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Traducción inversa

Joan Garí

Más allá del paredón

07 dic 2009
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Se rueda, para TVE, la serie “Tarancón, el quinto mandamiento”, sobre el mítico cardenal de la Transición. Nada me parece más oportuno en estos momentos en los que la iglesia española nos vigila desde el altozano, trabuco en bandolera. Tuve la oportunidad de tratar personalmente al personaje, aprovechando que los dos nacimos en el mismo pueblo, Borriana. Desde esa confianza, certifico la distancia sideral que separa su altura moral de mariscal de los ejércitos terrenales de Cristo con respecto a estos obispillos de ahora, ahogados en látex y en los efluvios de su propio extremismo.

  Por decirlo de alguna manera, la singularidad de Tarancón consistía en su ausencia de ella. Se trataba de una persona normal, con el sentido común de un llaurador valenciano, alguien dispuesto a que su creencia en dioses no supusiera un permanente mazazo contra la cocorota de las personas humanas. De ahí su frase en la desafiante homilía de entronización de Juan Carlos: “La Iglesia no patrocina ninguna ideología política, ni determinará qué autoridades han de gobernarnos”. Hay que tener pocas convicciones, pero muy arraigadas, para no ir por la vida disfrutando con el espectáculo de las pajas en los ojos ajenos. Mosén Vicent era  un liberal y no me extraña que no quede nada de su herencia en la cúpula episcopal de ahora.

  Si el equipo de la serie hace bien su trabajo, podremos redescubrir a un héroe de la cordura en una época convulsa. Lo enviaron al paredón pero él fue mucho más allá. Desde el otro lado, se está liando un cigarrillo y nos observa por encima de los cristales de sus gafas. Creo que sonríe sardónicamente.

Una iglesia inconcebible

10 jun 2009
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  Lo repartía este periódico el viernes pasado, así que aproveché para ver el documental de Lluís Danés “Llach: la revolta permanent”. Como probablemente sabrán, la película rememora los hechos del 3 de marzo de 1976 en Vitoria, cuando la policía reventó una concentración pacífica de trabajadores, refugiados en una iglesia, provocando cinco muertos y un centenar de heridos. Lluís Llach, el gran cantautor catalán, se inspiró en esta masacre para componer uno de sus títulos más emblemáticos, Campanades a morts, el gran oratorio de la Transición. Como yo, creo que muchos convertimos la primera audición de esta soberbia pieza en un tesoro hipodérmico. 

  Pero me gustaría hablar de otro asunto. El documento está ahí, a disposición de todo el mundo, y sólo hay que ponerlo sobre la lengüeta de nuestro DVD para que vuelva a aparecer Manuel Fraga (entonces ministro de Gobernación) con su chulería joseantoniana, la sensibilidad de Llach o el dolor imborrable de las víctimas. ¿Se han fijado ustedes, sin embargo, en que los trabajadores de Vitoria se refugiaron en una de sus iglesias? ¿Se imaginan ahora una situación semejante? ¿Qué iglesia acogería a unos obreros en lucha por sus derechos? ¿Qué sacerdote se enfrentaría a la policía para proteger a manifestantes? ¿Cuántos estarían dispuestos a ir a la cárcel –como bajo la dictadura- por defender la libertad de expresión, la pluralidad política o el sistema democrático?

  Todo lo que ha ganado este país en treinta años lo ha perdido la Iglesia. Hemos pasado de la tolerancia de mi paisano Vicente Enrique y Tarancón al gesto hosco de Rouco Varela. Y así nos va.