Quizá La aznaridad, de Vázquez Montalbán (que repartió este periódico), pueda ser una perfecta lectura estival para intelectuales, aunque en ese caso deberíamos aceptar como tal a cualquiera que no haya podido ver nunca más de cinco minutos de Donde estás corazón. Pero es que la aznarología continua siendo interesante. Digamos que la aznaridad consiste en recorrer río arriba el proceloso viaje que la derecha española había surcado ya río abajo. Se habían despojado muy trabajosamente de todos esos tics que los ningunearon en la Transición, habían estrenado con éxito su máscara de centristas, habían dejado atrás el imperio, la unidad de destino y el sursum corda. Y entonces Aznar, que parecía el hombre predestinado a rasurar del rostro de la derecha celtibérica esos horribles pelos de la dehesa, se convirtió en el Cid empuñando la espada. El resto es bien conocido. Cita Vázquez esos versos de Kipling que le gustaban al interfecto: “Si puedes mantener la cabeza cuando todos a tu alrededor/pierden la suya y por ello te culpan,/si puedes confiar en ti cuando de ti todos dudan…” A Felipe González lo llamaron “César visionario” por mucho menos, así que no sé qué calificativo se ajusta más a la personalidad de este mequetrefe con ínfulas de grandeza. De momento, es obvio que se trata del peor presidente de la democracia española, el que ha concitado más odios, el que ha cometido más barrabasadas, el que nos dejó la peor herencia. Y el que dedicó a las víctimas del 11-M este extravagante epitafio: “Los han matado sólo porque eran españoles”. Mantener la cabeza, claro. Pero para eso hay que tenerla.
En los momentos previos a la revolución islámica de 1979, el ayatolá Jomeini, desde su exilio en Neaufle-le-Château, grababa sus discursos en cintas de cassette, que sus partidarios introducían en un Irán convulsionado. Treinta años después, los manifestantes persas que cuestionan el resultado de las recientes elecciones han cobijado su indignación en Twitter. Utilizando los servicios de micro-blogging, los partidarios de Mir Husein Musaví han sabido sortear la censura previa, la interferencia de las señales de televisión vía satélite y el bloqueo de las páginas web para airear las protestas contra Mahmud Ahmadineyad.
Siempre es cierto que, cuando se cierra una puerta, se abren múltiples ventanas. El Sah no supo calibrar, a finales de los 70, el alcance de las vidriosas palabras de Jomeini y su feroz mirada teocrática, y por eso cayó. Ahora mismo no se sabe qué suerte seguirá Ahmadineyad, pero es obvio que no se puede suplantar la voluntad de cambio ni se puede engañar a todos durante todo el tiempo.
En España, por suerte, también supimos dar una contundente lección de democracia a la altura de los tiempos. En 2004, el gobierno de José María Aznar intentó ocultar las pruebas iniciales que conducían a la autoría islamista del atentado de Atocha. Grupos de ciudadanos indignados usaron los mensajes sms para cercar las sedes del PP y exigir la verdad. La historia acabó bien: Aznar no se presentaba a las elecciones y, sin embargo, fue ampliamente derrotado.
Ahmadineyad, Aznar. Estos hombrecillos soberbios como dioses acaban encontrando siempre la horma (tecnológica) de su zapato.
Esto era Aznar presentando su libro España puede salir de la crisis. Las crónicas son generosas, porque el ex presidente es un locutor privilegiado. Así que el hombre fue desgranando su argumentario, introduciendo sus recetas contra la pavorosa crisis mundial, hasta que dijo la frase que me convenció: “La ruptura de la unidad de mercado nacional, la aprobación de estatutos de autonomía que han debilitado mucho al Estado, y la débil defensa de los intereses nacionales en el exterior están también detrás de la grave crisis que azota a nuestro país”.
En un momento lo vi todo claro. Por supuesto, ¡cómo podía haber estado tan ciego! Quién más que los malvados nacionalismos periféricos, la anti-España perversa y el “frente torvo, oriental” de que hablaba José Antonio podían ser los responsables de que el mundo estuviera sumido en esta espantosa recesión.
Creo que Aznar ha entendido a la perfección esa bonita teoría que asegura que, cuando una mariposa mueve sus alas en Barcelona, sus efectos se dejan notar en el índice Nikkei. Así es, amigos, cuatro locos se montan la juerga de hacer un nuevo estatuto en Cataluña (que enseguida copian en Valencia o en Andalucía PP y PSOE indistintamente) y la herida de España sangra en los parqués de las bolsas de todo el mundo. Pero hay más. Treinta años de autonomías en esta desdichada Nación no han hecho más que preparar el terreno para el nuevo crack planetario. Todos esos esfuerzos para descentralizar la administración, para adaptar la escuela a la realidad o la justicia a su clientela son datos irrefutables que explican la crisis. Qué grande es Aznar. ¿Ya se lo ha dicho a Obama?
En 1979, cuando tenía 26 años, José María Aznar escribió siete artículos sucesivos en el diario La Nueva Rioja que ponen literalmente los pelos de punta. Defendía, negro sobre blanco, la “abstención beligerante” en el reciente referéndum de aprobación de la Constitución. Y después decía frases como la siguiente: “Vientos de revancha son los que parecen traer algunos de los ayuntamientos recientemente constituidos. El de Guernica aprueba por unanimidad retirar la medalla de la villa, así como todos los honores concedidos al anterior Jefe del Estado -que aunque moleste a muchos gobernó durante 40 años y se llamaba Francisco Franco (…). En Coslada (Madrid) las calles dedicadas a Franco y José Antonio lo estarán a partir de ahora a la Constitución. En Valencia la Plaza del Caudillo pasará a llamarse del País Valenciano”.
Hasta aquí la cita. Se podría pensar que el partido del que Aznar es presidente de honor ha evolucionado desde entonces y ya no hace apologías del fascismo. La publicación del libro España, sueño imposible, por parte de Carlos Fabra en Castellón, y otros mil detalles, revelan sin embargo que esto no es así. En el subconsciente del PP todavía anida la España “una, grande y libre”.
Cuatro años después de la primeriza aventura periodística de Aznar, en 1983, un joven leonés licenciado en derecho llamado José Luis Rodríguez Zapatero leyó una tesis de licenciatura titulada Un modelo de autonomía política: Castilla y León. Entonces tiene 23 años. A los 23 años, y no digamos a los 26, uno ya tiene su ideología bien formada, y bien asentada su manera de ver el mundo. En la tesina se pueden leer frases como esta: “La Constitución permite, sin sufrir modificación formal alguna, tanto un Estado unitario y centralizado como un Estado sustancialmente federal”. Ni que decir tiene qué opción constitucional es la preferida por el joven universitario. Este hombre, veinte años después, se convertiría a su vez en presidente de España.
¿Cuál es la moraleja de estas dos secuencias biográficas? La moraleja consiste en que las mitologías subyacentes en el pensamiento de estos dos líderes son profundamente incompatibles. Y sólo uno de ellos cree íntimamente en la democracia y en la libertad.