Nada más oportuno que otorgar el Premio Nobel de Literatura de este año a un poeta mudo. Tomas Tranströmer, en efecto, tuvo un ictus hace unos años, cuya consecuencia más inmediata fue quedar privado del habla y paralizado de medio cuerpo. Ahora responde a las entrevistas por correo electrónico, porque ni siquiera el mermado concurso del cuerpo puede evitar que el alma digital, orgullosamente contemporánea, transmigre a voluntad para celebrar el acontecimiento.
Un poeta silencioso sirve bien a las necesidades simbólicas del presente. Al fin y al cabo, en buena parte del mundo los escritores –los servidores obcecados de la Literatura- somos un cero a la izquierda a los que se conmina a amenizar y no elevar la voz (como el hilo musical). Observemos lo que ocurre a ambos lados de los Pirineos. En Francia, por decir un caso donde lo literario aún goza de prestigio, los nuevos libros de un consagrado como Michel Houellebecq (La carte et le territoire) o de un recién llegado como Laurent Binet (HHhH) son recibidos como acontecimientos sociales de primer orden, y sus ventas van en consonancia. El premio Goncourt es el emblema exacto de esta apuesta feroz por la calidad: su dotación es de 10€ (diez). En cambio en España lo que vende y lo que rellena los espacios culturales son los 600.000€ del Premio Planeta, que galardona libros indudablemente “entretenidos” (y, en algunos casos, incluso buenos).
El modelo español, el modelo francés. Un poeta sin habla parece el vaticinio más razonable en favor del triunfo de la primera vía, ¿no creen ustedes?
Se cumplen 50 años de la muerte de Ernest Hemingway. En la mañana del 2 de julio de 1961 el legendario escritor se pegó un tiro en la cabeza. En apenas dos semanas más hubiera cumplido 62 años. Hacía 7 que era premio Nobel de literatura. Hay diversos modelos de escritores, pero los más extremos son sólo dos: por un lado, están aquellos que vinieron al mundo para comérselo y no se puede desligar su actividad literaria de su hambre por conocer nuevas sensaciones –guerras, mujeres, países. Por otro lado, existen esos otros –Pessoa, por ejemplo- cuyo mundo se reduce a todo aquello que se puede comprender o imaginar desde las cuatro paredes de una habitación. Es obvio que Hemingway es el prototipo de la primera clase. Sus libros son un inventario variopinto de todo aquello que devoró en lustros de recorrer el planeta en busca de esa fascinante carnicería (una guerra civil o, en su defecto, una corrida de toros), ese tacto de piel femenina, esa montaña inaccesible. El suicidio, en estos casos, es una salida natural, casi la única posible. Cuando un macho alfa se da cuenta de que su papel en la manada ya no puede ser el mismo, de que la vorágine de los días de gloria, de ebriedad y de sangre ha llegado a su fin, pensar en una salida voluntaria y rápida a todo eso es lo más natural.
Al final, este tipo de escritores siempre suscitan la duda de si su propia vida no será su mejor obra. Hemingway, por supuesto, es autor de libros magníficos. Escribirlos, sin embargo, sólo supuso una débil traducción de lo que había supuesto vivirlos.
Mario Vargas Llosa es un hombre tocado por la gracia de los dioses. Su mera presencia propaga el privilegio que atesora, el de estar –sin paliativos- predestinado a triunfar. En un Perú donde el 44% de la población es mestiza y el 31% es amerindia, su tez es de una blancura fenomenal. Era guapo de joven –con ese matiz insolente que tiene la guapura en la juventud-, pero ahora su rostro, coronado por una cabellera finamente plateada, ha adquirido la consistencia definitiva de un macho alfa, con ojos penetrantes, cejas disuasivas y una nariz senatorial, de busto romano. Fue siempre apuesto –de una apostura grave y estudiada-, como también lo fue su segunda y actual esposa, Patricia Llosa, tal como los vemos a ambos en esa magnética imagen que ha circulado por todos los periódicos.
Todo el mundo se extrañó de que la Academia sueca tardara tanto en darle el Nobel. Esto es muy lógico. Al fin y al cabo, si hay un escritor contemporáneo que lo mereciera desde hace tantos años era él, puesto que ya desde sus inicios (La ciudad y los perros, 1962) se convirtió en el niño bonito de la crítica y del favor del público. Todo lo ha conseguido con su colosal esfuerzo, eso es cierto, pero lo que tantos escritores merecen y anhelan –la fama, el reconocimiento, la gloria- y logran tarde o mal o nunca él lo obtuvo enseguida y lo retuvo.
Por supuesto, no triunfó en política (¿qué mestizo, qué amerindio iba a votar en Perú a un blanco ultraliberal como Vargas?), pero eso no tiene la menor importancia. Él estaba destinado a otra clase de inmortalidad. Y Suecia, por fin, se la ha proporcionado. Enhorabuena.