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Traducción inversa

Joan Garí

La pureza como enfermedad

25 oct 2010
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No sé si ustedes han visto la película La cinta blanca (Das Weisse Band), de Michael Haneke. Si no es así, les recomiendo que lo hagan. Haneke ha creado un universo de gran cine a partir de, en sus propias palabras, “el problema del ideal pervertido”, aunque todo el mundo ha visto en su parábola una alusión a los orígenes del nazismo.

Al final de la Belle époque, en un pueblo del norte de Alemania, una serie de acontecimientos inexplicables conmueven, con su terror gratuito, a una  pequeña comunidad protestante. Al principio de la película, y cuando todavía no sabemos que la violencia será una cadena que envolverá a los vecinos con una fatalidad inexplicable, el pastor decide que sus hijos lleven una cinta blanca en el brazo para purificar su mala conducta. Esa cinta –esos niños- va a erigirse en la metáfora por donde se deslizará el sentido de la obra, hasta culminar en un final (algo apresurado, por cierto) que, lejos de tranquilizarnos, nos sumerge en un estado de perplejidad.

Es demasiado fácil, en efecto, desencadenar la injusticia bajo el pretexto de preservar la pureza (o el orden, o cualquier otra rígida formulación equivalente). El racismo, por ejemplo. Estamos viendo ahora mismo como el resultado inmediato de la crisis económica (provocada por la avaricia de las grandes instituciones del capitalismo) es que el obrero español en paro le echa la culpa de todo no al banquero que le exige el pago de su hipoteca, sino al inmigrante marroquí… también en paro. Los grandes monstruos de la historia se engendran así. Y en blanco y negro, como nos ha enseñado bella y desasosegadamente Haneke.

El árbol de Ana Frank

30 ago 2010
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El viento demolió el lunes pasado el castaño de Ana Frank, un gigante doméstico con siglo y medio de vida que la autora del célebre diario contemplaba a escondidas en su discreta catacumba de Amsterdam. Ana Frank, como se sabe, acabó en el lager para el que estaba destinada por la vesania nazi, pero ese árbol interior, agazapado en un patio vecinal, había sobrevivido a su suerte y la de su pueblo, aunque los hongos minaran su escasa y precaria salud.

Me dejé caer por esa casa –hoy en día Museo de Ana Frank- hace un par de años, en plena campaña internacional para evitar la tala del “castaño desnudo en el que brillan las gotas de agua”, según la mirada poética de la niña. Me sorprendió, entonces, que el árbol vegetara su agonía tras un piadoso telón, oculto a la mirada de los visitantes tan meticulosamente como la familia Frank y sus amigos lograron hurtarse durante dos años a los olisqueos criminales del sabueso germano. Ahora ya no está, pero el museo sigue congregando cada día una marea de curiosos a los que parece increíble que en una calle tan tranquila, a orillas de un canal apacible, en una ciudad ordenada y pulcramente bella como todo lo nórdico, se pudiera escenificar una tragedia tan completa, y tan conmovedoramente descrita en el diario personal de una perspicaz y valerosa adolescente.

Se pueden comprar en internet, por cierto, pedazos del árbol caído, aunque esa leña merezca solamente fetichistas muy convencidos. Parece el destino de una época terrible: convertirse en objetos de uso más o menos turístico, en emblemas sin auténtico significado, en troncos vacíos. Y eso es todo.