patata y la cebolla con el fondo de sabor de los huesos en un magma fino y delicado. Con la economía pasa igual: demasiada austeridad nos llevará a la recesión. Y Rajoy, como cocinero, no busca la estrella Michelin. Dice que sólo quiere rancho para todos. Pues que lleve cuidado con el arroz.
Fue divertido encontrar el otro día a Félix de Azúa, en un periódico nada sensacionalista y muy ponderado, explicando que ha tenido que abandonar Barcelona y vivir en Madrid huyendo del “nacionalismo”. Concretamente, asegura, no quiere que su hija sea “educada en Catalunya”. Santo Dios, cómo le comprendo. Debe ser durísimo vivir en un país donde no te dejan publicar tus libros, donde te prohíben escribir en los periódicos, donde te impiden dar tus clases en tu lengua. Después de eso, ¿qué más se le puede hacer a un intelectual y/o artista? ¿Obligarle a ver Sin Chan doblado al catalán?
Haces bien, Azúa. Ahora tu hija se educará en uno de esos caros colegios privados subvencionados por Aguirre donde le enseñarán a odiar a Catalunya y a amar a Madrid, digo a España. Me da escalofríos, sin embargo, pensar en que cunda tu ejemplo. Hace tiempo Gaspar Llamazares sugirió que, en Madrid, había “medio millón de extremistas de derecha cabreados” (¡cuántos posibles amiguitos, por supuesto “no nacionalistas”, para tu hijita, Azúa!). Como no todos los madrileños responden a ese perfil, no cuesta imaginarse la diáspora que podría organizarse: todos los progresistas de la capital buscando alojamiento en la periferia. En mi casa de Borriana no tengo mucho espacio, pero en la de Vilafranca puedo acoger a un par de familias con descendencia breve y morigerada.
De todo esto se deduce, apreciado Azúa, que hoy en dia el que no se siente víctima de algo es porque no quiere. Pero, ¿sirve para algo el victimismo? Además de para vender periódicos, quiero decir…
Hay un chiste de Forges que circula estos días profusamente por la red. En la viñeta se ve a un tipo probándose un traje con el sastre a su lado. El traje en cuestión deja al descubierto el trasero y el tipo, con cara de escéptico, se atreve a farfullar: “No sé… Lo encuentro inadecuado”. Pero el sastre, impertérrito, contesta: “Pues para funcionarios es lo último”.
Lo sustancial de la crisis, en efecto, parece que va a acabar resolviéndose bajando una y otra vez el sueldo de los servidores públicos. Los mismos profesores, por ejemplo, que no hace ni un lustro contemplaban a sus alumnos de 16 años abandonar los estudios para sumarse a las suculentas nóminas de la construcción y cobrar el doble que ellos, ahora son convertidos en el chivo expiatorio de un proceso donde nunca tuvieron voz ni voto.
Cualquier politicucho de tres al cuarto sabe ya, a día de hoy, que no hay nada más agradable que recortar los sueldos públicos y obligar a sus titulares a trabajar más. Podría optar por bajarles el salario incluso en mayor cuantía, pero a cambio de reducirles proporcionalmente el horario laboral para que se pudiera contratar a más gente. Eso sería hacer las cosas bien. Es mucho mejor humillar al funcionario de carrera, despedir a muchos interinos y que se sepa claramente quien manda.
Para cuando Rajoy anuncie sus famosas medidas de ajuste, sus cospedales, aguirres y feijóos ya habrán ensanchado tanto el boquete en los pantalones del funcionario que no tendrá mérito meter por allí nada más. Pero todo sea por -la austeridad de- la patria.