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Traducción inversa

Joan Garí

Demasiado racional

21 jun 2010
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Llegan noticias inquietantes desde Estados Unidos. Parece que ser que Obama, enfrentado al vertido de BP, ha puesto en un brete a sus asesores por su actitud demasiado “racional”. El presidente ha sido objeto de comentarios críticos porque, ante los efectos del desastre ecológico, no ha abundado en escenificaciones emocionales ni efectos dramáticos de esos que tanto gustan al electorado de su país.

  Es bien sabido que los estadounidenses son ingenuos y emotivos. Necesitan ver en sus políticos cierta candidez a flor de piel. Quieren que reaccionen con las afectaciones de rigor ante las circunstancias para quedarse tranquilos. Pero Obama, claro, es un tipo demasiado inteligente (“racional”, sí), demasiado correcto y, lo que seguramente es peor, con demasiado sentido del ridículo como para dejarse llevar por esa marea. No es Bush pero tampoco es Clinton. Y la pregunta es, ¿son necesarios los aspavientos teatrales en los políticos para resultar más creíbles?

  No creo que sean preferibles los políticos-actores que los políticos simplemente eficaces. Es obvio que la gente de la calle quiere identificarse con sus líderes, y por eso reclama en ellos los gestos pertinentes. Pero, como dice el propio Obama, no les contratamos para hacer ese papel. ¿Qué queremos, dirigentes que, ante la crisis económica, por ejemplo, se vistan con harapos y adelgacen algunos quilos para suscitar cierta conmovida empatía? Sitúen en ese contexto todos los comentarios sobre el “cambio físico” de Zapatero en las últimas semanas que han ocupado a cierta prensa que presume de seria. Demasiadas hojas para tan poco rábano.

El jefe al habla

17 may 2010
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  La semana pasada pudimos asistir a la concatenación de dos hechos trascendentales. Primero Barack Obama llamó por teléfono a Zapatero para que adoptara  ajustes drásticos en relación con el déficit español. La llamada -¿a cobro revertido?- tuvo lugar en el preciso momento en que nuestro presidente preparaba su ya famoso paquete de medidas destinado a sobresaltar un poquito a los funcionarios, a las madres y a los pensionistas (como enseguida le reprochó un Rajoy cariacontecido). No se sabe si, en la citada conversación, alguno de los dos interlocutores reflexionó un instante sobre la paradoja que supone que, ante una crisis global provocada por los tiburones financieros, las soluciones impuestas acaben amargando el almuerzo a los currantes de siempre. Eso pertenece al secreto del sumario.

  Casi al mismo tiempo que tenía lugar esta interesante conversación, era el propio papa Benedicto XVI quien recibía una comunicación directa de parte de Dios mientras viajaba en avión entre Roma y Lisboa. El Todopoderoso habló para Ratzinger por los métodos inalámbricos habituales y le convenció para que realizara sus declaraciones más demoledoras hasta el momento. Las palabras del Papa fueron taxativas: los casos de pederastia, dijo, no son una estrategia de los enemigos de la religión, sino un pecado “aterrador” que nace “justo del interior de la Iglesia”.

  Estamos, pues, en buenas manos. Puede que las crisis de todo tipo –económica, de valores- nos estén mordiendo donde más duele, pero es esperanzador que haya alguien al otro lado del teléfono dispuesto a impartir instrucciones precisas. ¿O no?

Trabajar para el pueblo

05 abr 2010
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Tomemos, por ejemplo, el caso de la reforma sanitaria de Obama. A trancas y barrancas el hombre la ha llevado a buen puerto. Vale que no es ninguna panacea, y que, con toda seguridad, no se parecerá en nada a los estupendos sistemas públicos que disfrutamos en Europa. Pero lo más llamativo del caso no es que se opusiera a ella la extrema derecha norteamericana. Al fin y al cabo, eso es lo que se puede esperar de esa clase de tipos a quienes les gusta sostener una biblia en su mano izquierda y un rifle en la derecha. Lo que realmente me llama la atención es que la gente de la calle, es decir, los principales beneficiarios de la reforma, se haya dejado intoxicar hasta el último momento por la propaganda fundamentalista.

  “No hay nada más tonto que un obrero de derechas”. La frase es de Julio Anguita y hay que reconocer que el Califa estuvo inspirado ese día. El caso es que todo el mundo conoce no a uno, sino a muchos “obreros de derechas”. Personas humildes, sin formación, sin oficio ni beneficio, que admiran sinceramente a la clase alta y creen que votando a sus representantes a ellos les irá mejor en la vida. Olvidemos por un momento su bendita inocencia. Concentrémonos en la extraña operación mental que les lleva a depositar su confianza en sus enemigos de clase. Ocurre lo mismo con los americanos de a pie, incapaces –muchos de ellos- de reconocer que esa reforma de Obama (tildada de “socialista” y también de “nazi”) les puede salvar la vida.

  Es fácil engañar a la gente. Lo que es realmente difícil es trabajar honestamente para el pueblo. Aunque “el pueblo” no te lo pague jamás.

El lío de Afganistán

14 dic 2009
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De pronto, hemos dejado de fijarnos en Iraq porque Obama ha anunciado que enviará más soldados a Afganistán, y porque no está nada clara la salida de este último conflicto. El asunto es feo porque de un tipo al que le dan el Nobel de la paz no se espera que se ensucie las manos en guerras y guerrillas. Muy bien, pero ¿y cómo solucionamos el problema talibán? A nadie le gustan las guerras. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre lo que está pasando en Iraq y lo que está pasando en Afganistán: a Sadam Husein lo derrocaron con mentiras y su posteridad es un charco de sangre del que todavía no se conoce el fondo. Hay un sátrapa menos en el mundo, pero una masacre en marcha y sin final aparente. Afganistán, nos guste o no, es otro tema. Para empezar, los talibanes son terroristas auténticos y los efectos de sus acciones son bien conocidos. Estados Unidos y el mundo podrían haber hecho mutis por el foro, pero, caso de abstenerse, su pasividad se asemejaría a esos policías que no entran nunca –ni por asomo- en un barrio conflictivo. El asunto se pone feo cuando Kabul va adquiriendo, conforme pasa el tiempo, un incómodo perfil a lo Saigón. “Malditas sean las guerras y los que las promueven”. Gran frase. Pero, vuelvo a preguntar, ¿qué hacemos con la amenaza talibán? No me gustaría estar en la piel de Obama. Dicen que es el hombre más poderoso del mundo, pero cuando se va a dormir por la noche, el peso de su cetro debe de resultarle insoportable. Lo más fácil, presumo, sería abandonar a su suerte a Karzai y toda su corte de aduladores. ¿Y con eso solventaríamos el problema?

Al PP ya no le gusta Obama

13 may 2009
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Al PP ya no le gusta Obama. Aunque se apuntaron sin rubor al festival planetario que cantaba las alabanzas del entonces candidato a la Casa Blanca, un escalofrío ha recorrido el espinazo de Rajoy y sus muchachos conforme el ya presidente ha ido pergeñando sus primeras medidas de gobierno. Sus decididas acciones a favor del aborto o de la investigación con células madres, su firme creencia en el papel del Estado para salir de la crisis, por no hablar del anuncio del cierre de Guantánamo o la retirada de Irak les han helado el corazón. ¿Qué se hicieron de aquellos cánticos obamistas de Jorge Moragas o de Esteban González Pons (que es al PP lo que Manolo el del Bombo a la selección española: un patético clown)? Quedaron en nada, claro. Sólo Aguirre, facha “sin complejos”, se atrevió a apuntar tímidamente en su momento una opinión pro McCain. Ahora, sin embargo, a la lideresa lo único que se le ocurre es lamentar en público que el PSOE compare su política a la del presidente mestizo. Eso no le gusta. No le gusta porque desenmascara la farsa: el PP con quien bailó siempre fue con Bush.  Fue el tejano quien acarició el lomo de Aznar en las Azores, y fue Aznar quien, en estricto pago, le rió las gracias al tejano. Lo que no se puede es servir al tiempo a Dios y al demonio. También en política habría que reclamar un poquito de seriedad.

  En el fondo, lo que desconcierta a nuestros conservadores es que Obama ha demostrado que incluso en EEUU las ideas de izquierda pueden volver a ser necesarias. Pero si la avaricia capitalista ha provocado la crisis, la solidaridad deberá inexorablemente cauterizarla. De ahí Obama.

Contra el Día del Libro

25 abr 2009
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Yo soy uno de esos tipos raros, dejémoslo claro, que el Día del Libro no tienen absolutamente nada que celebrar.  Este 23 de abril, una vez más, me he quedado en casa haciendo lo que hago habitualmente: leer. Comprar literatura, leerla, incluso escribirla es mi actividad cotidiana, así que ¿para qué se supone que necesito un Día del Libro? Solamente el ayuno de letra impresa sale ese día a la calle, se acerca a una librería y acalla su conciencia desvirgando cualquier objeto bien o mal encuadernado. Y quizá, luego, lo lee.

  Por todo esto, me resultó un poco chocante la anécdota de Chávez y Obama en la Cumbre de las Américas a propósito de Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano. Como explicó este periódico, el gesto del presidente de Venezuela al regalarle a Obama el libro de Galeano hizo que este título ascendiera rápidamente en el ránking de Amazon, pasando del puesto 54.295 al número 2. Pues bueno.

  En realidad, y sin entrar a discutir la eficacia política de la jugada chavista, hay algo en todo esto que no me cuadra. Para empezar, se supone que el mandatario venezolano tenía algún interés en ilustrar al norteamericano con el contenido del librejo de marras. Entonces, si es así, ¿por qué le regaló su versión original en español? Se da la circunstancia de que Obama no lee en este idioma. Y se da también la otra circunstancia de que existe una versión de la obra en inglés, que es la que ha protagonizado el vertiginoso sprint en Amazon. No discuto la eficacia simbólica de la munificencia chavista, pero me deja perplejo la poca operatividad práctica del episodio. Regalar un libro a alguien que sabes que, aunque queriendo, no lo podrá leer.

  No sé qué demonios le pasa al mundo con los libros. Quizá tenga razón Philip Roth y, dentro de nada, los que hemos leído Ana Karenina constituiremos una secta excéntrica y un poco antipática. Y esto no tiene nada que ver con el formato de todas esas letras juntas, sea impreso, digital u holográfico. Se trata del sentido que ha de jugar en nuestras vidas la ficción, el ensayo, la poesía, todas las catástrofes estéticas que nos edifican por dentro. Quizá regalar un libro un día sea todo lo que nuestro mundo esté dispuesto a hacer al respecto.

Obama, el búfalo y Mozart

08 nov 2008
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Obama, claro. Yo viví hace casi veinte años en América. Era muy joven, en aquella época. Eran tiempos de auténtica esperanza, con Gorbachov en el Kremlin, el muro de Berlín derribado y Mandela al otro lado de aquellos absurdos  barrotes. Tiendo a pensar, desde entonces, que América también vive un poco en mí. Nadie me tiene que explicar, por ejemplo, qué es el racismo. O, mejor dicho, en qué se ha convertido. Mi cometido en América, por cierto: monitor en un campamento estival, en medio de un bosque con lago, en New Hampshire. No muy lejos del Walden de Thoreau, que está en Massachussets. Ese locus mítico para las almas libres, donde se puede entonar el único salmo razonable: “Vivir una vida a fondo, bien exprimida; vivir con la energía y la sencillez espartana necesarias para eliminar todo lo que no sea vida”.

El campamento se llamaba Interlocken y la clientela era sobre todo blanca, aunque también había negros, y algún hispano. A los negros, por supuesto, los llamaban afroamericanos, pero se comportaban como negros. Recuerdo especialmente a un robusto adolescente bostoniano. Su nombre se me fue, pero no su desafiante corpachón de catorce años. Solía merodear entre las cabañas con la expresión anhelante y abstraída de un búfalo herido. Parecía sospechar que todo el mundo esperaba algo de él, aunque él no esperara nada del mundo.

Tumbó a Richard Ehui, el monitor de karate, con un apretón hormonado. Ehui se puso lívido, pero el muchacho no aflojó. Era hijo de uno de los mejores abogados de Boston, aunque llevaba con él el estigma de los esclavos. Supongo que el racismo termina así. No una discriminación –ya no-, sino la manera en que alguien ve su figura distorsionada en el espejo.

Pasaban los días, y el adolescente aumentaba su leyenda. Perseguía a las monitoras más guapas entre los árboles (no tenía mal gusto). Desafiaba cualquier cosa que oliera a autoridad. Hasta que, por fin, se dio de bruces conmigo. Lo asignaron a mi clase de Music Appreciation. Era mi único alumno, así que probé con Mozart. Al fin y al cabo, si las vacas regadas con la Sinfonía Júpiter daban más leche, ¿qué milagros no obraría Amadeus sobre un afroamericano irredento? Él se relajó, se repantigó y agradeció el regalo. Por un momento, había dejado de ser negro. No tenía que demostrar nada, ni sentirse diferente: no debía humillar ni humillarse. Obama, sin duda, ya estaba en el aire.