La excelencia de nuestro cine
No he visto Ágora, pero he visto Celda 211. Como se ha encargado de certificar la crítica especializada y han corroborado las decenas de miles de espectadores que ya han acudido a su reclamo, la película del director mallorquín Daniel Monzón contiene ciento diez minutos de tensión pura y eléctrica. Ha conseguido esa magia que consiste en elevar un buen guión (basado en la novela de Francisco Pérez Gandul) a bocados de cinematografía pura, la que te golpea en el estómago tanto como en el cerebro.
Me pregunto cómo pueden algunos, ante evidencias como la de este film, seguir entonando su desconsolado estribillo: “Qué malo es el cine español y qué bueno es el de Hollywood”. No seré yo el que diga nada contra el audiovisual americano. Cuando aciertan, producen obras inolvidables, qué duda cabe. Pero es exactamente lo que ocurre en el caso español. Lo que me parece tonto, por otro lado, es esa insistencia de algunos en denigrar el cine propio con la excusa de la orientación ideológica de sus creadores. ¿A quién demonios le importa qué vota Luis Tosar, ese genial “Malamadre”? Si nuestra derecha no fuera tan impresentable (ellos son la auténtica excepción cultural europea) los creadores de este país no se verían obligados –como ocurrió en las últimas elecciones generales- a mostrar su apoyo público a Zapatero. Para algunos, sin embargo, por este hecho nuestro cine es un lugar extraño donde se penetra como el guardia novato de la película, inmerso de pronto, por culpa de un motín, en la voraginosa turbamulta de los delincuentes de la ceja. Pues lo siento, pero no han entendido nada.










