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Traducción inversa

Joan Garí

Políticos para la sobremesa

28 ene 2010
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Los índices de popularidad de Zapatero y de Rajoy están por los suelos y sin embargo nadie pregunta en las encuestas serias con cuál de los dos nos gustaría compartir una sobremesa. La cuestión puede llegar a ser compleja y les explicaré por qué. Yo mismo, en caso de ser abordado con ese interrogante, no lo dudaría ni un momento: estoy seguro de que Mariano Rajoy es una persona mucho más interesante en las distancias cortas que el actual presidente de Gobierno.

  De tener que compartir mesa con alguno de los dos, de entrada preferiría a un tipo como Rajoy, cachazudo, socarrón, buen conversador y bien provisto con las alforjas de la ironía (aunque su programa me parezca nefasto). Por otro lado, es sabido que fuma habitualmente puros habanos, con lo que no puede ser de ninguna manera una mala persona.

  Zapatero, por otro lado, es demasiado “simpático”, demasiado risueño, demasiado optimista como para soportar la prueba de una sobremesa larga y civilizada. Seguro que se aburriría pronto y le molestaría el humo del buen tabaco.

  Esto, por supuesto, no es una profesión de fe bipartidista. Ni siquiera tiene nada que ver a quién votas con de quién te gustaría escuchar confidencias. Hay otros líderes en la política actual con los que valdría la pena compartir una buena digestión. Pienso en Josu Erkoreka, en Josep Lluís Carod Rovira o en Alfonso Guerra (un clásico inmortal). Luego serán o habrán sido buenos o malos gobernantes pero eso no tiene nada que ver. Se pueden proyectar complicidades ideológicas, pero organizar una sobremesa es algo infinitamente más delicado. Eso sí que es alta política.

Teoría gastronómica de la felicidad

06 ago 2009
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  Desde hace algunos años me he aficionado, los domingos, a hacer una paella. Se trata, en cierto modo, de asegurar un relevo generacional, puesto que en casa mi madre ha distinguido siempre el séptimo día con unas paellas gloriosas, perfectamente en su punto, simplemente inenarrables. Las paellas de las madres, obviamente, siempre son las mejores, pero en el País Valenciano hay una cierta tradición de que sea el hombre el encargado de llevar a cabo ese cometido. No entraré ahora en disquisiciones de género. Hoy me gustaría hablar de las sensaciones que se atesoran al cortar unos tomates maduros para el sofrito, al partir unos pimientos rojos, al dorar la carne sobre el aceite virgen mientras la leña de naranjo crepita y ronronea y el olor a humo se mezcla con el del jugo de la oliva hirviendo. Creo que la razón del éxito de este plato (la gran aportación de la cocina valenciana a la gastronomía universal) radica en su capacidad de vehicular sabores y colmar el gusto de toda clase de paladares. Aspiro, por supuesto, a conseguir el título de la mejor paella familiar, en dura competencia con mi cuñada Susanna.  Aunque la paella tradicional se hace con carne de conejo y pollo, garrofó y judías blancas y verdes, las he probado deliciosas con otros ingredientes, bien pescados y mariscos o bien caracoles y níscalos. Como una cosa lleva a la otra, tras la de la paella le pedí a mi madre otras recetas: olla de calabaza, arròs a banda, puchero… La dieta mediterránea sólo es, en el fondo, un estado mental. Por eso la gastronomía, bien mirado, es la única definición posible de la felicidad.