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Traducción inversa

Joan Garí

Minaretes: el miedo

03 dic 2009
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  No me sorprendió en absoluto el resultado del referéndum suizo del domingo. Nuestros banqueros y relojeros preferidos han votado en masa para que no se puedan construir más minaretes en el país helvético, aunque los informes no precisan si eso incluye dinamitar los ya existentes, como hicieron los talibanes con los Budas gigantes afganos. La Europa de las catedrales –que diría Blas Piñar- está exultante o,  mejor dicho, la extrema derecha saborea su triunfo. Este periódico recorría las cancillerías del continente recogiendo reacciones, y aunque el ministro francés de Exteriores, Bernard Kouchner, aseguraba sentirse “un poco escandalizado”, Le Monde certificaba, con la otra mano, que “Les minarets suisses attisent le débat sur l’identité française”, que es como decir que  al puchero de la identidad gala puesto en el fuego por Sarkozy le pueden venir bien los huesos del miedo helvético.

  Miedo, sí señores. Llamemos a las cosas por su nombre. Quince millones de musulmanes europeos tienen atemorizados a quinientos millones de seres presuntamente ilustrados y amantes del progreso. ¿Amantes del progreso? Precisamente el miedo es lo que diferencia a un progresista de un conservador y habrá que reconocer que, en materia de inmigración, a mucha gente –vote lo que vote- se le está notando el terror en la cara.

  ¿Qué importancia puede tener un minarete más o menos? Los más cultos pueden llamarlos “alminares” –vocablo que huele puramente a Al-Andalus-, pero las palabras nunca son el verdadero problema. Tememos al islam porque incluye una parte de nuestro propio fanatismo, de nuestro incanjeable primitivismo.