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Traducción inversa

Joan Garí

Epístola moral a Félix de Azúa

14 dic 2011
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Fue divertido encontrar el otro día a Félix de Azúa, en un periódico nada sensacionalista y muy ponderado, explicando que ha tenido que abandonar Barcelona y vivir en Madrid huyendo del “nacionalismo”. Concretamente, asegura, no quiere que su hija sea “educada en Catalunya”. Santo Dios, cómo le comprendo. Debe ser durísimo vivir en un país donde no te dejan publicar tus libros, donde te prohíben escribir en los periódicos, donde te impiden dar tus clases en tu lengua. Después de eso, ¿qué más se le puede hacer a un intelectual y/o artista? ¿Obligarle a ver Sin Chan doblado al catalán?

Haces bien, Azúa. Ahora tu hija se educará en uno de esos caros colegios privados subvencionados por Aguirre donde le enseñarán a odiar a Catalunya y a amar a Madrid, digo a España. Me da escalofríos, sin embargo, pensar en que cunda tu ejemplo. Hace tiempo Gaspar Llamazares sugirió que, en Madrid, había “medio millón de extremistas de derecha cabreados” (¡cuántos posibles amiguitos, por supuesto “no nacionalistas”, para tu hijita, Azúa!). Como no todos los madrileños responden a ese perfil, no cuesta imaginarse la diáspora que podría organizarse: todos los progresistas de la capital buscando alojamiento en la periferia. En mi casa de Borriana no tengo mucho espacio, pero en la de Vilafranca puedo acoger a un par de familias con descendencia breve y morigerada.

De todo esto se deduce, apreciado Azúa, que hoy en dia el que no se siente víctima de algo es porque no quiere. Pero, ¿sirve para algo el victimismo? Además de para vender periódicos, quiero decir…

Camps y la sastrería de la libertad

21 feb 2009
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   El pasado día 12 el Congreso de los diputados aprobó una curiosa enmienda. Con el voto en contra del PP, el resto de partidos solicitó al Gobierno que no se impida la recepción de televisiones entre autonomías que comparten “un mismo sistema lingüístico” (es decir, en román paladino, una misma lengua). El acuerdo viene a propósito de las intenciones de Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana, de impedir la recepción en  Valencia de la Televisión de Cataluña. Es interesante aclarar que TV3 está presente en los hogares valencianos desde hace veinte años, cuando una iniciativa popular sufragó el sistema de repetidores que lo propicia. Las urgencias de Camps vienen dadas, ahora, por el goloso reparto de la tarta digital: al bueno de Paquito le ha faltado tiempo para repartirla entre sus amigotes (entre ellos, por cierto, alguno también investigado por Garzón), pero no es suficiente.

  No sé a ustedes, pero a mí todo eso me parece un poco surrealista. ¿Quién demonios se cree ese tal Camps para decirme qué canal puedo ver en mi televisor? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Acotarme los diarios que pueda leer, intervenir en el dial radiofónico, quemar libros?

  ¿Se imaginan ustedes que el gobierno de Euskadi impidiera la recepción de Antena 3 aduciendo que su línea editorial es demasiado españolista? ¿O que el de Canarias vetara la señal de TVE porque sus locutores no utilizan las variedades lingüísticas propias del archipiélago? Sería sin duda un escándalo general. Me gustaría escuchar a algunos tertulianos de colon irritable y leer a ciertos columnistas de moral extraviada en el caso de que esta misma operación estuviera patrocinada, mutatis mutandis, por Hugo Chávez. Sin embargo, si lo hace Camps y es contra Cataluña todo vale.

   Sin duda con esta medida se busca halagar, en los sectores populares,  los bajos instintos del anticatalanismo (ese trasunto de antisemitismo genuinamente español),  que los entretiene como a un perro se le reduce dándole a roer un hueso insípido.

   Lo que le molesta a Camps de TV3 es la lección que le da cada día de cómo se puede hacer televisión en catalán desde la honestidad deontológica, la calidad en los contenidos y el respeto al pluralismo ideológico. Es decir, todos aquellos valores que están clamorosamente ausentes de Canal 9. En este contexto, lo de los 30.000 euros en trajes me parece verdaderamente peccata minuta. Y disculpen la brutalidad de la ironía.