Modelos de ex
No deberíamos juzgar a las personas sólo por sus logros cuando atesoran el poder y la victoria; en la derrota, o simplemente tras abandonar las candilejas, es cuando algunos mandamases se retratan en lo más íntimo, y se vuelven tan transparentes como un humilde y frágil cristal. El miércoles pasado fue un día completo. Por la mañana nos desayunamos con la noticia de que la revista Foreign Policy había incluido a José María Aznar entre los peores ex presidentes del mundo. Por la noche, Iñaki Gabilondo entrevistaba a Felipe González, que acaba de publicar el libro Mi idea de Europa.
He aquí dos modelos completamente opuestos de dirigentes expuestos a la ausencia de poder. Aznar lleva seis años peregrinando por el mundo como un alma en pena, proyectando en una multitud de enemigos imaginarios (los musulmanes, los climatólogos, los malos españoles –que son, ay, casi todos-, e incluso los abstemios) sus frustraciones de hombrecillo políticamente amortizado. González podría haber seguido esa senda, puesto que comenzó antes su descompresión política y también acabó su mandato en medio de escándalos poco halagüeños. Ha preferido, sin embargo, cimentar trabajosamente un perfil constructivo de europeísta radical, ayudando a encontrar soluciones allí donde su colega, abanderado de una retórica ultraconservadora y antieuropea, sólo pergeña problemas.
Hay que elegir, amigos. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus argumentos, pero un abismo de actitud, de espíritu y de catadura moral separa a estos dos hombres que un día rigieron nuestras vidas. Y sólo uno de ellos ha envejecido con dignidad.









