Hay un chiste de Forges que circula estos días profusamente por la red. En la viñeta se ve a un tipo probándose un traje con el sastre a su lado. El traje en cuestión deja al descubierto el trasero y el tipo, con cara de escéptico, se atreve a farfullar: “No sé… Lo encuentro inadecuado”. Pero el sastre, impertérrito, contesta: “Pues para funcionarios es lo último”.
Lo sustancial de la crisis, en efecto, parece que va a acabar resolviéndose bajando una y otra vez el sueldo de los servidores públicos. Los mismos profesores, por ejemplo, que no hace ni un lustro contemplaban a sus alumnos de 16 años abandonar los estudios para sumarse a las suculentas nóminas de la construcción y cobrar el doble que ellos, ahora son convertidos en el chivo expiatorio de un proceso donde nunca tuvieron voz ni voto.
Cualquier politicucho de tres al cuarto sabe ya, a día de hoy, que no hay nada más agradable que recortar los sueldos públicos y obligar a sus titulares a trabajar más. Podría optar por bajarles el salario incluso en mayor cuantía, pero a cambio de reducirles proporcionalmente el horario laboral para que se pudiera contratar a más gente. Eso sería hacer las cosas bien. Es mucho mejor humillar al funcionario de carrera, despedir a muchos interinos y que se sepa claramente quien manda.
Para cuando Rajoy anuncie sus famosas medidas de ajuste, sus cospedales, aguirres y feijóos ya habrán ensanchado tanto el boquete en los pantalones del funcionario que no tendrá mérito meter por allí nada más. Pero todo sea por -la austeridad de- la patria.
En el año 2000, Rodríguez Zapatero conquistó la secretaría general del PSOE por 414 votos, sólo nueve más de los conseguidos por otro de los aspirantes al cargo, José Bono. ¿Se imaginan ustedes un socialismo dirigido por Bono en esta última década? Pues no bajen la guardia todavía, porque el de Albacete no se ha privado de opinar en estos últimos días sobre la dirección que debe emprender el partido después de la debacle electoral. Según el presidente del Congreso en funciones, el nuevo secretario general tiene que ser “un español sin complejos”, que oriente al PSOE hacia lo único importante de su sigla: “la letra E de España”.
Les aseguro que estas afirmaciones son literales y no han sido manipuladas ni caricaturizadas. Quizá al señor Bono le parezca que en la vida sólo hay dos cosas importantes, Dios y España. Incluso es posible que haya meditado profundamente y haya llegado a la conclusión de que estos dos términos se refieren, en realidad, a un único e indisoluble concepto, a la manera joseantoniana. Si es así, enhorabuena. Por suerte, me parece que el PSOE es un partido mucho más sensato que todo eso, y a poco que sus dirigentes analicen con perspicacia la realidad se darán cuenta de que, si quieren volver a contar con la totalidad de su voto tradicional, la única solución es volver a la praxis socialdemócrata y profundizar en la pluralidad cultural del estado.
¿Sería eso tener complejos? Mirémoslo así: a lo mejor los “complejos” son la otra manera de referirse a la vergüenza. Y de eso hay que tener y mucho, señor Bono.
Bajo el marasmo de la victoria absoluta del PP, hay sin embargo demasiados datos positivos como para dejarlos pasar. Me gustaría centrarme en uno de ellos: el escaño conseguido en Valencia por la coalición Compromís. Bajo esta marca se agrupan la principal fuerza del valencianismo político, el Bloc Nacionalista Valencià, sus aliados de Iniciativa del Poble Valencià (escindidos de IU) y también Equo. Estas organizaciones han sabido hacer su papel y, como resultado de su activismo transversal e imaginativo, por primera vez desde hace 75 años un diputado nacionalista valenciano se sentará en el Congreso de los Diputados.
En 1936, en efecto, mi paisano Vicent Marco Miranda (1880-1946) obtuvo acta de diputado por Esquerra Valenciana, formación que en Madrid se integró en el grupo de Esquerra Republicana de Catalunya. Marco es una figura interesantísima, uno de esos prohombres que sólo pudo proporcionar la circunstancia republicana. Aunque nacido en Castellón, se crió en Borriana, localidad a la que dedicó las páginas más sabrosas de sus memorias, In illo tempore. Sus inicios políticos lo sitúan en las filas del blasquismo (seguidores de Blasco Ibáñez), con el que llega a ser alcalde de Valencia. En 1934, sin embargo, funda su propio partido y ya no abandona las convicciones valencianistas.
Desde el domingo, Joan Baldoví, exalcalde de Sueca, tiene el honor de tomar el relevo de Marco. Estábamos demasiado resignados a que el País Valencià no pintara nada. De Baldoví depende que su voz se deje sentir con eficacia y con claridad.
Como en una escena de Los santos inocentes (esa gran novela/película futurista), Mariano Rajoy se ha sentado ante una mesa plegable en medio de la campiña y un mozo de oficio ha ido dando la vez. Hace un sol radiante, aunque la más dura de las tempestades puede fraguarse en cualquier momento. Don Mariano ha colocado a su derecha una fabulosa lista de canonjías, y a su izquierda versículos de su programa electoral inscritos en fragmentos diminutos de papel. A nadie le preocupa que esos fragmentos sean ilegibles, puesto que las prebendas son tan jugosas que podrían saciar el hambre de varias generaciones de etíopes.
El mozo va señalando el turno a los asistentes. Unos exhiben años de militancia, otros simplemente la longitud de sus colmillos. Pronto aparecen los que aducen, con grandes alharacas, servicios mucho más específicos: haber empeñado su nombre y su prestigio, por ejemplo, como tertuliano en televisiones autonómicas de tres al cuarto para honrar y alabar a su señor. Alguno de esos programas tenía audiencia cero (y “cero”, aquí, no es ninguna metáfora), lo que da una ida de la magnitud del sacrificio de estos esforzados y objetivos comunicadores. Don Mariano, imperturbable, da a cada uno lo suyo.
La ceremonia está finalizando, sin embargo, cuando alguien observa que las promesas escritas en esos papeles se estaban borrando, y en su lugar aparecía la frase “A expensas del dictamen de los mercados”. De pronto, la evidencia brutal les golpeó a todos: iban a ganar y no habría nada para repartir. Pues vaya fiesta.
Parafraseando a Albert Camus, podríamos decir que el único dilema electoral en España es si el PSOE merece o no ser votado. Esto es así, por lo menos, desde 1982 y supongo que por eso los períodos electorales son tan aburridos. Si analizamos la evolución de los principales partidos, descubriremos que todo el espectro derechista está concentrado en el PP y nunca (ni siquiera con la mayoría absoluta de Aznar en el año 2000) ha superado un techo situado en poco más de diez millones de papeletas. Todos juntos –extrema derecha, conservadores religiosos, centristas…- nunca sobrepasaron esa cantidad, y probablemente nunca lo harán. ¿Cuándo puede entonces ganar la derecha unas elecciones? Cuando los votantes del PSOE se abstienen o votan otras opciones. Simplemente.
Para el 20 de noviembre, es obvio que estamos en otra coyuntura en que, ante la incomparecencia del electorado socialista, los diez millones de votos del PP –ni uno más ni uno menos- le proporcionarán una mayoría absolutísima. En contrapartida, las otras formaciones progresistas verán incrementados sus apoyos. Gobernará la derecha, pero el Congreso resultante será menos bipartidista.
Y lo que me pregunto, claro, es si es inevitable que, para que la izquierda plural se vea mejor representada, tenga que gobernar la derecha. No fue así en 2004, aunque aquellas elecciones resultaron verdaderamente excepcionales. Sea como sea, Sísifo-Rubalcaba está llevando ya su piedra a la cima de la montaña. Y en lo alto le espera, una vez más, la amarga profundidad del desierto.
Pocas cosas son comparables ahora mismo al espectáculo que estamos dando, de puertas para adentro, con el final de ETA. En el resto del mundo el asunto se circunscribe a otro grupo terrorista que –como el IRA antes- decreta por fin el alto el fuego. Las implicaciones emocionales e ideológicas, sin embargo, son tan profundas aquí que mucha gente no está a la altura del momento histórico. Esto es relativamente normal. La objetividad sólo la da la distancia y por eso los invitados a la llamada Conferencia de Paz del palacio de Aiete disponían de una comprensión privilegiada del problema. Y por eso precisamente fueron agraviados hasta la saciedad por los partidos y la prensa más visceralmente españolista. El insulto más grave lo propinó –chapuceramente, como siempre- ese gran estadista llamado González Pons. Aseguró que Kofi Annan, Gerry Adams, o Pierre Joxe (como antes Brian Currin) no podían ayudar a solucionar el litigio porque eran extranjeros. Los llamó así: “extranjeros”. Se burló, precisamente, de la única condición que les permitía evaluar el problema sin pasión ni furia. Malditos extranjeros.
Y luego está toda la literatura generada en la prensa “centrista”. Un par de frases inmortales valdrán de ejemplo: “Aiete, cobra y vete”; “A Currin, que le den por currin”. Si, amigos: ese es el tono, ese es el nivel del análisis, ese es el estilo de nuestros más brillantes columnistas “liberales”.
No sé, honestamente, si algunos tipos podrán sobrevivir sin ETA. Parecen ellos las únicas y definitivas víctimas. Y, a su manera, lo son.
Tan pocos días después y ya hay tantos que se han visto sacudidos por la certeza atroz: habrá que vivir sin ETA. Algunos comenzaron a notar el sudor frío el mismo día 20, a las 7 de la tarde, cuando Gara colgó en su página de internet el comunicado anunciando el final del terrorismo vasco. Enseguida se irían sucediendo los titulares cóncavos, las verdades medio llenas, los “peros” sobreactuados. Al tiempo que finalizaba el drama de las víctimas (las únicas con derecho a escupir a los etarras su desprecio universal), empezaba el de los guardianes del sepulcro de Don Pelayo. Ante la maldita evidencia, sólo existe el recurso de la retórica (si no se puede practicar un periodismo honesto, siempre nos quedará la mala literatura). Que si ETA “no se arrepiente”, que si “no se entrega”, que si “no pide perdón”. Cuánto catecismo. Como si el terrorista fuera un chaval de ocho años que, el día de su primera comunión, se ha sacado la hostia de la boca y se la ha dado al gato.
Toda esta gente, claro, ya está añorando a ETA. Esos viejos tiempos en que, en ciertos sueños delirantes, pistoleros vascos disfrazados de devotos árabes suicidas llevaban al candidato socialista a la Moncloa. Añorar a ETA va a convertirse en la forma de nostalgia más característica de la derecha española. Y Mayor Oreja, el gran hombre cuyo cerebro está tan lleno de ideología que ya no le cabe el sentido común, podrá contar a sus nietos la heroica batalla contra los “cómplices” de ETA, que era casi todo el mundo. Pero ahora ETA se ha acabado. Vaya faena.
Nada más oportuno que otorgar el Premio Nobel de Literatura de este año a un poeta mudo. Tomas Tranströmer, en efecto, tuvo un ictus hace unos años, cuya consecuencia más inmediata fue quedar privado del habla y paralizado de medio cuerpo. Ahora responde a las entrevistas por correo electrónico, porque ni siquiera el mermado concurso del cuerpo puede evitar que el alma digital, orgullosamente contemporánea, transmigre a voluntad para celebrar el acontecimiento.
Un poeta silencioso sirve bien a las necesidades simbólicas del presente. Al fin y al cabo, en buena parte del mundo los escritores –los servidores obcecados de la Literatura- somos un cero a la izquierda a los que se conmina a amenizar y no elevar la voz (como el hilo musical). Observemos lo que ocurre a ambos lados de los Pirineos. En Francia, por decir un caso donde lo literario aún goza de prestigio, los nuevos libros de un consagrado como Michel Houellebecq (La carte et le territoire) o de un recién llegado como Laurent Binet (HHhH) son recibidos como acontecimientos sociales de primer orden, y sus ventas van en consonancia. El premio Goncourt es el emblema exacto de esta apuesta feroz por la calidad: su dotación es de 10€ (diez). En cambio en España lo que vende y lo que rellena los espacios culturales son los 600.000€ del Premio Planeta, que galardona libros indudablemente “entretenidos” (y, en algunos casos, incluso buenos).
El modelo español, el modelo francés. Un poeta sin habla parece el vaticinio más razonable en favor del triunfo de la primera vía, ¿no creen ustedes?
Aunque el fútbol como espectáculo no me interesa –tampoco como “deporte”-, me fascinan algunos de sus rituales mediáticos y sus vuelos metafóricos. En los últimos tiempos, por ejemplo, es imposible no sacar conclusiones del duelo que mantienen los entrenadores del Madrid y del Barcelona. Ver a Mourinho y a Pep Guardiola después de un partido, en la sala de prensa, es contemplar a un país entero diseccionado y psicoanalizado a través de sus palabras. Son las dos Españas, qué duda cabe, las que se vehiculan en el discurso de estos dos caracteres antitéticos.
Supongo que sobre Mourinho y Guardiola se han escrito centenares de artículos, pero como yo no los he leído, escribo el mío con mucha tranquilidad. Inevitablemente, cuando los interrogan tras los partidos, siempre pienso en esta frase de George Bernard Shaw: “Algunas personas miran al mundo y dicen: ¿Por qué? Otras miran al mundo y dicen: ¿Por qué no?”. Creo que no se puede explicar con más claridad las razones de uno y otro. Los que se exclaman “¿Por qué?” ante cada revés no entienden nada, todo les parece un extraño enigma, y quizá están firmemente convencidos de que existe una conspiración contra ellos. En cambio, quien ante las situaciones cambiantes profiere un “¿Por qué no?” es un aliado del medio, alguien que ve una oportunidad en cada rendija de lo real, un triunfador nato.
Dos Españas frente a frente: la vieja –la portuguesa- se agota en su suspicacia autoritaria y paranoica; la nueva es pragmática y no lleva plomo en las alas. Catalunya será independiente.
Es difícil calibrar ahora cómo se valorará el legado de Zapatero. Supongo que un homosexual que ha podido casarse y/o adoptar hijos, una mujer que ha podido abortar sin cortapisas ni hipocresías o esas personas con el perfil de candidatas a ser víctimas de ETA (concejales, policías, empresarios) que, sin embargo, continúan vivas y/o libres lo evaluarán de una manera positiva. Pero si es alguien que, en estos últimos tres años, se ha visto en la calle, sin trabajo, quizá tienda a personalizar su desdicha en el rostro del hoy presidente en funciones. Será justo o injusto, pero nadie lo podrá culpar por ello.
En el fondo, cualquier líder anhela que la parte positiva de su mandato acabe venciendo en la memoria colectiva a la negativa. Supongo que Bill Clinton, cuando se destaparon sus desahogos seminales, sintió sobre su nuca el aliento frío del desprecio de la Historia (el síndrome Nixon/Watergate). ¿Olvidarán alguna vez los norteamericanos a Monica Lewinsky y, en su lugar, pondrán cirios en el altar del magnífico balance económico del marido de Hillary? Es difícil de saber. La experiencia demuestra, sin embargo, que los presidentes audaces –y creo que lo ha sido más Zapatero que Clinton- acaban siendo recordados más por sus aciertos que por sus errores.
A mí me parece, con todo, que Zapatero debería haber puesto más arrojo para profundizar en lo que él mismo llamó la “España plural”. Creo que todo lo que erosione la visión autoritaria y monolítica de esta torturada piel de toro es inaplazable. ¿Alguien me puede culpar por ello?