El periódico El Mundo ha publicado las actas de votación del Jurado Popular en el juicio a Francisco Camps. Son 16 folios escritos a mano, con una caligrafía vacilante y llenos de faltas de concordancia, sin acentos, con frases mal puntuadas, mayúsculas aleatorias y otras delicadezas sintácticas. He aquí la crestomatía del jurado “faborable” (sic) a Camps. Sorprendentemente, la revelación ha pasado con poca gloria. A mí, en cambio, me parece la metáfora más pertinente de lo que ha ocurrido con estos alegres muchachos, Camps y Costa. Ambos se han encontrado con un jurado a su medida, con líderes de ideas muy particulares sobre lo alfabético, que ha decidido absolverlos. Pasa cada día. No olvidemos que Francisco Camps, siempre que se ha presentado a las elecciones, las ha ganado con mayoría absoluta, incluso (¡o sobre todo!) cuando ya se conocían todos sus turbios manejos con los amiguitos del alma de la Gürtel.
Siempre he pensado que el gran tema con Camps no era si sería o no condenado, sino qué tipo de mayorías sociales le toleraban, le disculpaban y finalmente le encumbraban a pesar de las evidencias (esto es, las “ebidencias”). Eso es lo escandaloso, lo que huele mal, como diría el clásico: “Something is rotten in the state of Valencia”. ¿Carlos Fabra? No tengan ninguna duda de que también será absuelto. Al fin y al cabo, es otro especialista en generar amplias mayorías que le declaraban inocente con su voto. Camps o Fabra no son más culpables que sus electores. Por eso los jurados se embelesan ante su belleza moral. ¡Qué “vonito”!
¿Alguien conoce a Avel·lí Corma? ¿Y a Francisco Camps? Son extraños los dictados de la fama, porque ambos tienen reconocimiento mundial, pero sólo uno lo ejerce. La revista GQ declaró a Camps (en el 2009) uno de los hombres mejor vestidos del planeta, pero para entonces el caso Gürtel ya mordía los talones al marido de la farmacéutica. Frente a la nombradía instantánea y golosa que ha atesorado Camps en este tiempo, el químico Avel·í Corma sólo puede presumir de ser el investigador español más citado en el mundo. La revista Science considera que su descubrimiento de una nueva molécula -la zeolita- con aplicaciones ecológicas es uno de los diez mejores hallazgos del 2011, a la altura de la vacuna contra la malaria.
Que Corma sólo sea popular entre sus colegas del Instituto de Tecnología Química de Valencia indica bien a las claras qué clase de maleficio pesa sobre los valencianos. Nuestra fama de adictos al espectáculo vacío, al derroche instantáneo e inútil –una falla, una mascletà, un desfile de Moros y Cristianos- nos convirtió en reos de un presidente que destiló todo eso a la perfección y, además, aceptó presuntamente sobornos de sus ya clásicos amiguitos del alma, usted y yo sabemos a cambio de qué.
El año termina y el careto de Camps con su media sonrisa hueca en el banquillo de los acusados simboliza perfectamente el fin de una época. Es la corrupción, la desmesura, el despilfarro y la poca vergüenza lo que se juzga allí. En un mundo mejor, nadie sabría quién es Camps, pero Avel·lí Corma sería uno de nuestros héroes.
El auto judicial que arrastra a Francisco Camps ante un jurado causó, como era de esperar, un pequeño sarpullido de declaraciones. Con su permiso, me quedaré con una: la de la alcaldesa de Valencia. Rita Barberá, nada más conocer la decisión del juez, dijo lo siguiente: “Mientras unos quieren sacar a Camps de la política a fuerza de banquillo, otros de la misma profesión abren la puerta de la política para que entre Bildu”. Curiosamente, casi al mismo tiempo que Rita se desahogaba de este modo otro intelectual de su partido, Jaime Mayor Oreja, profería en la Escuela de Verano de la Fundación para la Defensa de la Nación Española estas palabras: “Afirmar que Bildu y ETA no son lo mismo es un insulto a la inteligencia”.
Según esta lógica impecablemente cartesiana, es obvio que existe una conspiración en el sistema judicial español para: A) Traicionar a España para favorecer a ETA y B) Encausar a ciudadanos honrados porque son del PP. ¿Y por qué, nos preguntaremos, se persigue a Camps en lugar de al terrorismo? Porque sólo hombres como él, honrados padres de familia, de misa diaria, nacionalistas españoles a carta cabal, pueden acabar con ETA. Sí, bueno, también es un poco ladronzuelo, se deja sobornar un poquito –sólo un poquito- pero exclusivamente en interés de la Nación y para evitar que los corruptos terroristas se acerquen a almas menos fuertes que la suya.
Tal es el nivel argumental en el partido que aspira a gobernarnos. Ahora bien: si de Barberás y Orejas depende su defensa, yo le recomendaría a Camps que se declarase culpable…
El domingo Francisco Camps estuvo en Gandía. Con ese brillo en los ojos que sólo proporcionan la impunidad judicial o la mayoría absoluta (o ambas cosas, en este caso), se autoproclamó ante sus huestes héroe de la Resistencia Valenciana, “por haber aguantado un Gobierno imposible, absurdo, extraño y antiespañol”. Esos cuatro adjetivos –tomen buena nota- se refieren a Zapatero. Obviemos los tres primeros y concentrémonos en el cuarto: “antiespañol”.
Contra los partidarios de no hacer caso de un gerifalte severamente alienado tras el descubrimiento de sus implicaciones en la red Gürtel, yo sí me tomo en serio a Camps. En lo que dice hay siempre un fondo de ideología profunda. ¿Zapatero, que es de Valladolid (en el meollo de la Castilla inmensa) y vive en Madrid, “antiespañol”? Entonces, en buena lógica, Camps –que nació en la huerta valenciana- debe considerarse emblema de lo español puro. La paradoja es estimulante. Así pues, según Camps, para ser nacional de un país no basta con haber nacido allí. Recuerden ustedes, por contraste, la vieja doctrina pujolista, que preconizaba que “es catalán quien vive y trabaja en Catalunya”.
Al final estaremos en lo cierto los que siempre creímos que España no es una nación, sino una ideología. Un español de izquierdas no es un auténtico español. Un valenciano de derechas, es obvio que sí. Ya dijo Francisco de Goya –otro antiespañol: de Fuendetodos (Zaragoza)- que “el sueño de la razón produce monstruos”. Pues vienen tiempos monstruosos para España. Y para la AntiEspaña, no digamos.
En aquel tiempo el abuelo Camps solía sentarse en la cancilla de su huerta. Gustaba de adormecerse arrullado por el cacareo de las gallinas, mientras la brisa del mar le acariciaba la barba blanca. Contemplaba con satisfacción la lozana plantación de chufa, orgullo de sus desvelos telúricos. Todo su mundo estaba al alcance de los ojos: más allá no había sino vorágine y sinsentido. Fue entonces cuando Paquito, el nieto predilecto, se acercó a su abuelo. Llevaba en la mano un pedazo de madera –su más preciado cetro- con la que imponía majestad en aquel reino pequeño. El viejo le hizo un gesto.
“Mira, hijo” –le explicó. “Todo lo que ves aquí lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo”. Paquito se sorbió los mocos. “Tienes que ser bueno y no debes decir palabrotas, ni robar, ni desobedecer a tu madre”, continuó el abuelo. “Nosotros somos los elegidos de Dios: Él nos ha entregado la tierra y somos sus fieles depositarios”. Paquito pensó en silencio qué querría decir “depositarios”. El viejo le puso la mano en el hombro y le buscó la mirada. “Dios castiga a los que se alzan contra él. ¿No ves a Pepito, que no tiene abuelo? Su abuelo era malo y Dios lo fulminó. Aprende la lección”. Paquito sintió entonces en su bolsillo el peso de las canicas que le había robado a Pepito. Robar era ir contra el Señor pero, si al abuelo de Pepito el propio Dios lo había castigado, ¿eso no lo exoneraba a él? Sintió una emoción contradictoria dentro de su pecho, pero calló. El abuelo volvió a su hieratismo. Paquito entró en la barraca. El viento anunciaba lluvia.
De todas las reacciones suscitadas por el ya histórico anuncio de Rodríguez Zapatero, una de las más pintorescas fue la de Francisco Camps. El sábado, al poco de divulgarse que el presidente del Gobierno central no se presentaría a un tercer mandato, el titular de la Generalitat Valenciana irrumpía en las radios y las televisiones para darse por aludido. Y entonces dijo –a grito pelado- que se congratulaba de la renuncia de Zapatero, porque este era –palabras textuales- “una mala persona”.
Hay que decir, en descargo de Camps, que los políticos en los actos públicos suelen decir muchas tonterías. Se suben a la tarima, se colocan detrás del atril, acarician el micrófono, olfatean al auditorio y empieza el espectáculo. El Molt Honorable, sin embargo, hace tiempo que fuerza el guión con salidas más que inverosímiles. Y eso le pasa desde que se destapó la trama Gürtel. Circulan por ahí (“por ahí” quiere decir en internet, como se recoge por ejemplo en el blog de Ignacio Escolar) inventarios ya célebres de sus frases, cada una superior a la anterior en absurdo y majadería. Ahora resulta que Zapatero no es culpable de no haber sabido capear la crisis, de recortar conquistas sociales o de plegarse a los mercados (críticas razonables), sino de ser “una mala persona”.
Me pregunto qué significa para Camps ser “una buena persona”. Quizá un político que exhibiera un poco de elegancia moral ante el adversario. Pero qué clase de elegancia –y qué clase de moral- puede tener alguien que se viste en Forever Young a cuenta de una trama corrupta…
Este artículo no tiene título. No lo tiene, ni lo puede tener, porque es el resultado de un gran cansancio, de reiterar cosas que son evidentes, de luchar por los derechos más elementales. El jueves pasado, cuando pulsé en mi mando a distancia el botón correspondiente a TV3 (la televisión autonómica catalana), la pantalla estaba en negro. Aunque TV3 se ve en el País Valencià desde 1986 (tres años después de su creación), el actual gobierno valenciano, con Francisco Gürtel Camps a la cabeza, ha obligado a Acció Cultural del País Valencià (ACPV), propietaria de los centros reemisores, a apagar su señal. ACPV no ha tenido más remedio: le han impuesto multas por valor de más de 600.000 euros (cien millones de pesetas, sí) y amenazan con embargar sus bienes y no dejarles ir a misa los domingos…
Creo que ustedes ya comprenden por qué no hay título posible para este artículo. ¿Cómo calificar la censura más salvaje, el ataque simiesco contra la libertad de expresión, el odio visceral hacia la lengua de catalanes y valencianos? El fiscal pide para Camps, por dejarse -¡presuntamente!- sobornar, una multa de 41.000 euros. Él, a su vez, impone sanciones de 600.000 euros a los únicos que se han preocupado para que los valencianos accedan a una televisión moderna y plural en su propia lengua. El soborno, amigos, es barato en este país. Barato y fácil. Pero la lucha en favor de las culturas minorizadas es cara. Cara y peligrosa.
Si vuelvo a nacer, quiero ser Camps, hablar en castellano (o en un catalán macarrónico) y que algún amiguito (del alma) me vista gratis en Forever Young. Por suerte, sólo se vive una vez.
Cohecho significa soborno. Puede parecer una obviedad, pero el lenguaje jurídico necesita ser misterioso para poder revestirse de prestigio y ser interpretado inacabablemente. Cohechar (del latín confectare) es, además de comprar con regalos a un funcionario público, alzar el barbecho o dar a la tierra una última vuelta antes de sembrarla. Sobornar (de subornare) es simple y llanamente corromper a alguien con dádivas para conseguir algo de él. Todo el mundo sabe lo que es un soborno, pero en cambio el cohecho parece algo confuso, quizá admitir un regalito o quizá dar algunos golpes de azada en buena sazón. Y no digamos ya nada del “cohecho pasivo impropio” del ya famoso artículo 426 del Código Penal, que parece referirse a alguna inveterada práctica agropecuaria.
Pero entonces, ¿por qué lo llaman cohecho si quieren decir soborno? Ese es el quid de la cuestión. Y la pregunta no es baladí, porque si no no se entiende que Canal 9, durante estos largos meses en que han arreciado las acusaciones contra Francisco Camps, se refiriera en sus informativos al asunto en cuestión no con el término en catalán/valenciano (suborn), sino con esa bonita palabra del idioma castellano, cohecho. Un soborno todo el mundo sabe qué cosa es (incluso en catalán), pero un cohecho…
Los límites del lenguaje son los límites de la realidad. Hay que escoger muy bien las palabras a utilizar para poder dar la sensación, ante los espectadores, de que todo está controlado. Si te pillan con las manos en la masa, siempre puedes enarbolar el diccionario. Pero cuidado: a esos chismes también los carga el diablo.
A mediados de la semana pasada, Francisco Camps se marchó a Nueva York para visitar, entre otros sitios, la iglesia dedicada a San Vicente Ferrer. El president tenía mucho interés en colgar una bandera sobre ese altar y reivindicar el origen del santo, puesto que nació en Valencia aunque murió en Bretaña. Mientras Camps disfrutaba en la amalgama de política y religión que constituye su santo y seña más grotescamente genuino, este periódico realizaba una encuesta en toda España donde se preguntaba sobre la inmigración, distinguiendo en las respuestas a los consultados que se declaraban católicos de los que se identificaban como no creyentes. Los resultados de esta investigación son curiosísimos. Da la bendita casualidad que, en todos los casos, las respuestas menos solidarias era las de los católicos practicantes. Así, por ejemplo, el 41% de los amantes del cirio consideran a los inmigrantes un lastre para nuestra economía y el 47% creen que hay que cerrar la puerta a los extranjeros.
Estamos tocando fondo, en efecto. Hemos llegado al punto en que cualquier ciudadano interesado en cultivar sus legítimas inquietudes espirituales debería alejarse lo más posible de las religiones actualmente existentes, en especial –en nuestro caso- la católica. Desgraciadamente, esta confesión milenaria sólo sirve ya para enmascarar los egoísmos de algunos privilegiados, cuando no para dar apariencia de integridad patriótica a personajes ideológicamente misacantanos como Camps. Por eso en las manifestaciones clericales se ven tantas banderas (y no sólo del Vaticano): hay mucha –pero mucha- vergüenza para tapar.
Últimas noticias procedentes de esa factoría de disparates que es la Generalitat Valenciana: Francisco Camps no se conforma con ser el hombre más bien vestido del mundo –y a mejor precio-. También quiere ser el más papista. Se ha propuesto como sea equiparar los derechos de las personas realmente existentes a los de los embriones no nacidos. Como todo el mundo sabe, cualquier espermatozoide pillado retozando en un óvulo ya tiene categoría humana, así que nada más adecuado que revestirlo de derechos, dignidades y carnets de clubs de fútbol. Camps y Juan Cotino, su pío vicepresidente, están dispuestos a que ninguna célula de nuestro cuerpo esté exenta de valores civiles, así que se han puesto manos a la obra utilizando la mejor arma que Dios ha puesto en sus manos: el Diario Oficial.
Ahora resulta que los valencianos, para solicitar por ejemplo ayudas al libro de texto, pueden considerar como miembro de la unidad familiar al “hijo concebido y no nacido desde el momento de la fecundación” (literal, según el proyecto de orden). O sea, que una embarazada de cinco semanas, según esto, ya puede incluir a su pequeño feto como hijo real. ¿Y si luego aborta? Eso ni se contempla, claro.
En fin, amigos, así están las cosas. Con Galileo la Iglesia tardó cinco siglos en retractarse y pedir perdón por haber hostigado a un científico irreprochable. ¿Deberán recorrer los descendientes ideológicos del PP de ahora otras tantas centurias para reconocer que su moral sexual no va a ninguna parte? De ser así, los arqueólogos del futuro van a tener muy buenos motivos para la hilaridad.