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Traducción inversa

Joan Garí

Los mercados

31 may 2010
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  Algunos economistas muy bien trajeados se esfuerzan por asegurarnos que los mercados somos todos y cada uno de nosotros, con nuestras nóminas, nuestro consumo cotidiano, nuestras hipotecas y el resto de las deudas. En realidad, bajo esa peliaguda etiqueta –“los mercados”- anida un ente que se escapa con mucho de cualquier escala económica a ras de suelo. No hace falta ser un lince para adivinar que ahí detrás no hay currantes normales, ni siquiera empresarios al uso, sino una amalgama de poderosos globales, algunos con los colmillos muy afilados y otros pertrechados bajo pieles de ovejas con pedigrí, pero todos ellos perfumados hasta la náusea con los efluvios del dinero que han amasado en rapiñas muy bien planificadas.

  La izquierda, que en estos temas es muy ingenua, se pregunta quién elige a los mercados. Pues mire usted, esos caballeros no se enfrentan a más elección que la que dirimen cada mañana ante el espejo para decidir entre la corbata granate o la turquesa. Los mercados no son democráticos de la misma forma que es el emperador romano el que arbitra la muerte de los gladiadores y no al revés. Alguien tiene que conservar la cabeza fría cuando hay que sacrificar a las masas para que en el circo continúe el espectáculo.

  Si el capitalismo no puede ser refundado ni es imaginable que sea dinamitado, entonces tienen razón todos los que advierten que la crisis va para largo y/o que vamos a encadenarla con otras crisis cíclicas hasta la catarsis final. Quizá Marx no se equivocó, aunque la realidad antropológica convirtió su teoría en caos. Haría falta un nuevo Marx. Y otro ser humano, claro.