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Traducción inversa

Joan Garí

Judíos, palestinos, humanos

17 ago 2011
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Se pregunta Tony Judt, en El refugio de la memoria: “¿De verdad que no somos judíos por ninguna otra razón que porque Hitler trató de exterminar a nuestros abuelos?”. La cuestión es de permanente actualidad en los últimos cuarenta años. Judt, oriundo de una familia hebrea poco religiosa, también pasó su etapa exaltada al respecto. Su etapa de kibutz y de emociones intensas relacionadas con la construcción del Estado de Israel. Esgrimir continuamente la Shoah para defender su política, sin embargo, acabó por parecerle un “abuso insensato de la memoria”. El judaísmo que él acabó prefiriendo era el del cuestionamiento colectivo y el de las verdades molestas.

En realidad, si el asunto es tan candente ahora como cuatro o cinco décadas atrás es porque se nutre de paradojas inquietantes. Habría que saber, por ejemplo (y lo recuerda Ana Carbajosa en el libro Las tribus de Israel. La batalla interna por el Estado judío), que muchos de los pacifistas israelíes –o las pacifistas, porque abundan más las mujeres entre ellos- son descendientes de supervivientes del Holocausto. Cuando digo pacifistas, me refiero a esa meritoria minoría de judíos usualmente askenazíes (originarios de Europa) que abominan del trato deparado a los palestinos. Frente a ellos, los judíos mizrajíes (originarios de países de Oriente Medio), mayoritariamente votantes del derechista Likud, suelen demostrar menos complacencias ante el hecho palestino.

La memoria del Holocausto, claro, penetra, complica e inunda de lleno el problema. Los miedos de Israel ante sus vecinos árabes (y a los propios árabes israelíes, que viven dentro de sus fronteras legales) conectan con el horror de las cámaras de gas. Y, automáticamente, abolen todo razonamiento.

Que los abuelos que escaparon al horno crematorio tengan ahora nietos contrarios a la violencia contra los palestinos me parece una digna justicia poética. Nada se construye con la exclusión –ni mucho menos con la muerte- del otro. Y nadie mejor para saber eso que alguien que escapó al destino más cruel imaginado por el hombre.

Tony Judt, como muchos judíos liberales norteamericanos, era escéptico ante la propaganda israelí. Israel tiene derecho a existir -faltaría más- pero Palestina también. Convivir en una misma tierra no puede ser más complicado que ser simplemente humanos con todas las consecuencias.

El árbol de Ana Frank

30 ago 2010
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El viento demolió el lunes pasado el castaño de Ana Frank, un gigante doméstico con siglo y medio de vida que la autora del célebre diario contemplaba a escondidas en su discreta catacumba de Amsterdam. Ana Frank, como se sabe, acabó en el lager para el que estaba destinada por la vesania nazi, pero ese árbol interior, agazapado en un patio vecinal, había sobrevivido a su suerte y la de su pueblo, aunque los hongos minaran su escasa y precaria salud.

Me dejé caer por esa casa –hoy en día Museo de Ana Frank- hace un par de años, en plena campaña internacional para evitar la tala del “castaño desnudo en el que brillan las gotas de agua”, según la mirada poética de la niña. Me sorprendió, entonces, que el árbol vegetara su agonía tras un piadoso telón, oculto a la mirada de los visitantes tan meticulosamente como la familia Frank y sus amigos lograron hurtarse durante dos años a los olisqueos criminales del sabueso germano. Ahora ya no está, pero el museo sigue congregando cada día una marea de curiosos a los que parece increíble que en una calle tan tranquila, a orillas de un canal apacible, en una ciudad ordenada y pulcramente bella como todo lo nórdico, se pudiera escenificar una tragedia tan completa, y tan conmovedoramente descrita en el diario personal de una perspicaz y valerosa adolescente.

Se pueden comprar en internet, por cierto, pedazos del árbol caído, aunque esa leña merezca solamente fetichistas muy convencidos. Parece el destino de una época terrible: convertirse en objetos de uso más o menos turístico, en emblemas sin auténtico significado, en troncos vacíos. Y eso es todo.

Una cita con la Shoah

08 jul 2009
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El lunes pasado, en la madrugada catódica, La 2 repuso la primera parte de ese extraordinario documental llamado Shoah, de Claude Lanzmann. Recuerdo la honda impresión que me causó la primera vez que lo vi. Fue en el año 2006, en esa misma cadena, en esa misma madrugada. Lanzmann entrevista, a lo largo de nueve hipnóticas horas, a víctimas y verdugos del holocausto. En el proceso de verbalización del horror, emergen en seguida rostros que se convierten en inolvidables. Es el caso de Simon Srebnick, el superviviente de Chelmo. Su padre murió en el gueto de Lodz; la madre, gaseada en el mismo Chelmo. El testimonio del joven Simon inaugura Shoah. Pronto sabremos que Srebnick sobrevivió, con trece años y medio, por su agilidad y por su buena voz. A los nazis les gustaba escucharlo cantando canciones polacas mientras navegaba por el río Ter, hacia las praderas donde crecía la alfalfa con que alimentaban a los conejos del campo. 34 años después de estos hechos, el equipo de Lanzmann localizó a Srebnick en Israel y lo convenció para retornar a Chelmo seguido por una cámara.  Es Srebnick y es el insensible granjero polaco Czeslaw Borowi, o el sardónico ex SS Unterscharführer Franz Suchomel. Es Abraham Bomba, el peluquero de Treblinka, que se derrumba ante el recuerdo de la masacre. Es quizá la manera de llorar de Filip Müller, uno de los escasos supervivientes del Sonderkommando de Auschwitz.   Busquen su rostro, encuentren su motivo, pero no se pierdan las otras entregas de este documento imperecedero. Todos tenemos, de alguna manera, esa cita indeclinable en la madrugada de nuestra propia dignidad.