Las imágenes de esos indefensos antidisturbios siendo asaltados impunemente por una salvaje horda de estudiantes de instituto en Valencia nos van acercando al Partenón. Nada más puro y armónico que ver a un gorila de dos metros, lector de Platón en sus ratos libres, ante la dentadura perfecta de un jovenzuelo de catorce años que protesta sin miedo porque le han robado el futuro. El gorila, claro, está –platónicamente- acojonado. Y no tiene más remedio que llevarse al muchacho a comisaría después de tocarle el hocico si hace falta.
Son varios los observadores que se han referido al País Valencià como la Grecia de España. Al fin y al cabo, la Generalitat está en bancarrota y, sin la ayuda del Estado, ya sería pasto de los tiburones. La analogía, sin embargo, se perfecciona ahora con esa imagen de los armarios policiales repartiendo estopa entre los adolescentes. “Sí que sou valents, que pegueu als xiquets” les cantaban (“Sí que sois valientes, pegando a los niños”), y las fotografías de la gesta daban la vuelta al mundo y se plantaban en todos los medios, comenzando por The New York Times. Pero la prensa conservadora y patriótica (valga la redundancia), siempre tan escrupulosamente deontológica, prefería difundir el bulo de que los profesores prometían aprobado general a los alumnos que participaran en las protestas (sic). Eso decía ABC, porque ya se sabe que no hay que dejar que una triste verdad te arruine un hermoso y hediondo titular.
Ya llega Grecia, y aún no entendemos muy bien a Platón. Quizá necesitamos más porrazos.
El periódico El Mundo ha publicado las actas de votación del Jurado Popular en el juicio a Francisco Camps. Son 16 folios escritos a mano, con una caligrafía vacilante y llenos de faltas de concordancia, sin acentos, con frases mal puntuadas, mayúsculas aleatorias y otras delicadezas sintácticas. He aquí la crestomatía del jurado “faborable” (sic) a Camps. Sorprendentemente, la revelación ha pasado con poca gloria. A mí, en cambio, me parece la metáfora más pertinente de lo que ha ocurrido con estos alegres muchachos, Camps y Costa. Ambos se han encontrado con un jurado a su medida, con líderes de ideas muy particulares sobre lo alfabético, que ha decidido absolverlos. Pasa cada día. No olvidemos que Francisco Camps, siempre que se ha presentado a las elecciones, las ha ganado con mayoría absoluta, incluso (¡o sobre todo!) cuando ya se conocían todos sus turbios manejos con los amiguitos del alma de la Gürtel.
Siempre he pensado que el gran tema con Camps no era si sería o no condenado, sino qué tipo de mayorías sociales le toleraban, le disculpaban y finalmente le encumbraban a pesar de las evidencias (esto es, las “ebidencias”). Eso es lo escandaloso, lo que huele mal, como diría el clásico: “Something is rotten in the state of Valencia”. ¿Carlos Fabra? No tengan ninguna duda de que también será absuelto. Al fin y al cabo, es otro especialista en generar amplias mayorías que le declaraban inocente con su voto. Camps o Fabra no son más culpables que sus electores. Por eso los jurados se embelesan ante su belleza moral. ¡Qué “vonito”!
Amable lector, te explico: aún sufriendo mucho, no sufro tanto por esta crisis como por la siguiente. Así es. Acabarán los años malos, llegará una nueva bonanza y los mismos tipos que ahora están mesándose los cabellos y asegurando, con voz de plañidera, que han captado el mensaje volverán a poner sus sucias zarpas en el tarro de la miel.
¿No lo crees? Pon atención a la siguiente frase, pronunciada hace muy poco por José Ciscar, vicepresidente del Gobierno valenciano. “Estoy convencido –asegura el muchachote- de que si, por ejemplo, les dijéramos a los ciudadanos que si desaparece la Ciudad de las Ciencias, desaparece la deuda, la gente querría conservar la Ciudad de las Ciencias”.
La Ciutat de les Arts i de les Ciències es un viejo proyecto del socialista Joan Lerma que retomó Eduardo Zaplana con sus hechuras de nuevo rico, y que Francisco Camps culminó con un coste total de 1.282 millones de euros. Efectivamente, he dicho 1.282 millones, estás en lo cierto. Te preguntarás para qué sirve la susodicha ciudad. Pues alberga un oceanográfico, un palacio de ópera y un planetario. Te seguirás preguntando si para eso era necesario gastarse 1.282 millones del ala. La respuesta, obviamente, es no, pero lo importante es que, según Ciscar, “los valencianos” preferimos tener la mayor deuda de España (20% del PIB) antes que renunciar a esta barroca fantasía arquitectónica.
Su problema no es la corrupción, ni la grandilocuencia ni la poca sustancia: su verdadera desgracia es que no han entendido nada. Y volverán a pecar. Al tiempo.
¿Alguien conoce a Avel·lí Corma? ¿Y a Francisco Camps? Son extraños los dictados de la fama, porque ambos tienen reconocimiento mundial, pero sólo uno lo ejerce. La revista GQ declaró a Camps (en el 2009) uno de los hombres mejor vestidos del planeta, pero para entonces el caso Gürtel ya mordía los talones al marido de la farmacéutica. Frente a la nombradía instantánea y golosa que ha atesorado Camps en este tiempo, el químico Avel·í Corma sólo puede presumir de ser el investigador español más citado en el mundo. La revista Science considera que su descubrimiento de una nueva molécula -la zeolita- con aplicaciones ecológicas es uno de los diez mejores hallazgos del 2011, a la altura de la vacuna contra la malaria.
Que Corma sólo sea popular entre sus colegas del Instituto de Tecnología Química de Valencia indica bien a las claras qué clase de maleficio pesa sobre los valencianos. Nuestra fama de adictos al espectáculo vacío, al derroche instantáneo e inútil –una falla, una mascletà, un desfile de Moros y Cristianos- nos convirtió en reos de un presidente que destiló todo eso a la perfección y, además, aceptó presuntamente sobornos de sus ya clásicos amiguitos del alma, usted y yo sabemos a cambio de qué.
El año termina y el careto de Camps con su media sonrisa hueca en el banquillo de los acusados simboliza perfectamente el fin de una época. Es la corrupción, la desmesura, el despilfarro y la poca vergüenza lo que se juzga allí. En un mundo mejor, nadie sabría quién es Camps, pero Avel·lí Corma sería uno de nuestros héroes.
Bajo el marasmo de la victoria absoluta del PP, hay sin embargo demasiados datos positivos como para dejarlos pasar. Me gustaría centrarme en uno de ellos: el escaño conseguido en Valencia por la coalición Compromís. Bajo esta marca se agrupan la principal fuerza del valencianismo político, el Bloc Nacionalista Valencià, sus aliados de Iniciativa del Poble Valencià (escindidos de IU) y también Equo. Estas organizaciones han sabido hacer su papel y, como resultado de su activismo transversal e imaginativo, por primera vez desde hace 75 años un diputado nacionalista valenciano se sentará en el Congreso de los Diputados.
En 1936, en efecto, mi paisano Vicent Marco Miranda (1880-1946) obtuvo acta de diputado por Esquerra Valenciana, formación que en Madrid se integró en el grupo de Esquerra Republicana de Catalunya. Marco es una figura interesantísima, uno de esos prohombres que sólo pudo proporcionar la circunstancia republicana. Aunque nacido en Castellón, se crió en Borriana, localidad a la que dedicó las páginas más sabrosas de sus memorias, In illo tempore. Sus inicios políticos lo sitúan en las filas del blasquismo (seguidores de Blasco Ibáñez), con el que llega a ser alcalde de Valencia. En 1934, sin embargo, funda su propio partido y ya no abandona las convicciones valencianistas.
Desde el domingo, Joan Baldoví, exalcalde de Sueca, tiene el honor de tomar el relevo de Marco. Estábamos demasiado resignados a que el País Valencià no pintara nada. De Baldoví depende que su voz se deje sentir con eficacia y con claridad.
Dice este periódico que los del PP andan últimamente peleados entre sí a propósito de los trenes. Lo que pasa es que hace unas semanas cuatro poderosos barones del PP (Aguirre, Cospedal, Monago y Rudi), fueron al estanco a comprar sellos muy gordos y enviaron una carta a diversas instancias españolas y europeas para reclamar que el llamado Corredor ferroviario Central (que conecta Algeciras con la frontera francesa a través de Madrid) no sea postergado por el Corredor Mediterráneo, que recorre todo el este peninsular y conecta los puertos de Valencia y Barcelona con su mercado natural. Luego los cuatro amigos y dirigentes populares se hicieron una foto con la susodicha carta en la mano y lo celebraron con un bocata de calamares.
Todo esto no tendría nada de particular si no fuera por un pequeño detalle. Se da la circunstancia de que el Corredor Central está inventariado como “eje prioritario” por la Comisión Europea desde el año 2003, con el consiguiente beneficio presupuestario. Ese año, con Aznar de presidente y siendo Loyola de Palacio comisaria de Transportes y Energía de la Comisión Europea, se podría haber consignado también el carácter prioritario del Corredor Mediterráneo, pero no se hizo. Y ello a pesar de que las comunidades incluidas en este último eje concentraban y concentran el 40% de la población española, el 70% del turismo, el 60% de las exportaciones, el 55% de la producción industrial, el 50% de la producción agrícola y el 40% del PIB.
Qué apabullantes tenían que ser las cifras para que hasta Francisco Gürtel Camps se pusiera las pilas en defensa del ferrocarril costero. El testigo lo ha recogido Alberto Fabra, pero lo que quizá no esperaba éste (ni su homólogo murciano, Valcárcel), acabado de aterrizar en el cargo, es que los cuatro alegres muchachos centrales y centrípetos le obligaran a desayunarse con la ya famosa foto.
Un gran dilema para Rajoy: ¿a quién apoyar? ¿Quién tiene razón, los cuatro mediocampistas (Aguirre, Cospedal, Monago y Rudi) que ya tienen el dinero para su tren o los dos periféricos (Fabra, Valcárcel) que, con las cifras en la mano y los empresarios subiéndose por las paredes, reclaman una visión racional y no jacobina del estado? Pues que se lo haga mirar, no sea cosa que, al final, el único transporte viable sea –como en una parábola africana- el último tren a Katanga.
El auto judicial que arrastra a Francisco Camps ante un jurado causó, como era de esperar, un pequeño sarpullido de declaraciones. Con su permiso, me quedaré con una: la de la alcaldesa de Valencia. Rita Barberá, nada más conocer la decisión del juez, dijo lo siguiente: “Mientras unos quieren sacar a Camps de la política a fuerza de banquillo, otros de la misma profesión abren la puerta de la política para que entre Bildu”. Curiosamente, casi al mismo tiempo que Rita se desahogaba de este modo otro intelectual de su partido, Jaime Mayor Oreja, profería en la Escuela de Verano de la Fundación para la Defensa de la Nación Española estas palabras: “Afirmar que Bildu y ETA no son lo mismo es un insulto a la inteligencia”.
Según esta lógica impecablemente cartesiana, es obvio que existe una conspiración en el sistema judicial español para: A) Traicionar a España para favorecer a ETA y B) Encausar a ciudadanos honrados porque son del PP. ¿Y por qué, nos preguntaremos, se persigue a Camps en lugar de al terrorismo? Porque sólo hombres como él, honrados padres de familia, de misa diaria, nacionalistas españoles a carta cabal, pueden acabar con ETA. Sí, bueno, también es un poco ladronzuelo, se deja sobornar un poquito –sólo un poquito- pero exclusivamente en interés de la Nación y para evitar que los corruptos terroristas se acerquen a almas menos fuertes que la suya.
Tal es el nivel argumental en el partido que aspira a gobernarnos. Ahora bien: si de Barberás y Orejas depende su defensa, yo le recomendaría a Camps que se declarase culpable…
El domingo Francisco Camps estuvo en Gandía. Con ese brillo en los ojos que sólo proporcionan la impunidad judicial o la mayoría absoluta (o ambas cosas, en este caso), se autoproclamó ante sus huestes héroe de la Resistencia Valenciana, “por haber aguantado un Gobierno imposible, absurdo, extraño y antiespañol”. Esos cuatro adjetivos –tomen buena nota- se refieren a Zapatero. Obviemos los tres primeros y concentrémonos en el cuarto: “antiespañol”.
Contra los partidarios de no hacer caso de un gerifalte severamente alienado tras el descubrimiento de sus implicaciones en la red Gürtel, yo sí me tomo en serio a Camps. En lo que dice hay siempre un fondo de ideología profunda. ¿Zapatero, que es de Valladolid (en el meollo de la Castilla inmensa) y vive en Madrid, “antiespañol”? Entonces, en buena lógica, Camps –que nació en la huerta valenciana- debe considerarse emblema de lo español puro. La paradoja es estimulante. Así pues, según Camps, para ser nacional de un país no basta con haber nacido allí. Recuerden ustedes, por contraste, la vieja doctrina pujolista, que preconizaba que “es catalán quien vive y trabaja en Catalunya”.
Al final estaremos en lo cierto los que siempre creímos que España no es una nación, sino una ideología. Un español de izquierdas no es un auténtico español. Un valenciano de derechas, es obvio que sí. Ya dijo Francisco de Goya –otro antiespañol: de Fuendetodos (Zaragoza)- que “el sueño de la razón produce monstruos”. Pues vienen tiempos monstruosos para España. Y para la AntiEspaña, no digamos.
En aquel tiempo el abuelo Camps solía sentarse en la cancilla de su huerta. Gustaba de adormecerse arrullado por el cacareo de las gallinas, mientras la brisa del mar le acariciaba la barba blanca. Contemplaba con satisfacción la lozana plantación de chufa, orgullo de sus desvelos telúricos. Todo su mundo estaba al alcance de los ojos: más allá no había sino vorágine y sinsentido. Fue entonces cuando Paquito, el nieto predilecto, se acercó a su abuelo. Llevaba en la mano un pedazo de madera –su más preciado cetro- con la que imponía majestad en aquel reino pequeño. El viejo le hizo un gesto.
“Mira, hijo” –le explicó. “Todo lo que ves aquí lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo”. Paquito se sorbió los mocos. “Tienes que ser bueno y no debes decir palabrotas, ni robar, ni desobedecer a tu madre”, continuó el abuelo. “Nosotros somos los elegidos de Dios: Él nos ha entregado la tierra y somos sus fieles depositarios”. Paquito pensó en silencio qué querría decir “depositarios”. El viejo le puso la mano en el hombro y le buscó la mirada. “Dios castiga a los que se alzan contra él. ¿No ves a Pepito, que no tiene abuelo? Su abuelo era malo y Dios lo fulminó. Aprende la lección”. Paquito sintió entonces en su bolsillo el peso de las canicas que le había robado a Pepito. Robar era ir contra el Señor pero, si al abuelo de Pepito el propio Dios lo había castigado, ¿eso no lo exoneraba a él? Sintió una emoción contradictoria dentro de su pecho, pero calló. El abuelo volvió a su hieratismo. Paquito entró en la barraca. El viento anunciaba lluvia.
A ese intento del PP valenciano de intentar que las televisiones no adictas dejasen de usar los términos “imputados” y “corrupción” para referirse a sus listas electorales se le ha prestado poca atención. Génova lo paró en seco, es cierto, pero ahí queda. En realidad, cualquiera que viva en Madrid o Valencia sabe perfectamente qué es lo que el PP entiende por libertad de expresión o código deontológico. Sólo hay que dedicar unos minutos a los informativos de Telemadrid o Canal 9. Lo de ponerle el cuño de ETA a Zapatero o a Rubalcaba no es nada comparado con la abnegada labor que cada día realizan estas dos cadenas, el buque insignia de la concepción “liberal” de la vida en esta parte del mundo libre.
Con estos antecedentes, es lógico que Francisco Camps haya prohibido la recepción de TV3 en el País Valencià. El sábado pasado, decenas de miles de valencianos se lo recriminaron en la calle. TV3, para entendernos, fue la única cadena en donde, a la mañana siguiente del 11M, ya se planteó sin ambages que la opción de la autoría de ETA era una patraña. No me lo contó nadie: lo vi yo con mis propios ojos. No hay que extrañarse ni lo más mínimo, por tanto, de que Camps y sus adláteres ejecuten fríamente el programa para el que están más dotados: lograr un universo informativo en manos de paniaguados, adictos fervorosos y los tontos útiles que hacen al caso. Un coro de muy agradecidos –y muy agraciados económicamente- que están escribiendo las páginas más negras de la historia del periodismo local. Y esto no ha hecho nada más que empezar.