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Traducción inversa

Joan Garí

Indignación en Jerusalén

27 ago 2011
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Mi hotel está a pocos metros del Parque de la Independencia. Es un hotel muy judío: el ascensor funciona automáticamente (parando en cada piso) desde la puesta de sol del viernes, para poder cumplir los preceptos del sabath, que incluyen no utilizar máquinas. En el Parque de la Independencia es donde han acampado los indignados de Jerusalén, a imitación de sus compañeros de Tel Aviv. En la suave noche jerosolimitana, son sus cánticos y sus tambores lo que resuena en el centro de la ciudad. Me acerco, entonces, y me intereso por sus demandas. Rina Goldfeld nació en Ucrania, pero se trasladó a Israel en los años 90. Su inglés es bueno, su español también (vivió tres meses en Catalunya), y no le costó trabajo aprender hebreo. Me resume la situación: esta protesta –asegura- ha unido por primera vez a gentes de muy diversa procedencia. Aquí hay madres solteras, médicos, profesores y, sobre todo, jóvenes sin perspectivas de poder acceder a una vivienda. El mimetismo con el caso español es evidente.

A la congregación se acercan cantautores y toda clase de visitantes ilustres. No faltan representantes del tradicional pacifismo israelí, como Amit Lavi, de la asociación Breaking the Silence. Este grupo se ocupa de proporcionar al mundo testimonios de exsoldados en los territorios palestinos ocupados. Es duro explicar que tu propio ejército no tiene demasiadas contemplaciones con la población local. La amenaza del terrorismo convierte a los reclutas (aquí el servicio militar es obligatorio para ambos sexos) en máquinas de desconfianza y de odio. Esos mismos soldaditos que he visto en Yad Vashem –el Museo del Holocausto- horrorizados ante los testimonios de la Shoah luego se transforman en entes insensibles al dolor ajeno. Algunos no. Amit Lavi va contando por el mundo su experiencia. El pasado sábado lo hizo, por cierto, en el Rototom de Benicàssim, a donde voló tres días después de que mantuviéramos nuestra conversación en Jerusalén.

La indignación local crece con cada decisión presupuestaria del gobierno de Netanyahu. Hay dinero –mucho dinero- para patrocinar los asentamientos judíos en los territorios palestinos, mientras los alquileres en las principales ciudades están por las nubes. Como en cualquier otro país, el problema son las prioridades. Ahora entiendo un poco mejor, pues, qué cosa es la Tierra Santa.

Israel no aprendió la lección

24 mar 2010
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El anuncio, este mes, de la construcción de 1.600 viviendas nuevas para colonos judíos en Jerusalén Este ha vuelto a incendiar una región que parece condenada a no poder vivir en paz. La cerrazón israelí ante los derechos de los palestinos no deja de sorprender desde la vieja Europa. A los que nos formamos intelectualmente leyendo a los clásicos contemporáneos de la Shoah nos duele comprobar que Israel no parece haber aprendido nada de su propio sufrimiento y por eso parece insensible al sufrimiento ajeno.

  Todos los autores judíos que relataron en el límite de su propia cordura las penalidades  devastadoras y criminales padecidas bajo el dominio nazi parecen ahora desautorizados por una política de estado que sólo infirió del Holocausto la lección del viejo Oeste: hay que disparar primero. De pronto, veo a Primo Levi en Monovitz –el campo auxiliar de Auschwitz- preguntándose ante un espejo deformado qué es ser un hombre, o a Jean Améry en los calabozos de la Gestapo, de camino a Buchenwald, atesorando la convulsión moral consternada que verbalizaría en Más allá de la culpa y la expiación. ¿Qué pensarían ahora de la brutalidad contra los palestinos? Quizá sólo Paul Steinberg, con su cinismo acorazado y frío de superviviente nato, esté a la altura de los actuales regentes del país hebreo. Con estos y otros testimonios aprendimos a ver en el judaísmo una condición finalmente inextricable de lo civilizado y ahora nos gustaría no tener que cambiar de opinión.

  Como siempre, desde Sartre, hay que encontrar la manera de ser propalestino sin caer en el antisemitismo.  Nadie dijo que fuera fácil.