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Traducción inversa

Joan Garí

Hawking, Sacks, Jones y todo lo demás

15 sep 2010
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Mal tienen que ir las cosas cuando el columnista se ve obligado,  una vez más, a hablar de Dios en su pequeño espacio. Pero hace días que, reiteradamente, se suceden las noticias en que el Todopoderoso es el protagonista más o menos voluntario. Empezó Stephen Hawking promocionando su nuevo libro, El gran diseño, a base de negar la necesidad de una intervención sobrenatural en el origen del universo. Luego llegó Terry Jones, el pastor terrible que quería quemar coranes en la conmemoración del 11-S. Y después, como espeluznantes menudencias, las novedades de la pederastia en Bélgica, un indelicado catálogo de horrores.

A Hawking le contestó Jonathan Sacks, gran rabino de la Congregación Hebrea de la Commonwealth, con palabras meditadas. Según Sacks la religión no tiene un interés especial en la creación, sino más bien en cuestiones prácticas como: ¿Quiénes somos?, ¿Por qué estamos aquí? o ¿Cómo debemos vivir? Como un extraño eco de estas palabras, Terry Jones estuvo a punto de provocar un conflicto mundial desde su diminuta parroquia fundamentalista de Gainesville. Y así seguimos.

Lo más curioso de todo esto es que el Dios de Hawking, de Sacks, de Jones, de los musulmanes y de los curas pedófilos se supone que tiene que ser el mismo. Exista o no exista, sea razonable, airado, vicioso o vengativo, se trata del mismo tipo que provoca quemazón en los labios que lo invocan o en los oídos que lo reciben. Yo pensaba que la función de la religión debería ser esparcir la bondad y apaciguar los corazones de los creyentes. Entonces, ¿qué parte de la película me he perdido?

Teoría de la masturbación

04 ago 2010
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El Arzobispado de Valencia ha encargado un manual para poder enseñar en los colegios su propia educación sexual. En el texto de marras no hay ninguna sorpresa: se reclama “abstinencia”, se ataca a los homosexuales y se desaconseja la masturbación. Todo muy normal… si uno vive en la España de los años 40, claro. A esta regresión (in)formativa los obispos valencianos lo llaman “la verdad sobre la sexualidad”.

No acabo de entender la obsesión de la iglesia con el sexo, de no ser que sea el resultado de tener que reprimirlo abruptamente en carne propia. Quieren que un muchacho de catorce años se comporte como un obispo, aunque quizá lo que barruntan es que la masturbación aleja de Dios, y de cualquier otra idea demasiado deletérea. Aún recuerdo la cara de odio y de asco con que el director del colegio, donde yo cursaba quinto de EGB, nos preguntó un día, a bocajarro, si sabíamos lo que era “pelársela” (sic). Yo era entonces un jovencito muy casto que aún rezaba el rosario entre salesianos, pero la inquisición del enojado director me movió a ponerme al día. “Dejé de confesarme al mismo tiempo en que comencé a masturbarme”, escribe Iñaki Uriarte en sus Diarios. Pues es eso.

Dios, en efecto –y su razón comercial, la Iglesia-, es algo ajeno al placer, aunque sea el pequeño placer propio, intransferible, monológico. ¿Qué clase de Dios es este, qué tipo arrogante y oblicuo que se construye contra las elementales y sagradas satisfacciones cotidianas? No me extraña que esté en crisis. Debería empezar por cambiar de representantes antes de que le liquiden completamente el negocio.