Muy mal tienen que estar las cosas para que hasta José María Maravall abogue por la desaparición de los centros privados concertados. Maravall es el artífice de la LODE, que consolidó en España este tipo de colegios, aunque sometidos a unas condiciones (no seleccionar alumnos, no exigir a los padres pagos extra) que, obviamente, no cumplen. Es por eso que el exministro socialista piensa ahora en voz alta que sólo debería haber centros públicos y privados puros.
A estas alturas, parece evidente que no se puede pretender suprimir la iniciativa privada en ciertos ámbitos. El fracaso histórico del comunismo de tipo soviético (y “fracaso” aquí no es una opinión: es un hecho) se debió precisamente a la ilusoria creencia de que la gente trabajaría con igual ímpetu para el Estado que en favor de su propio beneficio. Pero si lo público tiene un sentido, incluso en sociedades sometidas a las reglas del capitalismo, es precisamente en la Educación o la Sanidad. Es completamente ilógico que los valores que debe compartir la ciudadanía de un estado democrático –los valores que se enseñan en la escuela- se vean sometidos al albur de morales privadas de iglesias, sectas u otros grupúsculos informados por creencias particulares.
La gran batalla que se avecina es esa. Y esos padres que llevaron a sus hijos a la escuela concertada para evitar a los inmigrantes en las aulas, o a los discapacitados o simplemente a los pobres se van a encontrar ahora con que sus hijos salen de ella como perfectos individuos asociales. ¿Era eso lo que pretendían?
Se ha abierto la veda del profesor. Las cacerías, esto es obvio, retratan sobre todo al cazador, y es su hermosa cabeza fría la que tiene valor informativo y no la sangrienta pieza cobrada colgando en la sala de estar. Como algunas autonomías tienen que enjuagar el alegre despilfarro de los últimos años, han decidido ahorrar en Educación. Hacen bien, porque todo el mundo sabe que un profesor es un cínico peligroso. ¿Qué pretenden estos tipos? Que todos los alumnos accedan al saber, independientemente de sus orígenes familiares. Su programa es el de la Ilustración: hasta ahí podríamos llegar. En habiendo iglesias, ¿quién necesita aulas?
Esos maestroscuelas que no dan ni golpe, que tienen sobradas vacaciones, que llevan una lucha desesperada contra Darwin ahora se rebelan cuando sus queridos líderes les regatean recursos o directamente les despiden. Todo el mundo sabe que la calidad de la educación no requiere desdobles, ni programas de refuerzo, ni pocos alumnos en clase. Eso son excusas de privilegiados. Que aprendan de Esperanza Aguirre, toda una condesa que llega a duras penas a final de mes.
Los brillantes camaradas consejeros saben bien qué necesita el sector. Menos profesores hipercríticos y más policías en el vestíbulo. Al fin y al cabo, para el futuro que se perfila en el horizonte sobrarán ciudadanos preparados y faltarán muchedumbres adictas. El PP tiene 800.000 militantes. ¿Alguien cree que esa masa crítica se ha conseguido explicando en clase a Antonio Machado? Un poco de seriedad, por favor. Y adelante con la batida.
El mes pasado, cuando el Consejo de Ministros aprobó la Ley de Igualdad de Trato, saltó la noticia de que “los centros educativos que sólo admitan a niños o a niñas no podrán recibir subvenciones públicas”. Así lo aseguraba este mismo diario. En realidad, la educación segregada por sexos dista mucho de ser algo monstruoso. Es una opción más, ante la que los expertos tienen disparidad de opiniones. Intentando ser objetivos, podríamos decir que no está nada claro si homogeneizar las clases con sólo niños o sólo niñas perjudica o mejora su educación global.
Les diré lo que opino yo (para eso me pagan). Me da la sensación de que se trata del típico asunto que oculta temas mucho más delicados, que están sospechosamente fuera del debate. Yo estudié en un colegio religioso que sólo admitía a chicos y reconozco que los alumnos echábamos mucho de menos a la parte femenina de la humanidad, hurtada en el altar de ignoradas conveniencias. Por lo demás, no creo que el factor de género afectara en lo más mínimo al proceso educativo en sí. De hecho, lo que me pregunto desde hace muchos años es por qué en España la llamada escuela concertada tiene que gozar de la subvención pública. ¿Libertad de enseñanza? Por supuesto, pero el que quiera fundar un colegio privado que se lo pague de su bolsillo.
En el fondo, el debate debería ser por qué usted y yo, estimado lector, tenemos que apoquinar para que ciertos padres puedan sobrellevar la educación particular de sus vástagos. Un buen sistema público es la solución a tantos desmanes privados. Creo yo.
Ha venido la crisis y todo el mundo parece haber vuelto los ojos hacia la enseñanza. De pronto, brillantes catedráticos, esforzados columnistas y expertos de relumbrón rivalizan por recordar a los gobiernos del mundo que, a mejor formación, menos paro. En el caso español, con un 30% de alumnos que no acaban la ESO (bastante lejos de los estándares europeos), parece más oportuna que nunca esta reflexión. En lo que no había caído este flamante coro de voces es en cuál es la varita mágica que puede solucionar el pertinaz atraso español. Ha tenido que venir el Informe TALIS (siglas del inglés Teaching and Learning International Survey) para explicarnos algunas obviedades. La más importante, que el clima escolar, aquello que va a determinar el futuro de cada alumno, depende más de las condiciones laborales del profesor que de cualquier otra circunstancia.
Ni ordenadores per cápita, ni pizarras digitales, ni calamares en su tinta: un buen profesor es el único elemento que puede conseguir que una clase, independientemente de los orígenes y las realidades de cada alumno, funcione de verdad. Y esto es una verdad de Perogrullo especialmente sangrante en el ámbito de la secundaria, puesto que es el tramo donde se concentran todos los problemas educativos, lejos del oasis de primaria y de las nubes, los laureles y los privilegios universitarios.
El profesor, simplemente (como en una novela de Frank McCourt). Disminuyan la ratio de alumnos por clase, auméntele el sueldo, mímenlo. Y él hará el resto. Era tan sencillo, que nos lo han tenido que decir en inglés, mira tú por dónde.
Ahora que se han apagado ya un tanto los ecos del debate de política general, sería el momento de evaluar con un poco de sosiego algunas de las medidas que propuso, desde la tribuna del Congreso, el presidente Zapatero. Anunció, por ejemplo, que pensaba facilitar un ordenador portátil a cada alumno, comenzando por los de quinto de primaria. Y supongo que lo hará, claro. Pero como me pagan por dar mi opinión, se la voy a explicar: esto me parece una ingenuidad.
Aunque es obvio que el horizonte digital es imparable, y que en diez o veinte años todo nuestro mundo se va a convertir en una larga lista de ceros y unos proyectándose contra el infinito, creer que los males de nuestro sistema educativo (30% de fracaso escolar) se solucionan repartiendo portátiles es errar claramente en el diagnóstico. Doy por sentado que el presidente tiene buenas intenciones al respecto. Alguien debería explicarle, sin embargo, que la digitalización de las aulas no es garantía en absoluto de que se vayan a corregir con ello los graves problemas que padece el sector.
En realidad, el mal de la escuela sólo tiene un arreglo: mejorar las condiciones que permiten a un docente dar su clase. Miren qué pasa en Finlandia (número 1 en el ranking del informe Pisa): allí sólo los mejores acceden al cuerpo docente, su salario es más que digno y no tienen a 30 o 35 alumnos por clase. Ese es el secreto. Con eso y con una simple tiza y una pizarra de las de toda la vida se pueden multiplicar los panes y los peces educativos, y formar ciudadanos libres y cultos. El ordenador es útil, pero no es la panacea. El milagro es de naturaleza humana.