Esta campaña electoral pasará sin duda a la historia por su inanidad. Como Europa no nos pone, hay que hablar de aviones, de Torquemada o del sexo de los ángeles (todo, excepto de trajes: eso ni mentarlo). Y sin embargo, en los intersticios de esos tediosos mítines, saltan a veces argumentos muy interesantes. Ya conocíamos que Mayor Oreja tuvo un bisabuelo castrante (o quizá castrense) que extirpó la lengua vasca de la familia con una gran pericia. Lo que ignorábamos es que el eurodiputado Vidal-Quadras también puede presumir de antepasados, y con el mismo desparpajo que Mayor. Lo revelaba Oriol Junqueras, el candidato de ERC: la familia de Vidal-Quadras traficaba con esclavos en el siglo XIX (a lo que el aludido contestó con una indisimulada jactancia). ¿Y qué decir del abuelo de Manuel Pizarro, que “encarceló, torturó y fusiló” (lo recordaba este periódico) a un grupo de ciudadanos acusados de ayudar a los maquis en el Teruel de la posguerra?
Hacen bien los honorables miembros del PP demostrando su orgullo por los ancestros. Al fin y al cabo, el rebisabuelo esclavista, el bisabuelo lingüicida o el abuelo asesino son un gran honor para este partido. De hecho, basta abrir su programa electoral para toparnos con interesantes propuestas para complicar la vida de las lenguas de España diferentes del castellano o para conseguir que los trabajadores paguen la crisis causada por los especuladores y los banqueros. El esclavismo, ya ven, puede ser un modelo útil cuando a lo que se aspiraría –¡con la boca pequeña!- es al despido libre. Los ancestros del PP: esos sí que son un modelo para la nueva Europa.
Supongo que ustedes están al tanto de esas ya famosas declaraciones de Antonio Cañizares, acogidas con alborozo por su monaguillo ideológico, Mayor Oreja. El ex primado explicaba que no son comparables los abusos sexuales a menores cometidos durante décadas en Irlanda (y en todo el mundo) con los “millones de vidas” destruidas por el aborto. Aunque estas palabras se comentan solas, uno tiene que hacer su trabajo. Yo comprendo que un chaval de 7 años, con sus carnes prietas y rosadas y su turbadora capacidad de seducción, sea irresistible para ciertos curas. Al fin y al cabo, el celibato les impide tener relaciones con mujeres, pero seguro que el que instauró esta curiosa interdicción no pensaba en la poderosa capacidad de atracción que hombres de Dios hechos y derechos experimentan ante un niño indefenso. ¡Cómo es posible, santo Dios, atreverse a comparar este pequeño accidente en el recorrido espiritual de algunos buenos sacerdotes, esta violación ma non troppo, con el enorme pecado de extirpar de un vientre femenino un feto no deseado!
Todo esto se remonta, claro, a esa oscura pulsión contra el sexo que informa al catolicismo desde que algunos sucios clérigos medievales interpretaron la Biblia (ese gran libro) para usarla contra la libertad y el placer. Pero el problema de defender a capa y espada “la vida” es que la vida es mucho más que un espermatozoide a la carrera, o un óvulo transformándose, o un feto flotando en un útero. La vida son derechos, libertades, condiciones, plenitudes y dignidades. Todo lo que los colegas de Cañizares y Mayor Oreja destruían en Irlanda, precisamente.
Tenía a Mayor Oreja por un político plano, sin sustancia, sin nada interesante que aportar, de no ser algún vahído ideológico hilvanado con tristuras. Y sin embargo, he de reconocer que me equivocaba. Sin sospecharlo, nos ha proporcionado el gran hallazgo moral de la precampaña electoral. Sí claro, el fascismo posmoderno se burlaba del abuelo de Zapatero, un muerto demasiado poco honorable, puesto que lo mató Franco y no Txapote. En contrapartida, Mayor ha sacado a pasear a su bisabuelo. Ya lo había contado en algún libro, pero el jueves pasado, en Barcelona, lo catapultó definitivamente al estrellato. El bisabuelo: prohibió que sus hijos hablaran en vasco. Y dice el biznieto con orgullo: “Para que no se encerrasen en el granero”. Y añade, con arrobo: “Para que aprendieran bien el español”.
Caramba con el bisabuelo. Un espíritu bienintencionado, sin duda. Quién demonios querría vivir en un granero –y hablando sólo vasco. La historia, qué duda cabe, sería entrañable de no ser por un pequeño detalle. Como resultado de la castración lingüística de aquel Mayor –o de aquel Oreja, que no sé de qué rama hablamos-, ahora sus descendientes hablan sólo castellano, pero se hartan de promover “el bilingüismo”. Pero hombre, Mayor, para ser “bilingüe” hay que saber dos lenguas, y usted sólo sabe una. Su bisabuelo cumplió con su propósito, usted salió del granero… y ahora somos los demás los que nos gustaría refugiarnos entre el heno, para no tener que aguantar su desvergonzada hipocresía.
Si Europa es algo, es un horizonte de multilingüismo. Los monolingües no tienen ningún futuro. Ni dentro ni fuera de su granero (mental).