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Traducción inversa

Joan Garí

Modelos de ex

11 oct 2010
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No deberíamos juzgar a las personas sólo por sus logros cuando atesoran el poder y la victoria; en la derrota, o simplemente tras abandonar las candilejas, es cuando algunos mandamases se retratan en lo más íntimo, y se vuelven tan transparentes como un humilde y frágil cristal. El miércoles pasado fue un día completo. Por la mañana nos desayunamos con la noticia de que la revista Foreign Policy había incluido a José María Aznar entre los peores ex presidentes del mundo. Por la noche, Iñaki Gabilondo entrevistaba a Felipe González, que acaba de publicar el libro Mi idea de Europa.

He aquí dos modelos completamente opuestos de dirigentes expuestos a la ausencia de poder. Aznar lleva seis años peregrinando por el mundo como un alma en pena, proyectando en una multitud de enemigos imaginarios (los musulmanes, los climatólogos, los malos españoles –que son, ay, casi todos-, e incluso los abstemios) sus frustraciones de hombrecillo políticamente amortizado. González podría haber seguido esa senda, puesto que comenzó antes su descompresión política y también acabó su mandato en medio de escándalos poco halagüeños. Ha preferido, sin embargo, cimentar trabajosamente un perfil constructivo de europeísta radical, ayudando a encontrar soluciones allí donde su colega, abanderado de una retórica ultraconservadora y antieuropea, sólo pergeña problemas.

Hay que elegir, amigos. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus argumentos, pero un abismo de actitud, de espíritu y de catadura moral separa a estos dos hombres que un día rigieron nuestras vidas. Y sólo uno de ellos ha envejecido con dignidad.

Nacionalismo y viajes

07 jul 2010
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El nacionalismo, según un aserto feliz cuya autoría ignoro, se cura viajando. La proposición es interesante. En un mundo globalizado, sin embargo, poca gente con una vida profesional medianamente desahogada no se permite el pequeño lujo de alguna escapada por el mundo de vez en cuando. El que no “viaja”, vamos, es porque no quiere. Tomemos el caso de José María Aznar. Tengo dicho y redicho que este peculiar hombrecillo es el autor de una de las frases más inequívocamente “nacionalistas” que se hayan proferido en España durante la etapa democrática. Se refería el entonces presidente al atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid y afirmó, con la voz engolada que requieren las frases históricas, esta solemne tontería: “Los han matado sólo porque eran españoles”.

  Dios bendito. Sí que tenían que ser malvados esos terroristas, esas sucias hienas del Norte (porque el dardo verbal buscaba ensartar a ETA, obviamente) cuya furia sólo se aplacaba matando… ¡españoles!

  Después de aquello Aznar se dedicó a viajar, gracias a sus sueldos, a los royalties proporcionados por los negros que le escribieron sus libros y a los favores devueltos en forma de nómina por grandes empresarios anglosajones. No hay noticia de que en todas sus vueltas alrededor del mundo nuestro hombrecillo valiente haya encontrado remedio a su nacionalismo irredento. Habla mal de España, eso es cierto, pero sólo cuando se refiere a los “malos españoles”: los socialistas, los catalanistas, y otros linajes de mala vida. Se sabe miembro de una tribu inexpugnable: los de una nación con banco y ejército propio. Y así no hay cura posible.