El episodio de la semana pasada en el Cabanyal no deja precisamente un buen sabor de boca. Que la bárbara Barberá quiera demoler el barrio a toda costa, sin esperar decisiones judiciales, es muy normal. Se trata de su estilo, en definitiva. Pero que la delegación del Gobierno –con un ex comunista al mando- envíe a la Policía Nacional a apalear a los vecinos que se enfrentan a las excavadoras, ¿eso cómo se come? La fuerza bruta injustificada siempre es condenable, pero lo que ocurre es que en Valencia, desde la Transición, hay un historial de violencia impune al que no es ajeno la actuación policial. Personalmente, recuerdo algunos episodios, en los años 80, en que pude comprobar cómo las supuestas fuerzas del orden miraban hacia otra parte o se hacían los remolones mientras las turbas de los llamados blaveros (la extrema derecha anticatalanista), hartos de agredir a las autoridades democráticas, campaban por sus fueros.
No hay que olvidar que en Valencia perdieron la batalla de la Transición las organizaciones ligadas al antifranquismo, mientras que los nostálgicos del régimen, con su disfraz regionalista, impusieron sus tesis. Aún ahora los más virulentos herederos de estos últimos actúan con una casi total impunidad. En ese contexto, escenas como la del otro día, con antidisturbios golpeando a vecinos pacíficos que defendían una causa justa, huelen demasiado mal. Llueve sobre mojado. Habrá que preguntarle al señor Peralta, delegado del Gobierno en el País Valenciano, de qué lado está. Y no basta con decir que del lado de la ley. Hay que estar, además, a la altura de sus circunstancias.
Como casi todos los conceptos políticos, “nacionalismo” es un término demasiado vago. ¿Es bueno o es malo? Depende. En tanto que gesto de autoestima colectiva, como instrumento para proteger una lengua o una cultura secularmente maltratada, el nacionalismo puede ser positivo y aún necesario. Demasiado a menudo, sin embargo, bajo esta generosa etiqueta se refugian actores políticos que imitan sus gestos y su lenguaje, aunque en el fondo sólo enarbolan una máscara de feria.
Estos días, con el conflicto del Cabanyal, hemos visto a la alcaldesa de Valencia y al honorable Camps lloriquear ante una opinión pública anestesiada, presentándose como víctimas de “Madrid”. De pronto, dos antiguos, pertinaces y sedicentes nacionalistas españoles se han travestido de “valencianistas” para dejar en evidencia al gobierno de Zapatero, la única instancia dispuesta a impedir que el PP autóctono destruya el barrio valenciano por antonomasia, el de Sorolla y Blasco Ibáñez.
¿No resultan ridículos estos dos personajes que no reconocen otra nación que España ni otra lengua que el español subiendo al escenario para quejarse de que esa misma España les persigue y les quiere acogotar? La enfermedad social ha llegado a un punto en que todo esto se desarrolla sin mayores reprobaciones, con una aquiescencia generalizada, con una sumisión versallesca. Alguien debería desenmascarar a estos farsantes. Alguien debería recordarles que, si quieren disfrazarse de “nacionalistas oprimidos”, antes tendrían que encontrar una causa justa para defender. Pero para eso, claro, hay que tener un poco de vergüenza. Y no es el caso.
El barrio del Cabanyal, en Valencia, es un antiguo pueblo de pescadores situado frente a la playa de la Malva-rosa. Su arquitectura de casas bajas, con sus vivaces fachadas decoradas con elementos modernistas, constituye un pequeño tesoro arquitectónico. Este es uno de los escenarios primordiales del novelista Blasco Ibáñez o del pintor Joaquín Sorolla, cuyos cuadros más luminosos y característicos retratan pasajes de la vida marinera del lugar. Aunque fue declarado Bien de Interés Cultural en 1993, el Cabanyal está sentenciado hace años, puesto que a la alcaldesa de Valencia, la hueca y absoluta Rita Barberá, se le ha puesto entre ceja y ceja abrir en canal el barrio para prolongar una torpe avenida.
Ahora el Tribunal Supremo, que en sentencias anteriores parecía dar el plácet al capricho urbanístico del PP, ha emitido un nuevo fallo que abre un resquicio a la esperanza de salvación para este hermoso poblamiento. El alto tribunal da la razón a los vecinos y le pasa la patata caliente al Ministerio de Cultura, que queda facultado para paralizar los planes municipales si considera que existe un “expolio” para el patrimonio valenciano.
Cuando todo parecía abocado, pues, a la destrucción del barrio, esta nueva arma permite continuar la lucha a organizaciones como “Salvem el Cabanyal”, que el fin de semana pasado celebró un concierto (titulado significativamente “Rock contra l’enderroc”, es decir, “Rock contra el derribo”) y anuncia renovados esfuerzos para que el Ministerio se moje y se paralicen las demoliciones en marcha.
¿Tendrá el Ministerio la cordura que le falta al ayuntamiento?