Aunque el fútbol como espectáculo no me interesa –tampoco como “deporte”-, me fascinan algunos de sus rituales mediáticos y sus vuelos metafóricos. En los últimos tiempos, por ejemplo, es imposible no sacar conclusiones del duelo que mantienen los entrenadores del Madrid y del Barcelona. Ver a Mourinho y a Pep Guardiola después de un partido, en la sala de prensa, es contemplar a un país entero diseccionado y psicoanalizado a través de sus palabras. Son las dos Españas, qué duda cabe, las que se vehiculan en el discurso de estos dos caracteres antitéticos.
Supongo que sobre Mourinho y Guardiola se han escrito centenares de artículos, pero como yo no los he leído, escribo el mío con mucha tranquilidad. Inevitablemente, cuando los interrogan tras los partidos, siempre pienso en esta frase de George Bernard Shaw: “Algunas personas miran al mundo y dicen: ¿Por qué? Otras miran al mundo y dicen: ¿Por qué no?”. Creo que no se puede explicar con más claridad las razones de uno y otro. Los que se exclaman “¿Por qué?” ante cada revés no entienden nada, todo les parece un extraño enigma, y quizá están firmemente convencidos de que existe una conspiración contra ellos. En cambio, quien ante las situaciones cambiantes profiere un “¿Por qué no?” es un aliado del medio, alguien que ve una oportunidad en cada rendija de lo real, un triunfador nato.
Dos Españas frente a frente: la vieja –la portuguesa- se agota en su suspicacia autoritaria y paranoica; la nueva es pragmática y no lleva plomo en las alas. Catalunya será independiente.
Es difícil calibrar ahora cómo se valorará el legado de Zapatero. Supongo que un homosexual que ha podido casarse y/o adoptar hijos, una mujer que ha podido abortar sin cortapisas ni hipocresías o esas personas con el perfil de candidatas a ser víctimas de ETA (concejales, policías, empresarios) que, sin embargo, continúan vivas y/o libres lo evaluarán de una manera positiva. Pero si es alguien que, en estos últimos tres años, se ha visto en la calle, sin trabajo, quizá tienda a personalizar su desdicha en el rostro del hoy presidente en funciones. Será justo o injusto, pero nadie lo podrá culpar por ello.
En el fondo, cualquier líder anhela que la parte positiva de su mandato acabe venciendo en la memoria colectiva a la negativa. Supongo que Bill Clinton, cuando se destaparon sus desahogos seminales, sintió sobre su nuca el aliento frío del desprecio de la Historia (el síndrome Nixon/Watergate). ¿Olvidarán alguna vez los norteamericanos a Monica Lewinsky y, en su lugar, pondrán cirios en el altar del magnífico balance económico del marido de Hillary? Es difícil de saber. La experiencia demuestra, sin embargo, que los presidentes audaces –y creo que lo ha sido más Zapatero que Clinton- acaban siendo recordados más por sus aciertos que por sus errores.
A mí me parece, con todo, que Zapatero debería haber puesto más arrojo para profundizar en lo que él mismo llamó la “España plural”. Creo que todo lo que erosione la visión autoritaria y monolítica de esta torturada piel de toro es inaplazable. ¿Alguien me puede culpar por ello?
Muy mal tienen que estar las cosas para que hasta José María Maravall abogue por la desaparición de los centros privados concertados. Maravall es el artífice de la LODE, que consolidó en España este tipo de colegios, aunque sometidos a unas condiciones (no seleccionar alumnos, no exigir a los padres pagos extra) que, obviamente, no cumplen. Es por eso que el exministro socialista piensa ahora en voz alta que sólo debería haber centros públicos y privados puros.
A estas alturas, parece evidente que no se puede pretender suprimir la iniciativa privada en ciertos ámbitos. El fracaso histórico del comunismo de tipo soviético (y “fracaso” aquí no es una opinión: es un hecho) se debió precisamente a la ilusoria creencia de que la gente trabajaría con igual ímpetu para el Estado que en favor de su propio beneficio. Pero si lo público tiene un sentido, incluso en sociedades sometidas a las reglas del capitalismo, es precisamente en la Educación o la Sanidad. Es completamente ilógico que los valores que debe compartir la ciudadanía de un estado democrático –los valores que se enseñan en la escuela- se vean sometidos al albur de morales privadas de iglesias, sectas u otros grupúsculos informados por creencias particulares.
La gran batalla que se avecina es esa. Y esos padres que llevaron a sus hijos a la escuela concertada para evitar a los inmigrantes en las aulas, o a los discapacitados o simplemente a los pobres se van a encontrar ahora con que sus hijos salen de ella como perfectos individuos asociales. ¿Era eso lo que pretendían?
El columnista, en el fuerte de su columna, se siente inexpugnable. Tener una columna se parece mucho a tener unos prismáticos privados, un preciado privilegio. Aquello que el columnista focaliza con sus ojos le parece el único fragmento de realidad digno de ser mirado. Por eso se esfuerza en que el lector dirija la vista hacia allí. Cuando el lector se da cuenta de que le gusta la manera de mirar del columnista, de que sus observaciones coinciden con las suyas, entonces se establece entre ellos una comunión indestructible.
Es precisamente por eso que el oficio de columnista tiene que respetar unas mínimas reglas deontológicas. ¿Hasta qué punto tenemos derecho a engañar y a engañarnos? Cada vez que un columnista le miente a su lector, aunque sólo sea por halagarlo, se está embaucando a sí mismo. Hay columnistas que siempre escriben el mismo artículo. Una vez les funcionó, y no hay nada como el eterno retorno. Hay columnistas que antes de entrar en faena miran hacia dónde sopla el viento y nunca navegan en sentido contrario. Hay columnistas que no se apartan nunca de la línea editorial del periódico que les paga, porque más cornás da el hambre. Hay tipos que escriben oscuro y otros que escriben claro, aunque el estilo no tiene nada qué ver con el interés de tus escritos, ni mucho menos con su autenticidad.
Si algo aprendí de este oficio es que nunca se domina del todo. Me siento ante el espectáculo de la vida y procuro ser honesto. A veces soy parcial o injusto o altivo, pero sólo creo en verdades provisionales. Tengan cuidado ahí fuera.
Se ha abierto la veda del profesor. Las cacerías, esto es obvio, retratan sobre todo al cazador, y es su hermosa cabeza fría la que tiene valor informativo y no la sangrienta pieza cobrada colgando en la sala de estar. Como algunas autonomías tienen que enjuagar el alegre despilfarro de los últimos años, han decidido ahorrar en Educación. Hacen bien, porque todo el mundo sabe que un profesor es un cínico peligroso. ¿Qué pretenden estos tipos? Que todos los alumnos accedan al saber, independientemente de sus orígenes familiares. Su programa es el de la Ilustración: hasta ahí podríamos llegar. En habiendo iglesias, ¿quién necesita aulas?
Esos maestroscuelas que no dan ni golpe, que tienen sobradas vacaciones, que llevan una lucha desesperada contra Darwin ahora se rebelan cuando sus queridos líderes les regatean recursos o directamente les despiden. Todo el mundo sabe que la calidad de la educación no requiere desdobles, ni programas de refuerzo, ni pocos alumnos en clase. Eso son excusas de privilegiados. Que aprendan de Esperanza Aguirre, toda una condesa que llega a duras penas a final de mes.
Los brillantes camaradas consejeros saben bien qué necesita el sector. Menos profesores hipercríticos y más policías en el vestíbulo. Al fin y al cabo, para el futuro que se perfila en el horizonte sobrarán ciudadanos preparados y faltarán muchedumbres adictas. El PP tiene 800.000 militantes. ¿Alguien cree que esa masa crítica se ha conseguido explicando en clase a Antonio Machado? Un poco de seriedad, por favor. Y adelante con la batida.
Un fantasma recorre el mundo: la filantropía de los multimillonarios. El verano se acaba, la crisis se recrudece, y algunos tipos con grandes fortunas les dicen a sus gobiernos –en Estados Unidos, en Alemania, en Francia- que quieren pagar más impuestos. Pues muy bien. Lo que no está tan claro es si el brazo político de estos señores –el Partido Republicano en USA, Merkel en Alemania, Sarkozy en Francia- está dispuesto a sacar conclusiones operativas de todo esto. Quizá la derecha francesa o alemana sean razonables, pero no me imagino al Tea Party bendiciendo la subida de impuestos, o cualquier otro beneficio colectivo.
Y mientras tanto, en España, las grandes fortunas dudan. Ellos no se ven, quizá, contribuyendo al alza a favor de su sociedad. Son ricos pero, sobre todo –qué caray-, son españoles. Imaginemos por un momento, sin embargo, que al final deciden dar el paso. Emulando a Buffett, a Bettencourt, a todos esos supermillonarios socializantes, se deciden a exigir que recaigan sobre sus beneficios los diezmos pertinentes. ¿Qué ocurrirá, entonces, con el discurso de Rajoy, ese vampiro con barba que considera los impuestos su más odiada cruz?
Si yo fuera multimillonario, exigiría sin dudarlo una gran carga impositiva. Al fin y al cabo, ya que me embargaría la misma insuperable dificultad para entrar en el Reino de los Cielos que la que pueda tener un camello para pasar por el ojo de una aguja (Mt 19, 23-30), mi única posibilidad de redención sería el IRPF. Ricos del mundo, uníos. Y soltad de una vez la mosca, si es posible.
Dice este periódico que los del PP andan últimamente peleados entre sí a propósito de los trenes. Lo que pasa es que hace unas semanas cuatro poderosos barones del PP (Aguirre, Cospedal, Monago y Rudi), fueron al estanco a comprar sellos muy gordos y enviaron una carta a diversas instancias españolas y europeas para reclamar que el llamado Corredor ferroviario Central (que conecta Algeciras con la frontera francesa a través de Madrid) no sea postergado por el Corredor Mediterráneo, que recorre todo el este peninsular y conecta los puertos de Valencia y Barcelona con su mercado natural. Luego los cuatro amigos y dirigentes populares se hicieron una foto con la susodicha carta en la mano y lo celebraron con un bocata de calamares.
Todo esto no tendría nada de particular si no fuera por un pequeño detalle. Se da la circunstancia de que el Corredor Central está inventariado como “eje prioritario” por la Comisión Europea desde el año 2003, con el consiguiente beneficio presupuestario. Ese año, con Aznar de presidente y siendo Loyola de Palacio comisaria de Transportes y Energía de la Comisión Europea, se podría haber consignado también el carácter prioritario del Corredor Mediterráneo, pero no se hizo. Y ello a pesar de que las comunidades incluidas en este último eje concentraban y concentran el 40% de la población española, el 70% del turismo, el 60% de las exportaciones, el 55% de la producción industrial, el 50% de la producción agrícola y el 40% del PIB.
Qué apabullantes tenían que ser las cifras para que hasta Francisco Gürtel Camps se pusiera las pilas en defensa del ferrocarril costero. El testigo lo ha recogido Alberto Fabra, pero lo que quizá no esperaba éste (ni su homólogo murciano, Valcárcel), acabado de aterrizar en el cargo, es que los cuatro alegres muchachos centrales y centrípetos le obligaran a desayunarse con la ya famosa foto.
Un gran dilema para Rajoy: ¿a quién apoyar? ¿Quién tiene razón, los cuatro mediocampistas (Aguirre, Cospedal, Monago y Rudi) que ya tienen el dinero para su tren o los dos periféricos (Fabra, Valcárcel) que, con las cifras en la mano y los empresarios subiéndose por las paredes, reclaman una visión racional y no jacobina del estado? Pues que se lo haga mirar, no sea cosa que, al final, el único transporte viable sea –como en una parábola africana- el último tren a Katanga.
Mi hotel está a pocos metros del Parque de la Independencia. Es un hotel muy judío: el ascensor funciona automáticamente (parando en cada piso) desde la puesta de sol del viernes, para poder cumplir los preceptos del sabath, que incluyen no utilizar máquinas. En el Parque de la Independencia es donde han acampado los indignados de Jerusalén, a imitación de sus compañeros de Tel Aviv. En la suave noche jerosolimitana, son sus cánticos y sus tambores lo que resuena en el centro de la ciudad. Me acerco, entonces, y me intereso por sus demandas. Rina Goldfeld nació en Ucrania, pero se trasladó a Israel en los años 90. Su inglés es bueno, su español también (vivió tres meses en Catalunya), y no le costó trabajo aprender hebreo. Me resume la situación: esta protesta –asegura- ha unido por primera vez a gentes de muy diversa procedencia. Aquí hay madres solteras, médicos, profesores y, sobre todo, jóvenes sin perspectivas de poder acceder a una vivienda. El mimetismo con el caso español es evidente.
A la congregación se acercan cantautores y toda clase de visitantes ilustres. No faltan representantes del tradicional pacifismo israelí, como Amit Lavi, de la asociación Breaking the Silence. Este grupo se ocupa de proporcionar al mundo testimonios de exsoldados en los territorios palestinos ocupados. Es duro explicar que tu propio ejército no tiene demasiadas contemplaciones con la población local. La amenaza del terrorismo convierte a los reclutas (aquí el servicio militar es obligatorio para ambos sexos) en máquinas de desconfianza y de odio. Esos mismos soldaditos que he visto en Yad Vashem –el Museo del Holocausto- horrorizados ante los testimonios de la Shoah luego se transforman en entes insensibles al dolor ajeno. Algunos no. Amit Lavi va contando por el mundo su experiencia. El pasado sábado lo hizo, por cierto, en el Rototom de Benicàssim, a donde voló tres días después de que mantuviéramos nuestra conversación en Jerusalén.
La indignación local crece con cada decisión presupuestaria del gobierno de Netanyahu. Hay dinero –mucho dinero- para patrocinar los asentamientos judíos en los territorios palestinos, mientras los alquileres en las principales ciudades están por las nubes. Como en cualquier otro país, el problema son las prioridades. Ahora entiendo un poco mejor, pues, qué cosa es la Tierra Santa.
El otro día volví a ver El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders (1987). No la había revisado desde que se estrenó. Es un título que despertó variedad de opiniones críticas. A mí me gusta. Siempre me resultó interesante el cine de Wenders. Contemplado ahora, sin embargo, El cielo sobre Berlín contiene un elemento en el que no reparé durante el primer visionado. Se trata del rostro de Bruno Ganz, el ángel caído que se enamora de la trapecista.
Este actor suizo ha tenido un extraño destino. Su sólida apostura juvenil (el mentón aguerrido, la nariz ancha) se remodeló con el tiempo. Las mejillas y la barbilla adquirieron una burbujeante plasticidad arcillosa. Las arrugas bajo los ojos le dieron un aire intelectualmente penetrante que la otra mitad de su rostro se obstinaba a trocar en la apariencia de un viejo boxeador, duro pero no rencoroso. Entonces Oliver Hirschbiegel lo eligió para interpretar a Adolf Hitler en la película El hundimiento (Der Untergang, 2005), que recrea los últimos días del dictador en ese Berlín a punto de convertirse en la ciudad esquizofrénica de la obra de Wenders.
Lo que había ocurrido, sencillamente, es que el rostro de Ganz se había ido transformando hasta llegar a ser la máscara exacta de Adolf Hitler. Como le suele ocurrir a algunos actores, su magistral interpretación del Führer reveló una semejanza facial definitiva. Parecía como si toda su vida hubiera estado a la expectativa de un papel como ése. Y por eso ahora, cuando yo lo revisitaba en El cielo sobre Berlín, no veía en él al ángel Damiel. Veía a Adolf Hitler.
Supongo que es injusto que esto le pase a un actor que ha representado tantos y tan buenos papeles. Pero propicia lecturas incitantes. Al fin y al cabo, el Berlín de la película de Wenders tiene un halo fascinante, a sólo dos años de la caída del muro. Hitler se suicidó en 1945 pero su auténtico certificado de defunción no se expidió hasta 1989, cuando Berlín dejó de ser una ciudad bifronte y volvió a convertirse en la capital de la Alemania unida. A veces la historia se aletarga y propicia zonas muertas, que se acaban resolviendo de un plumazo, como si el impasse, en lugar de durar 44 años, hubiera durado 44 minutos.
Toda su vida –sin saberlo- esperó Bruno Ganz para encontrar el papel que mejor se correspondía a su rostro. Y esa máscara ya se le ha pegado para siempre.
Hay un hombre en España que es feliz, inmensamente feliz. Se ríe de la crisis, de la prima de riesgo, del mal ambiente político. Me lo imagino ahora, disfrutando de sus larguísimas vacaciones, mientras acaricia el retorno al trabajo –a su verdadero trabajo- para dentro de unos meses. Su oficio, digámoslo así, es cruel pero necesario. Alguien tiene que dar la cara por el jefe. En un país tan individualista, rojo y ácrata como este, alguien tiene que procurar las verdades oficiales, administrar un poco de cohesión informativa. Este hombre se ocupa de eso: de presentar un telediario y procurar que la realidad no le estropea un par de buenas consignas. Este hombre es Alfredo Urdaci.
No puede haber nadie en España con más de 18 años en 2004 que ignore quién es Urdaci. Haber crecido audiovisualmente, o haber llegado a la mayoría de edad moral emponzoñado con el discurso de esta criatura de Dios imprime carácter. Nada, después de eso, puede resultar ya tóxico. El “C.C.O.O.” de este sujeto es la vacuna deontológica por antonomasia, el antivirus que penetra directamente en sangre y expande sus células malignas dispuestas a matar o a morir. Para una generación de espectadores desarmados, Urdaci es una leyenda insoslayable. Y ahora volverá.
Lo de TVE fue bonito mientras duró. Zapatero (“el adolescente”, “el ingenuo”, “el ignorante”, tal como lo define la alegre y culta jauría derechista) sostuvo que España merecía una televisión pública plural, donde el líder de la oposición apareciera con la misma normalidad que el del Gobierno. Qué tío tan tonto. Un tipo así se cree de verdad todas las memeces que dicen los libros sobre la democracia. Un pasmao de ese calibre es un peligro permanente. Hasta el más estúpido sabe que las televisiones públicas están para darle coba al jefe (o a la jefa) y que la labor más indicada para un periodista es traer el café y las copas (¡y el puro!) cuando los jefes (y las jefas) lo requieren.
Todo esto, qué duda cabe, se solucionará en noviembre. Entonces la España eterna (y sus sólidos pilares mediáticos) volverá por sus fueros y donde estuvo Ana Pastor se volverá a sentar Alfredo Urdaci, como debe ser. Al fin y al cabo, ¿quién es Ana Pastor? Una gacetillera que no tiene ningún respeto por el jefe, sea Ahmadineyad o sea Cospedal. Alfredo –nuestro Alfredo- le enseñará periodismo. Qué felicidad.