El centralismo es un mal negocio
Donde mejor se ha retratado el absurdo del centralismo en los últimos años es en la política de infraestructuras. Felipe inauguró el AVE entre Madrid y Sevilla y, veinte años después, estas vías veloces continúan sin conectarnos con Europa. España será la región continental con más quilómetros de alta velocidad pero, ¿para ir adónde? En tiempos de vacas flacas, deberíamos empezar a reclamar una cierta cordura. El mes que viene, por ejemplo, los ministros de transportes de la Comisión Europea se reunirán en Zaragoza para analizar el futuro de las redes transeuropeas. José Blanco debería cumplir entonces su promesa de incluir el eje mediterráneo entre los proyectos que no admiten más dilación.
El AVE está a punto de llegar a Valencia pero, ¿de qué sirve que un pasajero desde esta plaza pueda plantarse en Madrid con más celeridad cuando las empresas del País Valenciano y de Catalunya (que generan más del 30% de la riqueza española y casi el 50% de las exportaciones) no pueden enviar por tren sus mercancías hacia el interior de Europa por culpa del modelo radial del sistema ferroviario? Quizá algún guasón sugiera que las mercancías descargadas en los puertos de Valencia y de Barcelona pasen por Madrid antes de llegar a Francia…
El centralismo es un mal negocio porque no es eficiente, ni (eco)lógico, ni útil. Se equivocan quienes plantean una alta velocidad recreativa y turística, pensada para que los madrileños visiten las “provincias” y viceversa. Por desgracia, nuestro sector exportador no necesita visitas turísticas, sino ejes productivos que dinamicen la economía. ¿Se habrá entendido la lección?









