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Traducción inversa

Joan Garí

Extremistas y símbolos

20 oct 2010
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Tengo muy viva aquella escena, aunque han pasado más de veinte años. A mediados de los años 80 decidí participar, por curiosidad, en la llamada “Procesión cívica” de Valencia. Era un 9 de Octubre, y se conmemoraba la conquista de Valencia por Jaime I llevando en procesión la bandera de la ciudad, desde el ayuntamiento a los pies de la estatua del conquistador. En aquel tiempo ya no estaba en discusión cuáles debían ser los símbolos oficiales del País Valencià: la derecha había ganado la partida e impuso sus opciones. Las instituciones, sin embargo, estaban gobernadas por la izquierda. El alcalde de Valencia, Ricard Pérez casado, era el encargado de presidir la procesión de la senyera, y lo hizo, como era habitual desde hacía algunos años, entre los abucheos y los insultos de la extrema derecha, que se consideraba alma y salvaguarda de los símbolos triunfantes. A metro y medio de donde yo estaba, tres mozalbetes levantaban el brazo haciendo el saludo fascista ante autoridades y público… sin que nadie moviera un dedo para evitarlo.

Eso fue en Valencia, hace veinte años. Ahora, me sorprende que en la fiesta del 12 de Octubre la manada ultra abuchee al presidente del Gobierno y todo lo que tengan que decir las autoridades al respecto (Rubalcaba) es lamentarse de que “la extrema derecha se apropie de la fiesta de todos”. Pues en esas estamos: el modelo valenciano –famoso por sus pulsiones regresivas- ha acabado exportándose a Madrid. Del 9 de Octubre al 12 de Octubre, y  los fascistas apropiándose de los símbolos. Por eso no me gustan sus banderas: porque les gustan demasiado a ellos.

Inútil alegato antitaurino

27 may 2009
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Esa foto del lunes, con cientos de activistas semidesnudos y ensangrentados que protestaban en la explanada de Las Ventas contra el maltrato a los toros, debería hacer  mella en una parte de la opinión pública española, pero me da la impresión que ésta no se ha visto conmovida en absoluto. Con la cuestión taurina pasa como con muchos otros asuntos en este país: todo el mundo parece tener una idea previa, y no hay manera de sacar a nadie de ahí. Amparados en los ribetes ancestrales de la llamada fiesta nacional, los pro taurinos están convencidos de que lo que pase con el toro de lidia dentro de los márgenes del ruedo no concierne a nadie más que al torero y a su público. Pero no es sólo el ruedo: como una sangrienta metástasis, el toro es perseguido por doquier, y no hay fiesta de pueblo, de barrio o de pedanía donde unos mozalbetes con el moco colgando no se crean con derecho a repartir vergazos contra animales que pueden ser fieros, pero que sometidos a la inclemencia festiva de tantos desalmados no dejan de convertirse en patéticas criaturas dignas de mejor suerte.

  Por lo demás, no me creo nada todas esas mandangas que hablan de arte para referirse a un episodio más de la infinita crueldad humana contra todo aquello que se considera domeñable. Puede haber arte incluso en el asesinato, qué duda cabe (hay que releer, en este punto, al siempre simpático Thomas De Quincey), pero la brutalidad en el trato a los animales –o a la naturaleza- es un síntoma inequívoco de decadencia de lo humano.

  Venga la Feria de San Isidro y venga otra vez el salvajismo institucionalizado. Un poco de vergüenza propia tampoco estaría de más.