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Traducción inversa

Joan Garí

Cohen & Dylan

05 ago 2009
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  Leonard Cohen y Bob Dylan vuelven a incluir a España en su gira mundial y en algunos escenarios privilegiados vuelven a escucharse sus salmodias llenas de versos inquietantes y de armonías alejadas de los caminos más trillados. En los conciertos de Dylan, sin embargo, ocurre lo contrario que en los de Cohen. El de Minnesotta convierte cada actuación ante el público en una confusa ceremonia donde las canciones que todos conservamos en lo más profundo de nuestro hipocampo se convierten en una melopea indistinta y monocorde. En los recitales del de Montreal, sin embargo, sus grandes temas se van desgranando limpios y cristalinos, quizá sólo enriquecidos con arreglos proporcionados por músicos como Javier Mas. Digamos que lo que hace Dylan es borrar las huellas de su genio, autodestruirse en cada interpretación; algunos llaman a eso, simplemente, reinventarse. Cohen, en cambio, pule con precisión el metal con el que ha logrado la forja perfecta, y lo exhibe orgulloso ante el público.  Durante muchos años, las dos maneras de actuar de mis dos cantantes favoritos me provocaron un dilema. Me gusta mucho el perfeccionismo de Cohen y me siento identificado con él, pero aún así reconozco en Dylan un talento musical mucho más ambicioso, incluso en el estrépito de sus fracasos. A veces en la vida hay que ser un maniático de la perfección y en cambio otras veces hay que dejar suelto el instinto, como se afloja la correa a un perro fiel. Esas dos actitudes son las de Cohen & Dylan, y por eso los quiero y los admiro. De alguna manera, son la cara y la cruz de una misma moneda. Mi moneda.

Bob Dylan: nos hacemos viejos

08 jun 2009
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  El 23 de junio se subastará en Christie’s un supuesto poema de Robert Zimmerman del año 57. Todos sabemos que este tal Zimmerman se convertiría, pocos años después, en uno de los grandes emblemas de nuestro tiempo. Pero en el 57 Bobby escribe, en el diario de un campamento juvenil, unos versos titulados “Little Buddy”, que en realidad son una copia de una canción de Hank Snow. Un lustro más tarde Robert Zimmerman se había  transformado ya en Bob Dylan, y su voz borrascosa y agujereada se colaba por puertas y ventanas de una América que inauguraba entre bostezos una década prodigiosa.

  En algún otro lugar he escrito largamente sobre una curiosa coincidencia: el mismo año en que Dylan divulga Blowin’ in the wind, Raimon proyecta, con su voz huracánica, Al vent, dos canciones destinadas a inaugurar su propia época y a asestar un mazazo perdurable en la conciencia colectiva a ambos lados del Atlántico. Pero es que, explorando ese umbral, de 1963 es también la película Il gattopardo, de Luchino Visconti, que se abre con unas cortinas que bailan con el viento mientras la cámara nos da acceso a la mansión del príncipe de Salina. Ese viento de Dylan, de Raimon, de Visconti, ese huracán materialista y dialéctico, era el que estaba destinado a cambiar la historia y convertir la libertad en una conquista irreversible. Nadie esperaba, supongo, que al final la mudanza preconizada acabara siendo plenamente lampedusiana, el “cambiar algo para que nade cambie”.

  Medio siglo después, Dylan se subasta como el mistificado icono pop que ya es, a Raimon se lo silencia y Visconti es pasto para cinéfilos. Nos hacemos viejos.