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Traducción inversa

Joan Garí

Corrupción y realidad

17 nov 2009
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Es tentador entonar, a raíz de los últimos acontecimientos en la política española, aquello de que “todos los políticos son iguales”. Al fin y al cabo, ¿no muerde el lobo de la corrupción en los tobillos a diestra y siniestra? Esto parece perfectamente cierto, y sin embargo no todo el mundo reacciona igual ante realidades semejantes. Fíjense ustedes, por ejemplo, cómo abordó José Montilla desde la primera semana, en Catalunya, los efectos judiciales del llamado caso Pretoria. Para empezar pidió disculpas públicas a los votantes del PSC y luego suspendió de militancia a los presuntos corruptos, se comprometió a cambiar la legislación para evitar la manga ancha de las fundaciones y adelantó, entre otras medidas, la elaboración de un registro público de convenios urbanísticos para atar en corto a los ayuntamientos.

  ¿Y qué hace Camps, en el otro lado del espectro, ante la catarata de evidencias que relacionan al PP valenciano desde hace ¡nueve meses! con la trama Gürtel? Pues nada, sustancialmente. Es decir, silbar muy fuerte con el maxilar orientado a La Meca. Está lo de Ricardo Costa, de acuerdo, pero ni siquiera eso es obra suya: a Costa lo dimitieron desde Madrid, después de una charlotada a la que toda España asistió con una incredulidad abochornada.

  Eso es la corrupción (que golpea a todos, etc.) y esa es la realidad de la reacción de los diferentes partidos. Pasen y juzguen, amigos. Y luego, si es preciso, ya nos podemos volver a poner el palillo en la boca y, tras lanzar la ficha del dominó sobre la mesa de mármol, mascullar de nuevo “todos los políticos son iguales”. Pero no es cierto.